Las Crónicas de Barna III (final)

Entrega 3

O de cómo nuestra heroína vive el último capítulo de su historia (escrita).

“No se puede subestimar el poder de la resignación. La fuerza invisible que pulsa nuestras cuerdas siempre sucumbe irreductible ante una derrota escogida, y hoy decidiste esperar de rodillas por aquellas balas”. Le decía una conocida en tono solemne después de que Clementina decidió confesarle que estaba pensando irse de una vez por todas. Se sentía como un personaje acartonado de Paulo Coelho, una excusa de historia para recibir parábolas de aliento baratas y formulistas. “No puedo creer que esta mujer repita ese tipo de estupideces, y más conmigo, me habrá visto cuatro veces a lo largo de un año, ya recuerdo porqué no contestaba sus llamadas, pobre pendeja que tiene que recurrir a un libro malo para tomar decisiones, asume tu barranco mamita, no hay derecho, por eso el mundo está como está, por falta de cojones”. Casi se descarrila el tren de sus pensamientos de odio repentino hacia su interlocutora cuando el café, ya frío por el viento de diciembre, la saca del trance. Accedió al encuentro para orquestar una especie de ensayo de discurso de despedida para sus amigos, en caso de requerirlo, necesitaba probar su manifiesto ante otro ser vivo, ya las paredes de su ducha habían oído suficiente.

Los cabos sueltos se iban desprendiendo definitivamente del muelle que construyó Clementina para anclar su tranquilidad. Su rollo con Manel se había complicado más de lo necesario, no quería perder su poco tiempo en estas tierras negociando un pacto de Destrucción Mutua Asegurada, no valía la pena el estigma, no quería ser la responsable de daños a terceros, bastó solamente un: Adiós muchacho. El piso era otro tema de cuidado, lo quería como a un hijo, le había dedicado lo mejor de su gusto y su bolsillo, era su orgullo y santuario, el único que la comprendía y no la juzgaba por quedarse un viernes en pijamas comiendo helado y rollos de canela sumergida en un libro o película cursi. Lástima que fuese un objeto inanimado y que a su regreso al tercer mundo no pudiese hacerlo aparecer mágicamente en la locación de su escogencia. Un anuncio con varias fotos bastante sugerentes bastarían para lograr filas de interesados, una cosa menos en la qué preocuparse.

Pensándolo bien, en frío, volver a casa tampoco era tan grave, su calidad de vida mejoraría exponencialmente, al menos en el departamento nutricional, de transporte y espacio vital. Sin embargo estaba plenamente conciente de todo lo que no iba a poder hacer. No le quedaba más remedio que reír al conversar con su madre y enterarse de que a su regreso tendría un trabajo seguro, coche nuevo, un par de pretendientes sin desviaciones sexuales, varias invitaciones a las mejores fiestas y comida casera. “Pero cero presión hija, la decisión está en tus manos”. Le estaba aplicando a Clementina las mejores técnicas de psicoterror maternal, tratar de convencerla de que ella necesitaba lo que su madre quería que hiciera. Y ya estaba funcionando, no porque Clementina se dejase llevar por las propuestas indecentes de su progenitora, sino que realmente veía del otro lado del charco la paz que hoy no tiene, a pesar de que aquél lado del mundo esté al borde del abismo.

Volver no era un acto de cobardía, era salir de la tumba de la incertidumbre.

La pieza que le terminó de trancar la partida de dominó llegó después de su encuentro vespertino con la repetidora del evangelio de la autoayuda. Como lo temía, o mejor dicho, como lo esperaba, recibió respuesta negativa de la oferta de trabajo donde depositó sin querer queriendo lo que quedaba de su esperanza, cual personaje de video juegos que guarda sólo un potecito de poción vital para enfrentarse al malo del último mundo. Clementina era Link tratando desesperadamente de rescatar a la princesa Zelda de las manos de la migración involuntaria. Fracasó en el intento y no le quedaban continues en el juego.

«Decisión tomada, india comida, india ida. Me voy pal’ carajo» decía un mensaje de texto que agarró desprevenidos a su más íntimo círculo de amigos, su ring of trust. «Se acabó lo que se daba, no te pongas medias que la foto es tipo carnet, y se me acabaron los eufemismos para decir que en dos semanas estoy montada en un avión. Tenemos 360 horas para volvernos mierda y celebrar mi partida. No inventen cursilerías o los mato. Un beso.»

Las Crónicas de Barna II

Entrega 2

O de cómo nuestra heroína lidia con su tiempo libre.

—Muchas gracias por venir señorita Álvarez. Excelente currículum, pero ya sabe cómo es el protocolo para estos asuntos. Nos pondremos en contacto con usted la semana entrante para comunicarle nuestra decisión.

Clementina agrega una preocupación más a una larga lista de asignaturas pendientes que tendrían a más de un adulto hecho y derecho abatido por la desesperación. Una raya más para el tigre del exilio. Ya aparecerá la luz al final de este túnel hijo de puta, se repetía como un mantra cada vez que se encontraba ahogada en el mar de sus pensamientos, y preferiblemente frente a un espejo.

El día nuevo se perfilaba particularmente frío y Clementina pensaba en sumar un cuerpo adicional para calentar los intersticios construidos por sus sábanas. Le escribiría a Manel como quién no quiere la cosa, alimentando las expectativas de reciprocidad emocional del pobre chico con conversaciones estúpidas y dejándose decir “cariño”. El precio que debía pagar por calor ajeno era modesto para su boca pero exorbitante para sus ideales. Le conoció dos meses atrás, en una de esas reuniones a las que se asiste por no tener nada mejor que hacer, y como tiempo era lo que sobraba por la falta de oficio, decidió hacer acto de presencia. Le bastó a Manel oír el exótico acento de la niña para detenerse un poco más de lo acostumbrado en su rostro. Se le antojó hermosa, y Clementina sabía de sobra que lo era —todos a su alrededor pensaban lo mismo—. El joven desgarbado se deshizo en preguntas para con la misteriosa adición a su grupo de amistades, para luego perder la compostura una vez más al oír las eses perezosas de Clementina, que tejían sus palabras al ritmo de un cantar diferente a los que se dejan oír en estas latitudes. En ese momento él decidió que quería colonizar hasta la sombra de esa mujer, hacerle el café por la mañana y llevarla a conocer a sus padres. Ella había encontrado al fin un incauto para entretenerla cuando no hubiese planes más interesantes. Tres años tarde y casi con fecha de caducidad en su estadía, pero al menos iba a remediar algunas de sus necesidades sin recurrir a soluciones menos elegantes y satisfactorias.

Manel era un huracán de azúcar y palabras cursis que la empalagaban hasta el asco, pero tenía la perseverancia de un monje en ayuno. No es que Clementina haya premiado esa dedicación con las llaves de su piso, pero el chaval tenía lo suyo, aunque eso significara decirse continuamente: “calladito te ves más bonito mi amor”. La conveniencia de ella nunca iba ser suficiente para saldar la adoración de él, y una ecuación así era imposible de equilibrar. Pero no importaba, Clementina ya estaba escondida dentro de un abrigo impermeable a emociones desbocadas. Solo quedaba descubierta para los vientos provocados por las manecillas del reloj. Y en dos meses de verse las caras, los cuerpos y la ropa tirada en el suelo, fue mucho lo que Clementina dejó de decir y más lo que Manel gritaba a los cuatro vientos.

La artimaña había surtido efecto, los mensajes enviados al descuido se convirtieron en una llamada telefónica. Tenían tres días sin hablar desde que él había decidido unilateralmente y sin referéndum que ella era su novia, lo que no agradaba en lo más mínimo a Clementina, pero hoy tenía frío, demasiado frío.

—Hola Manel. ¿Cómo andas? No, no tengo planes para hoy.

Las Crónicas de Barna I

Entrega I

O de porqué nuestra heroína siempre está a punto de irse de la ciudad Condal.

Clementina estaba lista para irse de Barcelona. Mejor dicho, Barcelona estaba lista para deshacerse de Clementina. Al menos eso era lo que ella creía. Se ha convertido en una costumbre de esta ciudad cerrarle todas las puertas, como para probar su paciencia, su talle, como un herrero llevando al límite a una espada recién forjada para comprobar su resistencia.

No era la primera vez que pasaba por esta situación, hace varios meses se encontraba con maletas hechas, pasaje comprado y piso desalojado, cuando recibió una llamada con una oferta que no podía rechazar. No porque fuese particularmente buena, o prometiera una emancipación económica absoluta de su familia, sino que era la excusa perfecta para no volver al país al que juró no regresar tres años antes —o por lo menos intentar no hacerlo—. Esa llamada trajo un trabajo nuevo, piso nuevo, amigos nuevos, un pretendiente transexual, tráfico de influencias en discotecas y tiempo, sobre todo tiempo. Y de ese tiempo hablaremos en una oportunidad más apropiada para esos menesteres, vamos a concentrarnos en el presente.

Tan fácil como llegó la nueva oportunidad decidió irse, obligando a Clementina a parar en el limbo que tanto le desespera, en la incertidumbre que odia con todas sus fuerzas, porque sin ese trabajo piensa que no le queda más remedio que volver a su país con el rabo entre las piernas. Pero no quiere, no quiere fracasar sin pena ni gloria, no quiere ver a sus amigos y decirles «Me voy» —otra vez—, no quiere retroceder al desfile de caras conocidas de la ciudad que antes fue su casa. Quiere quedarse. Quiere quedarse y disfrutar de caminatas sola a horas inapropiadas, quiere descubrir restaurantes que antes estaban escondidos, quiere sexo casual y sin compromiso, quiere ir a conciertos y tomar el té en una terraza asoleada mientras ve a la gente pasar protegida por sus gafas oscuras y el anonimato de una gran ciudad. Pero para todo eso necesita el dinero que desde hace un par de meses se escapa de sus manos por no tener un trabajo para reponerlo. Por eso Clementina está a punto de irse de nuevo de Barcelona. No tiene las maletas hechas todavía pero se ha dado cuenta de que es una forma prácticamente infalible para que le pasen cosas buenas, decidir mandar todo a la mierda para que alguien le tienda una mano.

Hoy Clementina amaneció resignada y harta de la espera —su paciencia si logró abordar ese vuelo con su nombre hace 6 meses—. Sacó las maletas del armario donde están siempre a la mano, por no dejar para última hora la, cada vez más presente, posibilidad de huída. Ya estaba a mitad del calculo mental que implica decidir que se podía y debía llevar, ya había regalado mentalmente un abrigo absurdamente grande que era impráctico para el trópico, ya había decidido hacer una lista de cosas para vender/regalar/botar, ya estaba pensando en cómo decirle a sus amigos aquél «Me voy» que no quería decir y sonó el móvil como cualquier otro día.

Debía estar mañana a las 9:00 AM en el extremo opuesto de la ciudad, bien vestida y con mejor disposición que nunca. Era una entrevista de trabajo.

Diciembre en un viaje.

Llegó y se fue Diciembre. Ya inauguramos un nuevo año con propósitos que nos hacemos con cada renovación de calendario. Algunos las cumplirán, a otros –como a mí– se les olvidarán en el primer mes, algunos lucharán a capa y espada para no sucumbir a la esterilidad de la rutina y poder decir dentro de 365 días que este fue el mejor año de sus vidas. Pero invariablemente, a pesar de las creencias religiosas, de los ideales políticos y de las resoluciones de año nuevo el mes ya difunto se define por la presencia familiar, la falta de ella, la comida, la fiesta, el exceso. En mi caso de exilio voluntario me tocó la visita familiar, un mes para escapar del día a día y disfrutar del tiempo que la distancia nos roba.

Mis padres tenían planeado un periplo europeo ambicioso, para aprovechar al máximo la inversión que implica saltar el charco con una economía plagada por la crisis. Eventualmente los planes pasaron por la criba presupuestaria, meteorológica y de realidad, para convertirse en un modesto viaje por algunas ciudades españolas. Esto pretende ser el recuento de las dos fechas que definen la celebración navideña: 24 y 31 de diciembre.

Un poco de contexto primero. Todas las navidades que he vivido, desde que tengo uso de razón, han transcurrido en el mismo lugar, en Barinas, junto con mi familia paternal. De igual manera, la otra cara de la moneda fiestera –el fin de año–, la recibo con mi familia maternal. Ambas fechas con diferentes grados de convocatoria y ánimo a lo largo de los años, pero substancialmente iguales a lo largo de toda mi vida. Absolutamente iguales.

24 de diciembre: decidimos quedarnos en Barcelona. Una de las ciudades más cosmopolitas de este país seguramente tendría una amplia oferta de cosas para hacer en Noche Buena. Hasta habíamos convencido a mi padre de adaptarnos a las costumbres locales y almorzar el 25 en algún restaurante bueno, en vez de tratar de suplantar las comilonas nocturnas de pernil, hallacas y ensalada de gallina que tenían lugar todos los 24 de diciembre en la ya mencionada Barinas. “Podíamos cenar cualquier cosa y celebrar el nacimiento de Cristo en un bar de tapas exclusivo hasta que nos venza el cansancio” nos dijimos todos, afianzando la idea de que las cosas iban a ser diferentes, pero no malas. Que equivocados estábamos.

La caminata diurna por la ciudad prometía ríos de gente y fiesta, después de todo no éramos los únicos trasplantados por estas calles, oferta turística tenía que haber. Volvimos a patear asfalto entrada la noche para encontrar el escenario de nuestra íntima celebración. Ni un alma en la calle. Ni una. Puta. Alma.

Empezamos a entrar en pánico de pensar que tendríamos que volver a la casa a comer pasta o sándwiches. El mal humor se dejaba ya colar al vernos eximidos de comida y caminando por lugares desiertos; la fiesta era lo que menos importaba. Traté de salvar la noche llevando al clan a una zona de la ciudad que me aseguraba al menos un bar abierto, pero la desolación estaba distribuída tan bien como mantequilla en una tostada. Ahora éramos cuatro sombras caminando, mal encaradas y discutiendo, convencidos ya de la inocencia de expectativas que teníamos para con el estado de la ciudad en la víspera de Navidad. Eso es culpa de las películas, creer que todas las ciudades que no son las nuestras son como Nueva York durante una noche, blancas, movidas, con ejércitos de villancicos y sonrisas amables.

La soledad era el factor más deprimente en esta situación, hasta el metro iba huérfano y eran apenas las 9:00 PM. Decidieron los otros ¾ de la familia ir hacia la Rambla, paraje amado por los turistas y odiado por mí, para ver si se salvaba la noche en algún sitio. Aquí opté por usar el silencio para expresar mi desacuerdo con la moción, tal como un niñito malcriado que acaba de recibir un juguete que no quería.

La búsqueda llegó a su fin cuando entramos a un restaurante que aparentemente albergaba a todas las desprevenidas almas en pena que no tenían planes. Y más irónica no me podía parecer la situación. El restaurante era una franquicia española, especializada en gastronomía italiana. Como todo no podía seguir empeorando la ley de Murphy se hizo la vista gorda, premiándonos con una buena comida. Al cabo de un rato ya no nos quedó más remedio que reírnos de lo accidentado de la noche y agradecer que al menos pasamos el mal trago juntos, que es lo que realmente importa.

31 de diciembre: llegamos a San Sebastián el 29. Esta ciudad es famosa por su gastronomía y la densidad de bares para su pequeño tamaño, aquí no nos podía agarrar el toro por los cachos, no se podía repetir lo del 24. Pasaron los días y durante el obligado paseo turístico íbamos averiguando el destino de nuestra celebración. Nada de nada, cada restaurante al que entrábamos se anunciaba cerrado para la Noche Vieja. Decidimos tomar parte más activa en la búsqueda llamando a todos los números de una guía nocturna de la ciudad, con esperanzas de conseguir algo. Una mitad de las respuestas fueron negativas, la otra mitad anunciaba precios exorbitantes, programas de fiesta electrónica hardcore y locaciones extra-urbanas. Mis padres se rehusaban a la derrota y acudieron al hotel para que ayudase en la misión. Yo me había rendido sin pena ni gloria rápidamente, la celebración de la llegada del año nuevo siempre me ha tenido sin cuidado, le emoción de lanzar petardos e incendiar efigies representativas del año que moría me duró diez años, la expectativa del borrón y cuenta nueva de un nuevo calendario duró, quizás, cinco años más, en fin, ya tengo bastante tiempo donde lo único importante de ese día era estar con mis seres queridos, y eso ya estaba cubierto.

La participación del hotel no sirvió de nada, no consiguieron opciones ni ofrecían ese servicio, así que ya nos habíamos resignado a comer temprano en cualquier lugar y después patear calle para tomarnos algo. Pero seguían llegando las malas noticias, un amable señor nos dijo que ni nos molestásemos en salir a cenar sin reservación el 31, la ciudad muere a las 7:00 PM y despierta de nuevo, a medias, después de la 1:00 AM, los únicos locales abiertos serían los que ofrecen el programa que ya habíamos rechazado, aparentemente nuestra idea de celebración ya estaba muerta antes de nacer. Sin embargo, la llegada del último día del año nos premió con una epifanía de lucidez colectivo-familiar. Saliendo del hotel en busca de camino al centro de la ciudad vimos a lo lejos un supermercado. “Quién quita que ahí consigamos algo que comprar para la noche y después salimos” parecía ser el consenso tácito de nuestras caras.

Y entramos, y compramos, y planeamos e inventamos, y nos reímos de que nuestra fiesta cupiese en un carrito de compras, con los ingredientes para una recepción tipo coctel para cuatro personas, traje informal, barra libre pero limitada y destinada a la habitación de hotel de mis padres, porque era la que tenía terraza. Pasamos el resto del día según lo planeado y al caer la noche nos congregamos en el lugar previsto, orgullosos de nuestra improvisación, brindando por estar juntos y recordando las incidencias de años anteriores, sin preocuparnos por la vestimenta, anonadados por la quietud de la ciudad y viendo el especial de las campanadas de Noche Vieja en TVE, como una familia más de este país. Tan a gusto estábamos que prescindimos de la salida posterior al “feliz año”. No se podía negar que definitivamente este año había una celebración muy diferente, y no por eso menos buena.

Para terminar, que he hablado más que un político en plena campaña, dejo aquí una canción, que, por tonta que suene, resume lo que esa serie de eventos desafortunados me enseñó.

Medidas desesperadas.

Querido Niño Jesús, San Nicolás, Melchor, Gaspar, Baltazar o cualquiera que se encargue de estos asuntos:

Te escribo como último recurso desde mi desesperación. Perdona por la negligencia para con tu labor durante lo últimas 16 navidades, pero desde que me enteré que los regalos que me esperaban en las mañanas del 25 de diciembre eran obra de mis padres me parece una pérdida de tiempo recurrir a ésta pantomima epistolar, cuando sólo tenía que anunciar a viva voz lo que quería, con suficiente antelación y sentido común. Pero esta situación requiere soluciones divinas e inmediatas.

Mi nombre es Juan Ernesto y por razones ajenas a mi voluntad he estado compartiendo habitación con mi hermano mayor Saul durante un viaje navideño, que hace apenas 4 días empezó y ya se perfila eterno. Tengo al menos 8 años que no comparto residencia con él, salvo la ocasional visita o periplo familiar, y realmente no había estado conciente de la condición que le aflige, o al menos no me había sentido directamente afectado. Hasta ahora.

Mi hermano ronca al dormir. Y no es un simple ronquido tímido, de esos que nos invaden a las personas normales cuando dormimos muy profundamente y perdemos el control motriz de la mandíbula. NO. Ojala fuese un sonido esporádico, producto del cansancio del día o de alguna cerveza de más. Pero una vez más, NO. Sus ronquidos son su inevitable respuesta corporal a la pregunta del dormir, aparecen apenas pierde la conciencia –que es alarmantemente rápido– y cesan sólo al recuperarla. No hay posición que valga para él, ni artificios que existan para mí que eliminen el incesante martilleo de su garganta de mis noches sufridas y por sufrir en este viaje.

Sé que me precede una reputación de exagerar las cosas que me disgustan, sobre todo cuando se trata de mi hermano, pero no lo hago de mala fe, lo hago por su bien. Pero esto no es exageración bajo ningún concepto, esto es digno de estudios científicos y de la posible intervención de un exorcista, hay que descartar todas las posibilidades. He intentado poner en palabras una descripción del sonido que sale de su garganta poseída y la analogía más certera que se me ocurre es: un tren de vapor con ruedas dentadas y desbocado sobre unos rieles explosivos mientras es pilotado por un grupo de osos hambrientos en persecución de una manada de gallinas que cantan a capella y desafinadas alguna ópera de Wagner. Sonido infernal por decir menos, preferiría oír obligado cualquiera de los discos de esa música de locos que tanto le gustan a mi hermano con tal de no tener que dormir cerca de él.

Yo sé que por estas fechas tendría que preocuparme por los más necesitados, pedirte –o pedirles, porque todavía no sé a quién me dirijo– los típicos deseos de una Miss Venezuela: paz mundial, comida y salud para todos los seres humanos y mucho pero mucho amor, pero hoy me declaro absolutamente egoísta, necesito dormir bien, al menos 6 horas seguidas, no pido mucho la verdad, sólo que alguien me devuelva el descanso que la garganta de mi hermano me está robando a mano armada desde hace 4 días.

Si puedes poner manos a la obra con esto lo más pronto posible te lo agradeceré infinitamente pagándote una promesa, puedo hacer lo que sea en tu nombre, desde mandarte a hacer misas, hacer el camino de Santiago de rodillas, correr un maratón vestido con una túnica morada y una corona de espinas, o montar un comedor solidario para gente pobre, lo que tú quieras, sólo asegúrate de manifestarte de alguna manera para saber quién será el beneficiario de mi agradecimiento. Por lo pronto trataré de no asesinar a mi hermano mientras duerme para solucionar esto rápidamente. Se me están acabando las ideas.

Atentamente y de antemano agradecido por tu pronta intervención.

Juan Ernesto

Atracción fatal y solidaria.

Y allí estaba ella. Nos separaban al menos 10 metros y podía ver sus ojos, como dos peceras de agua tropical, buscando entre la gente. Yo seguía caminando inadvertidamente hacia su cuerpo y noté ahora un aro que abrazaba la ventana derecha de su nariz y un rayo del color de su mirada colonizando su cabellera. Mientras aprendía ese rostro olvidé el agobio que siempre me asalta al bajarme de un tren, revisar la cartera, el móvil en su lugar, acomodar la maleta para la caminata que seguía y ubicarme en el metro; mis mandamientos de viaje. Era una tarde fría en Madrid, la estación Puerta de Atocha pululante de gente, yo un poco idiotizado después de roncar por tres horas en el tren y caminando sin querer queriendo hacia esa chica que aparentemente esperaba a alguien. Resulta que ese alguien era yo.

Me mira y se sonríe, no pude evitar devolverle el gesto al no sentirme aludido, pero era conmigo el asunto, incluso volteé buscando a otro posible receptor, pero nada, todo el mundo seguía con sus vidas, sus trabajos y sus prisas. Me sigue mirando como buscando indicios de que realmente le prestaba atención y comienza a acercarse. Tan perdido en su rostro estaba que no me dí cuenta del infame chaleco verde con letras blancas que llevaba orgullosa, ya era demasiado tarde, ya la tenía frente a mí, con la cabecita de lado, viéndome con las canicas azules que tenía por ojos y soltando un excesivamente efusivo: “¡Hola! ¿Cómo estás?, ¿Tienes cinco minutos para hablarte de Intermón Oxfam?”.

No me considero una persona amargada o nube negra, si me tengo que definir en pocas palabras usaría adjetivos como cínico, pragmático y realista, pero estoy seguro que hay gente por ahí que piensa que mi falta de efusividad y positivismo raya en el Asperger’s. En fin, dada mi condición proclive a la practicidad emocional la gente excesivamente feliz y efusiva me desconcierta, especialmente si es un desconocido en la calle y más aún si forma parte del grupo de solidarios de alguna ONG. Estos solidarios –como se hacen llamar– hacen voluntariado para Médicos sin Fronteras, Unicef, La Cruz Roja e Intermón Oxfam, entre otras, y se dedican a recorrer las calles más transitadas de ciudades europeas buscando colaboraciones para sus respectivas causas. Me parece muy loable su labor, no quiero poner en duda eso, pero sus técnicas de abordaje y persuasión me incomodan un poco. Te agarran desprevenido e inevitablemente apelan a hacerte sentir culpable por todo lo bien que tienes la vida para convencerte a colaborar monetariamente, al menos es así como me siento yo, razón por la cual recurro a esconderme tras mis gafas de sol, el Ipod y ocasionalmente alguna conversación fantasma por el móvil. Siempre será más fácil para mí evitar el acercamiento que decir que no.

Entonces imagínense la trifecta que me abordaba, una perfecta desconocida, mostrando su dentadura toda con una sonrisa y perteneciente a una de las antes mencionadas organizaciones. Fue mi culpa, dejé a un lado el protocolo que normalmente sigo, la modorra del viaje y la belleza de la cazadora no ayudaron para nada. Nervioso respondí que sí, tenía tiempo para que me contara sobre Intermón, y sin dilación comenzó la metralleta de estadísticas, de comparaciones entre lo mal que se vive en Chad, Tanzania y Mozambique y lo bien que se vive en Madrid, de todo lo que puede ayudar una colaboración mía para que Augusta en Burkina Faso no tenga que caminar 20 kilómetros por agua, que 12 euros al mes no son nada para mí, que eso es apenas seis cervezas en algún bar, pero para ellos es agua potable para 6 meses, ¡imagínate!. Todo esto sin esconder su espectacular sonrisa, sin dejar de atravesarme con sus ojos, jugando con su cabellera corta mientras movía su cabeza como un péndulo, hipnotizándome.

El sentimiento de culpa ya me empezaba a carcomer las entrañas, pensé en amigos que han dejado la comodidad de sus casas para ir a ayudar a niños en Haití o a trabajar en proyectos de superación femenina en Camboya, pensé en sus caras de desaprobación si no ayudaba, y aunque sé que precisamente ellos son los que menos me juzgarían por algo así igual los vi, al lado de esta chica que ahora ponía la cara del “gato con botas” de Shrek. Al mismo tiempo pensé en sacarle a la situación otro tipo de ganancia, como el número telefónico de esos ojos azules, quizás para convencerme de que el acercamiento no había sido sólo motivado por interés monetario, pero no pude, salí de la fábrica sin ese chip de malicia y picardía tropical. Sin darme cuenta ya estaba recitando mi número de cuenta bancaria, mi dirección, grupo sanguíneo, coeficiente intelectual y los poemas que me enseñaron en primaria. Estaba bajo el control absoluto y contundente de una mujer que al ver su faena exitosa me agradeció y salió de la plaza con mi rabo y dos orejas cortadas para su vanagloria ante colegas y amigos. Yo hasta el sol de hoy sigo pagando mensualmente 12 euros para que Augusta en Burkina Faso tenga agua potable. Todavía espero ver esos ojos en alguna calle de Madrid, con una historia como ésta seguramente me gano su número de teléfono sin mucho esfuerzo.

Paternidad Planificada.

La semana pasada fui padre por primera vez. La criatura pesó dos páginas y media, con interlineado 1,5 y letra Times New Roman. Además vino al mundo acompañada de 70 hermanos de otros padres y madres pero compartiendo el mismo vientre, la antología de relatos “Leyendo entre líneas” del Aula de Escritores de Barcelona. No soy fanático de la autopromoción, y los que me conocen saben que a veces me cuesta horrores venderme bien, pero ahora entiendo que ver mi nombre impreso en un libro de verdad representa una validación tremenda del viaje literario que emprendí hace casi tres años desde el exilio, y es razón más que suficiente para gritarlo a los cuatro vientos.

Una experiencia que me ha acercado un poco más a aquellos amigos que inundan su Facebook con millares de fotos de sus hijos –de carne y hueso–, documentando cada mueca, cada nuevo paso, cada vestimenta. Y como aquellos ya no tan nuevos padres hoy quisiera inmortalizar cada expresión, cada paso, si un libro pudiese gesticular o caminar. Lo bueno es que este niño nació hablando, no con voz propia, sino con la de cada nuevo lector que decida adornar su biblioteca con mi hijo y sus 70 hermanos.

Esto de la paternidad literaria me ha gustado tanto que ya ando en búsqueda del hijo nuevo, “para completar la primera parejita”, como le encanta decir a las tías y abuelas de nuevos padres, y llenar la casa con lo que espero sea una interminable camada de palabras mías.

Aquí está una fotografía del crío, con la única mueca que sabrá hacer por el resto de su existencia. Poco expresivo como el padre, pero no menos amado.

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Por lo pronto me dedicaré a arrullar al primogénito con “Father and Son” de Cat Stevens, canción obligatoria para cualquier debutante o veterano en materia paternal.

En busca de los pasos perdidos.

Vuelvo un poco tarde a esta quincalla de palabras y pasos perdidos. Los meses de negligencia para con este lugar se han traducido en tiempo dedicado a otros menesteres que pronto, espero, rindan sus frutos. Me puedo excusar con la frase preferida de nuestra generación: “no he tenido tiempo”, pero eventualmente este pez moriría por la boca. Tiempo he tenido, de sobra. Si de algo puedo culpar al señor Chronos es de regalarme demasiadas historias que todavía no sé traducir a este formato.

Entre las muchas historias que pasaron por mí, la que hoy decide salir es mi reencuentro con el génesis de casi todas las que he vivido, la biblioteca de mi casa.

Podrán decir que es un poco romántico querer hablar de una construcción de madera donde descansan centenares de volúmenes inconexos en diferentes estados de cuidado, como si ese humilde espacio fuese una analogía en cuerpo presente a la vasta y eterna Biblioteca de Babel de Borges, pero la idea no es analizar el contenido de dicho objeto, sino el concepto de lo que ese lugar representó y representa para mí. Eso si es, debo admitir, un poco romántico.

Empecé a leer por intereses mercantilistas, como mencioné alguna vez en este blog. De niño era un coleccionista patológico de cosas inútiles, y por supuesto todo hobby de coleccionar viene acompañado de una fascinación un poco malsana por el dinero –necesario para alimentar la enfermedad– que a mi tierna edad mi papá encontraba un poco preocupante. En ese momento mi madre se convierte en mi primera alcahueta intelectual, se le ocurre la brillante idea de ofrecerme una módica suma de dinero por cada novela que lea, idea por demás genial al ocuparse de las necesidades banales y culturales de su hijo con una sencilla transacción. La única condición era hacer un relato pormenorizado de lo leído. Hasta el momento mi contacto con los libros había sido esporádico y principalmente a través de su voz cuando leía para ponernos a dormir, cosa que siempre lograba con mi hermano, pero nunca conmigo.

Tenía entonces 10 años cuando recibí mi primera mesada literaria. Ella había escogido una novela de Julio Verne para mantener mi atención a prueba, y al cabo de una semana yo recogía los frutos de mi trabajo al recitar toda la historia leída al son de la preparación de un almuerzo, un día cualquiera. El botín no tardó en convertirse en un paquete de cromos de béisbol, y al ver que podía prescindir de las artimañas capitalistas que regularmente llevaba a cabo en el patio de recreos del colegio (vendía canicas, juguetes pasados de moda, hasta dibujos para colorear) decidí enfocar mis esfuerzos a convertirme en un mercenario de las letras, oficio no menos honesto que el de buhonero infantil, pero infinitamente mejor para la actividad neuronal.

Ya tenía el motivo para leer, sólo faltaba el qué leer. Mi madre mantuvo su intervencionismo temático recomendándome más novelas de Verne y comprando otros clásicos en la misma vena aventurera, libros entretenidos, con ilustraciones esporádicas, las necesarias para no agobiarme con el laberinto de letras al que todos los niños temen. Luego quedó de mi parte aumentar el catálogo de lectura, y el mejor lugar que conocía era la biblioteca de mi casa. Allí empezó el romance. Había encontrado mi santuario, al fin, siempre estuvo en mis narices, aquella pequeña habitación al lado de la cocina donde no había juguetes, donde más de una vez pagué la sentencia de un castigo, aislando del Nintendo y los G.I. Joes. Ahora esa habitación se había convertido en el lugar más interesante de mi casa. Pasaba horas revisando los libros, ordenaba la numeración de las colecciones –esas que se compraban a precio de gallina flaca con el periódico de los domingos–, investigaba los nombres de los autores en la enciclopedia y si la información todavía era muy críptica recurría entonces a la sabiduría de mis padres. Estaba en la cacería de títulos interesantes, de historias que siempre había oído pero que no conocía de verdad, buscaba libros que me hablasen de mundos y épocas nuevas, quería sentir que ese tiempo que invertía en palabras, además de convertirse en dinero fácil, fuese tiempo invertido en vidas, hazañas, aventuras y experiencias suficientes para mil existencias. Eso sí, nunca sacrifiqué mis juguetes y video juegos, eso también me regalaba el escape que necesitaba para mantener la cordura.

Como buen mercenario siempre negociaba los honorarios con mi madre antes de enfrentarme a cualquier libro, la tasa estaba definida por la cantidad de páginas, el tamaño de la letra y el coste del hobby de turno, esto último cambiaba con la facilidad de un cambio de calcetines. La lectura debía ser siempre en los límites de lo razonable y sin interferir con mi desempeño académico, no era una opción llegar a casa diciendo que había raspado un examen por haberme perdido en la prosa de R.L. Stevenson o de Rudyard Kipling, eso sencillamente no podía pasar, por más bonito que sonara.

El negocio iba mejor que nunca, cinco años recibiendo un sueldo constante –con los debidos ajustes inflacionarios– haciendo algo que literalmente me quitaba el sueño de felicidad. Era el trabajo deseado por cualquiera. Incluso había conseguido un hobby estable en coleccionar cómics, que mantengo hasta el sol de hoy. Pero un día decidí que cobrarle a mi madre, aunque en realidad hayan sido sumas de dinero irrisorias, por algo que me apasionaba era moralmente reprochable. «Mamá, no me pagues más. No te quiero arruinar porque nunca voy a dejar de leer» le dije una tarde cualquiera y hoy recuerdo esa escena con la solemnidad de la coronación de algún monarca europeo.

Volví a vivir todos esos libros hace unos meses de visita en casa, cuando una noche insomne me llevó a perderme de nuevo en la biblioteca, ahora nueva, ahora más abultada y sabia, en otra casa, pero siempre mi santuario, siempre el lugar donde encuentro vida nueva en cada libro viejo y cada libro recién comprado. Ahora los bibliotecarios somos cuatro, cuando antes eran dos, mi hermano tardó un poco en sucumbir a la lectura, pero eventualmente lo hizo cuando descubrió su propia voz, sus propias razones. Y hoy, en otra noche insomne me encuentro ante mi embrión de biblioteca, la mía, la que me ha permitido el nomadismo de los últimos tres años, la que poco a poco va engordando con volúmenes inconexos, con ediciones de bolsillo, con libros de segunda mano, la que comparte su humilde espacio con las cómics que he ido acumulando por estos lares, la que viajará conmigo a mi próximo destino, la que será el mapa de mis pasos perdidos cuando dentro de diez años esté en mi santuario y recuerde porqué empecé a leer.

Eso si es romántico, sin duda.

El Club de la Serpiente.

“Es obvio que el éxodo empezó por razones políticas”. Empiezo por robarme palabras ya escritas por la mano de Benedetti en el relato “Sobre el éxodo”. Allí un “paisito” se queda, rápida y literalmente, sin gente por culpa de un régimen dictatorial. Se fueron los sospechosos de actividades subversivas, se fueron los “sospechosos de sospecha”, los familiares y amigos, el servicio, los hambrientos; hasta el crimen huyó por falta de gente que azotar. Pero digamos que es sólo un cuento, que esas cosas no pasan realmente, son sólo diez páginas de ficción. Y digamos también que seguramente fue inspirado en hechos reales, que casi toda Latinoamérica estuvo disfrazada con toga dictatorial por tres cuartos del siglo pasado, pero el señor ese está exagerando definitivamente, un país no se queda sin gente así como así. Y decimos esto y nos damos cuenta que nos está pasando, no somos todos, ni siquiera la mayoría, pero nos fuimos y nos estamos yendo.

Hoy, al igual que Benedetti y muchos otros hace 40 años, tengo puestos los zapatos del emigrante. Son unos zapatos ortopédicos y compartidos, duelen más de lo que deberían, te cambian la manera de caminar, son feos y todo el universo te mira por llevarlos, unos se burlan de nuestro calvario, otros se compadecen, y además hay que compartirlos con nuestros hermanitos trasplantados porque todos tenemos la misma malformación y el mismo tamaño de calzado.

Y ya estás aquí, o allá, después de saltar el charco o cualquier otro hito geográfico que te separa de tu hogar. Con tus torpes zapatos que aprietan y acaloran das tus primeros pasos en una tierra que no tiene nada que ver contigo, salvo la afinidad de la escogencia o la ilusión cinemática de una historia con final feliz. Te da miedo, mucho miedo, pero respiras profundo y haces tuyo el despeñadero de andar con tus zapatos ortopédicos por calles que tardarán al menos tres meses en ser parte de tu mapa mental. Viene el cambio, el cambio de clima, el cambio de vestimenta, el cambio de acento, el cambio de gustos. Te das cuenta de que nunca habías caminado tanto en tu vida y que los zapatos están surtiendo efecto, incluso te los puedes quitar algunos días de la semana, te sientes todo un Ninja escurriéndote entre los nativos, orgulloso de responder a preguntas sobre direcciones, de encontrarte en algún bar a una de las tres personas que conoces, vistiéndote acorde a la estación en curso y no según a la única que habías vivido hasta ahora, la tropical.

Luego, un día, y siempre el menos esperado, te ves corriendo como Forrest Gump mientras tu aparato ortopédico se va desmantelando, y emerges absolutamente igual que antes, solo que ahora dices “vivo aquí”, no importa si quieres/puedes/debes regresar o no, ya la terapia surtió efecto, ya aceptaste el hecho, para bien o mal, que vives aquí, o allá.

Para esto no existe manual. Con casi diez años de haber salido de mi casa y con muchas, enfatizo las “muchas”, mudanzas a cuestas he aprendido a ser un nómada. Me he acostumbrado a acostumbrarme. He vivido en residencias estudiantiles con 60 personas, en un cuarto alquilado en una casa de familia, he tenido el “apartaco” de soltero con dos amigos, he vivido en el cuarto de huéspedes de una casa deshabitada, en otro cuarto alquilado a una señora trinitaria en Londres, mi primer mes en España lo pasé en un sofá, luego de nuevo el “apartaco” –que ahora llamaba el “piso”– con un amigo, luego cambio de amigo, me quedé sin casa, dos meses en una sala, cambio de ciudad y un mes en un colchón inflable, y ahora finalmente, por los momentos, en otro “piso” y con dos mujeres. Dicho así parece el resumen de la Odisea, un catálogo de situaciones habitacionales disparejas y sufridas, pero no cambiaría ni uno solo de esos días. Tampoco pretendo ser una aleccionadora historia de nomadismo voluntario, tan solo es una mera ilustración de mis andanzas. Así empecé y he vivido mi éxodo.

Ahora que estoy donde debería estar he procurado formar mi propio “Club de la Serpiente”. Soy el Horacio Oliveira de la “Rayuela” de Cortázar. Con amigos nuevos y viejos, e igualmente emigrantes, me reúno no para hablar del existencialismo francés, o de los poetas malditos, sino de lo mucho que extrañamos nuestra comida típica, las fiestas como Dios manda, los amigos que se quedaron atrás –para bien o para mal–, la familia, siempre la familia. Hablamos de besos que no dimos, de las cosas que haríamos al volver o de todo lo que hay que hacer para no hacerlo, intercambiamos trucos para evadir la asimilación absoluta, nos oímos la voz para no perder nuestro acento y compilamos diccionarios prácticos de slang chileno, mexicano, colombiano, argentino, español y catalán. Agradecemos y rendimos pleitesía a los nativos que nos acogieron en sus brazos y que nunca nos hicieron sentir extraños a pesar de hablar el mismo idioma. Nos damos cuenta con gracia de hemos estado aquí un largo tiempo y nos gusta. Mi “Club de la Serpiente” me ha acompañado a conciertos de metal extremo con la curiosidad morbosa de presenciar algún ritual pre-histórico, ha sido víctima, al igual que yo, de experimentos gastronómicos fallidos, me ha recomendado el café perfecto para escribir, o a aquél autor que juré nunca leer porque su nombre no me parecía lo suficientemente serio como relatista. He aprendido más siendo un nómada llevado de la mano por veinte almas que el destino me atravesó en el camino que con cualquiera de los postgrados por terminar y los doctorados por empezar.

Es tanto de lo que podría hablar que mejor me callo, lo que pretendía ser una llamada de atención a mí mismo por haber leído un relato premonitorio de Benedetti terminó yéndose por las ramas del romanticismo errante. Ya que no uso mis zapatos ortopédicos de recién llegado me doy cuenta que caminar un poco torcido no es tan malo después de todo. Sólo queda contarle esta historia al Club.

Secuestro a mano armada.

Tienes tus días. Ya no eres una presencia constante pero definitivamente tienes tus días. Y apareces entonces, sin anunciarte, secuestrándome a mano armada.

Siempre te creí compañera, amarga e insoslayable, producto de días y sueños irresolutos. Pero eres más, mucho más, que compañera. Rehúyo de ti en esperanza de ordenar las piezas de mi vida dispersa por tu espada y fallo miserablemente, sin pena, sin gloria. Porque eres una batalla campal, sin tregua y a muerte, y si antes me jactaba de vencerte hoy sólo quiero sucumbir en tus brazos, y oír tu silencio arrullándome bajo un manto de estrellas que no puedo ver, pero que sé están ahí.

Me han dicho que no habito el mundo de los vivos por cuestiones relacionadas al tono de mi voz. Que ya no me asombro, que ya no expreso emoción con mis palabras, que mis ojos difícilmente despiertan cuando me hablan, que gesticulo menos que los trazos de óleo de un retrato. Te culpo a ti. Te culpo a ti porque contigo he descubierto todas las cosas que me podían asombrar, porque hablar contigo es no hablar y oír susurros, porque mirarte es cerrar los párpados y dejar abiertos los ojos, es permanecer inmóvil esperándote.

Eres una mujer de moral distraída que ha seducido a hombres mejores que yo. Has inspirado poemas épicos y primerizos, canciones tristes y alegres, has regalado amor, locura y muerte con cada paso desde que la tierra fue inundada de luz y seguirás mucho después del diluvio, mucho después del olvido que seremos.

Antes tus manos me amaban sin dañarme, tu música era dulce, tus palabras sabias, tu encanto eterno, anhelado. Antes tu sola presencia destejía las telarañas de mi mente, enmendaba entuertos, construía caminos por los que transitaba sin miedo y con la frente en alto. Ahora, y ya no antes, una caricia inocente es demoledora por demás, tus palabras estridentes y desafinadas, ahora me envuelves con hilos de acero y destruyes lo que todavía no es.

Pero igual te extraño, a rabiar, a más no poder. Te extraño tanto que no pude escapar de tu tímido susurro para otro clandestino encuentro, incluso sabiendo lo que me esperaba me zafé del vientre cálido que es mi cama para verte, una vez más; para oírte hablar más, aunque grites; para que me toques más, aunque duela; para poder decirte que cada noche al acostarme te deseo mientras espero a tu hermana el sueño, rezando para hacerme invisible ante sus ojos y brillar para los tuyos, aunque sea una vez más.

Tienes tus noches querida insomnio. Ya no eres una presencia constante pero definitivamente tienes tus noches.

Aparece entonces.

No te anuncies.

Secuéstrame con tus manos amadas.