Una mujer desnuda y al sol.

Una mujer desnuda y al sol adorna una ventana. Los rayos de las cuatro de la tarde se cuelan por el ventanal bañándola toda, abrazándola toda. Sentada está, plácida, en una tumbona, esperando a que su cuerpo le avise que ha llegado el momento de darle los cariños del sol también a su espalda. Su piel se deja querer a plenitud por el astro rey. Se le nota en el rostro, que apenas se deja entrever por el brillo de su cuerpo dorado, el paroxismo del placer de saberse amada por una estrella.

No se da cuenta todavía de mi presencia al otro lado de la calle, observándola desde la acera. Mi mirada tampoco es de aquellas que se delata lasciva. Mi mirada es la de un caminante distraído que decidió elevar su vista al cielo para encontrarse con una odalisca de Ingres, viva y en el primer piso de un edificio anónimo. Mi mirada es de admiración a sus formas austeras, a la declaración de libertad de sus desnudez, al sol que despierta cada intersticio de su cuerpo.

Jean Auguste Dominique Ingres – Grande Odalisque

Sigo inmóvil en mi estudio, olvidando por un instante las razones que me llevaron a tomar el camino que me regaló aquella visión, como una cámara oscura que sólo con tiempo y luz inmortaliza una imagen en una fotografía. Ella se estremece de repente, quizás conciente de mi voyeurismo recatado, quizás porque llegó ese momento inevitable de premiar a su espalda con luz. Se sienta ahora y pasa lentamente su mano derecha por sus cabellos, revelando en ellos un color violáceo intenso, artificial, hasta ahora escondido en la inundación solar en la que se baña. Abre los ojos —por fin— y esos ojos se encuentran con mis ojos, y con una sonrisa leve me hace partícipe de su impudicia, absolviéndome de todo pecado, para luego perderse en la penumbra de su apartamento a contraluz. Yo en ese momento recordé la trivialidad de mi excusa para salir de casa y continué caminando, celebrando el premio de haber querido ver al cielo en vez de seguir perdido en mis propios pasos.

Wanderlust.

Para ti las calles tienen fecha de vencimiento. Son como esas prendas de vestir baratas que se encogen con tres lavadas. Hay que descartarlas y buscar unas nuevas, holgadas y frescas. A veces, sólo a veces, solo, a veces, me pregunto si no es la gente que se te hace pequeña o eres tú la que crece exponencialmente en alma hasta sentirte asfixiada por la cercanía de otros. Pero después recuerdo que no te conozco realmente y todo lo que digan serán proyecciones mías en paredes blancas, en rostros que no están ahí realmente. Quizás es que sencillamente estoy hablando de mí hablando de ti mientras hablas de mí, o algo así.

Igual imagino tus ojos adaptándose a la intensidad y tono de luces nuevas —aunque no existas— al salir de un aeropuerto, o una estación de trenes, y pisas fuerte y decididamente una acera virgen, declarando tu independencia de los códigos postales y las aduanas. Y en esa mirada hay hambre y lujuria de caminos nuevos, de olores brillantes, de sabores afilados que hieren como espadas y dejan cicatrices en la memoria que no descansa.

Pienso en mí pensando en ti pensando en mí y pienso en todos los pedacitos de mi alma que se han ido quedando rezagados en un café de Montmartre, en un club de jazz de Greenwich Village, en una acera de Alexanderplatz, en alguna escalera de la Galleria degli Uffizi, en todas las manos por donde ha pasado mi identificación en los puntos de inmigración aeroportuaria, y me doy cuenta que aunque estoy incompleto hoy mi alma fracturada necesita para ser feliz prescindir de otra página de su —espero— eterno pasaporte.

Bestiario de Barcelona II

Rambla Catalunya, en la terraza de un café.

A ella evidentemente le cuesta caminar, a diferencia de él. Ella se aferra con sus dos brazos, decidida, al brazo que él le presenta flexionado, acompañándose, apoyándose el uno a otro. Ella tiene por un instante la mirada extraviada, quizás un poco nublada por los años que se le notan encima, él en cambio se comporta como un faro que decidió caminar de repente, para alumbrar los pasos de su compañera. Lo curioso de él es su vestimenta: un traje imposiblemente blanco, con zapatos igualmente iluminados, camisa también blanca y rematando un sombrero Panamá que hace una década quizás fue beige, pero hoy —después de tantos soles— es blanco también, y del sombrero cuelga una trenza de cabello de treinta centímetros que delata su artificialidad al no tener el mismo color gris blancuzco del resto de la melena del señor. En otras latitudes, el look del anciano hablaría de santería, habanos a medio fumar y babalawos bailarines, pero por estos lares dice más de excentricidad, verano yel mediterráneo al que le canta Serrat. Ella va vestida como las señoras de su edad, con pelo corto y teñido, blusa estampada de flores imposibles y una falda unicolor completando la combinación, adornada toda ella —la señora, no la falda— con joyas, probablemente de fantasía pero que lleva como salida de alguna casa real europea.

Van caminando los dos en una conversación que no comparten con nadie más, lentamente entre la inundación de gente que participa en el culto al sol que sufre Barcelona cada verano. Sus miradas no se desvían del camino que llevan, delatándolos como nativos, no se distraen con el punki con la jauría de perros, ni con la familia de suecos que brillan por su blancura bajo el sol, ni con los niños que juegan a la pelota como si no hubiera nadie alrededor. Caminan como lo tendrán haciendo varias décadas juntos, caminan como quien vio a la ciudad envejecer al mismo paso que sus cuerpos, caminan para detenerse un instante y él le entrega con dos manos a ella una flor azul que escondía bajo su solapa, ella le agradece con un beso en la mejilla sin decir nada, en el lugar que debe haber colonizado infinitamente con sus labios. Siguen caminando ahora en silencio, pero con unos rostros resplandecientes y adornados con una media sonrisa que comparten entre ellos y para nadie más, mientras el sigue alumbrando los pasos de su compañera que se aferra con todas sus fuerzas al brazo de su caballero de armadura de lino blanco y sombrero de Panamá.

Bestiario de Barcelona I

Jardín del Antiguo Hospital de la Santa Creu.

Se llama Josep, Pau o Joan, y me paseo por nombres catalanes porque el señor tiene uno de esos rostros que sólo existen aquí, de sardana y de mar. Lo veo a través del cristal de una ventana, uno más de los transeúntes que se pasean en ese patio fresco, y me siento como el espectador expectante de un zoológico, mientras veo a Josep, Pau o Joan buscar un puesto para disfrutar de la sombra, como un león después de almorzar. De perfil su cuerpo parece una “S”, de vientre amplio y redondo y una joroba con décadas de verse los pasos. Llegó sin camisa, y lo imagino diciendo con voz queda al quitársela: Hace calor con dos cojones. Ahora la lleva en la mano, para no olvidarla, seguramente desconfiando de su memoria que —si no me equivoco— tiene la buena parte de unos setenta años funcionando. Los pantalones, por otro lado, los lleva con tranquilidad, quince centímetros por encima del ombligo, prácticamente sujetados por los latidos de su corazón, postura que asumo fue producto de la pérdida paulatina de su cintura y porque quizás a esas alturas de la vida un cinturón o la vanidad son sólo detalles.

Sentado ya, con todo el peso de su alma bien distribuido en un banco, y con una expresión de evidente alivio por el descanso que va a disfrutar, se dedica a observar a la gente pasar, y yo a observarlo a él a través del cristal de esta ventana. Poco a poco, la frescura que tan pacientemente buscó, se va acumulando en sus párpados, ganándole terreno a la conciencia. Su boca, que también parece estar más allá que de acá, va modulando palabras mudas, entablando una conversación con una paloma peatonal que le mira desde el suelo, genuinamente interesada por lo que Josep, Pau o Joan no dice. Sigo observando, tratando de adivinar sus sueños, su estirpe, su dirección, pero un rayo de sol entrometido decide colonizar la orografía de su rostro, cual niño que decide incendiar hormigas con una lupa y mucho tiempo libre, expropiando a don Josep, Pau o Joan de su siesta y obligándole a seguir su camino, si es que tiene uno, camisa en mano, porque sigue haciendo un calor con dos cojones, mientras yo lo veo alejarse a través del cristal de esta ventana.

Lost in Train Nation

Debe ser la trigésima tercera vez que abordo un tren de larga distanciadesde que llegué a estos lares. Y casualmente el de hoy es el recorrido que más he repetido dentro de esas mal contadas treinta y tres veces. Escribir esto se está haciendo terriblemente difícil, no porque me embargue un torrente de emociones al tratar de conformar alguna palabra, sino que escribir con lápiz y papel en un tren en movimiento es casi una misión imposible para mi motricidad fina, pero el chiste de esto es escribir durante el viaje, y después descifrar mi caligrafía de récipe médico producto del vaivén.

Decido no dormir, decido no someter a mis compañeros desconocidos de vagón a las penurias de mis ronquidos de ultratumba, pero una vez más por las razones equivocadas, no me siento generoso, sólo quiero ver el paisaje aparecer y desaparecer como diapositivas, una tras otra, a 250 kilómetros por hora, una bahía virgen, túnel, planicie árida, túnel, estación de trenes cerrada, túnel, playa de veraneo, túnel, pueblo fantasma, tren en la vía vecina, túnel, otro pueblo fantasma, túnel, más costa mediterránea. Y entre la arena, el concreto, la ropa guindada en las ventanas, los campos de olivos, siempre hay una persona distraída viendo el tren pasar, y en ese momento compartimos la eternidad de un cruce de miradas, haciéndonos reales el uno para el otro, para luego, después del parpadeo, yo continuar con mi vocación de voyeur itinerante de caminos, y él —o ella— vuelve a pensar en la diligencia que dejó a medias, en la lista de la compra, en el calor que le abraza y abrasa.

Perdido en la música que conforma el soundtrack de mi viaje sigo absorto en la ventana, inventando historias de esas diapositivas de paisaje que me embelezan, historias de las personas que abordan y dejan el tren en todas las paradas de su recorrido, historias de la azafata que con su sonrisa ensayada pasa ofreciendo auriculares a los pasajeros, historias de las conversaciones telefónicas y de negocios que se ven interrumpidas por la falta de cobertura, mientras hago un esfuerzo por dejar las razones de mi viaje guardadas en la maleta, al menos hasta llegar a mi destino. Pero el momento para sueños llegó a su fin —como todos—, acaban de anunciar mi parada.

La espera.

Frente a mi casa un hombre espera. Espera y ha esperado no sé cuanto tiempo, no sé qué, a quién. Lo veo cuando mis días deciden pasearse frente a su espera, y siempre está allí, sentado en un banquillo de lona y tubos, vestido a medio camino entre otoño e invierno, con un fiel perro fiel —dos veces fiel porque el can espera con su amo y por su amo—. No tiene cartel que anuncie una tragedia familiar, una enfermedad incurable, o la pérdida de su pasaporte y su dinero a manos del hampa común, tampoco adorna su campamento de un metro cuadrado con un recipiente para monedas, ni la funda de un instrumento desvencijado o la suciedad que acompaña el final de una comida. No me mira cuando cruzo su siempre fija línea de visión, no mira a nadie, permanece inamovible y mudo, como si concederle atención a nuestra presencia fuese a manifestar inevitablemente su miseria, o ponerle fin a su misteriosa e imperiosa espera. Un Buda mudo y caucásico, y me aventuro a decir que de carne y hueso porque lo he visto pestañear de vez en cuando. Me intriga su espera, su resoluta decisión de permanecer sentado en el banquillo, como un acusado que se sabe culpable de un juicio invisible. Me intriga que decida concentrar toda su atención en el supermercado de enfrente y no en la calle que niega de espaldas, y a veces pienso que es un sociólogo frustrado que dedica sus horas a estudiar los hábitos de consumo de los vecinos de la cuadra y del transeúnte casual, que es un cliente quisquilloso que necesita corroborar la frescura de los alimentos que pretende comprar al estar presente a la llegada de los mismos, que está haciendo tiempo cómodamente mientras su mujer completa su jornada laboral, que espera por alguien que entró a ese supermercado infinito y parece no salir nunca. Y hoy lo observo esperar en un día caluroso de junio y él sigue con su vestimenta de treinta de noviembre, tal vez esperando por el nuevo otoño, tal vez que en su espera marmórea se hace inmune a los desaires y caprichos del clima, tal vez no es de carne y hueso sino de bronce como las efigies del Buda al que tanto se parece, tal vez se enamoró del concubinato entre las sombras de los árboles y los edificios que sumergen mi calle en una frescura perenne. Y me invento todas sus razones para creer que esperar no es de locos, que la vigilia y la calma no es una batalla perdida, que la mudez premeditada es más estridente que las palabras vacías. Y también invento mis razones por que yo ya le cogí el gustito a la espera.

¿Qué hago ahora contigo?

Aparentemente el requisito indispensable para hilvanar un párrafo decente es la falta de sueño. Basta posar la cabeza en la almohada para ser asaltado por ideas inconclusas, por palabras que no encontraron el valor de hablar en voz alta durante el horario de oficina. Atrás quedaron los miedos a la oscuridad, a duendes cabrones con vocación de carnicero y a la muerte súbita. Ahora en la oscuridad vive el miedo a la irrelevancia, a no tener las credenciales que tu boca predica, al escrutinio de tus congéneres, a listas de cosas por hacer versus cosas hechas. Y es en los minutos de la desnudez existencial del tratar de dormir cuando te das cuenta de que la lista crece diariamente y que estas haciendo poco, o nada, para contener el tsunami de mierda que se avecina. El resultado inevitable de esa inundación es, invariablemente, una noche en vela. Y la vigilia sólo sirve para tres cosas: buscar el amor bajo unas sábanas, hacer trabajo atrasado o escribir.

Hoy me decanto, en contra de mi voluntad, por la tercera, tratando de responderme una de las constantes preguntas que secuestran mis horas.

¿Por qué carajo abrí este blog?

Y la segunda pregunta, necesaria y derivada de la anterior.

¿Es acaso este espacio de letras ocasionales una vitrina de ideas inconexas?

Al principio quise escribir sobre todo y nada, abrir una ventana virtual a historias que nacían principalmente de un exceso de tiempo libre. Luego, con el mejoramiento del oficio y la irrefrenable autocrítica, esas historias se hicieron esporádicas, quizás por medio a la crítica, quizás para guardarlas para medios más “serios”. Después para rescatar al blog de la inactividad decidí escribir un poco más sobre mis días y viajes, a ver si de esa manera lograba, al menos, la constancia semanal, pero mis días se hicieron aburridos y mis viajes se quedaron en planes. Posteriormente exploré narraciones más personales, pero sin quebrantar una regla autoimpuesta de no ventilar todos los intersticios de mi mente, esto dio como resultado algún post válido e inofensivo. Últimamente me fui por el camino del relato hecho con premeditación para el blog, pero a pesar de tener algunas historias pensadas las palabras simplemente no llegan a tener la mínima consistencia requerida para someterlos a las penurias de la lectura. Ha sido sin duda un camino de ensayo y error, a la evidencia me remito. Hoy siento que hay tanto que decir en este espacio que tiene casi cuatro años y apenas está aprendiendo a hablar. Al parecer este hijo mío tiene problemas de aprendizaje.

Entonces esta noche/mañana le pregunto a unos pixeles, con miras a encaminar a este niño a la iluminación: ¿Qué hago ahora con esto? ¿Declaro que falleció cristianamente o sigo dando tumbos sin pedir permiso ni dar explicaciones?

Al menos de esta sarta de sandeces salió un post gratis, el exorcismo de algunas palabras y el recuerdo de una de mis canciones favoritas.

Las Crónicas de Barna III (final)

Entrega 3

O de cómo nuestra heroína vive el último capítulo de su historia (escrita).

“No se puede subestimar el poder de la resignación. La fuerza invisible que pulsa nuestras cuerdas siempre sucumbe irreductible ante una derrota escogida, y hoy decidiste esperar de rodillas por aquellas balas”. Le decía una conocida en tono solemne después de que Clementina decidió confesarle que estaba pensando irse de una vez por todas. Se sentía como un personaje acartonado de Paulo Coelho, una excusa de historia para recibir parábolas de aliento baratas y formulistas. “No puedo creer que esta mujer repita ese tipo de estupideces, y más conmigo, me habrá visto cuatro veces a lo largo de un año, ya recuerdo porqué no contestaba sus llamadas, pobre pendeja que tiene que recurrir a un libro malo para tomar decisiones, asume tu barranco mamita, no hay derecho, por eso el mundo está como está, por falta de cojones”. Casi se descarrila el tren de sus pensamientos de odio repentino hacia su interlocutora cuando el café, ya frío por el viento de diciembre, la saca del trance. Accedió al encuentro para orquestar una especie de ensayo de discurso de despedida para sus amigos, en caso de requerirlo, necesitaba probar su manifiesto ante otro ser vivo, ya las paredes de su ducha habían oído suficiente.

Los cabos sueltos se iban desprendiendo definitivamente del muelle que construyó Clementina para anclar su tranquilidad. Su rollo con Manel se había complicado más de lo necesario, no quería perder su poco tiempo en estas tierras negociando un pacto de Destrucción Mutua Asegurada, no valía la pena el estigma, no quería ser la responsable de daños a terceros, bastó solamente un: Adiós muchacho. El piso era otro tema de cuidado, lo quería como a un hijo, le había dedicado lo mejor de su gusto y su bolsillo, era su orgullo y santuario, el único que la comprendía y no la juzgaba por quedarse un viernes en pijamas comiendo helado y rollos de canela sumergida en un libro o película cursi. Lástima que fuese un objeto inanimado y que a su regreso al tercer mundo no pudiese hacerlo aparecer mágicamente en la locación de su escogencia. Un anuncio con varias fotos bastante sugerentes bastarían para lograr filas de interesados, una cosa menos en la qué preocuparse.

Pensándolo bien, en frío, volver a casa tampoco era tan grave, su calidad de vida mejoraría exponencialmente, al menos en el departamento nutricional, de transporte y espacio vital. Sin embargo estaba plenamente conciente de todo lo que no iba a poder hacer. No le quedaba más remedio que reír al conversar con su madre y enterarse de que a su regreso tendría un trabajo seguro, coche nuevo, un par de pretendientes sin desviaciones sexuales, varias invitaciones a las mejores fiestas y comida casera. “Pero cero presión hija, la decisión está en tus manos”. Le estaba aplicando a Clementina las mejores técnicas de psicoterror maternal, tratar de convencerla de que ella necesitaba lo que su madre quería que hiciera. Y ya estaba funcionando, no porque Clementina se dejase llevar por las propuestas indecentes de su progenitora, sino que realmente veía del otro lado del charco la paz que hoy no tiene, a pesar de que aquél lado del mundo esté al borde del abismo.

Volver no era un acto de cobardía, era salir de la tumba de la incertidumbre.

La pieza que le terminó de trancar la partida de dominó llegó después de su encuentro vespertino con la repetidora del evangelio de la autoayuda. Como lo temía, o mejor dicho, como lo esperaba, recibió respuesta negativa de la oferta de trabajo donde depositó sin querer queriendo lo que quedaba de su esperanza, cual personaje de video juegos que guarda sólo un potecito de poción vital para enfrentarse al malo del último mundo. Clementina era Link tratando desesperadamente de rescatar a la princesa Zelda de las manos de la migración involuntaria. Fracasó en el intento y no le quedaban continues en el juego.

«Decisión tomada, india comida, india ida. Me voy pal’ carajo» decía un mensaje de texto que agarró desprevenidos a su más íntimo círculo de amigos, su ring of trust. «Se acabó lo que se daba, no te pongas medias que la foto es tipo carnet, y se me acabaron los eufemismos para decir que en dos semanas estoy montada en un avión. Tenemos 360 horas para volvernos mierda y celebrar mi partida. No inventen cursilerías o los mato. Un beso.»

Las Crónicas de Barna II

Entrega 2

O de cómo nuestra heroína lidia con su tiempo libre.

—Muchas gracias por venir señorita Álvarez. Excelente currículum, pero ya sabe cómo es el protocolo para estos asuntos. Nos pondremos en contacto con usted la semana entrante para comunicarle nuestra decisión.

Clementina agrega una preocupación más a una larga lista de asignaturas pendientes que tendrían a más de un adulto hecho y derecho abatido por la desesperación. Una raya más para el tigre del exilio. Ya aparecerá la luz al final de este túnel hijo de puta, se repetía como un mantra cada vez que se encontraba ahogada en el mar de sus pensamientos, y preferiblemente frente a un espejo.

El día nuevo se perfilaba particularmente frío y Clementina pensaba en sumar un cuerpo adicional para calentar los intersticios construidos por sus sábanas. Le escribiría a Manel como quién no quiere la cosa, alimentando las expectativas de reciprocidad emocional del pobre chico con conversaciones estúpidas y dejándose decir “cariño”. El precio que debía pagar por calor ajeno era modesto para su boca pero exorbitante para sus ideales. Le conoció dos meses atrás, en una de esas reuniones a las que se asiste por no tener nada mejor que hacer, y como tiempo era lo que sobraba por la falta de oficio, decidió hacer acto de presencia. Le bastó a Manel oír el exótico acento de la niña para detenerse un poco más de lo acostumbrado en su rostro. Se le antojó hermosa, y Clementina sabía de sobra que lo era —todos a su alrededor pensaban lo mismo—. El joven desgarbado se deshizo en preguntas para con la misteriosa adición a su grupo de amistades, para luego perder la compostura una vez más al oír las eses perezosas de Clementina, que tejían sus palabras al ritmo de un cantar diferente a los que se dejan oír en estas latitudes. En ese momento él decidió que quería colonizar hasta la sombra de esa mujer, hacerle el café por la mañana y llevarla a conocer a sus padres. Ella había encontrado al fin un incauto para entretenerla cuando no hubiese planes más interesantes. Tres años tarde y casi con fecha de caducidad en su estadía, pero al menos iba a remediar algunas de sus necesidades sin recurrir a soluciones menos elegantes y satisfactorias.

Manel era un huracán de azúcar y palabras cursis que la empalagaban hasta el asco, pero tenía la perseverancia de un monje en ayuno. No es que Clementina haya premiado esa dedicación con las llaves de su piso, pero el chaval tenía lo suyo, aunque eso significara decirse continuamente: “calladito te ves más bonito mi amor”. La conveniencia de ella nunca iba ser suficiente para saldar la adoración de él, y una ecuación así era imposible de equilibrar. Pero no importaba, Clementina ya estaba escondida dentro de un abrigo impermeable a emociones desbocadas. Solo quedaba descubierta para los vientos provocados por las manecillas del reloj. Y en dos meses de verse las caras, los cuerpos y la ropa tirada en el suelo, fue mucho lo que Clementina dejó de decir y más lo que Manel gritaba a los cuatro vientos.

La artimaña había surtido efecto, los mensajes enviados al descuido se convirtieron en una llamada telefónica. Tenían tres días sin hablar desde que él había decidido unilateralmente y sin referéndum que ella era su novia, lo que no agradaba en lo más mínimo a Clementina, pero hoy tenía frío, demasiado frío.

—Hola Manel. ¿Cómo andas? No, no tengo planes para hoy.

Las Crónicas de Barna I

Entrega I

O de porqué nuestra heroína siempre está a punto de irse de la ciudad Condal.

Clementina estaba lista para irse de Barcelona. Mejor dicho, Barcelona estaba lista para deshacerse de Clementina. Al menos eso era lo que ella creía. Se ha convertido en una costumbre de esta ciudad cerrarle todas las puertas, como para probar su paciencia, su talle, como un herrero llevando al límite a una espada recién forjada para comprobar su resistencia.

No era la primera vez que pasaba por esta situación, hace varios meses se encontraba con maletas hechas, pasaje comprado y piso desalojado, cuando recibió una llamada con una oferta que no podía rechazar. No porque fuese particularmente buena, o prometiera una emancipación económica absoluta de su familia, sino que era la excusa perfecta para no volver al país al que juró no regresar tres años antes —o por lo menos intentar no hacerlo—. Esa llamada trajo un trabajo nuevo, piso nuevo, amigos nuevos, un pretendiente transexual, tráfico de influencias en discotecas y tiempo, sobre todo tiempo. Y de ese tiempo hablaremos en una oportunidad más apropiada para esos menesteres, vamos a concentrarnos en el presente.

Tan fácil como llegó la nueva oportunidad decidió irse, obligando a Clementina a parar en el limbo que tanto le desespera, en la incertidumbre que odia con todas sus fuerzas, porque sin ese trabajo piensa que no le queda más remedio que volver a su país con el rabo entre las piernas. Pero no quiere, no quiere fracasar sin pena ni gloria, no quiere ver a sus amigos y decirles «Me voy» —otra vez—, no quiere retroceder al desfile de caras conocidas de la ciudad que antes fue su casa. Quiere quedarse. Quiere quedarse y disfrutar de caminatas sola a horas inapropiadas, quiere descubrir restaurantes que antes estaban escondidos, quiere sexo casual y sin compromiso, quiere ir a conciertos y tomar el té en una terraza asoleada mientras ve a la gente pasar protegida por sus gafas oscuras y el anonimato de una gran ciudad. Pero para todo eso necesita el dinero que desde hace un par de meses se escapa de sus manos por no tener un trabajo para reponerlo. Por eso Clementina está a punto de irse de nuevo de Barcelona. No tiene las maletas hechas todavía pero se ha dado cuenta de que es una forma prácticamente infalible para que le pasen cosas buenas, decidir mandar todo a la mierda para que alguien le tienda una mano.

Hoy Clementina amaneció resignada y harta de la espera —su paciencia si logró abordar ese vuelo con su nombre hace 6 meses—. Sacó las maletas del armario donde están siempre a la mano, por no dejar para última hora la, cada vez más presente, posibilidad de huída. Ya estaba a mitad del calculo mental que implica decidir que se podía y debía llevar, ya había regalado mentalmente un abrigo absurdamente grande que era impráctico para el trópico, ya había decidido hacer una lista de cosas para vender/regalar/botar, ya estaba pensando en cómo decirle a sus amigos aquél «Me voy» que no quería decir y sonó el móvil como cualquier otro día.

Debía estar mañana a las 9:00 AM en el extremo opuesto de la ciudad, bien vestida y con mejor disposición que nunca. Era una entrevista de trabajo.