El Club de la Serpiente.

“Es obvio que el éxodo empezó por razones políticas”. Empiezo por robarme palabras ya escritas por la mano de Benedetti en el relato “Sobre el éxodo”. Allí un “paisito” se queda, rápida y literalmente, sin gente por culpa de un régimen dictatorial. Se fueron los sospechosos de actividades subversivas, se fueron los “sospechosos de sospecha”, los familiares y amigos, el servicio, los hambrientos; hasta el crimen huyó por falta de gente que azotar. Pero digamos que es sólo un cuento, que esas cosas no pasan realmente, son sólo diez páginas de ficción. Y digamos también que seguramente fue inspirado en hechos reales, que casi toda Latinoamérica estuvo disfrazada con toga dictatorial por tres cuartos del siglo pasado, pero el señor ese está exagerando definitivamente, un país no se queda sin gente así como así. Y decimos esto y nos damos cuenta que nos está pasando, no somos todos, ni siquiera la mayoría, pero nos fuimos y nos estamos yendo.

Hoy, al igual que Benedetti y muchos otros hace 40 años, tengo puestos los zapatos del emigrante. Son unos zapatos ortopédicos y compartidos, duelen más de lo que deberían, te cambian la manera de caminar, son feos y todo el universo te mira por llevarlos, unos se burlan de nuestro calvario, otros se compadecen, y además hay que compartirlos con nuestros hermanitos trasplantados porque todos tenemos la misma malformación y el mismo tamaño de calzado.

Y ya estás aquí, o allá, después de saltar el charco o cualquier otro hito geográfico que te separa de tu hogar. Con tus torpes zapatos que aprietan y acaloran das tus primeros pasos en una tierra que no tiene nada que ver contigo, salvo la afinidad de la escogencia o la ilusión cinemática de una historia con final feliz. Te da miedo, mucho miedo, pero respiras profundo y haces tuyo el despeñadero de andar con tus zapatos ortopédicos por calles que tardarán al menos tres meses en ser parte de tu mapa mental. Viene el cambio, el cambio de clima, el cambio de vestimenta, el cambio de acento, el cambio de gustos. Te das cuenta de que nunca habías caminado tanto en tu vida y que los zapatos están surtiendo efecto, incluso te los puedes quitar algunos días de la semana, te sientes todo un Ninja escurriéndote entre los nativos, orgulloso de responder a preguntas sobre direcciones, de encontrarte en algún bar a una de las tres personas que conoces, vistiéndote acorde a la estación en curso y no según a la única que habías vivido hasta ahora, la tropical.

Luego, un día, y siempre el menos esperado, te ves corriendo como Forrest Gump mientras tu aparato ortopédico se va desmantelando, y emerges absolutamente igual que antes, solo que ahora dices “vivo aquí”, no importa si quieres/puedes/debes regresar o no, ya la terapia surtió efecto, ya aceptaste el hecho, para bien o mal, que vives aquí, o allá.

Para esto no existe manual. Con casi diez años de haber salido de mi casa y con muchas, enfatizo las “muchas”, mudanzas a cuestas he aprendido a ser un nómada. Me he acostumbrado a acostumbrarme. He vivido en residencias estudiantiles con 60 personas, en un cuarto alquilado en una casa de familia, he tenido el “apartaco” de soltero con dos amigos, he vivido en el cuarto de huéspedes de una casa deshabitada, en otro cuarto alquilado a una señora trinitaria en Londres, mi primer mes en España lo pasé en un sofá, luego de nuevo el “apartaco” –que ahora llamaba el “piso”– con un amigo, luego cambio de amigo, me quedé sin casa, dos meses en una sala, cambio de ciudad y un mes en un colchón inflable, y ahora finalmente, por los momentos, en otro “piso” y con dos mujeres. Dicho así parece el resumen de la Odisea, un catálogo de situaciones habitacionales disparejas y sufridas, pero no cambiaría ni uno solo de esos días. Tampoco pretendo ser una aleccionadora historia de nomadismo voluntario, tan solo es una mera ilustración de mis andanzas. Así empecé y he vivido mi éxodo.

Ahora que estoy donde debería estar he procurado formar mi propio “Club de la Serpiente”. Soy el Horacio Oliveira de la “Rayuela” de Cortázar. Con amigos nuevos y viejos, e igualmente emigrantes, me reúno no para hablar del existencialismo francés, o de los poetas malditos, sino de lo mucho que extrañamos nuestra comida típica, las fiestas como Dios manda, los amigos que se quedaron atrás –para bien o para mal–, la familia, siempre la familia. Hablamos de besos que no dimos, de las cosas que haríamos al volver o de todo lo que hay que hacer para no hacerlo, intercambiamos trucos para evadir la asimilación absoluta, nos oímos la voz para no perder nuestro acento y compilamos diccionarios prácticos de slang chileno, mexicano, colombiano, argentino, español y catalán. Agradecemos y rendimos pleitesía a los nativos que nos acogieron en sus brazos y que nunca nos hicieron sentir extraños a pesar de hablar el mismo idioma. Nos damos cuenta con gracia de hemos estado aquí un largo tiempo y nos gusta. Mi “Club de la Serpiente” me ha acompañado a conciertos de metal extremo con la curiosidad morbosa de presenciar algún ritual pre-histórico, ha sido víctima, al igual que yo, de experimentos gastronómicos fallidos, me ha recomendado el café perfecto para escribir, o a aquél autor que juré nunca leer porque su nombre no me parecía lo suficientemente serio como relatista. He aprendido más siendo un nómada llevado de la mano por veinte almas que el destino me atravesó en el camino que con cualquiera de los postgrados por terminar y los doctorados por empezar.

Es tanto de lo que podría hablar que mejor me callo, lo que pretendía ser una llamada de atención a mí mismo por haber leído un relato premonitorio de Benedetti terminó yéndose por las ramas del romanticismo errante. Ya que no uso mis zapatos ortopédicos de recién llegado me doy cuenta que caminar un poco torcido no es tan malo después de todo. Sólo queda contarle esta historia al Club.

Para no perder la costumbre.

La ciudad le muestra la espalda fría de la amante dormida después del amor. Decidió caminar esa noche para matar las horas que en su cama lo habrían matado a él. Dormir no era una opción. Sabe que de donde viene recorrer calles aletargadas y desiertas es como bailar en un frente de guerra con dianas dibujadas en el cuerpo, buscando que una bala no tan perdida decida hacer de ti su nuevo hogar. Pero aquí no pasa nada, el frío desalienta al delincuente más necesitado.

Las calles se hacen eternas, se convierten en pasillos desdibujados, los edificios que adornan las postales de aeropuerto y las fotos desenfocadas de los turistas no son más que piedras grises y mal iluminadas. Y piensa en esas fotos, en esas postales. Cuántos cajones de recuerdos, cuántos álbumes y discos duros no guardarán orgullosos esas vacaciones en Europa. Cuántos comentarios de Facebook tendrán esas fotografías. “¡Ese lugar es espectacular, me alegra que la estés pasando buenísimo, saludos a fulano!” O alguna tontería por el estilo.

Sigue caminando, siempre viendo hacia atrás, cada veinte metros, para no perder la costumbre. Observa las sombras siniestras que se proyectan en el suelo y se imagina que hay un andamio invisible en cada foco de luz, con un grupo de hombres pagados expresamente para deformarlas, en plan teatro chino. Sería un buen tema para escribir poesía post-apocalíptica, cuasi suicida y de mal rollo, para declamar en un bar cutre lleno de pseudo intelectuales, acompañado por un trío de jazz tan desafinado que pase por Avant-garde, y ganarse un “eres una pasada tío, las flores del mal se terminaron de marchitar con tus versos”, o la falta de ellos, al terminar el performance. Aunque no le guste la poesía. Aunque su madre diga que es un poeta de clóset.

Y sigue caminando, tiene que estirar el tiempo, no quiere llegar a su casa sumida desde hace tres días en la edad de piedra por falta de corriente eléctrica. Una noche a la luz de las velas es interesante y digno de una anécdota, la segunda todavía sigue siendo romántica aunque esté solo con una novela y un cigarrillo; la tercera ya es inadmisible. Ni hablar de los estragos producidos en el refrigerador y en su higiene personal por la ausencia de calefacción.

La ciudad que lo abruma por su gente y bullicio ahora lo arrulla con el constante siseo silente de la nada. Como si el planeta hubiese sido víctima de una plaga digna de una película de zombies y él caminando sin enterarse. I am legend, 28 days later in Zombieland before the Dawn of the dead. Quizás exagere un poco, la teoría apocalíptica se vino abajo cuando oye a un grupo de chicos borrachos y presumiblemente felices. Sin música para ignorarlos lo mejor es cambiarse de acera. Sociopatía preventiva, crónica y tercer mundista. Seguramente se están quejando de que no hay movida nocturna y no pueden engrapar la borrachera que llevan con una nueva, que se sienten timados porque les dijeron que aquí no se duerme y la evidencia circunstancial e irrefutable prueba lo contrario, pero en sueco o algún idioma incomprensible, ya no los oye, los dejó atrás hace un rato, se cercioró veinte metros después.

Llega a una calle nueva, con árboles desnudos que decidieron seguir el ejemplo de sus aves inquilinas soltando a sus crías, las hojas, después de cuidarlas y alimentarlas por ocho meses, para que aprendieran a volar y crecieran en una mejor acera. Se da cuenta de que ahora puede ver las cornisas y balcones que por mucho tiempo estuvieron escondidos tras un telón verde y naranja.

Se detiene en la gran cantidad de estupideces y nimiedades que puedes llegar a pensar cuando te oyes los pensamientos, que esto de no cargar Ipod atenta seriamente contra su sanidad mental y que si un día cae una bomba de pulsos electromagnéticos y manda la tecnología a la puta mierda consideraría gravemente el suicidio. Pero siguen siendo estupideces. La privación peatonal del sueño está haciendo cráteres en su juicio. Todavía quedan un par de horas para lograr su misión del día que no termina de comenzar. Sólo le resta caminar en silencio, mente en blanco por si acaso, y viendo hacia atrás cada veinte metros. Para no perder la costumbre.

Desacato.

Sé que me miran con el morbo de saber que escondo bajo estas telas negras. No los culpo, yo también he pecado; he pecado de querer defender lo indefendible con los casos absurdos que se me atraviesan como defensora pública; hasta podría escribir un tocho de proporciones bíblicas detallándolos. El cliente de turno es una pobre alma enajenada de la realidad, está convencido de ser el espectro de Robin Hood, enfrenta de tres a cinco años por intento de robo a un diputado, o como él dice, por tratar de impedir una futura malversación de fondos del tesoro público. Hoy fue la primera audiencia; las cosas no pintan bien, el juez me dijo que si volvía a la sala con mi hábito de monja en vez de la toga reglamentaria me pondría una multa por desacato. Creo que estar casada con Dios no es asunto de esta jurisdicción.

Rendez-Vous Parisien.

Hay una historia que había querido contar desde hace un tiempo ya, una de muchas y la que en estos momentos recuerdo por razones que no vienen al caso. Algunos la han oído de primera mano, pero la falta de medios audiovisuales para transmitirla en persona ha afectado invariablemente el efecto de la misma, todavía no ando con una computadora en el bolsillo y presentaciones de PowerPoint con fondo musical para acompañar mis anécdotas. Aprovecho entonces para hacerlo aquí, no como el autor lo contó, sino como lo quiso contar.

Era el otoño del 2006 y estaba “viviendo” en Londres por unos definitivamente insuficientes dos meses, era la primera vez que cruzaba el charco, la primera vez que viajaba solo en avión, la primera vez en otro país sin mi familia, muchas primeras veces juntas. Mi experiencia europea continuaba ahora con París, a la que llegaría después abordar un tren, otra primera vez.

Ya tenía la estadía planeada, el sofá donde dormiría y el tiempo contado en la ciudad de la luz, unas 140 horas siendo exacto y dramático, para hacer todo lo que un “buen turista” debía hacer. Digo eso porque hay flotando por ahí un código tácito del viajero sobre las cosas que uno debe y no debe hacer en una ciudad, y si no las cumples a rajatabla que Dios te libre por hereje, «¿Cómo no fuiste a ver la catedral “tal” y el museo “cual”, o la casa de “fulano”? En verdad te pasaste, ¡Es como si no hubieses ido!». Realmente ese compendio interminable de historia e información no necesariamente me interesa y además, nunca hay tiempo de ver todo.

En el caso de París una de las paradas obligadas es el Museo de Louvre, y por ende la Mona Lisa o La Gioconda, escojan ustedes el nombre que más les guste, yo me quedo con Mona.

Debo confesar de antemano que la sobredosis museística que tuve en Londres no pintaba muy bien eso de pasarme horas caminando por un museo que se dice toma meses en ver completo, además después de mucho pensar al respecto me he dado cuenta de que el arte no me quita el sueño, prefiero un concierto de cualquier cosa, por eso decidí limitar mi visita a unas cuantas pinturas que conocía de reputación y fotografía, incluido por supuesto el antes mencionado cuadro, protagonista de nuestra historia.

Entro al bendito museo con un objetivo fijo, ver el famoso cuadro de Da Vinci de primero, matar la culebra por la cabeza y disfrutar sin presiones del resto. Acompañado por supuesto de mi Ipod, compañero inseparable de viajes y caminatas sin rumbo, siempre puesto en shuffle (aleatorio), confiando en que lo que él escoja siempre será lo más apropiado para el momento, el aparato me adivina el estado de ánimo, y certero determina el soundtrack de mi vida. Caminando y esquivando rebaños enteros de gente empiezo a inventarme la experiencia de ver a la Mona Lisa en persona, ¿será tan pequeña como dicen?, ¿los ojos de la mujer realmente te siguen si te mueves?, ¿realmente podré apreciar el cuadro desde lejos y con un millón de manos japonesas tomando fotos atravesadas?. Enseguida la incertidumbre de la pronta experiencia se convirtió en un análisis de la cara de la mujer retratada mientras llegaba a sus aposentos.

Para los que necesitan refrescar la memoria aquí la tienen:

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Decidí en ese momento que ésta señora nos muestra aquí una cara de placer. Un placer que experimentó o está por experimentar. Un placer de cualquier tipo; gastronómico, literario, lúdico, el que ustedes quieran, sin embargo durante mi caminata lo decreté como placer sexual. Me lo dice la mirada expectante, la sonrisa a medio camino, el cuello desnudo con suave luz, la mano tersa que se muestra completa e impune pero inmóvil, porque una señorita no propone, ella dispone.

Llegué por fin al salón que sirve de hogar a la dama en cuestión, por supuesto inundado de personas, por supuesto inalcanzable, por supuesto protegida por un vidrio de diez centímetros de espesor. Sigo aislado del mundo con mi música y me planto frente al cuadro, aventajado en altura sobre los turistas japoneses que ya tomaban sus fotos extasiados, la canción en curso termina y acto seguido comienza la siguiente:

“Let’s get it on” de Marvin Gaye, una sensual joya musical de los años 70, uno de los estandartes de Motown, el himno del slow jams, la canción más usada en la historia del cine norteamericano para expresar insinuación sexual, y que estaba en mi Ipod porque a pesar de que prefiero oír Death Metal casi todo el tiempo, también tengo mis guilty pleassures.

Una sonrisa cómplice no tardó en escaparse de mí, los japoneses desaparecieron, la iluminación era ahora de velas y me encontré bailando con Mona suavemente al ritmo de la voz de Marvin. Siempre con su sonrisa tímida, sus ojos siguiéndome por la sala y su mano sobre la mía; hasta podía sentir la seda de sus vestiduras, la seda que pronto apartaría de mi camino porque este baile era sólo el preámbulo de la comunión.

Pero la siguiente canción me estrelló con la realidad, dejándome ligeramente avergonzado por lo que había vivido, así fuese producto de mi imaginación. Cuatro minutos y medio absolutamente cinematográficos y perfectamente orquestrados. Cuatro minutos y medio que hicieron que las cinco horas de mi vida transcurridas en el Louvre hayan valido la pena.

Ahora no puedo dejar de ver en la cara de Mona unas mejillas ruborizadas por nuestro pequeño e indiscreto encuentro…

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