Here comes the sun

Él quería continuar con la celebración. Ellas no tanto. A él se le había pasado el subidón de la fiesta, del alcohol, de los chistes fáciles y las caras bonitas. A ellas también. Él estaba cayendo en cuenta de a pesar de tener varios años en esta ciudad y haber vivido muchísimos amaneceres, este, precisamente este, era el primero que veía de verdad. Porque ver al sol como si estuviera saliendo lentamente del mar para empezar su ronda de secado y calor no era lo mismo que darte cuenta de que ya era de día después de una larga noche de trabajo frente a un ordenador. A ellas les daba un poco igual eso del amanecer, estaban cansadas, tenían sueño, un poco de frío, y el hambre también empezaba a despertar con el sol, además no tenían muy claro porque habían ido a parar a la playa. Él tenía una botella en la mano que no iba a desperdiciar. Lo menos que podía hacer era brindar con la luz nueva y un poco de cava por este nuevo día. Ellas no se iban a negar a unos tragos de la botella, después de todo ya estaba ahí y sus cuerpos podían aceptar un poco más de cava sin peligro de borrachera, o de más borrachera. Él empieza a recordar que no ha presenciado amaneceres en esa ciudad porque se pone nostálgico y sensiblero, y más todavía bajo los efectos del alcohol. Ellas no tienen opiniones formadas o especiales sobre los amaneceres, los han tenido de todo tipo y en varias partes del mundo, pero definitivamente la nostalgia no forma parte del rango de emociones que estaban manejando en ese momento. Él prefiere los atardeceres. De donde él viene los atardeceres tienen una paleta de colores estridentes, impredecibles, sin miedos ni complejos de inferioridad. De esos sí ha visto centenares. Ellas también se parcializan por los atardeceres. De donde ellas vienen no son tan interesantes y pintorescos, pero por darse a horas más razonables han vivido muchos más y más seguidamente. Él se pone nostálgico y sensiblero como temía, pero igual quiere celebrar. Necesita el hito, la equis en el calendario, el hecho de poder decir que ya ha pasado un tiempo importante. Está cumpliendo cinco años en esta ciudad y unos ojos llorosos por todo lo que dejó atrás al venir aquí no lo iban a detener. Ellas solo se preocupan por el cansancio, el sueño y el poco de frío; también el cava. Una noche de fiesta tan buena había que cerrarla con broche de oro espumoso. Él sirve el líquido —milagrosamente fresco todavía— en los vestigios de vasos que quedaban de la fiesta agradeciendo la compañía de ellas, porque de haber estado solo probablemente habría sucumbido al llanto y quizás no hubiese abierto siquiera la botella. Ellas agradecen la compañía de él por el cava gratis y la seguridad que les da la compañía en la soledad de la playa, que no es particularmente insegura, pero se han visto casos. Los tres brindan, como solo se puede brindar con cava en vasos de plástico mientras amanece en una playa fría, y continúan con la conversación accidentada en un idioma que no es el de ninguno de los tres. Él no las conoce, se acercaron a él mientras estaba solo y viendo fijamente al horizonte. Ellas no lo conocen, se acercaron a él porque estaban aburridas de caminar y él no exudaba nada de peligro. Ellas estaban de paso y se podían permitir las excentricidades de la espontaneidad. Él no estaba de paso y la espontaneidad no existía en su ADN, pero sabía apreciar las casualidades de vez en cuando. Él sigue bebiendo lentamente, ellas siguen bebiendo lentamente, el día ya empezó hace un rato y el amanecer se convirtió en anécdota. Pronto iban a seguir sus caminos, ellas a un piso de alquiler que encontraron a un precio insuperable, él al piso donde ha vivido durante este último año de los cinco que tiene en esta ciudad. Ellas tendrán una resaca que las obligará a vegetar todo el día, él tendrá la previsión de evitarla con ibuprofeno antes de dormir. Pero antes de los pisos y las resacas todavía hay cava a la orilla de la playa en vasos de plástico. Todavía hay una conversación torpe pero amena en un idioma que ninguno de los tres maneja a la perfección, pero que cumple su función. Todavía hay la historia que él está formando en su cabeza sobre su amanecer en la playa con dos chicas de paso, sobre el hito de haber cumplido cinco años en esta ciudad acompañado de desconocidas, sobre la equis que ahora podrá marcar en su calendario gracias a ellas y a su botella de cava que todavía seguía milagrosamente fresca. El sol ya había salido, después de todo.

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Barcelona Blues

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Los pasos se empiezan a hacer cada vez más pesados mientras avanza por la arena. Le pesan las piernas, los pies luchando con el terreno, los brazos que arrastran la pequeña maleta donde lleva una parte de su vida. Otros días, en otras playas esa resistencia a su caminar no le cansaba, no le preocupaba, no le hacía dudar, como hoy. Piensa que quizás precisamente hoy es la primera vez en mucho tiempo en que siente el blues como hay que sentirlo, con el alma desnuda por el miedo y la incertidumbre, si tan solo pudiera guardar un poco de este sentimiento en una botellita para usar en el futuro. Agradece el sentido común de no traer su guitarra a cuestas en estas condiciones pero al mismo tiempo hubiese pagado millones por la posibilidad de tocar una con esta vista y con esta inpiración. Las ruedas de la maleta están por rendirse, a punto de quejarse en voz alta de que no están hechas para recorridos playeros, pero resisten y él quiere creer que se debe a su fuerza de voluntad. No perdió toda la que le quedaba en el camino desde Manila hasta aquí, pensaba manteniendo la inercia de su caminar.

Ya perdió la cuenta de cuanto tiempo tiene sin dormir, aunque sí está seguro que son más de veinticuatro horas, la última etapa del viaje le preocupaba mucho como para tomárselo con tranquilidad y descansar. La experiencia de familiares y amigos nunca ayudan a crearse expectativas reales, pero su éxodo se había convertido en el tema preferido de sus allegados durante su último mes en casa. Llegaba a Barcelona con una lista de contactos de primos lejanos, primos cercanos, amigos perdidos, ex novias, tíos, posibles socios, conocidos de la familia extendida y hasta un pequeño censo de indeseables y malas hierbas. No podía negar que tener al menos a quien llamar en caso de emergencia le brindaba una pizca de paz.

Debía parar un momento, ya lo había logrado, ya estaba caminando por una playa de Barcelona como se lo había prometido hace unos años, ya podía permitirse un breve respiro. En silencio observa cómo el primer sol de su nueva ciudad empieza a hacer su ascensión, cómo el primer día de su nueva vida va despertando desde el Mediterráneo. Se percata del persistente rumor del romper de las olas y su vaivén rítmico, constante, perpetuo. Nunca había oído al mar de esa manera, nunca había apreciado su silencio tan ensordecedor, la música de su espuma y su gaviotas. De donde venía el tiempo era un lujo, el silencio una leyenda y el espacio un mito. De donde venía no era lugar para vivir amaneceres solitarios a la orilla del mar. Aquí podía llenar ese silencio y esa soledad con su música, con sus melodías y con las de tantos que vinieron antes de él. Una vez más se arrepintió de no llevar su vieja guitarra, pero el blues sí estaba con él y en esta ciudad y eso era lo importante.

Llegó a estas orillas con prospectos de trabajo decente y bien remunerado, con planes de ver mundo y aires nuevos, con ganas de crecimiento personal y un oficio digno y para toda la vida, y siempre encontraba los lugares comunes que su familia quería oír para hablar de su partida. No mentía, pero él prefería ser selectivo con la verdad para evitar conversaciones redundantes y oídos sordos. Lo que realmente quería era cantar blues, tocar una guitarra eléctrica como Stevie Ray Vaughn, Eric Clapton o Jimi Hendrix, hablar con dolor y voz profunda de amores que nunca tuvo, de trabajos que nunca hizo y de lugares que no ha conocido todavía y quizás no llegue a conocer. En un mundo perfecto él estuviese haciendo este paseo mañanero a orillas del Mississippi, respirando el olor dulce del agua y añorando la sabiduría negra de la voces del auténtico blues. En ese mismo mundo perfecto la diáspora filipina de sus familiares y amigos hubiese escogido Estados Unidos en búsqueda del sueño americano. En el mundo real su lista de contactos había escogido Barcelona como el terreno para echar raíces. Era él quien llegaba tarde a la única fiesta para la que tenía invitación. Esa inevitabilidad de la vida de presentarte opciones que no son precisamente las que queremos ni las que necesitamos sino las que quedan, sí es que somos lo suficientemente afortunados de tener opciones.

Fuese un mundo perfecto o no, él estaba en paz. Feliz era una palabra muy compleja para este momento en su nueva vida, con muchas variables. Hasta ahora su vida era arrastrar una maleta por la arena, ver al sol empezar su jornada laboral y pensar en la guitarra que no traía consigo. Un día a la vez, iba a empezar a repetirse como mantra. La guitarra vendrá, prestada, comprada, de segunda mano, rescatada. Trabajo conseguirá, gracias a los contactos, a la suerte, a su currículo, a sus ganas, quién sabe. El sol saldrá de nuevo mañana y las olas seguirán yendo a dormir a las arenas de la Barceloneta así no haya un emigrante recién bajado del avión para asegurarse de ello. La voz y el blues ya los tiene, esos sí se vinieron en el equipaje.

El rito

El rito

Ver a la gente pasar era nuestro rito familiar y viajero. Papá decía que se imaginaba a la familia como un equipo de exploradores estudiando con paciencia una especie desconocida de animal, presenciando una planta florecer y morir instantáneamente, viendo una lluvia de estrellas desaparecer con la primera luz del día. Éramos cuatro viajeros que le tomaban el pulso a ciudades nuevas a pie de calle, viendo a sus habitantes hacer vida, viendo a otros turistas luchar contra mapas enormes y traductores inexpertos. Aventuras que tenían lugar en el breve espacio entre comidas y atracciones turísticas ineludibles.

Papá había comenzado la tradición cuando mi hermana y yo todavía éramos pequeñas, durante nuestro primer viaje, cuando fuimos capaces de dominar nuestra impaciencia y la hiperactividad producida por el azúcar y las vacaciones. Nos sentamos en un banco, en alguna pequeña plaza dormida de una ciudad también pequeña y dormida, y Papá nos enseñó a ver la gente pasar. Había una técnica detrás, una filosofía de observación para evitar caer en el estereotipo de los turistas aburridos, cansados y perdidos. Había que observar con atención pero sin intensidad, con disimulo mas no desinterés, había que tejer historias con los hilos de la vida de los otros que veíamos pasar. Él comenzaba para motivarnos, siempre con historias felices e imposibles sobre los transeúntes que desfilaban para nosotros. No había rostros tristes o cansados para él, sólo quizás la melancolía de un mal día o tiempos olvidados. Luego Mamá se unía a la ficción con historias más cotidianas, sobre largos caminos a casa, sobre familias reencontradas. Mi hermana y yo generalmente hacíamos alarde de la imaginación sin límites de nuestra inocencia, incluyendo en nuestras historias a seres de otras galaxias o la búsqueda de un poderoso artefacto perdido desde tiempo inmemorial. Con el paso de los años y los viajes nuestras contribuciones a la ficción empezaron a reflejar nuevas preocupaciones, las culturas y geografías visitadas, la rebeldía de la adolescencia y la ansiedad de la adultez que se avecinaba. Pero Papá nunca dejó que la realidad afectara su capacidad de ver a la gente pasar y crear historias. Nunca dejó pasar una oportunidad de crear memorias nuevas para nuestro interminable álbum viajero. Ni siquiera al final.

La enfermedad de Papá llegó con la mala educación de aparecer sin avisar. En nuestro último viaje el rito de sentarnos a ver la gente pasar era más necesidad que distracción. Papá necesitaba descansar. Todavía podía caminar solo, pero su cuerpo ya mostraba signos de rendición, los que escondía con un gran calcetín negro, sus zapatos más cómodos y su mirada concentrada en todas las historias que nos rodeaban.

El rito sigue vivo y rozagante, en la ficción de los transeúntes, en los bancos que nos sirvieron de islas, en las plazas y calles que fueron páginas blancas, en las fotos que hoy son mapas de tesoros. El rito sigue vivo aunque hoy seamos tres viajeras sin guía y con todo el universo por delante.

La pose

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La pose que tanto había practicado le daba aires de reportero gráfico. Aunque la cámara pequeña y automática lo delataba con cualquiera que supiera de fotografía, tuviera la misma cámara o fuese, de hecho, reportero gráfico. La pose le regalaba una dosis de seguridad y la pizca justa de desfachatez para no sentir que hacía el ridículo al buscar la imagen más complicada, la imagen escondida, la historia menos directa que daba simplemente mirar hacia delante. La pose era un baile consigo mismo, era el ángulo obtuso o agudo que buscaba con su espalda mientras sus brazos compensaban, recalculaban, diseñaban, buscaban el encuadre perfecto. La pose era prescindir del trípode en pro de la inmediatez. La pose era parte de un estado mental, un comportamiento adquirido para pasar desapercibido, no desde la mediocridad, sino precisamente del otro lado: desde la mediana y justa capacidad de los competentes.

Tenía buen ojo, eso era casi todo. Sabía donde apuntar el lente —lo que ciertamente ayudaba—, sabía tener paciencia —que nunca era malo—, sabía apretar el botón con mucha rapidez para asegurar al menos una buena instantánea dentro de cada diez —lo que tampoco perjudicaba—. La pequeña cámara automática podría ser un sacrilegio para los entendidos —quizás, nunca había preguntado— pero a él le daba resultados. Cuando en la tranquilidad de su casa observaba una fotografía tomada por él, después de escogerla y retocarla imperceptiblemente se sentía pleno y eso era lo único que le importaba.

Estaba construyendo un archivo de memorias para alguien que no conocía todavía. Un banco de imágenes curadas por su espontaneidad de fotógrafo amateur y las limitaciones de alcance, foco y nitidez de su pequeña cámara automática. Una biblioteca de recuerdos que algún día compartiría con alguien, para cuidar y alimentar con más recuerdos y fotos convertidas en bits y bytes dentro de computadoras, DVD’s, pendrives, móviles, tablets o cualquier artilugio que exista en el futuro para hacer tangible lo inmaterial de un recuerdo digital. Años de viajes, de conciertos, de eventos familiares, de trabajos emocionantes, de trabajos aburridos, de personas importantes, de familiares, de amigos muertos, de desconocidos, de amores pasajeros, de amores largos y tormentosos. Todas memorias capturadas con su pequeña cámara automática, o con las variaciones —más o menos iguales— que la precedieron y los nuevos modelos —también más o menos iguales, seguramente— que le seguirán.

Volvía él a su pose, volvía a analizar su encuadre, la incidencia del sol y su luz abrasadora, miraba su objetivo todavía inescrutable tras el lente de la cámara, saltando mentalmente entre la realidad de la experiencia y la de la memoria que construía con su fotografía. Volvía a su pose y pensaba en la historia que contaría sobre el edificio que estaba retratando. Pensaba en ese receptor de sus memorias fotográficas y lo incluía en su búsqueda del ángulo perfecto, en su experiencia de retratista del recuerdo y mientras presionaba el botón imaginaba a un futuro hijo fascinado con el edificio en cuestión, a una futura hija preguntando sobre la ciudad donde fue tomada la foto, a una futura esposa oyendo feliz la historia que sabía de memoria, a un sobrino aburrido que por fin encontraba alegría al visitar a su tío, a una prima deprimida y agradecida de atención. Volvía a su pose y con la última ráfaga de fotos del día se preguntaba si ese receptor de sus recuerdos, ese heredero de su memoria estaría escondido en una fotografía ya tomada o en una por venir. Quedaban todavía muchos recuerdos por retratar en esta ciudad, muchas almas también en búsqueda, mucho tiempo para construir. Mientras tanto él seguirá practicando su pose de reportero gráfico con su pequeña cámara automática.

The Terminal

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Los aeropuertos tienen la mala costumbre de tener amaneceres o atardeceres ominosos, piensa Ramiro, perdido en la concentración que requiere descifrar las actividades que hombres y mujeres —casi hormigas— llevan a cabo afanosamente en la pista de aterrizaje frente a él. Cualquier ser humano en su sano juicio quiere ser recibido en un aeropuerto con cielos imposiblemente azules y despejados, dignos de una película de Disney. Como si la luz del Sol alejara todos los males, los vientos traicioneros y ayudara con toda su buena intención a mantener flotando en el aire al leviatán metálico que estás a punto de abordar para llegar a tu destino. Un consuelo de tontos, pensaba Ramiro, pero por algo los tontos son más felices, tienen menos cosas de que preocuparse.
Hace años, cuando todavía viajaba con sus padres, tomar un avión le causaba un pánico indescriptible. Bueno, sí era descriptible: le sudaban las palmas de las manos, su estomago experimentaba un vacío constante, un puercoespín se alojaba en su cabeza durante el tiempo de vuelo, cerraba los ojos y no paraba de ver escenas del avión en cuestión partiéndose en dos sobre el océano Atlántico y los otros pasajeros saliendo disparados como hojas secas en una ventisca de otoño. También rezaba mucho, todas las oraciones que se sabía eran repetidas como un mantra cada vez que el avión hacía un movimiento medianamente brusco. Hacía promesas vacías que no cumpliría una vez aterrizara y no paraba de ver el recorrido por la ventana, como asegurándose constantemente de que el avión iba por el camino correcto. De pronto un día, en su primer vuelo sin su familia, se dio cuenta que todo ese miedo que sentía en su infancia había desaparecido casi por completo. Todavía sentía respeto por esas máquinas fabulosas cuyo trabajo diario es desafiar a la ley de la gravedad, pero ya no había pánico, no había malestar estomacal, no había visiones horribles de explosiones y caídas libres. Ahora le preocupaba más algún oficial de inmigración con mal humor, no cargar el pasaporte, que su maleta se extraviara en el camino, que algún loco extremista escogiera ese día para demostrar lo mucho que amaba u odiaba algo en nombre de alguien o algo, un cambio imprevisto en el itinerario de vuelo, un retraso, un adelanto, en fin, manifestaciones eminentemente humano-burocráticas del arte de viajar. El miedo, para Ramiro, era como la energía, no se crea ni se destruye, sino que se transforma.
Tenía dos teorías para esa nueva actitud: había madurado repentinamente y aprendido a confiar en la ciencia de la aerodinámica y la aeropropulsión, o —y esta era la más probable—, al viajar solo no empatizaba con el pánico de su madre, que todavía se paralizaba al cruzar el umbral de una aeronave. Para ella la teletransportación es uno de esos avances tecnológicos que está tardando mucho en llegar, así se evitaba las inevitables cuarenta y ocho horas de miedo que venían con cada viaje. Ramiro sabía que ese miedo a volar volvería con la paternidad o la vejez, la que llegase primero, aunque no perdía las esperanzas de que el futuro trajese la teletransportación que su madre tanto añoraba.
Para Ramiro la espera era la parte difícil de viajar. La paciencia no era de sus virtudes, y estaba convencido de que sería un terrible monje tibetano, un mal fotógrafo de aves, un peor profesor de preescolar o cualquier otra carrera que exigiera paciencia en cantidad. Él esperaba y veía a otros seres humanos esperar con él, e imaginaba un caudal inagotable de razones para esas esperas, para esos vuelos por despegar. Una muerte repentina en la familia, las vacaciones para las que ahorraron diez años, las vacaciones que repiten todos los años, el viaje mensual de negocios, el exiliado político, el prófugo de la justicia, los estudios de postgrado, el examen médico a manos de un mejor especialista, la lista de viajes antes de morir, la luna de miel, la escapada romántica con el/la amante, la conexión maldita de catorce horas, la conexión fugaz de treinta minutos, la búsqueda de asilo, el tráfico de drogas, el coleccionista de nacionalidades, el policía encubierto, todos esperan por igual, cada uno absorto en el pasar de su propio tiempo, cada uno con sus razones y Ramiro todavía se aburre. Se aburre porque ya terminó su libro de cabecera, porque tiene poca batería en el móvil y debe guardarlo para una emergencia, porque comprar una revista le parece botar el dinero en esta época de pixeles y señales inalámbricas, porque sabe que las películas del avión ya las vio en el viaje de ida, porque hay un niño que no para de llorar y Ramiro oye ese llanto premonitorio y se lamenta por los infantes viajeros que seguramente plagaran el avión transatlántico.
Sin embargo, en su larga espera, Ramiro presenciaba el paso de otro tiempo, de otra dimensión social, de una mitología que sólo existía dentro de un aeropuerto. Dentro de estos recintos monumentales la persona que espera deja de ser un ciudadano para convertirse en un arquetipo de un personaje de novela. El viajero deja de lado su humanidad para convertirse en las razones de su viaje. Diariamente hay miles de vidas destruidas, salvadas, arregladas, agredidas, exaltadas por un aeropuerto. Aquí no hay indiferencias, no hay control absoluto, el viajero entra a una zona donde el azar aparentemente es rey y eso se ha convertido en parte de nuestro andar como sociedad.
Leyó alguna vez —o quizás oyó decir— que los aeropuertos eran considerados “no-lugares” en ciertos círculos intelectuales. Este nombre le parecía mucho más ominoso que las nubes plomizas que veía desde la ventana donde se entretenía mientras todavía esperaba. Ese prefijo “NO” siempre tan negativo, siempre tan castrante. Ya los aeropuertos tenían suficiente con esa naturaleza tan impredecible, tan volátil (sin querer hacer un chiste de mal gusto), tan compleja, terrible y maravillosa que estaba viendo aparecer ante sus ojos que esperan todavía frente a un ventanal que muestra pero no deja tocar. Ramiro pensaba que quizás era hora de reivindicar a los aeropuertos en su vocación de templos de paso del nuevo mundo, para luchar contra esa mala fama de monstruos del capitalismo y la tecnocracia. Él sabía que no tenía el poder ni los recursos para comenzar dicha campaña, pero al menos podía convencer a un par de amigos que inexplicablemente todavía preferían a los trenes para sus traslados de larga distancia. Ramiro estaba sinceramente impresionado con todas las ideas que esta espera aeroportuaria le estaba regalando. Quizás se podía acostumbrar a no ahogar sus pensamientos con música y literatura, era refrescante eso de pensar por sí mismo de vez en cuando. Y apenas habían pasado quince minutos. Las nubes ominosas permanecían impasibles, este atardecer será largo y profundo, y todavía faltan más de cinco horas para el vuelo a casa.

Message in a bottle

2013-06-09 15.15.55

Las nubes se desangran con violencia y a lo lejos, heridas por el viento y las aves. El cielo tiene ganas de ser mar, de nadar entre matices de azul para escapar del gris que lo empieza a envolver con rapidez. Una fuerza cósmica lo quiere unir todo en una sola franja, para hacer junto al mar y la tierra una bandera triste, que llora y se mece incesante.

El agua invita con su calma, a pesar de que la primavera se disfrazó de invierno. La pareja se descalza para probar las olas, para hundir los pies con cuidado en la arena húmeda, para vivir la soledad absoluta que los rodea. Para tocar el mar por primera vez.

Los dos siguen en silencio, anclados en la arena cada uno a su manera, absortos ambos en el azul profundo que tienen en frente. Comparando la realidad con todas las veces que vieron al océano detrás de una pantalla de televisión. Descifrando el ritmo de las olas, hipnotizados con la espuma espontánea y efervescente. Y no lo saben pero ambos buscan lo mismo con la mirada. Ambos quieren encontrar un mensaje en una botella.

Ella desde pequeña sentía una predilección extraña por historias de piratas y hombres de agua. Soñaba despierta con olas y espuma de mar, islas y buques, palmeras, espadas y arcabuces. Con familias de hombres y mujeres de todos los rincones del planeta, que defendían a sus barcos de madera con más fervor que a su patria. Soñaba con tiempos donde el naufragio era una forma común y digna de morir y un mensaje en una botella era un llamado a la venganza por la muerte que se avecinaba, una confesión de último momento sobre un botín real, un mapa del tesoro y una invitación a la aventura. Ella quería un mensaje en una botella para dejarlo todo y salir huyendo de allí, para tener una razón para no mirar atrás, para justificar sus sueños con un pergamino de varios siglos de antigüedad y vivir lo que quería y no lo que tenía.

Él siempre ha sufrido de aridez a la hora de soñar. Quizás haya sido culpa de crecer en un país sin mar, o que desde pequeño siempre se ha sentido mejor en compañía de números y personas silenciosas. Los lagos de una que otra vacación juvenil no fueron suficientes para despertar su curiosidad por el agua. Para él aprender a nadar era un requisito de la pubertad, un paso más en la lista de cosas que se esperaban de él. Por eso los números y el silencio, porque los números no mienten y el silencio no distrae, los números y el silencio no hacen daño, los números y el silencio ponen la comida en la mesa y te dan tiempo para disfrutarla y hacer la digestión.

Para él un mensaje en una botella era un ejercicio de audacia mental. Era la única solución que él encontraba a no poder imaginarse una estrella de mar, un cangrejo o una fiesta de conchas, corales y fósiles. Le daba curiosidad comprobar que una botella naufraga pudiese aguantar el paso del tiempo y la inclemencia de los elementos.

Habían escogido esa ciudad para su luna de miel dejándose llevar por el romanticismo de vivir muchas primeras veces juntos. La primera salida del país, la primera vez en un avión, la primera vacación matrimonial, la primera vez que veían el mar. Un mar de verdad, no de esos que son lagos grandes que mantienen el nombre de mar por una tradición equivocada. Este mar no tenía límites visibles desde aquella orilla que disfrutaban en silencio, este mar era una máquina del tiempo que les robó la habilidad de hablar y los transportó a una época más simple donde el océano era una curiosidad geográfica de otras latitudes.

Quizás por el miedo de enfrentar finalmente al azul inconmensurable ella y él cambiaron para siempre. Quizás habían adelantado demasiado la boda y unos meses más de convivencia no hubiesen caído mal para fortalecer los lazos, la dependencia, la pasión en la cama y fuera de ella. Quizás ella se dio cuenta en ese momento que un mensaje en una botella podría cambiar el hecho de que mañana iba a tomar el primer barco que saliera del puerto para entregarse definitivamente al mar, para hacer su vida pasada naufragar en el azul que la rodearía y renacer de nuevo del salitre y la espuma. Quizás él se dio cuenta también que ese mensaje cautivo del vidrio y el agua era una llamada, una alarma para despertar del estupor de los números y el silencio, una ratificación de que soñar no es tiempo perdido y que la aritmética no lo resuelve todo.

La pareja se da la vuelta para dejar la bahía. El frío de la lluvia que avanza hacia ellos ya se empieza a sentir en ráfagas húmedas que los obligan a dejar la arena, a terminar con su primera vez frente al mar. El camino al hotel no es largo y están cerca del refugio contra el temporal que se avecina. Siguen en silencio mientras caminan y cada uno le atribuye el mutismo de su contraparte a la impresión de esta primera vez. Ambos se dejan llevar de la mano al hotel por el aroma del salitre y el viento marino. Esa noche no harán el amor y la lluvia que ahora comienza dejará al descubierto una botella verdosa y áspera con un contenido indescifrable. El agua sigue removiendo arena mientras se oye a lo lejos el tilín tilín de la lluvia chocando contra el vidrio viejo. Cae la noche y el mar seguirá allí, siendo mar e historia.

Guerra a muerte

2013-11-05 15.53.11

El problema es que todo comenzó con una lavada de cerebro. Poco a poco él me fue creando la necesidad de competir, de probarme constantemente, de pensar en el futuro medido en movimientos, turnos y estrategias. Su visión en blanco y negro del mundo empezó desde un tablero. Para él no había medias tintas, grises u otros colores, para él era: sí o no, vida o muerte, combate o cobardía. A mi me entretenía, pero no me apasionaba, todavía no.

Algo de mí le incomodaba, al menos así parecía, me di cuenta al poco tiempo de frecuentar su campo de batalla. Por momentos pensé que era mi edad, quizás por que le hacía recordar mejores o peores momentos de su vida. No lo decía; durante nuestros juegos reinaba el silencio. Pero tenía una mirada que lo delataba más allá de la altanería del retador, como un felino que mira cauteloso a su presa, todavía sin saber si debía tenerle miedo y desistir o sorprenderlo y vencer. Siempre a la espera de algo.

Compartimos casi cinco años de guerras imaginarias en su tablero de ajedrez. Estaba hecho todo de madera, tosco, fuerte, sobrio, esencial. Como él, como Atanasio y su silencio al pensar, como su austeridad de movimientos. Amaba al ajedrez más que a la mayoría de los seres humanos y me aceptó como retador al oír por el barrio que eso del ajedrez se me daba suficientemente bien. Tenía más de 80 años y no podía ser muy exquisito a la hora de escoger alguien que lo acompañara en su distracción de las tardes. Me convertí, después de meses de más error que ensayo, en la personificación de sus preferencias a la hora de jugar el ajedrez. Perdón, debo decir combatir, batallar, o cualquier otro verbo bélico. Atanasio siempre decía, que aunque no hubiese sangre en el tablero, el ajedrez no dejaba de ser una guerra a muerte.

Nunca hubo sonrisas, nunca hubo cumplidos por un movimiento inesperado, nunca hubo felicitaciones por una estrategia impecable. El rostro de Atanasio era una lápida de concreto, severo y frío. Por eso sigo convencido, incluso después de tantas décadas, que algo de mí no le gustaba. O quizás era su forma de educar, de formar carácter, temple, de transmitir su dureza y sabiduría del silencio. Todos los ancianos que todavía vivían en el barrio, y que habían nacido a mediados de 1800, eran distantes, rígidos, hombres de campo, de trabajos forzados y otros tiempos. Atanasio por supuesto no hablaba de su vida, no hablaba de más nada que no fuese ajedrez la verdad, pero mi padre me había contado que Atanasio, siendo un joven cadete en el ejército, tuvo un accidente con un mosquete que le truncó su apenas iniciada carrera militar. Ese aire marcial de sus ademanes y forma de hablar —aunque fuese escasa— estaba impregnado de disciplina y dureza.

Indudablemente nuestros enfrentamientos diarios dejaron una huella en mi que no puedo ni quiero esconder. Luché casi cinco años contra Atanasio en un tablero de ajedrez para ganarme su aprobación, para sacarle una sonrisa socarrona al aceptar su derrota después de una jugada magistral de mi parte, para que me agradeciera la compañía, lo que sea. Creo que me hubiese conformado con lo que sea en ese momento. Por eso a veces creo que me lavó el cerebro y ni cuenta me di, haciéndome más fuerte, más independiente, más metódico, y que parte de la cosas buenas que me han salido en estos últimos cincuenta años se las debo a nuestras batallas silenciosas a blanco y negro.

Hoy quizás no sé si logre ese efecto en el chico que viene todas las semanas al parque a retarme. Ahora entiendo a Atanasio y su falta de confianza en la juventud, con sus ropas extrañas, con sus formas de hablar inteligibles, con su falta de respeto a los mayores. Éste se ha comportado bien hasta los momentos, pero tiene un amigo que no deja de rondar nuestro combatir, aunque trato de ignorarlo con la misma marcialidad que le aplicaba Atanasio a los niños que hacían lo mismo hace cincuenta años. Por los momentos aprecio el ejercicio que a mi edad siempre es bienvenido, gracias a este tablero para gigantes, que me hace sentir tan pequeño a veces, aunque mi vejez se haya encargado de recordármelo en otras batallas de mi vida. Creo que el chico ya está listo para un poco de la sabiduría de llevar el pelo blanco, me encargaré de recordarle al terminar que aunque no haya sangre en el tablero, el ajedrez no deja de ser una guerra a muerte.