La espera.

Frente a mi casa un hombre espera. Espera y ha esperado no sé cuanto tiempo, no sé qué, a quién. Lo veo cuando mis días deciden pasearse frente a su espera, y siempre está allí, sentado en un banquillo de lona y tubos, vestido a medio camino entre otoño e invierno, con un fiel perro fiel —dos veces fiel porque el can espera con su amo y por su amo—. No tiene cartel que anuncie una tragedia familiar, una enfermedad incurable, o la pérdida de su pasaporte y su dinero a manos del hampa común, tampoco adorna su campamento de un metro cuadrado con un recipiente para monedas, ni la funda de un instrumento desvencijado o la suciedad que acompaña el final de una comida. No me mira cuando cruzo su siempre fija línea de visión, no mira a nadie, permanece inamovible y mudo, como si concederle atención a nuestra presencia fuese a manifestar inevitablemente su miseria, o ponerle fin a su misteriosa e imperiosa espera. Un Buda mudo y caucásico, y me aventuro a decir que de carne y hueso porque lo he visto pestañear de vez en cuando. Me intriga su espera, su resoluta decisión de permanecer sentado en el banquillo, como un acusado que se sabe culpable de un juicio invisible. Me intriga que decida concentrar toda su atención en el supermercado de enfrente y no en la calle que niega de espaldas, y a veces pienso que es un sociólogo frustrado que dedica sus horas a estudiar los hábitos de consumo de los vecinos de la cuadra y del transeúnte casual, que es un cliente quisquilloso que necesita corroborar la frescura de los alimentos que pretende comprar al estar presente a la llegada de los mismos, que está haciendo tiempo cómodamente mientras su mujer completa su jornada laboral, que espera por alguien que entró a ese supermercado infinito y parece no salir nunca. Y hoy lo observo esperar en un día caluroso de junio y él sigue con su vestimenta de treinta de noviembre, tal vez esperando por el nuevo otoño, tal vez que en su espera marmórea se hace inmune a los desaires y caprichos del clima, tal vez no es de carne y hueso sino de bronce como las efigies del Buda al que tanto se parece, tal vez se enamoró del concubinato entre las sombras de los árboles y los edificios que sumergen mi calle en una frescura perenne. Y me invento todas sus razones para creer que esperar no es de locos, que la vigilia y la calma no es una batalla perdida, que la mudez premeditada es más estridente que las palabras vacías. Y también invento mis razones por que yo ya le cogí el gustito a la espera.

Enciclopedia Dramática

Sócrates era un gilipollas de los cojones con esa estupidez de sólo sé que no sé nada. Es que no se imagina el nivel de relaciones que se pueden hacer partiendo del detalle más nimio. ¿Tiene diez minutos de sobra? Y por cierto, ¿me dice la hora? Déjeme y le explico, no sea como los demás idiotas —sin ánimos de ofender, los idiotas son los otros, siempre los otros­— que andan por la vida conformes con la información que se les atraviesa en la calle por obra y gracia del Espíritu Santo; o Jehová, Quetzalcóatl, Adonai, el nombre que usted quiera darle. Yo con las religiones no me meto, las conozco como puedo conocer un catálogo de muebles. Sé las locaciones, las fechas, los nombres, las normas, pero no me interesa su contenido; eso no es conocimiento, es superstición, yo soy un hombre de ciencia, de datos mensurables. Como usted. ¿Me sigue hasta ahora? Tampoco creo en otros que promulgaron la muerte de Dios, como el pesado de Nietzsche. Siguen siendo opiniones, conjeturas alimentadas por el opio, las enfermedades venéreas y la falta de sueño. Dios no existe hasta que me muestren pruebas irrefutables. No puede morir lo que nunca estuvo ahí. Para mí ese nombre se usa como una convención social para expresar asombro, una muletilla en conversaciones. Aja. Volviendo al tema, o más que tema, concepto, porque es una idea lo que trato de regalarle. ¡Claro que es un regalo! Es gratis, sólo tiene que saber filtrar la información, catalogarla, separar el conocimiento de la opinión. El conocimiento es perfecto, imparcial, certero, blanco o negro, no es una mujer ingrata que hoy no te encuentra atractivo como la noche anterior, que hoy te reclama la falta de atención y que pagues la renta. No me diga que no le ha pasado. ¿Lo ve? La patraña de la interpretación. Retomo el hilo en mi pretensión de iluminarle el panorama. Tome como ejemplo la Reina de Inglaterra. Un poco de paciencia, van sólo dos minutos, escúcheme y entenderá, por favor. Reina en inglés es queen, Queen es el nombre de una banda de rock inglesa donde cantaba Freddie Mercury, el apellido del tío ese, significa mercurio en castellano. Mercurio era el nombre romano de Hermes, el mensajero de los dioses. El metal líquido que comparte ese nombre, y si se perdió sigue siendo mercurio, se usa para llenar los termómetros por su comportamiento con la temperatura y hace siglos era un ingrediente importantísimo en la alquimia. La palabra india para alquimia es Rasavātam, que significa “el camino de mercurio” y creo que no tengo que decirle que la India fue colonia inglesa hasta no hace mucho; volvemos a caer en la reina. ¿Ve que simple? Un hilo de datos simétrico, sin contaminaciones de valor, sin opiniones. Claro que escogí el camino yo, pude haber llevado las referencias por caminos tan infinitos como el universo mismo. Pero ese no es el punto. Acérquese un poco más a la reja que no quiero gritar. Por favor. El punto es la relación de las cosas a través del conocimiento. A mi no me interesa que Inglaterra siga teniendo una monarquía constitucional, o que Queen hayan sido precursores del rock progresivo. Se lo digo de nuevo, no me interesa. ¡Yo necesito los datos, las fechas, los nombres, todo! La gente no entiende que información es poder, que poder es hacer y de hacer hago lo que quiero. ¿Es tan descabellado eso? No desespere, van cinco minutos y cuarenta y cuatro segundos, llevo la cuenta con el pie. Yo si sé, y mucho, pero falta todavía, lo necesito saber todo. No se vaya a buscar la medicina, no la necesito, yo no estoy loco. Es una opinión, una interpretación prejuiciosa de mi realidad hecha por una mujer que no entiende, que no me entiende y que vino aquí a llorarle a un doctor para encerrarme, que espero no sea usted, y si lo es mire que articulado soy, disfrute en la concatenación de mi conocimiento. No tengo los síntomas de esquizofrenia porque los conozco, ¿quiere que se los enumere? ¡¿Dónde está la locura de no tener tiempo para las trivialidades de la vida?! ¡Por las llagas de Cristo no me deje solo, necesito que compruebe que no estoy loco! ¿Vio?, he usado una muletilla sacra. De nuevo, claridad, absoluta claridad de pensamiento. Siento mis neuronas haciendo chispas revisando mis bancos de memoria. Joder. Usted me cae bien, podría ser una opinión, pero no, es un hecho. Es el síndrome de Estocolmo, ¿acaso un loco sabría diagnosticarse tan certeramente? Hablando de Estocolmo, no querría saber cual será el pronóstico meteorológico de esta semana, uno nunca sabe cuando podría viajar a Suecia. ¿Sabía que Suecia tiene una de las tasas más altas de suicidio de Europa? Ya acabaron los diez minutos, y antes de que vaya por la medicina, ¿puedo tutearlo?. Me vuelve loco medir mis palabras.