Para no perder la costumbre.

La ciudad le muestra la espalda fría de la amante dormida después del amor. Decidió caminar esa noche para matar las horas que en su cama lo habrían matado a él. Dormir no era una opción. Sabe que de donde viene recorrer calles aletargadas y desiertas es como bailar en un frente de guerra con dianas dibujadas en el cuerpo, buscando que una bala no tan perdida decida hacer de ti su nuevo hogar. Pero aquí no pasa nada, el frío desalienta al delincuente más necesitado.

Las calles se hacen eternas, se convierten en pasillos desdibujados, los edificios que adornan las postales de aeropuerto y las fotos desenfocadas de los turistas no son más que piedras grises y mal iluminadas. Y piensa en esas fotos, en esas postales. Cuántos cajones de recuerdos, cuántos álbumes y discos duros no guardarán orgullosos esas vacaciones en Europa. Cuántos comentarios de Facebook tendrán esas fotografías. “¡Ese lugar es espectacular, me alegra que la estés pasando buenísimo, saludos a fulano!” O alguna tontería por el estilo.

Sigue caminando, siempre viendo hacia atrás, cada veinte metros, para no perder la costumbre. Observa las sombras siniestras que se proyectan en el suelo y se imagina que hay un andamio invisible en cada foco de luz, con un grupo de hombres pagados expresamente para deformarlas, en plan teatro chino. Sería un buen tema para escribir poesía post-apocalíptica, cuasi suicida y de mal rollo, para declamar en un bar cutre lleno de pseudo intelectuales, acompañado por un trío de jazz tan desafinado que pase por Avant-garde, y ganarse un “eres una pasada tío, las flores del mal se terminaron de marchitar con tus versos”, o la falta de ellos, al terminar el performance. Aunque no le guste la poesía. Aunque su madre diga que es un poeta de clóset.

Y sigue caminando, tiene que estirar el tiempo, no quiere llegar a su casa sumida desde hace tres días en la edad de piedra por falta de corriente eléctrica. Una noche a la luz de las velas es interesante y digno de una anécdota, la segunda todavía sigue siendo romántica aunque esté solo con una novela y un cigarrillo; la tercera ya es inadmisible. Ni hablar de los estragos producidos en el refrigerador y en su higiene personal por la ausencia de calefacción.

La ciudad que lo abruma por su gente y bullicio ahora lo arrulla con el constante siseo silente de la nada. Como si el planeta hubiese sido víctima de una plaga digna de una película de zombies y él caminando sin enterarse. I am legend, 28 days later in Zombieland before the Dawn of the dead. Quizás exagere un poco, la teoría apocalíptica se vino abajo cuando oye a un grupo de chicos borrachos y presumiblemente felices. Sin música para ignorarlos lo mejor es cambiarse de acera. Sociopatía preventiva, crónica y tercer mundista. Seguramente se están quejando de que no hay movida nocturna y no pueden engrapar la borrachera que llevan con una nueva, que se sienten timados porque les dijeron que aquí no se duerme y la evidencia circunstancial e irrefutable prueba lo contrario, pero en sueco o algún idioma incomprensible, ya no los oye, los dejó atrás hace un rato, se cercioró veinte metros después.

Llega a una calle nueva, con árboles desnudos que decidieron seguir el ejemplo de sus aves inquilinas soltando a sus crías, las hojas, después de cuidarlas y alimentarlas por ocho meses, para que aprendieran a volar y crecieran en una mejor acera. Se da cuenta de que ahora puede ver las cornisas y balcones que por mucho tiempo estuvieron escondidos tras un telón verde y naranja.

Se detiene en la gran cantidad de estupideces y nimiedades que puedes llegar a pensar cuando te oyes los pensamientos, que esto de no cargar Ipod atenta seriamente contra su sanidad mental y que si un día cae una bomba de pulsos electromagnéticos y manda la tecnología a la puta mierda consideraría gravemente el suicidio. Pero siguen siendo estupideces. La privación peatonal del sueño está haciendo cráteres en su juicio. Todavía quedan un par de horas para lograr su misión del día que no termina de comenzar. Sólo le resta caminar en silencio, mente en blanco por si acaso, y viendo hacia atrás cada veinte metros. Para no perder la costumbre.

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7 comentarios en “Para no perder la costumbre.

  1. Que bueno que tengas la oportunidad de caminar por esas hermosas y seguras calles para huír de la falta de energía eléctrica en tu casa, aquí en Venezuela las calles son intransitables inclusive a pleno sol.Si de cada paseo sin tu ipod pueden salir escritos tan hermosos, porque te obligas a oir el sonido de las cosas que te rodean, que vivan las caminatas silenciosas.Te quiero

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