El criterio que uso para acercarme a ciertos libros muchas veces es cinematográfico. Hay libros que distraen y entretienen, otros que hacen reír, algunos para reflexionar, muchos que leemos porque tenemos que leerlos, en fin, un poco como las películas. Un domingo a las 5:00 PM con una resaca de un par de cojones no quieres ver una película de Lars Von Trier, quieres ver una con Jim Carrey o la última de Michael Bay, quieres guardar el cerebro en una cajita por un par de horas y simplemente existir, comer cotufas y tomar cocacola. Y a veces se necesitan libros para anestesiar el cerebro, y dejarse llevar por páginas que pareciera tuviesen pega en las esquinas y no puedes soltar.
“Ángeles y demonios” fue uno de esos libros. La parte de placer culposo viene cuando disfrutas mucho un libro que va en contra de tus ideales literarios. Cuando el éxito de la historia importa mucho más que las palabras usadas para contarla, cuando crearte adicción por el siguiente capitulo es la única razón de ser del capítulo que ya te leíste, cuando le practicas eutanasia a tu imaginación porque el autor te lo pide desde la primera línea al darte todo masticado, un bolo alimenticio de intrigas y lugares comunes. Pero todo esto no es malo, al menos no es una crítica desde mi punto de vista, a veces eso es justo lo que necesitamos, abstraernos de la realidad e inventarnos una película. Mi película favorita es “Las Invasiones Bárbaras” pero también he visto “¿Dónde está el policía, parte 33 y ¾” al menos quince veces, sólo que no lo voy a estar publicando por ahí, o sí.
Para leer en fin de semana y con un kilo de cotufas a la mano.
Para ti las calles tienen fecha de vencimiento. Son como esas prendas de vestir baratas que se encogen con tres lavadas. Hay que descartarlas y buscar unas nuevas, holgadas y frescas. A veces, sólo a veces, solo, a veces, me pregunto si no es la gente que se te hace pequeña o eres tú la que crece exponencialmente en alma hasta sentirte asfixiada por la cercanía de otros. Pero después recuerdo que no te conozco realmente y todo lo que digan serán proyecciones mías en paredes blancas, en rostros que no están ahí realmente. Quizás es que sencillamente estoy hablando de mí hablando de ti mientras hablas de mí, o algo así.
Igual imagino tus ojos adaptándose a la intensidad y tono de luces nuevas —aunque no existas— al salir de un aeropuerto, o una estación de trenes, y pisas fuerte y decididamente una acera virgen, declarando tu independencia de los códigos postales y las aduanas. Y en esa mirada hay hambre y lujuria de caminos nuevos, de olores brillantes, de sabores afilados que hieren como espadas y dejan cicatrices en la memoria que no descansa.
Pienso en mí pensando en ti pensando en mí y pienso en todos los pedacitos de mi alma que se han ido quedando rezagados en un café de Montmartre, en un club de jazz de Greenwich Village, en una acera de Alexanderplatz, en alguna escalera de la Galleria degli Uffizi, en todas las manos por donde ha pasado mi identificación en los puntos de inmigración aeroportuaria, y me doy cuenta que aunque estoy incompleto hoy mi alma fracturada necesita para ser feliz prescindir de otra página de su —espero— eterno pasaporte.
A ella evidentemente le cuesta caminar, a diferencia de él. Ella se aferra con sus dos brazos, decidida, al brazo que él le presenta flexionado, acompañándose, apoyándose el uno a otro. Ella tiene por un instante la mirada extraviada, quizás un poco nublada por los años que se le notan encima, él en cambio se comporta como un faro que decidió caminar de repente, para alumbrar los pasos de su compañera. Lo curioso de él es su vestimenta: un traje imposiblemente blanco, con zapatos igualmente iluminados, camisa también blanca y rematando un sombrero Panamá que hace una década quizás fue beige, pero hoy —después de tantos soles— es blanco también, y del sombrero cuelga una trenza de cabello de treinta centímetros que delata su artificialidad al no tener el mismo color gris blancuzco del resto de la melena del señor. En otras latitudes, el look del anciano hablaría de santería, habanos a medio fumar y babalawos bailarines, pero por estos lares dice más de excentricidad, verano yel mediterráneo al que le canta Serrat. Ella va vestida como las señoras de su edad, con pelo corto y teñido, blusa estampada de flores imposibles y una falda unicolor completando la combinación, adornada toda ella —la señora, no la falda— con joyas, probablemente de fantasía pero que lleva como salida de alguna casa real europea.
Van caminando los dos en una conversación que no comparten con nadie más, lentamente entre la inundación de gente que participa en el culto al sol que sufre Barcelona cada verano. Sus miradas no se desvían del camino que llevan, delatándolos como nativos, no se distraen con el punki con la jauría de perros, ni con la familia de suecos que brillan por su blancura bajo el sol, ni con los niños que juegan a la pelota como si no hubiera nadie alrededor. Caminan como lo tendrán haciendo varias décadas juntos, caminan como quien vio a la ciudad envejecer al mismo paso que sus cuerpos, caminan para detenerse un instante y él le entrega con dos manos a ella una flor azul que escondía bajo su solapa, ella le agradece con un beso en la mejilla sin decir nada, en el lugar que debe haber colonizado infinitamente con sus labios. Siguen caminando ahora en silencio, pero con unos rostros resplandecientes y adornados con una media sonrisa que comparten entre ellos y para nadie más, mientras el sigue alumbrando los pasos de su compañera que se aferra con todas sus fuerzas al brazo de su caballero de armadura de lino blanco y sombrero de Panamá.
Se llama Josep, Pau o Joan, y me paseo por nombres catalanes porque el señor tiene uno de esos rostros que sólo existen aquí, de sardana y de mar. Lo veo a través del cristal de una ventana, uno más de los transeúntes que se pasean en ese patio fresco, y me siento como el espectador expectante de un zoológico, mientras veo a Josep, Pau o Joan buscar un puesto para disfrutar de la sombra, como un león después de almorzar. De perfil su cuerpo parece una “S”, de vientre amplio y redondo y una joroba con décadas de verse los pasos. Llegó sin camisa, y lo imagino diciendo con voz queda al quitársela: Hace calor con dos cojones. Ahora la lleva en la mano, para no olvidarla, seguramente desconfiando de su memoria que —si no me equivoco— tiene la buena parte de unos setenta años funcionando. Los pantalones, por otro lado, los lleva con tranquilidad, quince centímetros por encima del ombligo, prácticamente sujetados por los latidos de su corazón, postura que asumo fue producto de la pérdida paulatina de su cintura y porque quizás a esas alturas de la vida un cinturón o la vanidad son sólo detalles.
Sentado ya, con todo el peso de su alma bien distribuido en un banco, y con una expresión de evidente alivio por el descanso que va a disfrutar, se dedica a observar a la gente pasar, y yo a observarlo a él a través del cristal de esta ventana. Poco a poco, la frescura que tan pacientemente buscó, se va acumulando en sus párpados, ganándole terreno a la conciencia. Su boca, que también parece estar más allá que de acá, va modulando palabras mudas, entablando una conversación con una paloma peatonal que le mira desde el suelo, genuinamente interesada por lo que Josep, Pau o Joan no dice. Sigo observando, tratando de adivinar sus sueños, su estirpe, su dirección, pero un rayo de sol entrometido decide colonizar la orografía de su rostro, cual niño que decide incendiar hormigas con una lupa y mucho tiempo libre, expropiando a don Josep, Pau o Joan de su siesta y obligándole a seguir su camino, si es que tiene uno, camisa en mano, porque sigue haciendo un calor con dos cojones, mientras yo lo veo alejarse a través del cristal de esta ventana.
Debe ser la trigésima tercera vez que abordo un tren de larga distanciadesde que llegué a estos lares. Y casualmente el de hoy es el recorrido que más he repetido dentro de esas mal contadas treinta y tres veces. Escribir esto se está haciendo terriblemente difícil, no porque me embargue un torrente de emociones al tratar de conformar alguna palabra, sino que escribir con lápiz y papel en un tren en movimiento es casi una misión imposible para mi motricidad fina, pero el chiste de esto es escribir durante el viaje, y después descifrar mi caligrafía de récipe médico producto del vaivén.
Decido no dormir, decido no someter a mis compañeros desconocidos de vagón a las penurias de mis ronquidos de ultratumba, pero una vez más por las razones equivocadas, no me siento generoso, sólo quiero ver el paisaje aparecer y desaparecer como diapositivas, una tras otra, a 250 kilómetros por hora, una bahía virgen, túnel, planicie árida, túnel, estación de trenes cerrada, túnel, playa de veraneo, túnel, pueblo fantasma, tren en la vía vecina, túnel, otro pueblo fantasma, túnel, más costa mediterránea. Y entre la arena, el concreto, la ropa guindada en las ventanas, los campos de olivos, siempre hay una persona distraída viendo el tren pasar, y en ese momento compartimos la eternidad de un cruce de miradas, haciéndonos reales el uno para el otro, para luego, después del parpadeo, yo continuar con mi vocación de voyeur itinerante de caminos, y él —o ella— vuelve a pensar en la diligencia que dejó a medias, en la lista de la compra, en el calor que le abraza y abrasa.
Perdido en la música que conforma el soundtrack de mi viaje sigo absorto en la ventana, inventando historias de esas diapositivas de paisaje que me embelezan, historias de las personas que abordan y dejan el tren en todas las paradas de su recorrido, historias de la azafata que con su sonrisa ensayada pasa ofreciendo auriculares a los pasajeros, historias de las conversaciones telefónicas y de negocios que se ven interrumpidas por la falta de cobertura, mientras hago un esfuerzo por dejar las razones de mi viaje guardadas en la maleta, al menos hasta llegar a mi destino. Pero el momento para sueños llegó a su fin —como todos—, acaban de anunciar mi parada.
Aparentemente el requisito indispensable para hilvanar un párrafo decente es la falta de sueño. Basta posar la cabeza en la almohada para ser asaltado por ideas inconclusas, por palabras que no encontraron el valor de hablar en voz alta durante el horario de oficina. Atrás quedaron los miedos a la oscuridad, a duendes cabrones con vocación de carnicero y a la muerte súbita. Ahora en la oscuridad vive el miedo a la irrelevancia, a no tener las credenciales que tu boca predica, al escrutinio de tus congéneres, a listas de cosas por hacer versus cosas hechas. Y es en los minutos de la desnudez existencial del tratar de dormir cuando te das cuenta de que la lista crece diariamente y que estas haciendo poco, o nada, para contener el tsunami de mierda que se avecina. El resultado inevitable de esa inundación es, invariablemente, una noche en vela. Y la vigilia sólo sirve para tres cosas: buscar el amor bajo unas sábanas, hacer trabajo atrasado o escribir.
Hoy me decanto, en contra de mi voluntad, por la tercera, tratando de responderme una de las constantes preguntas que secuestran mis horas.
¿Por qué carajo abrí este blog?
Y la segunda pregunta, necesaria y derivada de la anterior.
¿Es acaso este espacio de letras ocasionales una vitrina de ideas inconexas?
Al principio quise escribir sobre todo y nada, abrir una ventana virtual a historias que nacían principalmente de un exceso de tiempo libre. Luego, con el mejoramiento del oficio y la irrefrenable autocrítica, esas historias se hicieron esporádicas, quizás por medio a la crítica, quizás para guardarlas para medios más “serios”. Después para rescatar al blog de la inactividad decidí escribir un poco más sobre mis días y viajes, a ver si de esa manera lograba, al menos, la constancia semanal, pero mis días se hicieron aburridos y mis viajes se quedaron en planes. Posteriormente exploré narraciones más personales, pero sin quebrantar una regla autoimpuesta de no ventilar todos los intersticios de mi mente, esto dio como resultado algún post válido e inofensivo. Últimamente me fui por el camino del relato hecho con premeditación para el blog, pero a pesar de tener algunas historias pensadas las palabras simplemente no llegan a tener la mínima consistencia requerida para someterlos a las penurias de la lectura. Ha sido sin duda un camino de ensayo y error, a la evidencia me remito. Hoy siento que hay tanto que decir en este espacio que tiene casi cuatro años y apenas está aprendiendo a hablar. Al parecer este hijo mío tiene problemas de aprendizaje.
Entonces esta noche/mañana le pregunto a unos pixeles, con miras a encaminar a este niño a la iluminación: ¿Qué hago ahora con esto? ¿Declaro que falleció cristianamente o sigo dando tumbos sin pedir permiso ni dar explicaciones?
Al menos de esta sarta de sandeces salió un post gratis, el exorcismo de algunas palabras y el recuerdo de una de mis canciones favoritas.
O de cómo nuestra heroína vive el último capítulo de su historia (escrita).
“No se puede subestimar el poder de la resignación. La fuerza invisible que pulsa nuestras cuerdas siempre sucumbe irreductible ante una derrota escogida, y hoy decidiste esperar de rodillas por aquellas balas”. Le decía una conocida en tono solemne después de que Clementina decidió confesarle que estaba pensando irse de una vez por todas. Se sentía como un personaje acartonado de Paulo Coelho, una excusa de historia para recibir parábolas de aliento baratas y formulistas. “No puedo creer que esta mujer repita ese tipo de estupideces, y más conmigo, me habrá visto cuatro veces a lo largo de un año, ya recuerdo porqué no contestaba sus llamadas, pobre pendeja que tiene que recurrir a un libro malo para tomar decisiones, asume tu barranco mamita, no hay derecho, por eso el mundo está como está, por falta de cojones”. Casi se descarrila el tren de sus pensamientos de odio repentino hacia su interlocutora cuando el café, ya frío por el viento de diciembre, la saca del trance. Accedió al encuentro para orquestar una especie de ensayo de discurso de despedida para sus amigos, en caso de requerirlo, necesitaba probar su manifiesto ante otro ser vivo, ya las paredes de su ducha habían oído suficiente.
Los cabos sueltos se iban desprendiendo definitivamente del muelle que construyó Clementina para anclar su tranquilidad. Su rollo con Manel se había complicado más de lo necesario, no quería perder su poco tiempo en estas tierras negociando un pacto de Destrucción Mutua Asegurada, no valía la pena el estigma, no quería ser la responsable de daños a terceros, bastó solamente un: Adiós muchacho. El piso era otro tema de cuidado, lo quería como a un hijo, le había dedicado lo mejor de su gusto y su bolsillo, era su orgullo y santuario, el único que la comprendía y no la juzgaba por quedarse un viernes en pijamas comiendo helado y rollos de canela sumergida en un libro o película cursi. Lástima que fuese un objeto inanimado y que a su regreso al tercer mundo no pudiese hacerlo aparecer mágicamente en la locación de su escogencia. Un anuncio con varias fotos bastante sugerentes bastarían para lograr filas de interesados, una cosa menos en la qué preocuparse.
Pensándolo bien, en frío, volver a casa tampoco era tan grave, su calidad de vida mejoraría exponencialmente, al menos en el departamento nutricional, de transporte y espacio vital. Sin embargo estaba plenamente conciente de todo lo que no iba a poder hacer. No le quedaba más remedio que reír al conversar con su madre y enterarse de que a su regreso tendría un trabajo seguro, coche nuevo, un par de pretendientes sin desviaciones sexuales, varias invitaciones a las mejores fiestas y comida casera. “Pero cero presión hija, la decisión está en tus manos”. Le estaba aplicando a Clementina las mejores técnicas de psicoterror maternal, tratar de convencerla de que ella necesitaba lo que su madre quería que hiciera. Y ya estaba funcionando, no porque Clementina se dejase llevar por las propuestas indecentes de su progenitora, sino que realmente veía del otro lado del charco la paz que hoy no tiene, a pesar de que aquél lado del mundo esté al borde del abismo.
Volver no era un acto de cobardía, era salir de la tumba de la incertidumbre.
La pieza que le terminó de trancar la partida de dominó llegó después de su encuentro vespertino con la repetidora del evangelio de la autoayuda. Como lo temía, o mejor dicho, como lo esperaba, recibió respuesta negativa de la oferta de trabajo donde depositó sin querer queriendo lo que quedaba de su esperanza, cual personaje de video juegos que guarda sólo un potecito de poción vital para enfrentarse al malo del último mundo. Clementina era Link tratando desesperadamente de rescatar a la princesa Zelda de las manos de la migración involuntaria. Fracasó en el intento y no le quedaban continues en el juego.
«Decisión tomada, india comida, india ida. Me voy pal’ carajo» decía un mensaje de texto que agarró desprevenidos a su más íntimo círculo de amigos, su ring of trust. «Se acabó lo que se daba, no te pongas medias que la foto es tipo carnet, y se me acabaron los eufemismos para decir que en dos semanas estoy montada en un avión. Tenemos 360 horas para volvernos mierda y celebrar mi partida. No inventen cursilerías o los mato. Un beso.»
O de cómo nuestra heroína lidia con su tiempo libre.
—Muchas gracias por venir señorita Álvarez. Excelente currículum, pero ya sabe cómo es el protocolo para estos asuntos. Nos pondremos en contacto con usted la semana entrante para comunicarle nuestra decisión.
Clementina agrega una preocupación más a una larga lista de asignaturas pendientes que tendrían a más de un adulto hecho y derecho abatido por la desesperación. Una raya más para el tigre del exilio. Ya aparecerá la luz al final de este túnel hijo de puta, se repetía como un mantra cada vez que se encontraba ahogada en el mar de sus pensamientos, y preferiblemente frente a un espejo.
El día nuevo se perfilaba particularmente frío y Clementina pensaba en sumar un cuerpo adicional para calentar los intersticios construidos por sus sábanas. Le escribiría a Manel como quién no quiere la cosa, alimentando las expectativas de reciprocidad emocional del pobre chico con conversaciones estúpidas y dejándose decir “cariño”. El precio que debía pagar por calor ajeno era modesto para su boca pero exorbitante para sus ideales. Le conoció dos meses atrás, en una de esas reuniones a las que se asiste por no tener nada mejor que hacer, y como tiempo era lo que sobraba por la falta de oficio, decidió hacer acto de presencia. Le bastó a Manel oír el exótico acento de la niña para detenerse un poco más de lo acostumbrado en su rostro. Se le antojó hermosa, y Clementina sabía de sobra que lo era —todos a su alrededor pensaban lo mismo—. El joven desgarbado se deshizo en preguntas para con la misteriosa adición a su grupo de amistades, para luego perder la compostura una vez más al oír las eses perezosas de Clementina, que tejían sus palabras al ritmo de un cantar diferente a los que se dejan oír en estas latitudes. En ese momento él decidió que quería colonizar hasta la sombra de esa mujer, hacerle el café por la mañana y llevarla a conocer a sus padres. Ella había encontrado al fin un incauto para entretenerla cuando no hubiese planes más interesantes. Tres años tarde y casi con fecha de caducidad en su estadía, pero al menos iba a remediar algunas de sus necesidades sin recurrir a soluciones menos elegantes y satisfactorias.
Manel era un huracán de azúcar y palabras cursis que la empalagaban hasta el asco, pero tenía la perseverancia de un monje en ayuno. No es que Clementina haya premiado esa dedicación con las llaves de su piso, pero el chaval tenía lo suyo, aunque eso significara decirse continuamente: “calladito te ves más bonito mi amor”. La conveniencia de ella nunca iba ser suficiente para saldar la adoración de él, y una ecuación así era imposible de equilibrar. Pero no importaba, Clementina ya estaba escondida dentro de un abrigo impermeable a emociones desbocadas. Solo quedaba descubierta para los vientos provocados por las manecillas del reloj. Y en dos meses de verse las caras, los cuerpos y la ropa tirada en el suelo, fue mucho lo que Clementina dejó de decir y más lo que Manel gritaba a los cuatro vientos.
La artimaña había surtido efecto, los mensajes enviados al descuido se convirtieron en una llamada telefónica. Tenían tres días sin hablar desde que él había decidido unilateralmente y sin referéndum que ella era su novia, lo que no agradaba en lo más mínimo a Clementina, pero hoy tenía frío, demasiado frío.
—Hola Manel. ¿Cómo andas? No, no tengo planes para hoy.
O de porqué nuestra heroína siempre está a punto de irse de la ciudad Condal.
Clementina estaba lista para irse de Barcelona. Mejor dicho, Barcelona estaba lista para deshacerse de Clementina. Al menos eso era lo que ella creía. Se ha convertido en una costumbre de esta ciudad cerrarle todas las puertas, como para probar su paciencia, su talle, como un herrero llevando al límite a una espada recién forjada para comprobar su resistencia.
No era la primera vez que pasaba por esta situación, hace varios meses se encontraba con maletas hechas, pasaje comprado y piso desalojado, cuando recibió una llamada con una oferta que no podía rechazar. No porque fuese particularmente buena, o prometiera una emancipación económica absoluta de su familia, sino que era la excusa perfecta para no volver al país al que juró no regresar tres años antes —o por lo menos intentar no hacerlo—. Esa llamada trajo un trabajo nuevo, piso nuevo, amigos nuevos, un pretendiente transexual, tráfico de influencias en discotecas y tiempo, sobre todo tiempo. Y de ese tiempo hablaremos en una oportunidad más apropiada para esos menesteres, vamos a concentrarnos en el presente.
Tan fácil como llegó la nueva oportunidad decidió irse, obligando a Clementina a parar en el limbo que tanto le desespera, en la incertidumbre que odia con todas sus fuerzas, porque sin ese trabajo piensa que no le queda más remedio que volver a su país con el rabo entre las piernas. Pero no quiere, no quiere fracasar sin pena ni gloria, no quiere ver a sus amigos y decirles «Me voy» —otra vez—, no quiere retroceder al desfile de caras conocidas de la ciudad que antes fue su casa. Quiere quedarse. Quiere quedarse y disfrutar de caminatas sola a horas inapropiadas, quiere descubrir restaurantes que antes estaban escondidos, quiere sexo casual y sin compromiso, quiere ir a conciertos y tomar el té en una terraza asoleada mientras ve a la gente pasar protegida por sus gafas oscuras y el anonimato de una gran ciudad. Pero para todo eso necesita el dinero que desde hace un par de meses se escapa de sus manos por no tener un trabajo para reponerlo. Por eso Clementina está a punto de irse de nuevo de Barcelona. No tiene las maletas hechas todavía pero se ha dado cuenta de que es una forma prácticamente infalible para que le pasen cosas buenas, decidir mandar todo a la mierda para que alguien le tienda una mano.
Hoy Clementina amaneció resignada y harta de la espera —su paciencia si logró abordar ese vuelo con su nombre hace 6 meses—. Sacó las maletas del armario donde están siempre a la mano, por no dejar para última hora la, cada vez más presente, posibilidad de huída. Ya estaba a mitad del calculo mental que implica decidir que se podía y debía llevar, ya había regalado mentalmente un abrigo absurdamente grande que era impráctico para el trópico, ya había decidido hacer una lista de cosas para vender/regalar/botar, ya estaba pensando en cómo decirle a sus amigos aquél «Me voy» que no quería decir y sonó el móvil como cualquier otro día.
Debía estar mañana a las 9:00 AM en el extremo opuesto de la ciudad, bien vestida y con mejor disposición que nunca. Era una entrevista de trabajo.
Llegó y se fue Diciembre. Ya inauguramos un nuevo año con propósitos que nos hacemos con cada renovación de calendario. Algunos las cumplirán, a otros –como a mí– se les olvidarán en el primer mes, algunos lucharán a capa y espada para no sucumbir a la esterilidad de la rutina y poder decir dentro de 365 días que este fue el mejor año de sus vidas. Pero invariablemente, a pesar de las creencias religiosas, de los ideales políticos y de las resoluciones de año nuevo el mes ya difunto se define por la presencia familiar, la falta de ella, la comida, la fiesta, el exceso. En mi caso de exilio voluntario me tocó la visita familiar, un mes para escapar del día a día y disfrutar del tiempo que la distancia nos roba.
Mis padres tenían planeado un periplo europeo ambicioso, para aprovechar al máximo la inversión que implica saltar el charco con una economía plagada por la crisis. Eventualmente los planes pasaron por la criba presupuestaria, meteorológica y de realidad, para convertirse en un modesto viaje por algunas ciudades españolas. Esto pretende ser el recuento de las dos fechas que definen la celebración navideña: 24 y 31 de diciembre.
Un poco de contexto primero. Todas las navidades que he vivido, desde que tengo uso de razón, han transcurrido en el mismo lugar, en Barinas, junto con mi familia paternal. De igual manera, la otra cara de la moneda fiestera –el fin de año–, la recibo con mi familia maternal. Ambas fechas con diferentes grados de convocatoria y ánimo a lo largo de los años, pero substancialmente iguales a lo largo de toda mi vida. Absolutamente iguales.
24 de diciembre: decidimos quedarnos en Barcelona. Una de las ciudades más cosmopolitas de este país seguramente tendría una amplia oferta de cosas para hacer en Noche Buena. Hasta habíamos convencido a mi padre de adaptarnos a las costumbres locales y almorzar el 25 en algún restaurante bueno, en vez de tratar de suplantar las comilonas nocturnas de pernil, hallacas y ensalada de gallina que tenían lugar todos los 24 de diciembre en la ya mencionada Barinas. “Podíamos cenar cualquier cosa y celebrar el nacimiento de Cristo en un bar de tapas exclusivo hasta que nos venza el cansancio” nos dijimos todos, afianzando la idea de que las cosas iban a ser diferentes, pero no malas. Que equivocados estábamos.
La caminata diurna por la ciudad prometía ríos de gente y fiesta, después de todo no éramos los únicos trasplantados por estas calles, oferta turística tenía que haber. Volvimos a patear asfalto entrada la noche para encontrar el escenario de nuestra íntima celebración. Ni un alma en la calle. Ni una. Puta. Alma.
Empezamos a entrar en pánico de pensar que tendríamos que volver a la casa a comer pasta o sándwiches. El mal humor se dejaba ya colar al vernos eximidos de comida y caminando por lugares desiertos; la fiesta era lo que menos importaba. Traté de salvar la noche llevando al clan a una zona de la ciudad que me aseguraba al menos un bar abierto, pero la desolación estaba distribuída tan bien como mantequilla en una tostada. Ahora éramos cuatro sombras caminando, mal encaradas y discutiendo, convencidos ya de la inocencia de expectativas que teníamos para con el estado de la ciudad en la víspera de Navidad. Eso es culpa de las películas, creer que todas las ciudades que no son las nuestras son como Nueva York durante una noche, blancas, movidas, con ejércitos de villancicos y sonrisas amables.
La soledad era el factor más deprimente en esta situación, hasta el metro iba huérfano y eran apenas las 9:00 PM. Decidieron los otros ¾ de la familia ir hacia la Rambla, paraje amado por los turistas y odiado por mí, para ver si se salvaba la noche en algún sitio. Aquí opté por usar el silencio para expresar mi desacuerdo con la moción, tal como un niñito malcriado que acaba de recibir un juguete que no quería.
La búsqueda llegó a su fin cuando entramos a un restaurante que aparentemente albergaba a todas las desprevenidas almas en pena que no tenían planes. Y más irónica no me podía parecer la situación. El restaurante era una franquicia española, especializada en gastronomía italiana. Como todo no podía seguir empeorando la ley de Murphy se hizo la vista gorda, premiándonos con una buena comida. Al cabo de un rato ya no nos quedó más remedio que reírnos de lo accidentado de la noche y agradecer que al menos pasamos el mal trago juntos, que es lo que realmente importa.
31 de diciembre: llegamos a San Sebastián el 29. Esta ciudad es famosa por su gastronomía y la densidad de bares para su pequeño tamaño, aquí no nos podía agarrar el toro por los cachos, no se podía repetir lo del 24. Pasaron los días y durante el obligado paseo turístico íbamos averiguando el destino de nuestra celebración. Nada de nada, cada restaurante al que entrábamos se anunciaba cerrado para la Noche Vieja. Decidimos tomar parte más activa en la búsqueda llamando a todos los números de una guía nocturna de la ciudad, con esperanzas de conseguir algo. Una mitad de las respuestas fueron negativas, la otra mitad anunciaba precios exorbitantes, programas de fiesta electrónica hardcore y locaciones extra-urbanas. Mis padres se rehusaban a la derrota y acudieron al hotel para que ayudase en la misión. Yo me había rendido sin pena ni gloria rápidamente, la celebración de la llegada del año nuevo siempre me ha tenido sin cuidado, le emoción de lanzar petardos e incendiar efigies representativas del año que moría me duró diez años, la expectativa del borrón y cuenta nueva de un nuevo calendario duró, quizás, cinco años más, en fin, ya tengo bastante tiempo donde lo único importante de ese día era estar con mis seres queridos, y eso ya estaba cubierto.
La participación del hotel no sirvió de nada, no consiguieron opciones ni ofrecían ese servicio, así que ya nos habíamos resignado a comer temprano en cualquier lugar y después patear calle para tomarnos algo. Pero seguían llegando las malas noticias, un amable señor nos dijo que ni nos molestásemos en salir a cenar sin reservación el 31, la ciudad muere a las 7:00 PM y despierta de nuevo, a medias, después de la 1:00 AM, los únicos locales abiertos serían los que ofrecen el programa que ya habíamos rechazado, aparentemente nuestra idea de celebración ya estaba muerta antes de nacer. Sin embargo, la llegada del último día del año nos premió con una epifanía de lucidez colectivo-familiar. Saliendo del hotel en busca de camino al centro de la ciudad vimos a lo lejos un supermercado. “Quién quita que ahí consigamos algo que comprar para la noche y después salimos” parecía ser el consenso tácito de nuestras caras.
Y entramos, y compramos, y planeamos e inventamos, y nos reímos de que nuestra fiesta cupiese en un carrito de compras, con los ingredientes para una recepción tipo coctel para cuatro personas, traje informal, barra libre pero limitada y destinada a la habitación de hotel de mis padres, porque era la que tenía terraza. Pasamos el resto del día según lo planeado y al caer la noche nos congregamos en el lugar previsto, orgullosos de nuestra improvisación, brindando por estar juntos y recordando las incidencias de años anteriores, sin preocuparnos por la vestimenta, anonadados por la quietud de la ciudad y viendo el especial de las campanadas de Noche Vieja en TVE, como una familia más de este país. Tan a gusto estábamos que prescindimos de la salida posterior al “feliz año”. No se podía negar que definitivamente este año había una celebración muy diferente, y no por eso menos buena.
Para terminar, que he hablado más que un político en plena campaña, dejo aquí una canción, que, por tonta que suene, resume lo que esa serie de eventos desafortunados me enseñó.