Las Crónicas de Barna II

Entrega 2

O de cómo nuestra heroína lidia con su tiempo libre.

—Muchas gracias por venir señorita Álvarez. Excelente currículum, pero ya sabe cómo es el protocolo para estos asuntos. Nos pondremos en contacto con usted la semana entrante para comunicarle nuestra decisión.

Clementina agrega una preocupación más a una larga lista de asignaturas pendientes que tendrían a más de un adulto hecho y derecho abatido por la desesperación. Una raya más para el tigre del exilio. Ya aparecerá la luz al final de este túnel hijo de puta, se repetía como un mantra cada vez que se encontraba ahogada en el mar de sus pensamientos, y preferiblemente frente a un espejo.

El día nuevo se perfilaba particularmente frío y Clementina pensaba en sumar un cuerpo adicional para calentar los intersticios construidos por sus sábanas. Le escribiría a Manel como quién no quiere la cosa, alimentando las expectativas de reciprocidad emocional del pobre chico con conversaciones estúpidas y dejándose decir “cariño”. El precio que debía pagar por calor ajeno era modesto para su boca pero exorbitante para sus ideales. Le conoció dos meses atrás, en una de esas reuniones a las que se asiste por no tener nada mejor que hacer, y como tiempo era lo que sobraba por la falta de oficio, decidió hacer acto de presencia. Le bastó a Manel oír el exótico acento de la niña para detenerse un poco más de lo acostumbrado en su rostro. Se le antojó hermosa, y Clementina sabía de sobra que lo era —todos a su alrededor pensaban lo mismo—. El joven desgarbado se deshizo en preguntas para con la misteriosa adición a su grupo de amistades, para luego perder la compostura una vez más al oír las eses perezosas de Clementina, que tejían sus palabras al ritmo de un cantar diferente a los que se dejan oír en estas latitudes. En ese momento él decidió que quería colonizar hasta la sombra de esa mujer, hacerle el café por la mañana y llevarla a conocer a sus padres. Ella había encontrado al fin un incauto para entretenerla cuando no hubiese planes más interesantes. Tres años tarde y casi con fecha de caducidad en su estadía, pero al menos iba a remediar algunas de sus necesidades sin recurrir a soluciones menos elegantes y satisfactorias.

Manel era un huracán de azúcar y palabras cursis que la empalagaban hasta el asco, pero tenía la perseverancia de un monje en ayuno. No es que Clementina haya premiado esa dedicación con las llaves de su piso, pero el chaval tenía lo suyo, aunque eso significara decirse continuamente: “calladito te ves más bonito mi amor”. La conveniencia de ella nunca iba ser suficiente para saldar la adoración de él, y una ecuación así era imposible de equilibrar. Pero no importaba, Clementina ya estaba escondida dentro de un abrigo impermeable a emociones desbocadas. Solo quedaba descubierta para los vientos provocados por las manecillas del reloj. Y en dos meses de verse las caras, los cuerpos y la ropa tirada en el suelo, fue mucho lo que Clementina dejó de decir y más lo que Manel gritaba a los cuatro vientos.

La artimaña había surtido efecto, los mensajes enviados al descuido se convirtieron en una llamada telefónica. Tenían tres días sin hablar desde que él había decidido unilateralmente y sin referéndum que ella era su novia, lo que no agradaba en lo más mínimo a Clementina, pero hoy tenía frío, demasiado frío.

—Hola Manel. ¿Cómo andas? No, no tengo planes para hoy.

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