Astromono

El gran simio ya no encuentra gracia en las luces siderales que ayer encendió. Las estrellas perdieron su encanto casi tan rápido como tardaron en nacer. Su aburrimiento entre tanto vacío se está haciendo intolerable, y eso es decir mucho para un ser eterno e infinito.

Decide entonces construir unas canicas cósmicas para distraerse. Diez esferas de distintos tamaños y colores se amontonan en sus manos negras. La primera, la más grande, empieza a arder con vehemencia; resultó inexplicablemente caliente. Busca un claro entre luceros y la coloca, ahora amarilla, mientras piensa qué hacer con las demás.

Toma las restantes y sin paciencia orquesta movimientos elípticos alrededor de la primera bola incandescente. Observa complacido como sus juguetes nuevos, poco a poco, empiezan a bailar a ritmos de canciones distintas. Cada uno en su carril. Cada uno a su tiempo.

Pero bañado en el gozo del divertimento el primate estelar advierte algo. Una elusiva y pequeñísima canica permanece todavía en sus manos. La arroja con desgano al final de su sistema y ésta decide tomar un carril excéntrico, más por raro que por fuera del centro.

El mono galáctico reconoce que el juego no se ve tan elegante como antes de la última adición, pero la canica rezagada hace las cosas más interesantes. Poco sabía el mico creador que unas personitas que aparecieron, por generación espontánea, en la tercera esfera iban a pasar su corta existencia tratando de sacarla del juego de canicas. Le llamaban Plutón.


El arte del rechazo.

A nadie le gusta que le digan NO, así de simple. Nadie anda por la vida coleccionando negativas por placer o por deporte. Este monosílabo quizás sea el culpable de todos los males del hombre si nos queremos poner filosóficos al respecto, pero no es la idea.

La idea es mundana, desempleada. La idea es que estoy sin trabajo y por primera vez en mi existencia me estoy enfrentando al mítico Can Cerbero de la búsqueda laboral y sus ladridos negativos. Es una de esas cosas con las cuales todos los mortales tenemos que ver, a menos que tengas uno de esos apellidos que vienen forrados de billetes.

Buscar trabajo es un trabajo en sí mismo. Es buscar las ofertas de los puestos que realmente quieres para terminar conformándote por lo que hay, es hacer un curriculum digno de alabanza y darte cuenta luego de que en verdad no has hecho nada en la vida, es chequear tu guardarropa y prepararlo para el día decisivo de una entrevista que si llega igualmente no estarás vestido según las expectativas, es pasar meses esquivando la responsabilidad de un portafolio –esto es con los arquitectos/diseñadores/artistas– porque nunca estarás realmente seguro qué mostrar si tienes de sobra o qué inventar para llenarlo si tienes de menos. Es esto y más, cada oficio con una lista interminable de requisitos y expectativas, pero la idea tampoco es hablar de eso.

La idea es sobre el fatídico email del NO, no hay trabajo para ti, el email del “no te pongas medias que la foto es tipo carnet” como dice tan coloridamente un amigo en el título de su blog, es sobre esas líneas con las que te dicen tranquilamente que gracias por el esfuerzo pero no es suficiente. Y toda esta retahíla de ideas trasnochadas simplemente existe para darle paso a ese email, el email que realmente te quieren mandar y no pueden, por decencia, el email que con palabras políticamente correctas y de copy/paste dice –al menos para los arquitectos/diseñadores/artistas– exactamente lo siguiente.

Desempleado número tres mil:

Primero que nada felicitaciones por haber pasado tres horas de tu vida googleando empresas de diseño en esta ciudad. Sabemos que no tenemos buen posicionamiento web y que estamos, más o menos, en la treintava “O” de Google. Pero no importa, aunque nos llamamos “estudio” somos en realidad dos tíos y hemos hecho pocos trabajos, pero al menos cobramos a fin de mes, a diferencia de ti.

Hemos estudiado tu curriculum, después de bajarlo con serias reservas por temor a que sea un virus indetectable, y hemos llegado a la conclusión de que estás gravemente descalificado/sobrecalificado para trabajar con nosotros. Sin embargo hemos hurgado tu portafolio por simple curiosidad y aceptamos que tienes un par de cosas buenas, pero lo nuestro mola más.

Actualmente la situación está tan jodida que si difícilmente tenemos trabajo para nosotros mucho menos tenemos para subcontratarlo a freelancers, si al menos tenías esa esperanza. Hay un batallón de amigos diseñadores igualmente desesperados y desempleados que tú, que nos hacen la vida imposible constantemente al recordarnos de su miseria. Honestamente no queremos perder a los colegas de cañas y fiestas de finde, y además tener que pagarte a ti más de lo que podríamos a otro.

Todavía no estamos seguros si archivaremos tus datos para el futuro como te prometimos y a los 2999 desempleados antes que tú. No nos juzgues. Si guardásemos todo lo que nos llega nuestros discos duros serían sólo portafolios anónimos y cero trabajo.

Te deseamos suerte en tu búsqueda, realmente la vas a necesitar. Como pintan las cosas dentro de seis meses estaremos en el mismo plan que tú. Empieza a comprar la lotería de la Once, nosotros lo venimos haciendo desde enero.

Saludos.

P.D. No nos llames, nosotros tampoco te llamaremos.

Enciclopedia Dramática

Sócrates era un gilipollas de los cojones con esa estupidez de sólo sé que no sé nada. Es que no se imagina el nivel de relaciones que se pueden hacer partiendo del detalle más nimio. ¿Tiene diez minutos de sobra? Y por cierto, ¿me dice la hora? Déjeme y le explico, no sea como los demás idiotas —sin ánimos de ofender, los idiotas son los otros, siempre los otros­— que andan por la vida conformes con la información que se les atraviesa en la calle por obra y gracia del Espíritu Santo; o Jehová, Quetzalcóatl, Adonai, el nombre que usted quiera darle. Yo con las religiones no me meto, las conozco como puedo conocer un catálogo de muebles. Sé las locaciones, las fechas, los nombres, las normas, pero no me interesa su contenido; eso no es conocimiento, es superstición, yo soy un hombre de ciencia, de datos mensurables. Como usted. ¿Me sigue hasta ahora? Tampoco creo en otros que promulgaron la muerte de Dios, como el pesado de Nietzsche. Siguen siendo opiniones, conjeturas alimentadas por el opio, las enfermedades venéreas y la falta de sueño. Dios no existe hasta que me muestren pruebas irrefutables. No puede morir lo que nunca estuvo ahí. Para mí ese nombre se usa como una convención social para expresar asombro, una muletilla en conversaciones. Aja. Volviendo al tema, o más que tema, concepto, porque es una idea lo que trato de regalarle. ¡Claro que es un regalo! Es gratis, sólo tiene que saber filtrar la información, catalogarla, separar el conocimiento de la opinión. El conocimiento es perfecto, imparcial, certero, blanco o negro, no es una mujer ingrata que hoy no te encuentra atractivo como la noche anterior, que hoy te reclama la falta de atención y que pagues la renta. No me diga que no le ha pasado. ¿Lo ve? La patraña de la interpretación. Retomo el hilo en mi pretensión de iluminarle el panorama. Tome como ejemplo la Reina de Inglaterra. Un poco de paciencia, van sólo dos minutos, escúcheme y entenderá, por favor. Reina en inglés es queen, Queen es el nombre de una banda de rock inglesa donde cantaba Freddie Mercury, el apellido del tío ese, significa mercurio en castellano. Mercurio era el nombre romano de Hermes, el mensajero de los dioses. El metal líquido que comparte ese nombre, y si se perdió sigue siendo mercurio, se usa para llenar los termómetros por su comportamiento con la temperatura y hace siglos era un ingrediente importantísimo en la alquimia. La palabra india para alquimia es Rasavātam, que significa “el camino de mercurio” y creo que no tengo que decirle que la India fue colonia inglesa hasta no hace mucho; volvemos a caer en la reina. ¿Ve que simple? Un hilo de datos simétrico, sin contaminaciones de valor, sin opiniones. Claro que escogí el camino yo, pude haber llevado las referencias por caminos tan infinitos como el universo mismo. Pero ese no es el punto. Acérquese un poco más a la reja que no quiero gritar. Por favor. El punto es la relación de las cosas a través del conocimiento. A mi no me interesa que Inglaterra siga teniendo una monarquía constitucional, o que Queen hayan sido precursores del rock progresivo. Se lo digo de nuevo, no me interesa. ¡Yo necesito los datos, las fechas, los nombres, todo! La gente no entiende que información es poder, que poder es hacer y de hacer hago lo que quiero. ¿Es tan descabellado eso? No desespere, van cinco minutos y cuarenta y cuatro segundos, llevo la cuenta con el pie. Yo si sé, y mucho, pero falta todavía, lo necesito saber todo. No se vaya a buscar la medicina, no la necesito, yo no estoy loco. Es una opinión, una interpretación prejuiciosa de mi realidad hecha por una mujer que no entiende, que no me entiende y que vino aquí a llorarle a un doctor para encerrarme, que espero no sea usted, y si lo es mire que articulado soy, disfrute en la concatenación de mi conocimiento. No tengo los síntomas de esquizofrenia porque los conozco, ¿quiere que se los enumere? ¡¿Dónde está la locura de no tener tiempo para las trivialidades de la vida?! ¡Por las llagas de Cristo no me deje solo, necesito que compruebe que no estoy loco! ¿Vio?, he usado una muletilla sacra. De nuevo, claridad, absoluta claridad de pensamiento. Siento mis neuronas haciendo chispas revisando mis bancos de memoria. Joder. Usted me cae bien, podría ser una opinión, pero no, es un hecho. Es el síndrome de Estocolmo, ¿acaso un loco sabría diagnosticarse tan certeramente? Hablando de Estocolmo, no querría saber cual será el pronóstico meteorológico de esta semana, uno nunca sabe cuando podría viajar a Suecia. ¿Sabía que Suecia tiene una de las tasas más altas de suicidio de Europa? Ya acabaron los diez minutos, y antes de que vaya por la medicina, ¿puedo tutearlo?. Me vuelve loco medir mis palabras.

Ventana (In)discreta

Verlo ahí sentado me desconcierta, con sus ojos de pez abisal y su desafortunada cabellera de estambre. Trato de distraerme con alguna rutina inútil del existir, una que nunca logro recordar y al volver la mirada sigue ahí, viéndome. Aprendiéndome. Sus hombros están vencidos por el peso de su alma antigua y parece que lo único que evita que su espalda ceda totalmente es una acartonada chaqueta de tweed. A veces veo a otros caminar detrás de su espalda; se le acercan, le acarician la cara de piedra, le regalan sonrisas de aprobación al verlo tan concentrado en mí; también me miran, él ni se inmuta. Ese rostro de carnet lo conozco de antes, quizás en un ascensor compartido, de la barra del bar de la esquina, de antes que mis días se convirtieran en el suplicio eterno de verlo viéndome. Y esta zozobra que me carcome los huesos de querer gritarle, que se vaya, que me deje en paz, que busque otro vecino, otra ventana. Pero no puedo, y lo peor es que no sé por qué.

–¿Cómo sigue papá?

–Igual que todos los días. En la sala, viéndose en el espejo. Ya que estás aquí ayúdame a prepararlo para dormir. Hoy he tenido un día largo.

Monocromatemático.

El encierro se ha vuelto rutina. Los delirios de grandeza y las preocupaciones triviales no son más que sueños tibios que se aferran a la almohada incluso después de despertar. Mi habitación se hunde en el estupor del desuso y ahora veo todo más claro, incluso a falta de luz; como un animal que en la penumbra distingue los matices más caprichosos de su entorno, aún gris. Las manchas del parqué forman una constelación de polvo y escoria que cambia con el ánimo del aire de invierno, de un aire que ayer me hubiese postrado a la maternidad de una cama, pero que hoy, a pesar de estar cubierto hasta la frente, deja ver todavía el hálito de la costumbre.

Oigo pasos, voces, risas que no quiero enfrentar. Espero al silencio para salir de la guarida y ocuparme del estiramiento de mi alma que ya no encuentra maneras de reclamar atención por mi indolencia; por mi ausencia. El piso se me antoja grande, ya no estorban mis fotografías a los tres portarretratos de los que me apropié al llegar aquí, la mesa que armé con tanta diligencia ocupa otro lugar menos apropiado, mis escombros culinarios ya no contaminan la cocina. Atrevida es la ignorancia de mi paseo por esta casa sin gente, pero me protege la noche tantas veces cómplice, y hoy es la misma de siempre, el que cambió fui yo.

Vuelvo a la habitación, a los libros que siguen enfilados en la repisa, a la guitarra que puedo ver y no tocar, y trato de recordar esas palabras que hice mías a lo largo de noches en vela, y esas notas de las que fui amante otras más, mientras sigo esperando esa luz de la que tanto oí hablar cuando compartía mi oxígeno con otros, pero que todavía hoy me tiene olvidado.

La vida comienza de nuevo a mi alrededor, la vida de otros que me condena a mi espacio monocromático, a la ilusión de dormir, que es la única facultad que pareciera todavía conservo.

Esto de estar muerto y temerle a los vivos me incapacita hasta las lágrimas, de poder producirlas. Espero que no necesiten alquilar la habitación pronto, ahí si sabría que significa ser un alma en pena.

Para no perder la costumbre.

La ciudad le muestra la espalda fría de la amante dormida después del amor. Decidió caminar esa noche para matar las horas que en su cama lo habrían matado a él. Dormir no era una opción. Sabe que de donde viene recorrer calles aletargadas y desiertas es como bailar en un frente de guerra con dianas dibujadas en el cuerpo, buscando que una bala no tan perdida decida hacer de ti su nuevo hogar. Pero aquí no pasa nada, el frío desalienta al delincuente más necesitado.

Las calles se hacen eternas, se convierten en pasillos desdibujados, los edificios que adornan las postales de aeropuerto y las fotos desenfocadas de los turistas no son más que piedras grises y mal iluminadas. Y piensa en esas fotos, en esas postales. Cuántos cajones de recuerdos, cuántos álbumes y discos duros no guardarán orgullosos esas vacaciones en Europa. Cuántos comentarios de Facebook tendrán esas fotografías. “¡Ese lugar es espectacular, me alegra que la estés pasando buenísimo, saludos a fulano!” O alguna tontería por el estilo.

Sigue caminando, siempre viendo hacia atrás, cada veinte metros, para no perder la costumbre. Observa las sombras siniestras que se proyectan en el suelo y se imagina que hay un andamio invisible en cada foco de luz, con un grupo de hombres pagados expresamente para deformarlas, en plan teatro chino. Sería un buen tema para escribir poesía post-apocalíptica, cuasi suicida y de mal rollo, para declamar en un bar cutre lleno de pseudo intelectuales, acompañado por un trío de jazz tan desafinado que pase por Avant-garde, y ganarse un “eres una pasada tío, las flores del mal se terminaron de marchitar con tus versos”, o la falta de ellos, al terminar el performance. Aunque no le guste la poesía. Aunque su madre diga que es un poeta de clóset.

Y sigue caminando, tiene que estirar el tiempo, no quiere llegar a su casa sumida desde hace tres días en la edad de piedra por falta de corriente eléctrica. Una noche a la luz de las velas es interesante y digno de una anécdota, la segunda todavía sigue siendo romántica aunque esté solo con una novela y un cigarrillo; la tercera ya es inadmisible. Ni hablar de los estragos producidos en el refrigerador y en su higiene personal por la ausencia de calefacción.

La ciudad que lo abruma por su gente y bullicio ahora lo arrulla con el constante siseo silente de la nada. Como si el planeta hubiese sido víctima de una plaga digna de una película de zombies y él caminando sin enterarse. I am legend, 28 days later in Zombieland before the Dawn of the dead. Quizás exagere un poco, la teoría apocalíptica se vino abajo cuando oye a un grupo de chicos borrachos y presumiblemente felices. Sin música para ignorarlos lo mejor es cambiarse de acera. Sociopatía preventiva, crónica y tercer mundista. Seguramente se están quejando de que no hay movida nocturna y no pueden engrapar la borrachera que llevan con una nueva, que se sienten timados porque les dijeron que aquí no se duerme y la evidencia circunstancial e irrefutable prueba lo contrario, pero en sueco o algún idioma incomprensible, ya no los oye, los dejó atrás hace un rato, se cercioró veinte metros después.

Llega a una calle nueva, con árboles desnudos que decidieron seguir el ejemplo de sus aves inquilinas soltando a sus crías, las hojas, después de cuidarlas y alimentarlas por ocho meses, para que aprendieran a volar y crecieran en una mejor acera. Se da cuenta de que ahora puede ver las cornisas y balcones que por mucho tiempo estuvieron escondidos tras un telón verde y naranja.

Se detiene en la gran cantidad de estupideces y nimiedades que puedes llegar a pensar cuando te oyes los pensamientos, que esto de no cargar Ipod atenta seriamente contra su sanidad mental y que si un día cae una bomba de pulsos electromagnéticos y manda la tecnología a la puta mierda consideraría gravemente el suicidio. Pero siguen siendo estupideces. La privación peatonal del sueño está haciendo cráteres en su juicio. Todavía quedan un par de horas para lograr su misión del día que no termina de comenzar. Sólo le resta caminar en silencio, mente en blanco por si acaso, y viendo hacia atrás cada veinte metros. Para no perder la costumbre.

Desacato.

Sé que me miran con el morbo de saber que escondo bajo estas telas negras. No los culpo, yo también he pecado; he pecado de querer defender lo indefendible con los casos absurdos que se me atraviesan como defensora pública; hasta podría escribir un tocho de proporciones bíblicas detallándolos. El cliente de turno es una pobre alma enajenada de la realidad, está convencido de ser el espectro de Robin Hood, enfrenta de tres a cinco años por intento de robo a un diputado, o como él dice, por tratar de impedir una futura malversación de fondos del tesoro público. Hoy fue la primera audiencia; las cosas no pintan bien, el juez me dijo que si volvía a la sala con mi hábito de monja en vez de la toga reglamentaria me pondría una multa por desacato. Creo que estar casada con Dios no es asunto de esta jurisdicción.

Aclaratoria y Propósito de Enmienda

Hoy no me dejas tocarte. Hoy no me dejas entrar a tu mundo por mi negligencia. Que si me fui sin avisar por cuatro meses, que si nos vimos de nuevo fue porque cruzaste el océano en el equipaje de mano de otro.

Sabemos que no eres la primera, ni serás la última. Sabes que me compartes con otra que me da los matices que tú no me puedes dar. Que por las noches somos locura y pasión, de día hastío y frustraciones. Que de rojo, negro y clavijas doradas te ves mejor. Que ahora dormimos en el mismo cuarto pero nunca juntos.

Sé que no puedo tocarte en público sin temor a hacer el ridículo, que tu voz me gusta más afinada en Do y distorsionada, y que mis mejores canciones son más tuyas que mías.

Hemos compartido cigarros y bebidas hasta la saciedad, juntos hemos puesto a dormir al sol para luego despertarlo con estridencia galopante, nunca sin el temor al reclamo de algún vecino por el ruido, pero ellos son los que no entienden que no es ruido, es música lo que hacemos.

Al volver te prometo más corcheas y negritas, más cariño a tu madera y menos abusos a tu puente, recuérdame al llegar a casa que debo comprarte unas cuerdas nuevas, que por éstas alturas ni todo el amor del mundo puede hacerte sonar afinada.

Esto si es una elegía.

Hoy recibí la noticia. Estas cosas tienen la mala maña de llegar tarde cuando estás a un océano de distancia. La espera fue larga, como siempre lo es para aquellos que esperan, pero sé que estuviste rodeado hasta el último momento de voces y manos amadas, regalándote palabras de vida y caricias de esperanza, buscando que un día abrieras los ojos y todo quedase atrás como una anécdota, un mal sueño.

Escribo hoy sin realmente entender el vacío que dejas en tu familia, he visto sus caras en mejores tiempos, las que hoy tienen me las contaron e imagino su dolor, pero lamentablemente no estoy ahí para compartirlo. Estuve a tu lado y al de tus hermanos cuando en la tierra descansó tu padre, pero no estaré al lado de tus hijos cuando hoy te toca descansar a ti.

Esta humilde ofrenda existe pare decirle al que la lea que te recuerdo. Recuerdo tus caminatas calmadas en la plaza del Añil, buscando caras conocidas y conversaciones fáciles, con frente sudorosa y panza orgullosa, para olvidarte un rato del ejercicio obligado. Recuerdo tu sonrisa tatuada en cualquier excusa de reunión familiar, por encima de todo y de todos, siempre alumbrando los temas triviales o difíciles. Recuerdo tus palabras de orgullo por mis logros y los de mi hermano que apenas comenzamos esto de vivir. Recuerdo que no me dejabas darte la mano y de inmediato me abarcabas con tus brazos para estamparme un beso paternal en la mejilla y decir “Dios me lo bendiga no joda”. Recuerdo las palabras de amigos que te admiraban como profesor para yo poder decir con una sonrisa “él es mi primo”. Recuerdo que no nos vimos tanto como se espera de una familia, que por muchos años compartimos el mismo vecindario y nuestros encuentros eran el resultado de una compra apurada de pan o de buscar el periódico el domingo, que al irme a la capital mis días en casa eran cada vez más escasos y las reuniones de primos más aún. Recuerdo tu ejemplo fraternal, el siempre buen consejo, el modelo a seguir para tus hijos.

Ya no te aburro más con palabras que nunca oirás, por estas alturas te debes estar poniendo al día con mi tío Manuel, mi tía Alicia y Elías. Ya tendrás tiempo para los otros que también nos dejaron.

Te recuerdo primo Adolfo, que Dios te tenga en la gloria.

Del azar y otros demonios.

Siempre me he negado rotundamente a empezar un escrito con la frase “La vida está llena de…”, pero a veces no queda otra opción que asumir el cliché y decirlo a viva voz. El cliché es cliché porque funciona, porque todos lo entendemos. Diciendo esto al menos gano cinco líneas y no comienzo del todo con la muy esquivada oración.

La vida esta llena de carros, cosas y casas, de todo y nada, de gente penitente y renuente, de momentos obesos y adversos, y unas más que otras, de azar. No pretendo explayarme con un tratado sobre las coincidencias y como sus hilos de titiritero nos dibujan la existencia sin pedirnos permiso, pero si de cómo éste duendecillo cínico me hizo un visita que me volteó el cerebro.

Con noches insomnes como las mías se ha convertido en un arte buscar algo que hacer para huir de la rutina del trabajo, aunque sea por un momento, sólo el tiempo suficiente para olvidarlo todo y no llegar a odiar con toda mi alma lo que estoy haciendo. Unos lo llaman procrastinar (Del lat. Procrastinare: 1. Tr. Diferir, aplazar.) yo simplemente asumo el barranco de que tengo la capacidad de concentración de un niño en una tienda de juguetes en navidad y si no paro la obligación de cuando en vez no hay cafeína, nicotina o cualquier ina que valga para hacerme terminar lo pautado. Mal o bien siempre lo logro, a costa de la correcta sinapsis de mis neuronas y el horario del día siguiente, pero lo logro.

Si no me da por lavar platos a las tres de la mañana, reconectar con viejos amigos por facebook, tratar de componer una canción o ver una de las veinte series que veo semanalmente entonces recurro al azar, mejor dicho, a un botón en mi navegador de Internet que es el azar en pasta. Con sólo pulsarlo caigo en una página aleatoria, determinada por una serie de temas previamente escogidos, en mi caso son: diseño, literatura, cómics, arquitectura y humor.

Stumbleupon se llama el pequeño demonio y lo pulsé con temor a que me embarcara en un viaje de tres horas de risas fáciles y artículos blandos sobre edificios amistosos con el medio ambiente. Pero no, gracias a Al Gore que no. El escape que me tenía previsto fue un video de los tiempos de María Castaña con una entrevista a Julio Cortázar en la Televisión Española.

Sin dudar paré todo lo que hacía, cerré ventanas, programas, canciones y me instalé a oír –por primera vez en mi vida– a este señor cuyas palabras han moldeado mis sueños desde los doce.

Está sentado frente a mí, balanceando su peso en el reposabrazos izquierdo de la silla, con un traje de tweed marrón y un cuello tortuga crema –si la traducción cromática del blanco y negro no me engaña–, con la barba y bigote que conozco de tantas portadas. Su altura no pasa desapercibida y el tono de voz va de la mano con sus proporciones de titán. En la mesa que nos acompaña descansa su trago de whisky anónimo con poco hielo, yo con Red Label a falta de algo mejor. Ambos con cigarros en la mano izquierda, la derecha la usamos para gesticular y sostenernos la cabeza; sin darme cuenta ya estaba imitando su postura de entrevistado, treinta y cinco años después y en tiempo real.

Su discurso es calmado, constante, sin arabescos, como su prosa, con un acento que quiere decir argentino, pero que el exilio voluntario curtió de latinoamericano. García Márquez ha hablado de las erres arrastradas de Cortázar, las cuales asumí eran producto de su residencia eterna en París, pero me equivocaba, era como esos niñitos de los que nos burlamos en el patio del colegio retándolos a decir “erre con erre cigarro, erre con erre ferrocarril” sin trastabillarse. Sin duda su condición le ayudaba a pronunciar el francés perfectamente; conozco a más de uno que mataría por ello.

Política, estilo, rayuelas, jazz e historias eran el color de sus palabras, palabras que, confesó, escribe sin disciplina alguna, en eso nos parecemos últimamente, lo que no me enorgullece. Por dos horas me habló, dos horas que me dejaron mucho y se fueron muy rápido, dos horas que valen más que mil cursos y charlas sobre su obra, dos horas que hubiese perdido con algún video estúpido pero que por obra del azar hicieron que conociera a Cortázar.

De los otros demonios hablaré otro día…