The Terminal

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Los aeropuertos tienen la mala costumbre de tener amaneceres o atardeceres ominosos, piensa Ramiro, perdido en la concentración que requiere descifrar las actividades que hombres y mujeres —casi hormigas— llevan a cabo afanosamente en la pista de aterrizaje frente a él. Cualquier ser humano en su sano juicio quiere ser recibido en un aeropuerto con cielos imposiblemente azules y despejados, dignos de una película de Disney. Como si la luz del Sol alejara todos los males, los vientos traicioneros y ayudara con toda su buena intención a mantener flotando en el aire al leviatán metálico que estás a punto de abordar para llegar a tu destino. Un consuelo de tontos, pensaba Ramiro, pero por algo los tontos son más felices, tienen menos cosas de que preocuparse.
Hace años, cuando todavía viajaba con sus padres, tomar un avión le causaba un pánico indescriptible. Bueno, sí era descriptible: le sudaban las palmas de las manos, su estomago experimentaba un vacío constante, un puercoespín se alojaba en su cabeza durante el tiempo de vuelo, cerraba los ojos y no paraba de ver escenas del avión en cuestión partiéndose en dos sobre el océano Atlántico y los otros pasajeros saliendo disparados como hojas secas en una ventisca de otoño. También rezaba mucho, todas las oraciones que se sabía eran repetidas como un mantra cada vez que el avión hacía un movimiento medianamente brusco. Hacía promesas vacías que no cumpliría una vez aterrizara y no paraba de ver el recorrido por la ventana, como asegurándose constantemente de que el avión iba por el camino correcto. De pronto un día, en su primer vuelo sin su familia, se dio cuenta que todo ese miedo que sentía en su infancia había desaparecido casi por completo. Todavía sentía respeto por esas máquinas fabulosas cuyo trabajo diario es desafiar a la ley de la gravedad, pero ya no había pánico, no había malestar estomacal, no había visiones horribles de explosiones y caídas libres. Ahora le preocupaba más algún oficial de inmigración con mal humor, no cargar el pasaporte, que su maleta se extraviara en el camino, que algún loco extremista escogiera ese día para demostrar lo mucho que amaba u odiaba algo en nombre de alguien o algo, un cambio imprevisto en el itinerario de vuelo, un retraso, un adelanto, en fin, manifestaciones eminentemente humano-burocráticas del arte de viajar. El miedo, para Ramiro, era como la energía, no se crea ni se destruye, sino que se transforma.
Tenía dos teorías para esa nueva actitud: había madurado repentinamente y aprendido a confiar en la ciencia de la aerodinámica y la aeropropulsión, o —y esta era la más probable—, al viajar solo no empatizaba con el pánico de su madre, que todavía se paralizaba al cruzar el umbral de una aeronave. Para ella la teletransportación es uno de esos avances tecnológicos que está tardando mucho en llegar, así se evitaba las inevitables cuarenta y ocho horas de miedo que venían con cada viaje. Ramiro sabía que ese miedo a volar volvería con la paternidad o la vejez, la que llegase primero, aunque no perdía las esperanzas de que el futuro trajese la teletransportación que su madre tanto añoraba.
Para Ramiro la espera era la parte difícil de viajar. La paciencia no era de sus virtudes, y estaba convencido de que sería un terrible monje tibetano, un mal fotógrafo de aves, un peor profesor de preescolar o cualquier otra carrera que exigiera paciencia en cantidad. Él esperaba y veía a otros seres humanos esperar con él, e imaginaba un caudal inagotable de razones para esas esperas, para esos vuelos por despegar. Una muerte repentina en la familia, las vacaciones para las que ahorraron diez años, las vacaciones que repiten todos los años, el viaje mensual de negocios, el exiliado político, el prófugo de la justicia, los estudios de postgrado, el examen médico a manos de un mejor especialista, la lista de viajes antes de morir, la luna de miel, la escapada romántica con el/la amante, la conexión maldita de catorce horas, la conexión fugaz de treinta minutos, la búsqueda de asilo, el tráfico de drogas, el coleccionista de nacionalidades, el policía encubierto, todos esperan por igual, cada uno absorto en el pasar de su propio tiempo, cada uno con sus razones y Ramiro todavía se aburre. Se aburre porque ya terminó su libro de cabecera, porque tiene poca batería en el móvil y debe guardarlo para una emergencia, porque comprar una revista le parece botar el dinero en esta época de pixeles y señales inalámbricas, porque sabe que las películas del avión ya las vio en el viaje de ida, porque hay un niño que no para de llorar y Ramiro oye ese llanto premonitorio y se lamenta por los infantes viajeros que seguramente plagaran el avión transatlántico.
Sin embargo, en su larga espera, Ramiro presenciaba el paso de otro tiempo, de otra dimensión social, de una mitología que sólo existía dentro de un aeropuerto. Dentro de estos recintos monumentales la persona que espera deja de ser un ciudadano para convertirse en un arquetipo de un personaje de novela. El viajero deja de lado su humanidad para convertirse en las razones de su viaje. Diariamente hay miles de vidas destruidas, salvadas, arregladas, agredidas, exaltadas por un aeropuerto. Aquí no hay indiferencias, no hay control absoluto, el viajero entra a una zona donde el azar aparentemente es rey y eso se ha convertido en parte de nuestro andar como sociedad.
Leyó alguna vez —o quizás oyó decir— que los aeropuertos eran considerados “no-lugares” en ciertos círculos intelectuales. Este nombre le parecía mucho más ominoso que las nubes plomizas que veía desde la ventana donde se entretenía mientras todavía esperaba. Ese prefijo “NO” siempre tan negativo, siempre tan castrante. Ya los aeropuertos tenían suficiente con esa naturaleza tan impredecible, tan volátil (sin querer hacer un chiste de mal gusto), tan compleja, terrible y maravillosa que estaba viendo aparecer ante sus ojos que esperan todavía frente a un ventanal que muestra pero no deja tocar. Ramiro pensaba que quizás era hora de reivindicar a los aeropuertos en su vocación de templos de paso del nuevo mundo, para luchar contra esa mala fama de monstruos del capitalismo y la tecnocracia. Él sabía que no tenía el poder ni los recursos para comenzar dicha campaña, pero al menos podía convencer a un par de amigos que inexplicablemente todavía preferían a los trenes para sus traslados de larga distancia. Ramiro estaba sinceramente impresionado con todas las ideas que esta espera aeroportuaria le estaba regalando. Quizás se podía acostumbrar a no ahogar sus pensamientos con música y literatura, era refrescante eso de pensar por sí mismo de vez en cuando. Y apenas habían pasado quince minutos. Las nubes ominosas permanecían impasibles, este atardecer será largo y profundo, y todavía faltan más de cinco horas para el vuelo a casa.

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En primera fila para el último día

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Siempre se había preguntado cómo sería el fin del mundo. Cómo dejaría de existir todo aquello que lo rodeaba. ¿Sufriría? ¿Sentiría cómo el planeta se parte en dos, o explota, o arde o se congela repentinamente? Esa era la única cosa que realmente le preocupaba, cómo sentiría su insignificante cuerpo todo el proceso, porque cuando te enfrentas el fin de los tiempos y todo el mundo se va contigo, eso pone las cosas en perspectiva, suaviza el asunto de la extinción. A parte de sufrir —una de sus peores pesadillas era una muerte violenta—, lo que le gustaba del apocalipsis era que no iba a quedar nadie para cuestionar su potencial perdido, o recordar con ternura sus cualidades como ser humano, o recordar con odio sus defectos e inseguridades. Armagedón y tabula rasa para tutiri mundachi. Él prefería un final express, repentino, sin aviso, sin espacio para falsos arrepentimientos y despedidas cursis. Un final inesperado le daba a todo el mundo la mismas reglas del juego, el beneficio de la espontaneidad, el dramatismo de una vela que se apaga con un viento ominoso. No como aquellos finales previstos por escritores, guionistas y bandas de Death Metal donde nos esperan meses, años y siglos de sufrimientos sistemáticos, plagas, demonios, monstruos, la falta de internet, y el temido cambio climático del que tanto habla Al Gore. And justice for all… como decía el título de su disco favorito de Metallica.

Nunca había vivido de cerca la muerte de un ser querido, o incluso de conocidos, pero sabía por sentido común, por intuición de buen ciudadano y por ser un humano decente, que la estela de dolor que deja una muerte es algo terrible. Él no quiere ser el origen de llantos, de cosas por hacer, de palabras por decir, de proyectos inacabados, de soledades. Entonces, ¿qué había de malo en desear el fin del mundo para cuando él estuviera listo? ¿Por qué no podía entretenerse en diseñar el último capítulo del ensayo de mundo que tenemos? Nadie lo podía evitar, nadie le podía quitar ese privilegio de destructor imaginario de mundos.

Últimamente estaba saliendo con una chica que le hacía olvidar un poco sus ideas apocalípticas. No olvidaba el fin, pero estaba dispuesto a compartirlo con ella. Quizás una explosión solar sería una conclusión poética apropiada. Esperar el big bang de la estrella amarilla desde un muelle donde el mar todavía no se ha enterado del fin inminente. Luego esperar ocho minutos por la inevitable onda expansiva que acompañaría al sol partiéndose en dos —la luz solar tarda ocho minutos en llegar a la tierra. Los ochos minutos más románticos de la historia de la humanidad. Un beso que dura lo que tarde el mundo en desaparecer. El último atardecer y el último beso en primera fila para el último día. Se lo contaría en su próxima cita. Espera que a ella le guste la idea.

Las Crónicas de Barna I

Entrega I

O de porqué nuestra heroína siempre está a punto de irse de la ciudad Condal.

Clementina estaba lista para irse de Barcelona. Mejor dicho, Barcelona estaba lista para deshacerse de Clementina. Al menos eso era lo que ella creía. Se ha convertido en una costumbre de esta ciudad cerrarle todas las puertas, como para probar su paciencia, su talle, como un herrero llevando al límite a una espada recién forjada para comprobar su resistencia.

No era la primera vez que pasaba por esta situación, hace varios meses se encontraba con maletas hechas, pasaje comprado y piso desalojado, cuando recibió una llamada con una oferta que no podía rechazar. No porque fuese particularmente buena, o prometiera una emancipación económica absoluta de su familia, sino que era la excusa perfecta para no volver al país al que juró no regresar tres años antes —o por lo menos intentar no hacerlo—. Esa llamada trajo un trabajo nuevo, piso nuevo, amigos nuevos, un pretendiente transexual, tráfico de influencias en discotecas y tiempo, sobre todo tiempo. Y de ese tiempo hablaremos en una oportunidad más apropiada para esos menesteres, vamos a concentrarnos en el presente.

Tan fácil como llegó la nueva oportunidad decidió irse, obligando a Clementina a parar en el limbo que tanto le desespera, en la incertidumbre que odia con todas sus fuerzas, porque sin ese trabajo piensa que no le queda más remedio que volver a su país con el rabo entre las piernas. Pero no quiere, no quiere fracasar sin pena ni gloria, no quiere ver a sus amigos y decirles «Me voy» —otra vez—, no quiere retroceder al desfile de caras conocidas de la ciudad que antes fue su casa. Quiere quedarse. Quiere quedarse y disfrutar de caminatas sola a horas inapropiadas, quiere descubrir restaurantes que antes estaban escondidos, quiere sexo casual y sin compromiso, quiere ir a conciertos y tomar el té en una terraza asoleada mientras ve a la gente pasar protegida por sus gafas oscuras y el anonimato de una gran ciudad. Pero para todo eso necesita el dinero que desde hace un par de meses se escapa de sus manos por no tener un trabajo para reponerlo. Por eso Clementina está a punto de irse de nuevo de Barcelona. No tiene las maletas hechas todavía pero se ha dado cuenta de que es una forma prácticamente infalible para que le pasen cosas buenas, decidir mandar todo a la mierda para que alguien le tienda una mano.

Hoy Clementina amaneció resignada y harta de la espera —su paciencia si logró abordar ese vuelo con su nombre hace 6 meses—. Sacó las maletas del armario donde están siempre a la mano, por no dejar para última hora la, cada vez más presente, posibilidad de huída. Ya estaba a mitad del calculo mental que implica decidir que se podía y debía llevar, ya había regalado mentalmente un abrigo absurdamente grande que era impráctico para el trópico, ya había decidido hacer una lista de cosas para vender/regalar/botar, ya estaba pensando en cómo decirle a sus amigos aquél «Me voy» que no quería decir y sonó el móvil como cualquier otro día.

Debía estar mañana a las 9:00 AM en el extremo opuesto de la ciudad, bien vestida y con mejor disposición que nunca. Era una entrevista de trabajo.

Enciclopedia Dramática

Sócrates era un gilipollas de los cojones con esa estupidez de sólo sé que no sé nada. Es que no se imagina el nivel de relaciones que se pueden hacer partiendo del detalle más nimio. ¿Tiene diez minutos de sobra? Y por cierto, ¿me dice la hora? Déjeme y le explico, no sea como los demás idiotas —sin ánimos de ofender, los idiotas son los otros, siempre los otros­— que andan por la vida conformes con la información que se les atraviesa en la calle por obra y gracia del Espíritu Santo; o Jehová, Quetzalcóatl, Adonai, el nombre que usted quiera darle. Yo con las religiones no me meto, las conozco como puedo conocer un catálogo de muebles. Sé las locaciones, las fechas, los nombres, las normas, pero no me interesa su contenido; eso no es conocimiento, es superstición, yo soy un hombre de ciencia, de datos mensurables. Como usted. ¿Me sigue hasta ahora? Tampoco creo en otros que promulgaron la muerte de Dios, como el pesado de Nietzsche. Siguen siendo opiniones, conjeturas alimentadas por el opio, las enfermedades venéreas y la falta de sueño. Dios no existe hasta que me muestren pruebas irrefutables. No puede morir lo que nunca estuvo ahí. Para mí ese nombre se usa como una convención social para expresar asombro, una muletilla en conversaciones. Aja. Volviendo al tema, o más que tema, concepto, porque es una idea lo que trato de regalarle. ¡Claro que es un regalo! Es gratis, sólo tiene que saber filtrar la información, catalogarla, separar el conocimiento de la opinión. El conocimiento es perfecto, imparcial, certero, blanco o negro, no es una mujer ingrata que hoy no te encuentra atractivo como la noche anterior, que hoy te reclama la falta de atención y que pagues la renta. No me diga que no le ha pasado. ¿Lo ve? La patraña de la interpretación. Retomo el hilo en mi pretensión de iluminarle el panorama. Tome como ejemplo la Reina de Inglaterra. Un poco de paciencia, van sólo dos minutos, escúcheme y entenderá, por favor. Reina en inglés es queen, Queen es el nombre de una banda de rock inglesa donde cantaba Freddie Mercury, el apellido del tío ese, significa mercurio en castellano. Mercurio era el nombre romano de Hermes, el mensajero de los dioses. El metal líquido que comparte ese nombre, y si se perdió sigue siendo mercurio, se usa para llenar los termómetros por su comportamiento con la temperatura y hace siglos era un ingrediente importantísimo en la alquimia. La palabra india para alquimia es Rasavātam, que significa “el camino de mercurio” y creo que no tengo que decirle que la India fue colonia inglesa hasta no hace mucho; volvemos a caer en la reina. ¿Ve que simple? Un hilo de datos simétrico, sin contaminaciones de valor, sin opiniones. Claro que escogí el camino yo, pude haber llevado las referencias por caminos tan infinitos como el universo mismo. Pero ese no es el punto. Acérquese un poco más a la reja que no quiero gritar. Por favor. El punto es la relación de las cosas a través del conocimiento. A mi no me interesa que Inglaterra siga teniendo una monarquía constitucional, o que Queen hayan sido precursores del rock progresivo. Se lo digo de nuevo, no me interesa. ¡Yo necesito los datos, las fechas, los nombres, todo! La gente no entiende que información es poder, que poder es hacer y de hacer hago lo que quiero. ¿Es tan descabellado eso? No desespere, van cinco minutos y cuarenta y cuatro segundos, llevo la cuenta con el pie. Yo si sé, y mucho, pero falta todavía, lo necesito saber todo. No se vaya a buscar la medicina, no la necesito, yo no estoy loco. Es una opinión, una interpretación prejuiciosa de mi realidad hecha por una mujer que no entiende, que no me entiende y que vino aquí a llorarle a un doctor para encerrarme, que espero no sea usted, y si lo es mire que articulado soy, disfrute en la concatenación de mi conocimiento. No tengo los síntomas de esquizofrenia porque los conozco, ¿quiere que se los enumere? ¡¿Dónde está la locura de no tener tiempo para las trivialidades de la vida?! ¡Por las llagas de Cristo no me deje solo, necesito que compruebe que no estoy loco! ¿Vio?, he usado una muletilla sacra. De nuevo, claridad, absoluta claridad de pensamiento. Siento mis neuronas haciendo chispas revisando mis bancos de memoria. Joder. Usted me cae bien, podría ser una opinión, pero no, es un hecho. Es el síndrome de Estocolmo, ¿acaso un loco sabría diagnosticarse tan certeramente? Hablando de Estocolmo, no querría saber cual será el pronóstico meteorológico de esta semana, uno nunca sabe cuando podría viajar a Suecia. ¿Sabía que Suecia tiene una de las tasas más altas de suicidio de Europa? Ya acabaron los diez minutos, y antes de que vaya por la medicina, ¿puedo tutearlo?. Me vuelve loco medir mis palabras.

¿Dónde pusiste el invierno?

Alfonso maldice la plomería averiada de su nariz que gotea impune y busca reconfortarse en una taza de té mientras observa su patio convertirse en una selva ecuatorial. Una tormenta azota el barrio, la calle, la casa, inundando el aire con lágrimas de un ejército infinito después de un día de guerra. Las colchas de invierno no están en la habitación; lleva rato buscando allí, ahora intenta en el armario de la sala. El té está a la temperatura correcta, pero el dulce o amargo se escapa, con la gripe no sabe; sí sabe que a Bea le hubiese quedado perfecto. Siempre le quedaba perfecto.

«A ver si te gustaría a ti, como sea que te llames, morir por la espada en un ruedo de arcilla con mil personas gritando por tus orejas y rabo¬», disparó ella por encima de la demás voces, con una sonrisa mitad “al fin alguien dice algo polémico” mitad “no puedo creer que a este subnormal le guste el toreo”. Una sonrisa que le salvó del aburrimiento de una noche de compromiso social obligado. Una cerveza después ya sabía su nombre completo, dos más y se reía con él, no de él; con otras dos Alfonso se envalentonó y exigió su numero de teléfono.

En la primera cita Beatriz se declaró lectora ocasional y poco comprometida con los clásicos, amante de la neurosis de Woody Allen y activista guerrillera por los derechos animales. Él se despidió ese día, sin saberlo, de la caza de libros raros y el grupo de poesía amateur. De los churrascos argentinos. De su peña taurina. Al menos tenían terreno común en una sala de cine, pensaba al mirar intrigado los restos de pintura roja que portaba orgullosa en los brazos, como medallas de honor ganadas después de una manifestación en la plaza de toros de Las Ventas.

El agua sigue bailando en los cristales de las ventanas y Alfonso construye represas preventivas con el periódico del domingo. La colchas tampoco están en la sala. «Joder. Tienen que estar en la habitación de huéspedes.» No necesitaba un termómetro para saber que debía sumar fiebre a la lista de dolencias que se instalaron en su cama hace una semana y que las infusiones y compresas parecen no amilanar.

Que si “las empresas farmacológicas son unos bestias inescrupulosos”, que si “tenemos que usar menos electricidad que la madre tierra se nos está muriendo Alfonso, y olvídate de la calefacción que a mí me tienes para darte calor en invierno”. Su vida monocromática de funcionario no incomodaba a Bea, su burocracia oficial no oprimía a inmigrantes, a pequeñas industrias, a los matrimonios homosexuales, o al medio ambiente. Él era su pequeño proyecto ambulante de reforma. Pero ella y sus ideales hippie no estaban allí para darle calor o cabrearse por usar medicamentos de producción masiva. Las colchas tampoco.

En dos años, tres meses y catorce días cambió sus costumbres de semi-ermitaño por clases de yoga “que estás muy sedentario y en la cama lo agradeceremos los dos”; por conocerse de memoria el decálogo de propiedades curativas del té chino Xuanchinosequé “que la cafeína te está matando poco a poco cariño y las cafetaleras oprimen a sus trabajadores”; por hablar de sus sentimientos en voz alta y “quien mejor que yo para que me digas todo querido”; por frecuentar los amigos de ella y sus vinos artesanales “porque los tuyos son unos gilipollas Alfonso e irnos de cañas genera muchos contaminantes”; por picnics los domingos en El Retiro “porque hay que agradecer que todavía podemos respirar aire puro en Madrid”; por cambiar su guardarropa de camisas a cuadros color pastel por unas de telas orgánicas, coloridas y hechas con mano de obra pagada equitativamente “que aunque seas archivista amor no te tienes que vestir como uno”. Todo por ella, como en las películas, como en las historias románticas seriadas de Hola y Cosmopolitan. Y sí. Estaba más delgado, respiraba mejor, vestía y se sentía alegre. Pero no era él, era su versión diluida y revisada, de bolsillo. Era él con edulcorante, parece el original, te lo venden más caro, pero nunca sabe igual. Se acostumbró a vivir por decreto. “Sarna con gusto no pica” le oyó decir a un chico del curro una vez. Desde entonces lo repetía continuamente como un mantra. Repetir una mentira un millón de veces hace que te la creas, no que sea verdad.

La labor castoril no sirvió de nada, el agua encontró su paso hasta la sala, marchando en pie de guerra hacia la cocina. Las colchas no podían estar en el trastero, Bea sabía que la humedad las estropearía, se lo había repetido hasta el cansancio. Ella y su afán de esconder el invierno. De guardar cualquier evidencia de meses fríos. De añorar un calor tropical que no conocía. «Joder otra vez. Me cago en las putas colchas. Tendré que arroparme con una jodida alfombra» le dijo Alfonso a la sala.

Hace un mes ya. Bea lo recibió con un monólogo digno de Annie Hall, el maldito cliché del «no eres tú, soy yo». La fórmula del inconforme en los romances de comedia. Improvisó además un «te faltan cojones, no luchas por lo que quieres, yo necesito un hombre, no un crío». ¿Y todo lo que cambié por ti? Perdí los cojones para complacerte, era un crío porque tú querías. Podía refutar todas sus razones con eficiencia administrativa, pero iba a perder el tiempo, ella estaba lista para salir. Sólo tuvo fuerzas para murmurar: «¿Cómo se llama?». «Gorki. Es cubano» dijo ella sin voltearse siquiera, saliendo por la puerta con sus cosas en la maleta que él le había regalado para sus próximas vacaciones en el Caribe. Había planeado un viaje para mostrarle el paraíso tropical que ella tanto anhelaba. Hasta había considerado desertar del curro y plantearle quedarse por allá haciendo cualquier cosa. Pero su paraíso lo encontró en otras manos, unas realmente tropicales, con el calor que tanto quería, unas manos para comer flores, como ella. Unas que no necesitaba reformas, amigos nuevos o camisas más coloridas.

La casa se estremece con un espasmo febril. La casa también extraña el calor de una mujer en tiempos de bajas defensas y bajas temperaturas. El invierno finalmente salió del escondite que Bea se esforzó tanto en procurar y Alfonso sigue sin saber donde están las colchas.

El cartero no necesariamente llama dos veces.

Que raro… Podría Jurar que el musiú éste me espera en la ventana todos los días. Tiene como cuatro días que no aparece. No me deja ni llegar a la puerta cuando ya está ahí, en bata y pantuflas, con cara de míreme y no me toque, la mano así, extendía. ¡Que me parta un rayo si el viejo loco ése ha murmurado manquesea las gracias en los cinco años que tengo trayéndole el correo! Habráse visto…Mi madre, Dios la tenga en la gloria, me enseñó desde carricito los buenos modales con el bendito manual de Carreño. Por lo visto el franchute pendenciero ni siquiera sabe que existen las buenas maneras, mucho menos un libro que las tiene escritas.

Lo peor del asunto es que siempre le llegan vainas inútiles, y hoy que le traigo una carta manuscrita, bonitica por cierto, el gran carajo no está. De repente se hartó de este desastre de país y cruzó el charco. ¡Pues que se joda! Suerte consiguiéndola en la basura que ya debe tener amontoná detrás de la puerta.

A ver, a ver, ¿quién me toca ahora? Álvarez, casa 36. ¿No vivían los Rodríguez ahí? Uhm… Éste es nuevo entonces, un carajito seguro, revistas ‘e carros, motos y dibujitos, si, chamo definitivamente. Recibos y cuentas, nadien se salva de esa. ¿Pa’ donde se habrán ido los Rodríguez? Se fueron y se llevaron hasta el buzón.

–¿Sí?
–¡Cartero!
–Buenos días, ¿cómo me le va?
–Buenas, buenas. Aquí, en la lucha por la locha, ahora que existe otra vez.
–Vamos a ver cuanto dura eso. Muchas gracias señor…
–Plinio Cáceres para servirle, con mucho gusto.
–Mucho gusto señor Cáceres, gracias de nuevo.
–De nada, de nada, bienvenido a la urbanización. Ta lueguito.
–Hasta luego…

Me salió simpático el muchacho. No tiene cara de por aquí, vamos a ver cuanto le dura la felicidad.

Casa 39, el rocolero Perdomo. Una cuadra llanera y ya se escucha el escándalo. ¿Éste poco ‘e vecinos sifrinos no se quejan? Si yo muero primero es tu promesa, sobre mi cadáver dejar caer, todo el llanto que brota de tu tristeza, y que todos se enteren, fui tu querer. Vergación, Julio Jaramillo. Debe andar despechao o engatusando a una mujer, no está fácil oír esto con éste volumen a las 11 de la mañana. Un bolerito nunca cae mal, pero no de esos…

–¡¿Quién?!
–¡Cartero!
–¡Plinio, hermanazo!, ¡méteme las cosas debajo la puerta porfa!, ¡ando full ocupado!
–OK, ¡no grite Perdomo! Y pilas con las mujeres, que son un mal necesario; aunque mal paguen…
–¡Ta bien Plinio!, ¡cuídese!
–Ta luego.

¿Ocupado? Yo te aviso chirulí, acompañado será, yo sabía. Siempre con un cuento chino. A ésa casa lo que le falta es el letrerito rojo. He visto cada vaina entrar y salir de aquí que pa’ que te explico.

–Buenos días doña Margarita.
–Buenas tardes señor Perdomo.
–Pues sí, casi, casi. Aquí le traigo lo de siempre.
–¡Cristo bendito, puras facturas! En mi época me llegaban postales de Europa, cartas de amor, invitaciones a galas. Ahora sólo se acuerdan de mi los bancos…
–Así es la vida ‘ña Margarita…
–Es así, por lo menos las cuentas no las pago yo.
–Pa’ eso trabajó bastante criando muchachos, pa’ que le devuelvan el favor.
–Gracias a Dios, no me quejo… ¿Se enteró lo de los Rodríguez?
–Nada que ver, el oficio no se presta mucho pa’ eso. Me entero que alguien se va cuando me aparece un nombre distinto en el sobre.
–Bueno, resulta que salieron huyendo la semana pasada. Ni se despidieron.
–¡No me diga!
–Si le digo, debían hasta el modo de caminar. Se fueron de noche y todo. La deshonestidad se paga cara, hay que ver…
–En verdad que sí ‘ña Margara. La dejo que el deber llama.
–Dios me lo lleve con bien Plinio.
–Amén, amén.

Pobre señora, ¡y hablachenta! Si me descuido me chismea la vida de to’ el vecindario. Tanto tiempo libre debe ser desesperante. Menos mal que trabajo desde los catorce años, y me quedan unos buenos diez años útiles todavía. Si no se les antoja jubilarme antes de tiempo.

Pepa de sol, carajo. Yo con esta gorra negra y este bolso pesao. Tres casas más y mato la culebra por la cabeza. Sosa, Pérez, Medina, Sosa, Sosa, Pérez. Éstas más la que ya tengo ordenaditas completan la urbanización.

El Perdomo me dejó picao chico, no fuera dejao el radio en la casa. Provoca oír un bolerazo, pero no de esos balurdos, algo con clase, un bolero Montecristo, con distancia y categoría. Mujer divina, como fascinas y me dominas el corazón. Y es por eso que yo soy feliz, porque ahora yo te tengo a ti…¡Uf! Falta la polarcita vestida de novia, más na’.

–¿Diga?
–Plinio, el cartero.
–Tiempo sin verlo Plinio.
–Tiempo sin verla yo a usté Trina.
–Usté y sus cosas Plinio. Andaba visitando a la familia en Guanare.
–Que bonito, no sabía que era llanerita la muchacha.
–¡Déjese de eso Plinio! No soy muchacha desde hace mucho.
–Trina, a mi edad ya todas son muchachas. A menos que sea doña Margara…
–No sea maluco.
–Maluco no, ¡realista! ¿Cómo me la tratan los sifrinos éstos?
–Como siempre, de maravilla. Tengo casi diez años con ellos.
–Usted ha sido una de las pocas caras comunes en los años que tengo viniendo por aquí. Y bella como siempre.
–Ay Dios, que vagabundería la de usté Plinio.
–Vagabundo no…
–¡Realista! Sí, sí, ya lo sé, y vagabundo igualito. Lo dejo que tengo que cuidar el arroz.
–Ta luego pues Trina, cuídese y nos vemos la semana que viene.

La puerta se cerró detrás de ti, y así detrás de ti se fue mi amor, creyendo que podría convencer a tu alma de mi padecer. Mi mujer me pilla calentándole la oreja a Trina y me capa. Piropear no ha matado a nadien que yo sepa, pero debe haber más de uno con su hombría disminuida por hacerlo.

¡IU, IU, IU, IU, IU, IU, IU, IU!

–¡Fíjate por donde andas, hay niños en la calle! Ño…

Por un pelo y me atropella la ambulancia el carrizo. Entran buscando a alguien con un yeyo y se llevan otro de ñapa, un dos por uno. Me tengo que quitar esa mala maña de mentar la madre primero y preguntar después, un día me van a dar un trancazo por alzao y no va a haber canas o arrugas que los paren. Si me comprendieras, si me conocieras, que feliz sería. Si me comprendieras, si me conocieras, jamás llorarías.

–Buenas, buenas don Esteban.
–Buenas tardes señor Cáceres.
–¿Refrescando a las maticas?
–Y aprovechando para refrescarme yo también antes del almuerzo.
–Con este solazo no es pa’ menos.
–¿Cómo lo trata el Instituto Postal Telegráfico de Venezuela?
–¿El qué?
–El IPOSTEL.
–Ah coye, se me olvida a veces que este nombre significa algo. Pues quince y último me tratan como un hijo pródigo de cumpleaños, el resto de los días como a un hijo bastardo.
–Así es el gobierno señor Cáceres.
–No me dé cuerda con el gobierno que me salen raíces aquí mismito y me va a tener que echá agüita a mi también.
–Pues no le doy cuerda, ya Patricia me va a llamar a comer.
–Aquí tiene sus regalitos de la semana, que tenga buen provecho. Saludos a la señora de la casa.
–Con gusto señor Cáceres, hasta luego.

Listo el pollo, espero que no me hayan robado el triciclo en la puerta de la urbanización. ¿A ver si tengo todo ordenado pal turno de la tarde? Co… se me pasó una pal musiú, menos mal que está cerca de la entrada. Mañana muy temprano platicarás conmigo, y si estás decidida a abandonar el nido, entonces será en vano tratar de detenerte. Regálame ésta noche, retrásame la muerte.

–Disculpe señor oficial.
–Dígame señor. Y no soy policía, soy paramédico.
–Bueno, eso… El que está en la bolsa negra es… ¿Es el dueño de la casa?
–Si.
–¡Ave María purísima! ¿Qué..qué pasó?, ¿cómo?, ¿quién lo encontró?
–Se murió, como todo el mundo. Lo demás no es problema suyo.
–Discúlpeme, no es por metío, pero conocía al señor.
–Sigue sin ser su problema, el asunto está en averiguaciones.
–Tenía un paquete pa él. ¿Qué hago con esto?
–Eso no es problema mío… A moverse gente que no me calo este olorcito.

Dios dice que la gloria está en el cielo, que es de los mortales el consuelo al morir. Desmiento a Dios porque al tenerte yo en vida no necesito ir al cielo tisú, si alma mía la gloria eres tú.

La entrevista

El ruido es ensordecedor, un maldito taladro que atraviesa mi cráneo, desde dentro, me desarma y esparce por la cama. Tiene que ser la vecina; siempre es la vecina. Mi cuerpo desmembrado, sincronizado al ritmo invasor, baila en el colchón, espástico.  

¡pin!

¡pin!

Hay un nuevo intruso; un metrónomo en diminutivo a 4/4 que se escurre mercurial por el suelo, conmigo, por las sábanas, por la cuerda –ahora floja – que teje mi tímpano malogrado. ¡pin! Un sonido estéril y autómata.

Al menos el taladro pionero tiene carácter, textura percusiva, matices destructores. No lo oigo, lo siento…

¡pin!

Gritar, golpear la pared es absurdo, el estruendo podrá siempre más que mis suplicas de paz; inmóvil, y en silencio –en contra de mi voluntad –, soy un cartel deconstructivista ruso que busca con la mirada a su garganta perdida, entre las piezas danzantes; mis piezas danzantes.

Ahora el aparente taladro es funk puro y duro, ahora es Kool and The Gang, es James Brown y sus gritos ininteligibles, es play that funky music white boy. Por lo menos no son las habituales telenovelas mexicanas y las súbitas declaraciones de amor, odio y consanguinidad: “Soy tu hermano… Pero…¡Te amo!”. ¡pin!

¡Calor! Calor de padre y señor nuestro. Estamos en marzo, es imposible, el pronóstico hablaba de 15 grados, 17 a lo sumo. ¿Calor febril quizás? Eso explicaría el delirio de verme descuartizado, y bailando. ¡pin! Busco el mueble de noche, quiero un pañuelo para consolar mi cara bañada en sudor de verano invernal; la oscuridad engulle la habitación, no recuerdo haber bajado las persianas anoche.

Logro moverme; al fin. La mesita no está, o la cama creció exponencialmente. La música insiste y persiste, el calor también, por supuesto. Los hermanos Gibb son mis nuevos torturadores, Stayin’ alive, stayin’ alive, ha, ha, ha, ha, stayin’ alive. Irónico, mantenerme vivo es lo que pretendo. –pin usurpador…– Cerrar la ventana es mala idea, considerando que la encuentre en esta boca de lobo, o que me pueda parar. A pesar del volumen criminal de la vecina, no quiero morir como un pollo a la brasa.

¡Eso es! La vieja vecina se murió. Se le atascó un bocado de pan en la garganta, mientras desayunaba viendo sus telenovelas y sus gritos de ayuda tomaron el cariz de diálogos insulsos y declaraciones de amor a todo volumen, a falta de voz para proferirlos ella misma. ¡pin! Desesperada, intenta llamar la atención con la TV y le tocó VH1, en medio de un Top 20 dedicado a los años setenta. Cualquiera creería que la señora está nostálgica, recordando años mejores; no suplicando auxilio.

Hoy de todos los días, precisamente hoy…

O se resbaló con sus sábanas de seda cuando encendía su TV portátil y ahora yace sin vida, rota, en el suelo de su habitación, a diferencia del maligno aparato, que encendido quedó, vociferando. Espero que su presencia fantasmal no permanezca, haciendo mis noches imposibles, por no hacer nada, por ser el vecino negligente que no se preocupó por saber lo que pasaba al lado.

–Señores, se nos va. ¡Apáguenme la música! ¡Necesito gasa, succión y un par de manos extras para controlar la hemorragia!

– Doctor, presión en 90/60 y cayendo…80/40… no dura más de un minuto…

– Preparen el desfibrilador…

piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiin moribundo…

Silencio.

Eterno y oscuro silencio.

La paz es un cliché sobrevaluado y sólo se me ocurren estas palabras para describirla…

Al final la vecina cambió de canal y de ruidito, no estaba muerta, sólo profunda e irremediablemente –al parecer – sorda. Mi rutina diaria me ha hecho indiferente a sus hábitos televisivos, y por ser el único ser vivo con el que comparte estas paredes de juguete se ha mantenido impune a sus crímenes de convivencia ciudadana. Lo último que oí parecía Grey’s Anatomy, ER o Chicago Hope, masacrado en español, o la versión sindicalizada, hispanizada, Hospital General, mucho peor, pero más probable en estas latitudes.

Mi cama logarítmica es un mar tranquilo, floto conciente en mi inconciencia. Como cuando niño después de pasar el día en la playa le confesaba a mi madre, atemorizado, que sentía a mi colchón como un pedacito de océano que no me dejaba dormir. Y si lo estoy –dormido – francamente es el estado alfa más inquietante del que nunca he tenido recuerdos.

Se fue el calor, el sonido, el agua también; se fue todo. Me estoy yendo…

¡PUM!

¡PUM, pin, PUM, pin!

¡PUM, pin, PUM, pin!

 

– Pulso normal Doctor, estable…

– Doctor Rodríguez termine la sutura y llévenlo a observación…

Volvió el mar, el calor ahora frío, los pines y diretes, la TV con sus diálogos médicos. Definitivamente no es Grey’s Anatomy, no hay doctores Rodríguez en las series médicas norteamericanas.

Tengo que escribir esto cuando despierte. Dormido, despierto, no estoy seguro todavía. Este sueño, alucinación o epifanía bizarra debe ser producto de un pánico subconsciente, de un miedo arquetípico al escrutinio, a que me juzguen por unas ojeras tatuadas, por una mala afeitada, por estar despeinado, por llegar tarde. ¡pin! Hoy que debía aparecer temprano, rutilante y fresco en la entrevista para el nuevo trabajo, me voy a despertar contrariado –si lo logro – y con muchas horas menos de las muchas que tenía programadas para una completa recarga de baterías y aparecer como un robot nuevo ante mis posibles empleadores.

– Señor Álvarez, por fin despierta. Hubo algunas complicaciones en su cirugía, pero logramos subsanar el problema. Cuando esté más compuesto le haré un recuento detallado y el diagnóstico final. Por los momentos siga descansando.

¡pin!

– Cualquier cosa que necesite para su comodidad pídaselo a Marta por aquí.

–¿Me dieron el trabajo?

¿pin?