The Terminal

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Los aeropuertos tienen la mala costumbre de tener amaneceres o atardeceres ominosos, piensa Ramiro, perdido en la concentración que requiere descifrar las actividades que hombres y mujeres —casi hormigas— llevan a cabo afanosamente en la pista de aterrizaje frente a él. Cualquier ser humano en su sano juicio quiere ser recibido en un aeropuerto con cielos imposiblemente azules y despejados, dignos de una película de Disney. Como si la luz del Sol alejara todos los males, los vientos traicioneros y ayudara con toda su buena intención a mantener flotando en el aire al leviatán metálico que estás a punto de abordar para llegar a tu destino. Un consuelo de tontos, pensaba Ramiro, pero por algo los tontos son más felices, tienen menos cosas de que preocuparse.
Hace años, cuando todavía viajaba con sus padres, tomar un avión le causaba un pánico indescriptible. Bueno, sí era descriptible: le sudaban las palmas de las manos, su estomago experimentaba un vacío constante, un puercoespín se alojaba en su cabeza durante el tiempo de vuelo, cerraba los ojos y no paraba de ver escenas del avión en cuestión partiéndose en dos sobre el océano Atlántico y los otros pasajeros saliendo disparados como hojas secas en una ventisca de otoño. También rezaba mucho, todas las oraciones que se sabía eran repetidas como un mantra cada vez que el avión hacía un movimiento medianamente brusco. Hacía promesas vacías que no cumpliría una vez aterrizara y no paraba de ver el recorrido por la ventana, como asegurándose constantemente de que el avión iba por el camino correcto. De pronto un día, en su primer vuelo sin su familia, se dio cuenta que todo ese miedo que sentía en su infancia había desaparecido casi por completo. Todavía sentía respeto por esas máquinas fabulosas cuyo trabajo diario es desafiar a la ley de la gravedad, pero ya no había pánico, no había malestar estomacal, no había visiones horribles de explosiones y caídas libres. Ahora le preocupaba más algún oficial de inmigración con mal humor, no cargar el pasaporte, que su maleta se extraviara en el camino, que algún loco extremista escogiera ese día para demostrar lo mucho que amaba u odiaba algo en nombre de alguien o algo, un cambio imprevisto en el itinerario de vuelo, un retraso, un adelanto, en fin, manifestaciones eminentemente humano-burocráticas del arte de viajar. El miedo, para Ramiro, era como la energía, no se crea ni se destruye, sino que se transforma.
Tenía dos teorías para esa nueva actitud: había madurado repentinamente y aprendido a confiar en la ciencia de la aerodinámica y la aeropropulsión, o —y esta era la más probable—, al viajar solo no empatizaba con el pánico de su madre, que todavía se paralizaba al cruzar el umbral de una aeronave. Para ella la teletransportación es uno de esos avances tecnológicos que está tardando mucho en llegar, así se evitaba las inevitables cuarenta y ocho horas de miedo que venían con cada viaje. Ramiro sabía que ese miedo a volar volvería con la paternidad o la vejez, la que llegase primero, aunque no perdía las esperanzas de que el futuro trajese la teletransportación que su madre tanto añoraba.
Para Ramiro la espera era la parte difícil de viajar. La paciencia no era de sus virtudes, y estaba convencido de que sería un terrible monje tibetano, un mal fotógrafo de aves, un peor profesor de preescolar o cualquier otra carrera que exigiera paciencia en cantidad. Él esperaba y veía a otros seres humanos esperar con él, e imaginaba un caudal inagotable de razones para esas esperas, para esos vuelos por despegar. Una muerte repentina en la familia, las vacaciones para las que ahorraron diez años, las vacaciones que repiten todos los años, el viaje mensual de negocios, el exiliado político, el prófugo de la justicia, los estudios de postgrado, el examen médico a manos de un mejor especialista, la lista de viajes antes de morir, la luna de miel, la escapada romántica con el/la amante, la conexión maldita de catorce horas, la conexión fugaz de treinta minutos, la búsqueda de asilo, el tráfico de drogas, el coleccionista de nacionalidades, el policía encubierto, todos esperan por igual, cada uno absorto en el pasar de su propio tiempo, cada uno con sus razones y Ramiro todavía se aburre. Se aburre porque ya terminó su libro de cabecera, porque tiene poca batería en el móvil y debe guardarlo para una emergencia, porque comprar una revista le parece botar el dinero en esta época de pixeles y señales inalámbricas, porque sabe que las películas del avión ya las vio en el viaje de ida, porque hay un niño que no para de llorar y Ramiro oye ese llanto premonitorio y se lamenta por los infantes viajeros que seguramente plagaran el avión transatlántico.
Sin embargo, en su larga espera, Ramiro presenciaba el paso de otro tiempo, de otra dimensión social, de una mitología que sólo existía dentro de un aeropuerto. Dentro de estos recintos monumentales la persona que espera deja de ser un ciudadano para convertirse en un arquetipo de un personaje de novela. El viajero deja de lado su humanidad para convertirse en las razones de su viaje. Diariamente hay miles de vidas destruidas, salvadas, arregladas, agredidas, exaltadas por un aeropuerto. Aquí no hay indiferencias, no hay control absoluto, el viajero entra a una zona donde el azar aparentemente es rey y eso se ha convertido en parte de nuestro andar como sociedad.
Leyó alguna vez —o quizás oyó decir— que los aeropuertos eran considerados “no-lugares” en ciertos círculos intelectuales. Este nombre le parecía mucho más ominoso que las nubes plomizas que veía desde la ventana donde se entretenía mientras todavía esperaba. Ese prefijo “NO” siempre tan negativo, siempre tan castrante. Ya los aeropuertos tenían suficiente con esa naturaleza tan impredecible, tan volátil (sin querer hacer un chiste de mal gusto), tan compleja, terrible y maravillosa que estaba viendo aparecer ante sus ojos que esperan todavía frente a un ventanal que muestra pero no deja tocar. Ramiro pensaba que quizás era hora de reivindicar a los aeropuertos en su vocación de templos de paso del nuevo mundo, para luchar contra esa mala fama de monstruos del capitalismo y la tecnocracia. Él sabía que no tenía el poder ni los recursos para comenzar dicha campaña, pero al menos podía convencer a un par de amigos que inexplicablemente todavía preferían a los trenes para sus traslados de larga distancia. Ramiro estaba sinceramente impresionado con todas las ideas que esta espera aeroportuaria le estaba regalando. Quizás se podía acostumbrar a no ahogar sus pensamientos con música y literatura, era refrescante eso de pensar por sí mismo de vez en cuando. Y apenas habían pasado quince minutos. Las nubes ominosas permanecían impasibles, este atardecer será largo y profundo, y todavía faltan más de cinco horas para el vuelo a casa.

Bestiario de Barcelona II

Rambla Catalunya, en la terraza de un café.

A ella evidentemente le cuesta caminar, a diferencia de él. Ella se aferra con sus dos brazos, decidida, al brazo que él le presenta flexionado, acompañándose, apoyándose el uno a otro. Ella tiene por un instante la mirada extraviada, quizás un poco nublada por los años que se le notan encima, él en cambio se comporta como un faro que decidió caminar de repente, para alumbrar los pasos de su compañera. Lo curioso de él es su vestimenta: un traje imposiblemente blanco, con zapatos igualmente iluminados, camisa también blanca y rematando un sombrero Panamá que hace una década quizás fue beige, pero hoy —después de tantos soles— es blanco también, y del sombrero cuelga una trenza de cabello de treinta centímetros que delata su artificialidad al no tener el mismo color gris blancuzco del resto de la melena del señor. En otras latitudes, el look del anciano hablaría de santería, habanos a medio fumar y babalawos bailarines, pero por estos lares dice más de excentricidad, verano yel mediterráneo al que le canta Serrat. Ella va vestida como las señoras de su edad, con pelo corto y teñido, blusa estampada de flores imposibles y una falda unicolor completando la combinación, adornada toda ella —la señora, no la falda— con joyas, probablemente de fantasía pero que lleva como salida de alguna casa real europea.

Van caminando los dos en una conversación que no comparten con nadie más, lentamente entre la inundación de gente que participa en el culto al sol que sufre Barcelona cada verano. Sus miradas no se desvían del camino que llevan, delatándolos como nativos, no se distraen con el punki con la jauría de perros, ni con la familia de suecos que brillan por su blancura bajo el sol, ni con los niños que juegan a la pelota como si no hubiera nadie alrededor. Caminan como lo tendrán haciendo varias décadas juntos, caminan como quien vio a la ciudad envejecer al mismo paso que sus cuerpos, caminan para detenerse un instante y él le entrega con dos manos a ella una flor azul que escondía bajo su solapa, ella le agradece con un beso en la mejilla sin decir nada, en el lugar que debe haber colonizado infinitamente con sus labios. Siguen caminando ahora en silencio, pero con unos rostros resplandecientes y adornados con una media sonrisa que comparten entre ellos y para nadie más, mientras el sigue alumbrando los pasos de su compañera que se aferra con todas sus fuerzas al brazo de su caballero de armadura de lino blanco y sombrero de Panamá.

La espera.

Frente a mi casa un hombre espera. Espera y ha esperado no sé cuanto tiempo, no sé qué, a quién. Lo veo cuando mis días deciden pasearse frente a su espera, y siempre está allí, sentado en un banquillo de lona y tubos, vestido a medio camino entre otoño e invierno, con un fiel perro fiel —dos veces fiel porque el can espera con su amo y por su amo—. No tiene cartel que anuncie una tragedia familiar, una enfermedad incurable, o la pérdida de su pasaporte y su dinero a manos del hampa común, tampoco adorna su campamento de un metro cuadrado con un recipiente para monedas, ni la funda de un instrumento desvencijado o la suciedad que acompaña el final de una comida. No me mira cuando cruzo su siempre fija línea de visión, no mira a nadie, permanece inamovible y mudo, como si concederle atención a nuestra presencia fuese a manifestar inevitablemente su miseria, o ponerle fin a su misteriosa e imperiosa espera. Un Buda mudo y caucásico, y me aventuro a decir que de carne y hueso porque lo he visto pestañear de vez en cuando. Me intriga su espera, su resoluta decisión de permanecer sentado en el banquillo, como un acusado que se sabe culpable de un juicio invisible. Me intriga que decida concentrar toda su atención en el supermercado de enfrente y no en la calle que niega de espaldas, y a veces pienso que es un sociólogo frustrado que dedica sus horas a estudiar los hábitos de consumo de los vecinos de la cuadra y del transeúnte casual, que es un cliente quisquilloso que necesita corroborar la frescura de los alimentos que pretende comprar al estar presente a la llegada de los mismos, que está haciendo tiempo cómodamente mientras su mujer completa su jornada laboral, que espera por alguien que entró a ese supermercado infinito y parece no salir nunca. Y hoy lo observo esperar en un día caluroso de junio y él sigue con su vestimenta de treinta de noviembre, tal vez esperando por el nuevo otoño, tal vez que en su espera marmórea se hace inmune a los desaires y caprichos del clima, tal vez no es de carne y hueso sino de bronce como las efigies del Buda al que tanto se parece, tal vez se enamoró del concubinato entre las sombras de los árboles y los edificios que sumergen mi calle en una frescura perenne. Y me invento todas sus razones para creer que esperar no es de locos, que la vigilia y la calma no es una batalla perdida, que la mudez premeditada es más estridente que las palabras vacías. Y también invento mis razones por que yo ya le cogí el gustito a la espera.