El paredón

2013-11-10 19.38.03

He oído historias sobre esas cicatrices. Que son huellas de las balas inocentes de un paredón de fusilamiento, dicen unos; que fueron balas también, pero decorativas, puestas para engañar a turistas, para darle más carácter a las calles eternas de la ciudad, dicen otros; que el drama y la sangre siempre venden más, digo yo. No importa realmente lo que hayan sido, sino lo que parecen: disparos. Me gusta que parezcan disparos porque la gente inmediatamente se entristece al imaginarse los escenarios posibles que expliquen tantos balazos en esa pared. Y yo sentado a los pies de las huellas de las balas me robo las historias que nacen en los rostros de los turistas cansados, los vecinos apurados, el barrendero que sabe exactamente cuantos agujeros adornan la pared, el mesero que no pierde de vista los cráteres que le recuerdan a una luna de soslayo.

He visto niños que comparan sus puños con los bajorrelieves, con movimientos ensayados, en cámara lenta, reviviendo en su mente una batalla épica con un ser de piedra, enorme y particularmente plano. Estudiantes de arquitectura dibujan desde lejos, sentados y concentrados, paseando sus miradas en el resto del edificio que alberga el paredón herido —puede que sea una iglesia, todavía no estoy seguro—, ignorando o resaltando las erosiones, cada uno según su personalidad. Un señor se apoya cansado en la pared mientras un cigarrillo se consume en su mano derecha, no aparta su mirada del suelo en búsqueda de algo quizás perdido en otro lugar. Tal vez está rindiendo un tributo silente a los caídos frente a esa pared, si los hubo; tal vez busca en el suelo las migajas de sus fuerzas perdidas, las ganas de continuar con el camino que lo agobia. Probablemente solo esté distraído con una hormiga que se va dejando la vida arrastrando un pedazo de galleta dulce.

Yo estoy ahí, observando, alejado de los transeúntes distraídos, de los niños ruidosos, de las parejas con poco pudor y muchas ganas, pero siempre observando. Poco a poco voy llenando mi saco de historias ajenas, de relatos rutinarios, de fábulas fantásticas. Lentamente voy robando historias para esconderlas de nuevo en cuadernos que nadie leerá jamás, en repisas que nunca verán la luz del sol. Cuidadosamente las extraigo de sus dueños, las empaqueto, las catalogo, las guardo. Siempre ahí, sin perder de vista el paredón herido. Las víctimas nunca se dan cuenta, nunca echan de menos los minutos imaginados que se desvanecen frente a sus ojos. Por eso me gustan esas cicatrices, posibles balazos, porque me ayudan a distraer a incautos, porque generan historias frescas para hurtar, porque el drama vende, y yo necesito de ese drama para mi colección.

Robo historias porque ya hace mucho que he perdido las mías. Un desalmado me dejó en la calle y sin relatos para viajar en mi mente. Se llevó absolutamente todo y no sé por qué y seguramente no lo sabré nunca. No dejó rastros ni razones, solo el vacío de no tener nada qué contar. Y recurro al crimen del hurto sigiloso de historias para evitar la muerte en vida, para no vagar por estas calles buscando la nada y agobiado por el vacío de cuentos que recuerdo haber tenido, pero que no recuerdo contar. Robo con cuentagotas para que nadie sufra lo que yo. Robo paso a paso y cuidadosamente. Nadie se entera, nadie se siente disminuido por la ausencia imperceptible. Robo siempre a la sombra de cicatrices de piedra, a la vista del mismo paredón abaleado, quizás real, que al igual que yo, es un escaparate de historias robadas y de sueños perdidos.

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