Yo también soy divorciado

20_Yo también soy divorciado

Hay algo inevitablemente provocativo de oír a dos extraños conversando. Participar anónimamente en su intercambio de palabras, conocer un breve espacio de sus vidas, ser turista temporal de su realidad, sin dejar huellas, entrando y saliendo sin ser visto, sin consecuencias, sin víctimas. Puede ocurrir en cualquier lugar, en cualquier momento, no hay situación particularmente apropiada para la invasión, no hay sujetos más interesantes que otros, no hay un método, tampoco hay una razón, solo una puerta esperando a ser abierta y las ganas de abrirla.

Yo también soy divorciado, fue la frase que me sacó de mi trance. Estas palabras ocuparon un fugaz silencio entre canción y canción del río de música que venía consumiendo desde mi llegada al café. La razón de mi estancia ahí iba perdiendo importancia progresivamente y toda la curiosidad que llevaba ese día conmigo hizo acto de presencia. Tenía que saber el contexto, los detalles, las razones de ambos divorcios, si había o no acuerdo pre-nupcial; cualquier cosa para no afrontar mi responsabilidad, cualquier cosa para ignorar la pantalla en blanco que reclamaba mi atención, cualquier excusa para pedir otro café y poder perderme en una historia que no dependía de mi, de mi capacidad —o falta de ella— para hilvanar una trama interesante, un nudo apropiado, un desenlace satisfactorio.

Ella duró cinco años casada, él apenas uno y medio. Ella decidió quedarse en la ciudad, él no aguantó compartir las mismas calles con su ex y cruzó medio país buscando aires nuevos. Ella no hizo fiesta, un simple almuerzo después de haber ido al juzgado, sin familia, sin amigos, solo los dos testigos de la boda, con los que ya no se habla. Él hizo una fiesta por todo lo alto, con casi cien invitados, con buena comida, con música hasta el amanecer, vestidos de gala. Ella y él conversan sin amargura sobre sus errores matrimoniales, comparten sus listas de quejas, consejos y epifanías, se dan el aliento del oyente comprensivo. Ella tiene ya tres años divorciada. Él solo seis meses. Ella ya tiene dominado el tema, se le ve tranquila, dueña de sus emociones. Él se ve un poco más blando, más fresco, con el dolor a flor de piel.

Ella se escapa unos minutos al baño. Él se queda solo, leyendo con intensidad una bolsita de azúcar, como si tratara de memorizar todas su letras. Yo no he perdido toda la vergüenza pero toda mi atención está en la mesa de los divorciados. He tratado de pasar desapercibido, por supuesto, evitando el contacto visual, dejando los audífonos decorativamente para despistar a los vecinos de mi espionaje. Anotando las palabras clave, los datos importantes, como un periodista pescando las ideas principales para un próximo artículo. Observando, cuando puedo, lo suficiente para lograr imprimir el rostro de los divorciados en mis recuerdos, para no perder la referencia cuando escriba estas palabras. Ella vuelve a la mesa y él deja de tratar de absorber la bolsita de azúcar con la mirada. Yo finjo un bostezo profundo y desinteresado, como hago cuando me cruzo con un policía o cuando paso los controles de seguridad de los aeropuertos, porque en mi mente alguien que tiene algo que esconder no puede tener la capacidad de bostezar por más de tres segundos. La evidencia apunta a que el bostezo funciona, hasta ahora nunca he tenido problemas ni con policías ni en los aeropuertos.

Retoman la conversación, retoman el cauce de ideas sobre sus cortas aventuras nupciales. Yo todavía no descifro la razón de su encuentro. Asumí, desde mi soledad, que era un encuentro amoroso. Una primera cita quizás, por su lenguaje corporal, por sus movimientos taimados, por sus voces controladas, por la expectativa de sus miradas. Después de empezar a oír la conversación, el encuentro se me antojó más grupo de apoyo emocional que blind date, pero algo todavía no me convence. Falta información, falta la pista que mi curiosidad con complejo de detective necesita para armar un caso irrefutable. Aparentemente no se conocían antes, su conversación es muy primera vez que nos vemos en persona, pero el tema escogido es muy curioso: el fracaso emocional no es muy buen punto de partida.

Ella manifiesta que nunca quiere ser madre, nunca le ha parecido interesante el concepto; no se niega a casarse de nuevo, pero esta vez tendría que estar más segura —y al fin veo una fisura en la armadura de esta mujer—, su matrimonio no fue producto de la espontaneidad pero sí de la inocencia. Él no sabe qué decir sobre la paternidad, hasta no hace mucho daba por sentado que sería padre pronto, pero ahora en su soltería no se lo plantea y cada vez está menos seguro que tenga el temperamento para serlo; casarse de nuevo está descartado, no sabe si pueda aguantar de nuevo la carga emocional que ha sufrido en los últimos meses —la armadura de él sí está hecha jirones—, el tiempo decidirá por él.

Él cambia la cara, su mirada se pierde, tal vez buscando la bolsita de azúcar que le sirvió de distracción hace unos momentos, sus ojos empiezan a brillar con agua represada, su garganta se contrae para mantener su voz firme y serena, la media sonrisa que mantenía cede ante la gravedad y desaparece mostrando una amargura incontenible. Ella se da cuenta y se le nota perdida, no sabe cómo reaccionar al inminente derrumbe emocional de su interlocutor. Evade su mirada un poco, no quiere invitarlo a las lágrimas, quizás por lástima, quizás por que le incomodan los despliegues públicos de sentimientos, tal vez como método terapéutico, venga tío no llores que no vale la pena llorar por ella, dice para zanjar el asunto. Él se ríe, entre apenado y orgulloso de no haber hecho el ridículo del todo. Ella se ríe, nerviosa por haber cruzado una línea de confianza y porque su frase espontánea y amontonada funcionó.

Sus palabras empiezan a buscar caminos menos transitados. El tema es ahora el trabajo, el barrio, los amigos, los lugares comunes e inmunes a la amargura del desamor. Ella tiene el cabello rojo carmesí, artificial, fashion statement, corto a la altura de los pómulos. Tiene poco maquillaje, solo en los ojos, viste todo de negro, con un pequeño bolso estampado de piel de leopardo. Es muy blanca, o su blancura se ve acentuada por lo negro de sus ropas. No es muy alta, pero tampoco pequeña. Tiene una mirada atenta e inquisitiva, pero sin frialdad. Él le perdió la batalla a la calvicie hace años y lleva una barba poblada que dice más desidia que elección estilística. Es alto, pasado de kilos o bajo de tórax, como diría Obélix, y viste de colores oscuros muy propio de este clima y estas fechas. Lleva gafas de pasta negras, una bufanda palestina verde militar descansa a su lado y su oreja derecha tiene la huella que dejó uno o varios aretes en el transcurso del tiempo.

Las sonrisas vuelven a hacer acto de presencia en su conversación, hasta he oído risas ocasionales. Bajaron sus defensas nuevamente. Ahora sí parece una cita, o el plan terapéutico es decididamente más relajado y natural. El divorcio sigue flotando entre ellos, pero como referencia temporal, como hito cartográfico de sus vidas. No había pillado que ambos bebían té y las tazas tienen muchos minutos descansando frías y vacías frente a ellos. La conversación los absorbe y los distrae y yo me perdido un poco entre tantos temas y chistes fáciles. Yo también tengo rato concentrado en ellos, en cómo cuentan su historia y no en la historia que cuentan.

Ella mira rápidamente su reloj y cambia su expresión. Se tiene que ir, la estaba pasando bien pero se tiene que ir, los problemas de ser responsable, dice. Así, repentinamente. Hasta yo quedo sorprendido. Deja unas monedas en la mesa y se despide de él con un abrazo fugaz y dos besos veloces, ya quedamos otro día, dice casi desde la puerta del café. Él queda desorientado, perdido por la repentina huída de ella. Todo iba tan bien, seguramente pensará, y ahora sí parece la reacción de alguien que estaba en una cita. Yo no puedo evitar pensar en mil razones para su retirada, pero sigo sin estar seguro, de nada. La realidad tiene la mala maña de ser así de irrevocable y espontánea. Él se refugia en la bolsita de azúcar, la lee de nuevo, la amasa, la manipula como si fuera arcilla, como si pudiera depositar en ella toda la frustración que destila su rostro para luego disolverla en otra taza de té. Sus ojos vuelven a brillar con lágrimas contenidas, su garganta se vuelve a tensar para no dejar escapar un grito de dolor, su sonrisa termina de desdibujarse y ya no está ella para distraerlo con un regaño espontáneo, con un cambio de tema. Llora, en silencio, muy tranquilamente, pero llora. No pudo contenerse esta vez. Yo lo dejo de observar, por respeto, para no seguir sumando al bochorno de la vulnerabilidad pública, o al menos eso es lo que yo querría en esa situación. De reojo puedo ver que se mantiene inmóvil, esperando que pase el temblor, concentrándose en la bolsita de azúcar, en su tótem de tranquilidad temporal.

Yo escribo las últimas frases que necesito para volver a esta historia en el futuro, barajando unos posibles finales felices, pensando en otros caminos para la pareja de divorciados. Ella nunca revisa su reloj y salen juntos del café al cabo de una hora más, con rumbo a quién sabe dónde. Ella anuncia que se tiene que ir y él posa su mano sobre la de ella, convenciéndola con una mirada de olvidarse de sus compromisos por viente minutos más. Ella le reitera antes de partir que las próximas sesiones serían todos los miércoles, de 7 a 8, en su despacho, que confirme sin falta. Ella revela que se quiere quedar un rato más pero no puede, que lo llamará al salir para quedar a tomar algo esta misma noche. Él simplemente no llora, pide otro té y se pone a ojear un periódico. Siguen apareciendo posibilidades que se quedarán en la ficción de las palabras de un espectador ilícito, siguen abriéndose telones con escenarios donde se responden todas mis preguntas, donde triunfa el sentimiento más apropiado, donde todos quedamos bien. Porque yo también quedé mal. La pelirroja me dejaba a mi también, dejando a mi historia robada sin un buen final, como tantos de mis relatos. Ella dejaba huérfana de madre a esta anécdota espontánea y el silencio de su interlocutor se empieza a parecer mucho al silencio que estoy tratando de evitar a toda costa en este café. Pero de nuevo, y como siempre, la realidad no deja de asomar su mirada fría para mostrar a un hombre que llora solo, por una razón desconocida, mientras concentra todas sus fuerzas en una bolsita de azúcar. Él pone toda su atención en el mundo que discurre del otro lado de los cristales del café, en las familias que van al mercado juntas, en los viejecitos que tardan horas en darle una vuelta a la manzana, en los perros rebeldes que desoyen a sus dueños y a la Generalitat. Sus lágrimas se secan, dejando solo el rastro del llanto reciente alrededor de sus ojos. Yo asumo mi derrota y decido irme de allí, a seguir engañándome con responsabilidad mal construida y tiempo mal administrado. Él suelta la bolsita de azúcar, se limpia el rostro con una servilleta y le oigo decir mientras salgo por la puerta: una cerveza, por favor.

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