En el metro.

Ella pasa sus mañanas cantando en el metro. La he visto arrastrando su carreta con un pequeño amplificador, micrófono y un vasito para guardar la voluntad de extraños generosos o con sentimientos de culpa fácilmente impresionables. No tiene más de veinticinco años y probablemente se llame Samira, no puede negar la sangre árabe de sus venas, su cabellera se confunde con el negro de los túneles que transitamos, la nariz orgullosa protege sus ojos almendrados y la iluminación clínica del vagón no le hace justicia a su tez morena.

Canta una canción que no conozco pero que he oído mil veces, una balada suave y predecible de amor y dolor, acompañada de una orquesta de teclado y en bucle continuo, como el trayecto de metro que abordó seguramente horas antes y dejará horas después. Su sonrisa es ensayada, sus ademanes y cerrar de ojos refuerzan la búsqueda de notas difíciles en el theremin invisible de su voz. El tímido espectáculo atrae las miradas y prejuicios de los que ven su lectura de Paulo Coelho o Marcel Proust interrumpida por una voz inesperada, del grupo de patineteros imberbes que se burla a mansalva de sus gestos, de la abuelita que no se termina de acostumbrar a éste tipo de eventos en el transporte público, de mí que hasta el momento no tenía nada sobre que escribir.

Quizás escogió para la faena la línea roja por ser la que más estaciones tiene, además atraviesa la ciudad de punta a punta, luego abordará el tren en sentido contrario en la última estación y volverá a donde comenzó. Mañana probará con la línea amarilla, la azul o la verde, donde el número de turistas incautos aumenta considerablemente, puede que busque suerte en algún pasillo de transbordo si tiene el permiso y las agallas de competir con los cuartetos de cuerdas, los cantautores, los combos de música latina o el guitarrista de flamenco que además vende su propio disco.

Una voz en catalán anuncia la siguiente estación y marca el final de su show, tiene un minuto para hacer su colecta y cambiar de vagón, su sonrisa sigue ensayada, pero ésta dice: “muchas gracias, que Dios –o Alá­– te bendiga y llene tus días de fortuna para que no tengas que estar como yo cantando en el metro para ganarte un duro”. Tal vez Samira sólo quiera entrenarse para un reality show de talento, para su propio número de variedades en un club nocturno o algún campeonato local de karaoke. Son muchas las preguntas que aparecen flotando en el vagón en los seis minutos que compartimos de viaje; ya habrá tiempo de responderlas, apenas la estoy conociendo.

¿Dónde pusiste el invierno?

Alfonso maldice la plomería averiada de su nariz que gotea impune y busca reconfortarse en una taza de té mientras observa su patio convertirse en una selva ecuatorial. Una tormenta azota el barrio, la calle, la casa, inundando el aire con lágrimas de un ejército infinito después de un día de guerra. Las colchas de invierno no están en la habitación; lleva rato buscando allí, ahora intenta en el armario de la sala. El té está a la temperatura correcta, pero el dulce o amargo se escapa, con la gripe no sabe; sí sabe que a Bea le hubiese quedado perfecto. Siempre le quedaba perfecto.

«A ver si te gustaría a ti, como sea que te llames, morir por la espada en un ruedo de arcilla con mil personas gritando por tus orejas y rabo¬», disparó ella por encima de la demás voces, con una sonrisa mitad “al fin alguien dice algo polémico” mitad “no puedo creer que a este subnormal le guste el toreo”. Una sonrisa que le salvó del aburrimiento de una noche de compromiso social obligado. Una cerveza después ya sabía su nombre completo, dos más y se reía con él, no de él; con otras dos Alfonso se envalentonó y exigió su numero de teléfono.

En la primera cita Beatriz se declaró lectora ocasional y poco comprometida con los clásicos, amante de la neurosis de Woody Allen y activista guerrillera por los derechos animales. Él se despidió ese día, sin saberlo, de la caza de libros raros y el grupo de poesía amateur. De los churrascos argentinos. De su peña taurina. Al menos tenían terreno común en una sala de cine, pensaba al mirar intrigado los restos de pintura roja que portaba orgullosa en los brazos, como medallas de honor ganadas después de una manifestación en la plaza de toros de Las Ventas.

El agua sigue bailando en los cristales de las ventanas y Alfonso construye represas preventivas con el periódico del domingo. La colchas tampoco están en la sala. «Joder. Tienen que estar en la habitación de huéspedes.» No necesitaba un termómetro para saber que debía sumar fiebre a la lista de dolencias que se instalaron en su cama hace una semana y que las infusiones y compresas parecen no amilanar.

Que si “las empresas farmacológicas son unos bestias inescrupulosos”, que si “tenemos que usar menos electricidad que la madre tierra se nos está muriendo Alfonso, y olvídate de la calefacción que a mí me tienes para darte calor en invierno”. Su vida monocromática de funcionario no incomodaba a Bea, su burocracia oficial no oprimía a inmigrantes, a pequeñas industrias, a los matrimonios homosexuales, o al medio ambiente. Él era su pequeño proyecto ambulante de reforma. Pero ella y sus ideales hippie no estaban allí para darle calor o cabrearse por usar medicamentos de producción masiva. Las colchas tampoco.

En dos años, tres meses y catorce días cambió sus costumbres de semi-ermitaño por clases de yoga “que estás muy sedentario y en la cama lo agradeceremos los dos”; por conocerse de memoria el decálogo de propiedades curativas del té chino Xuanchinosequé “que la cafeína te está matando poco a poco cariño y las cafetaleras oprimen a sus trabajadores”; por hablar de sus sentimientos en voz alta y “quien mejor que yo para que me digas todo querido”; por frecuentar los amigos de ella y sus vinos artesanales “porque los tuyos son unos gilipollas Alfonso e irnos de cañas genera muchos contaminantes”; por picnics los domingos en El Retiro “porque hay que agradecer que todavía podemos respirar aire puro en Madrid”; por cambiar su guardarropa de camisas a cuadros color pastel por unas de telas orgánicas, coloridas y hechas con mano de obra pagada equitativamente “que aunque seas archivista amor no te tienes que vestir como uno”. Todo por ella, como en las películas, como en las historias románticas seriadas de Hola y Cosmopolitan. Y sí. Estaba más delgado, respiraba mejor, vestía y se sentía alegre. Pero no era él, era su versión diluida y revisada, de bolsillo. Era él con edulcorante, parece el original, te lo venden más caro, pero nunca sabe igual. Se acostumbró a vivir por decreto. “Sarna con gusto no pica” le oyó decir a un chico del curro una vez. Desde entonces lo repetía continuamente como un mantra. Repetir una mentira un millón de veces hace que te la creas, no que sea verdad.

La labor castoril no sirvió de nada, el agua encontró su paso hasta la sala, marchando en pie de guerra hacia la cocina. Las colchas no podían estar en el trastero, Bea sabía que la humedad las estropearía, se lo había repetido hasta el cansancio. Ella y su afán de esconder el invierno. De guardar cualquier evidencia de meses fríos. De añorar un calor tropical que no conocía. «Joder otra vez. Me cago en las putas colchas. Tendré que arroparme con una jodida alfombra» le dijo Alfonso a la sala.

Hace un mes ya. Bea lo recibió con un monólogo digno de Annie Hall, el maldito cliché del «no eres tú, soy yo». La fórmula del inconforme en los romances de comedia. Improvisó además un «te faltan cojones, no luchas por lo que quieres, yo necesito un hombre, no un crío». ¿Y todo lo que cambié por ti? Perdí los cojones para complacerte, era un crío porque tú querías. Podía refutar todas sus razones con eficiencia administrativa, pero iba a perder el tiempo, ella estaba lista para salir. Sólo tuvo fuerzas para murmurar: «¿Cómo se llama?». «Gorki. Es cubano» dijo ella sin voltearse siquiera, saliendo por la puerta con sus cosas en la maleta que él le había regalado para sus próximas vacaciones en el Caribe. Había planeado un viaje para mostrarle el paraíso tropical que ella tanto anhelaba. Hasta había considerado desertar del curro y plantearle quedarse por allá haciendo cualquier cosa. Pero su paraíso lo encontró en otras manos, unas realmente tropicales, con el calor que tanto quería, unas manos para comer flores, como ella. Unas que no necesitaba reformas, amigos nuevos o camisas más coloridas.

La casa se estremece con un espasmo febril. La casa también extraña el calor de una mujer en tiempos de bajas defensas y bajas temperaturas. El invierno finalmente salió del escondite que Bea se esforzó tanto en procurar y Alfonso sigue sin saber donde están las colchas.

A friend’s request.

La primera vez que le vi en el patio del colegio juré que era mi amigo Daniel que se había sometido a una cirugía plástica, porque yo a los cinco años asumía que alguien de mi edad podía hartarse de su rostro y cambiarlo a punta de bisturí. Era un niño inocente y con imaginación hiperactiva, no me juzguen.

«¡Daniel! ¿Qué te pasó en la cara?» le dije al niño nuevo que no se molestó en enmendar mi error de llamarlo con otro nombre. «Nada» agrega simplemente el otro. Nuestra joven y amateur capacidad de concentración se encargó de desviarnos del tema enseguida, y yo seguí jugando con el niño que para mí era Daniel, así sin más.

A la salida de ese primer día de clases no me había terminado de montar en el carro cuando ya gritaba: «¡Mamá! ¡Daniel se hizo una cirugía en la cara! La tiene como diferente…» Pues claro que era diferente, era otro ser humano. Mi madre me siguió el juego, como reza el manual de maternidad que nadie escribió pero que todas las mamás saben de memoria. Una semana de juegos de recreo después llegó el verdadero portador del nombre, el de la cara que yo recordaba. Uno al lado del otro me di cuenta que ni se parecían tanto, sólo lo suficiente para generar confusión en mi joven cerebro. El usurpador, que me había seguido la corriente hasta entonces, se presentó al fin como Isaac «pero mi mamá me dice Sami».

Con el tiempo nos hicimos inseparables. Tiempo que fue unos pocos años, pero que en la niñez parece un muy largo día. Ya en otro colegio, ya un poco más grandes. Me quedaba en su casa prácticamente todos los fines de semana ­–quedaba a dos cuadras de la mía–, construyendo castillos con sábanas y cajas que ocupaban toda su habitación, jugando cualquier cosa hasta bien entrada la noche, diciéndole tía a su mamá, comiendo dulces a diestra y siniestra, haciendo guerras de pistolas de agua en la terraza. Las normas de sus padres me parecían una versión light de las de los míos. Yo era el mayor de mi casa, él era el del medio en la suya, con él eran más relajados. Aquí era donde pasaba mis vacaciones.

Nos alcanzó la vida, y nos separó los caminos; por amigos nuevos, por decisiones administrativas del colegio, él tennis, yo fútbol a duras penas, él con un batallón de primos contemporáneos, los míos eran postizos y no tantos. Y la hormonas nos alcanzaron también, empezaron las fiestas a mansalva, el interés por las niñas que hasta no hace mucho eran un estorbo. La casa de Isaac se convirtió en el escenario por excelencia de nuestras fiestas colegiales, del debut en la pista con Proyecto Uno de los cuatro pelagatos que bailábamos a las veinte niñas con las que no hablábamos, de nuestros intentos fallidos de DJ, de mi primera borrachera, de miles de declaraciones de amor en la sombra nocturna de un mango, de mesas rotas y heridas en la frente, de peleas, de listas en la entrada, de primeros besos, de la paciencia infinita de la tía Corina hasta que se fuese el último niño.

Hay tantas historias como para llenar un blog con dedicación exclusiva a esas fiestas, pero ya quedará de parte de su anfitrión contarlas, éstas líneas no pretenden ser más que un regalo de cumpleaños atrasado, una historia que recordé al leer una lista de exigencias por el cuarto de cupón que se avecinaba, un homenaje escrito a la persona que considero mi primer gran amigo.

Un abrazo Salama.

From Lebanon with love.

Era una caja color marrón papel craft, cuidadosamente embalada con plástico transparente por manos que sabían de sobra la importancia de su contenido. Letras rojizas en alfabeto occidental adornaban el centro de la tapa, el resto eran árabes e ininteligibles para mi. Creo que la memoria no me falla, pero he idealizado tanto lo que había allí que el empaque pasó inevitablemente a un segundo plano.

«Me iba a quedar callada sobre los dulcitos pero has hablado tanto del tema que te voy a dar uno para que veas lo que es bueno. Mi abuela me los mandó del Libano». Treinta o más cilindros de pasta filo rellenos de nueces trituradas y almíbar, o en menos palabras baklava; todos ordenados, juntos pero no revueltos, pequeños, esperando una mano digna para cumplir su misión de brindar placer al paladar. «Agarra un… do… está bien, dos… me caíste bien… puedes agarrar dos. ¡Pero no más! Me tienen que durar bastante». Ni corto ni perezoso me apoderé del par de dulces, los engullí sin parsimonia, no creo en eso de comer lento para disfrutar el sabor, el sabor se disfruta comiendo, no esperando con angustia y perpetuando cada bocado para estirar la experiencia. Yo pensaba que había comido buenos dulces árabes, pero éstos dos me arruinaron la existencia…

Eran pequeñas granadas fragmentarias, cada mordisco liberaba miles de partículas dulces que se repartían triunfales por mi boca. Vi a Dios bañado en almíbar y vestido de una túnica crujiente. No exagero. Mi fascinación por el dulce es pecaminosa, y en ese momento me merecía los siete círculos del infierno por querer salir corriendo con la caja que ella guardaba tan celosamente.

Recordé los domingos familiares, la política cuasi religiosa de comer afuera y viviendo en una ciudad con serias limitaciones gastronómicas la comida árabe era siempre una buena opción. De pequeño la comida me daba igual, era y sigo siendo un maniático con ciertas cosas, pero un día, por recomendación de los dueños de la taguarita que frecuentábamos ­–realmente el aspecto del restaurante no era lo mejor­– pedimos un surtido de dulces. Por supuesto me encantaron, por supuesto quise más, por supuesto mi padre me dijo ya comiste suficiente, por supuesto me comí el de mi hermano que no es fanático del dulce, por supuesto compartí el botín con mi madre que siempre ha sido mi cómplice en asuntos del azúcar. En mis tiernos años de simpleza emocional mi experiencia de comer árabe se limitaba a la expectación del postre. Cambiamos de restaurante varias veces, unos cerraron, otros desmejoraban su servicio, pero lo mío era catar los dulces, y mientras más dulces fuesen mejor.­

«Saul, hoy no pude dejarte cena. Aquí tienes 10£ para que compres comida en Green Valley, 37 Upper Berkeley St, justo detrás de la casa». Fue una nota, traducida aquí, que dejaba mi anfitriona y casera durante mis meses en Londres. Una señora trinitaria, alegre y conversadora que me mimó desde el primer día con buena comida, y cuando no podía cocinar usaba éste método para no dejarme morir. Siempre pensaba en las malas experiencias culinarias de mi hermano con su casera inglesa en Bournemouth cuando meses antes hizo lo mismo que yo, y agradecí que la mía tuviese sabor tropical en la sangre y en la cocina. Volviendo al tema en cuestión salí corriendo al mercado señalado en la nota, y descubrí un mostrador inmenso con montañas del dulce que tenía años sin disfrutar. Me gasté la mitad del dinero en ellos, con distintas formas y tamaños, con mas o menos pistachos, con mas o menos almíbar, pero todos con más sabor que cualquiera que hubieses probado antes. No tardé en hacer esa visita costumbre, después de todo pasaba todos los santos días por ahí.

Ahora que pienso en la caja de dulces me la imagino de caoba curada, tersa, amplia y dadivosa, con bajo relieves y arabescos dorados, su contenido descansando en una eterna cama de sedas blancas, separados cada uno con joyas que palidecen ante el fulgor dulce, protegida con una llave que sólo yo tengo.

Sé que pronto la veré de nuevo, prometí clases de guitarra y Autocad a cambio de otra oportunidad con ella.

Rendez-Vous Parisien.

Hay una historia que había querido contar desde hace un tiempo ya, una de muchas y la que en estos momentos recuerdo por razones que no vienen al caso. Algunos la han oído de primera mano, pero la falta de medios audiovisuales para transmitirla en persona ha afectado invariablemente el efecto de la misma, todavía no ando con una computadora en el bolsillo y presentaciones de PowerPoint con fondo musical para acompañar mis anécdotas. Aprovecho entonces para hacerlo aquí, no como el autor lo contó, sino como lo quiso contar.

Era el otoño del 2006 y estaba “viviendo” en Londres por unos definitivamente insuficientes dos meses, era la primera vez que cruzaba el charco, la primera vez que viajaba solo en avión, la primera vez en otro país sin mi familia, muchas primeras veces juntas. Mi experiencia europea continuaba ahora con París, a la que llegaría después abordar un tren, otra primera vez.

Ya tenía la estadía planeada, el sofá donde dormiría y el tiempo contado en la ciudad de la luz, unas 140 horas siendo exacto y dramático, para hacer todo lo que un “buen turista” debía hacer. Digo eso porque hay flotando por ahí un código tácito del viajero sobre las cosas que uno debe y no debe hacer en una ciudad, y si no las cumples a rajatabla que Dios te libre por hereje, «¿Cómo no fuiste a ver la catedral “tal” y el museo “cual”, o la casa de “fulano”? En verdad te pasaste, ¡Es como si no hubieses ido!». Realmente ese compendio interminable de historia e información no necesariamente me interesa y además, nunca hay tiempo de ver todo.

En el caso de París una de las paradas obligadas es el Museo de Louvre, y por ende la Mona Lisa o La Gioconda, escojan ustedes el nombre que más les guste, yo me quedo con Mona.

Debo confesar de antemano que la sobredosis museística que tuve en Londres no pintaba muy bien eso de pasarme horas caminando por un museo que se dice toma meses en ver completo, además después de mucho pensar al respecto me he dado cuenta de que el arte no me quita el sueño, prefiero un concierto de cualquier cosa, por eso decidí limitar mi visita a unas cuantas pinturas que conocía de reputación y fotografía, incluido por supuesto el antes mencionado cuadro, protagonista de nuestra historia.

Entro al bendito museo con un objetivo fijo, ver el famoso cuadro de Da Vinci de primero, matar la culebra por la cabeza y disfrutar sin presiones del resto. Acompañado por supuesto de mi Ipod, compañero inseparable de viajes y caminatas sin rumbo, siempre puesto en shuffle (aleatorio), confiando en que lo que él escoja siempre será lo más apropiado para el momento, el aparato me adivina el estado de ánimo, y certero determina el soundtrack de mi vida. Caminando y esquivando rebaños enteros de gente empiezo a inventarme la experiencia de ver a la Mona Lisa en persona, ¿será tan pequeña como dicen?, ¿los ojos de la mujer realmente te siguen si te mueves?, ¿realmente podré apreciar el cuadro desde lejos y con un millón de manos japonesas tomando fotos atravesadas?. Enseguida la incertidumbre de la pronta experiencia se convirtió en un análisis de la cara de la mujer retratada mientras llegaba a sus aposentos.

Para los que necesitan refrescar la memoria aquí la tienen:

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Decidí en ese momento que ésta señora nos muestra aquí una cara de placer. Un placer que experimentó o está por experimentar. Un placer de cualquier tipo; gastronómico, literario, lúdico, el que ustedes quieran, sin embargo durante mi caminata lo decreté como placer sexual. Me lo dice la mirada expectante, la sonrisa a medio camino, el cuello desnudo con suave luz, la mano tersa que se muestra completa e impune pero inmóvil, porque una señorita no propone, ella dispone.

Llegué por fin al salón que sirve de hogar a la dama en cuestión, por supuesto inundado de personas, por supuesto inalcanzable, por supuesto protegida por un vidrio de diez centímetros de espesor. Sigo aislado del mundo con mi música y me planto frente al cuadro, aventajado en altura sobre los turistas japoneses que ya tomaban sus fotos extasiados, la canción en curso termina y acto seguido comienza la siguiente:

“Let’s get it on” de Marvin Gaye, una sensual joya musical de los años 70, uno de los estandartes de Motown, el himno del slow jams, la canción más usada en la historia del cine norteamericano para expresar insinuación sexual, y que estaba en mi Ipod porque a pesar de que prefiero oír Death Metal casi todo el tiempo, también tengo mis guilty pleassures.

Una sonrisa cómplice no tardó en escaparse de mí, los japoneses desaparecieron, la iluminación era ahora de velas y me encontré bailando con Mona suavemente al ritmo de la voz de Marvin. Siempre con su sonrisa tímida, sus ojos siguiéndome por la sala y su mano sobre la mía; hasta podía sentir la seda de sus vestiduras, la seda que pronto apartaría de mi camino porque este baile era sólo el preámbulo de la comunión.

Pero la siguiente canción me estrelló con la realidad, dejándome ligeramente avergonzado por lo que había vivido, así fuese producto de mi imaginación. Cuatro minutos y medio absolutamente cinematográficos y perfectamente orquestrados. Cuatro minutos y medio que hicieron que las cinco horas de mi vida transcurridas en el Louvre hayan valido la pena.

Ahora no puedo dejar de ver en la cara de Mona unas mejillas ruborizadas por nuestro pequeño e indiscreto encuentro…

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Hoy…

Escribo severamente trasnochado, más de lo normal, ya lo de “es tarde” no aplica, ahora “es temprano”. Escribo sin tema, sin meta, escribo porque una gripe galopante alteró mis horarios, porque el trabajo acumulado no me deja pensar en historias, porque una semana bajo tutela literaria me hizo recapacitar la manera en que enfrento una hoja en blanco, real o virtual, porque no puedo posar mi cabeza sobre la almohada sin decir algo.

El shuffle del Itunes me sorprende con una ecléctica selección de temas que me jalan en diferentes direcciones, canciones grises, negras, azules y rosas; cada una con su historia, cada una con sus razones para ocupar un espacio en el disco duro de mi ordenador, cada una ligada estrechamente a algo que viví, o viviré; con nombres y apellidos, en noches de copas y carne trémula, sólo en algún parque.

Hoy tengo que decir que no tengo nada que decir, me encuentro en estasis, caigo en cuenta que pasa el tiempo por los numeritos del calendario, no por moverme yo en éstos días. La vida de otros continúa, hoy más que nunca para muchos, vivo a través de ellos y sé lo que me estoy perdiendo. Amigos que hoy saben que deben comprar ropita rosada para la niña que esperan, amigos que hoy están en la zozobra de no saber si habrá un niño dentro de nueve meses, amigos de amigos que dejan de existir por el capricho sanguinario de un delincuente, amigos que cuentan sus experiencias de sábado pre-apocalíptico, de resaca dominguera y de lunes aburrido, amigos que se confiesan parte de un hexágono amoroso cuyo vértices no coinciden en el mismo punto, amigos que leen éstas líneas y nunca me dirán nada, amigos que tienen la necesidad imperativa de decir todo lo que hacen, en todo momento, con pensamientos prestados y declaraciones amorosas a vox populi y ad nauseam, en Facebook.

La ciudad sigue viviendo, despierta teñida de gris, con vientos de lluvia mediterránea, las gentes poco a poco tomando la calle, unos abrigados con ropas pre-otoñales, otros todavía negándose al frío inesperado con pantalones cortos y sandalias. Mis anfitriones de vivienda temporal por reubicación también comienzan su día, con pasos torpes en busca de café para terminar de abrir los ojos y disolver la telarañas que los inmovilizaron por ocho horas. Ellos comenzarán su rutina, yo terminaré la mía.

Hoy no hay prosa poética, imágenes poderosas, desenlaces inesperados, o decretos mediocres sobre ritos y costumbres, hoy sólo ejerzo mi derecho de decir lo que me da la gana, y existir escribiendo, hasta mañana por lo menos.

El Rito

He vuelto a mi santuario después de meses de dar tumbos por sofás y colchones prestados como un judío errante. ¡Pero esta oferta viene por tiempo limitado!, ¡si llama ahora se dará cuenta que sigue sin casa, con una tesis apenas empezada –otra vez– y más diligencias pendientes que el cipote!, a pesar de todo esto mi futuro está mejor perfilado, ya puedo señalar en Google Maps la ciudad que me va a dar casa por los próximos meses.

“¡De Valencia pa’ Barcelona! Aunque mal pague…” podría escribir con Griffin blanco en el parabrisas posterior de mi carro, si lo tuviese aquí, y que ya no es mío, lo heredé en vida a mi hermano, aunque tampoco lo pagué yo, pero me estoy desviando mucho del tema que debería presentar aquí, hoy.

Lo de santuario se refería a un pequeño café del que soy asiduo, el UBIK Café. Existe camuflado entre las fachadas residenciales del viejo barrio valenciano de Ruzafa o Russafa –si te sientes old school–, que fue alguna vez un pueblito autónomo que en menos de cincuenta años se vio absorbido y asimilado por una ciudad que aunque con historia desde tiempos de Roma todavía es joven, así tenga su propio circuito de Formula 1.

Su descubrimiento vino por recomendación de un amigo de la zona, cuando la naciente confianza en nuestras conversaciones le informó que me gustaba escribir y que por lo tanto entre libros me la paso de lo lindo. Es un bar/café/librería, de ambiente bohemio y familiar, música en vivo, ocasionalmente, y atendido por sus propios dueños. Aquí pasaba al menos tres tardes a la semana, todas las semanas desde que lo conocí. Digo “pasaba” porque es hoy que vuelvo después de un mes en el que estuvo cerrado por vacaciones, y yo de trotamundos. Digo “aquí” porque estas palabras están siendo escritas en éste lugar, a mano, con un porta minas Paper-Mate 0.7 sobre una libreta Moleskine de formato mediano, cuero negro y liguita, para luego ser transcritas en Word, con tipografía Helvetica número 12, justificada y a doble espacio.

Ya los meseros me conocen, ya no se extrañan por verme solo y escribiendo jorobado sobre el mobiliario ecléctico que equipa al lugar para el intercambio social, ya he probado todas las sillas y mesas. Aquí estoy siempre rodeado de libros; muchos nuevos, muchos viejos, unos con más historia personal que la que cuentan, otros esperando ansiosos hacerse una propia, ordenados por tema, precio y cantidad de manos por las que han pasado. Hoy retomo la costumbre.

Aprendí en un curso de literatura que a veces para escribir hay que crearse, aparte del hábito, un rito. Por ensayo, error y paciencia le fui dando forma al mío; empezó en éste lugar. Quizás por tenerlo cerca de la oficina en la que ocasionalmente trabajaba ad honoren, quizás por salir de trabajar y no querer volver a la casa para caer en la rutina invariable de la entrega o el examen pendiente, definitivamente porque me gustaba el sitio y no me incomodaba estar sólo con una cerveza observando a la gente, o mientras esperaba a algún amigo o amiga con tiempo libre para conversar. Fue cuestión de poco tiempo darme cuenta que aprovechar el tiempo escribiendo no me vendría del todo mal.

El rito consta de una taza de café, preferiblemente un marrón fuerte, cigarros suficientes, con 4 ó 5 basta, el papel y lápiz anteriormente descritos, el Ipod con carga para tres horas continuas como mínimo –ahora que está moribundo me tengo que sentar sobre él para que suenen los dos auriculares, no me pregunten porqué, pero funciona–, un playlist de Death Metal Técnico y/o Progresivo, Deathcore o simplemente Metal Progresivo; necesito música complicada, muy rápida, disonante y agresiva para concentrarme, así logro crear patrones de trabajo mecánico y rítmico, pareciera la descripción de uso de alguna máquina en una línea de producción industrial, pero me ayuda a llegar a mi confort zone. Se preguntarán algunos algo y la respuesta es sí, el último post lo escribí oyendo esa música, y no, no afecta el tema ni el lirismo el hecho de oír gritos guturales y guitarras como metralletas.

La última parte del rito involucra todas las birras que sean necesarias durante el tiempo de permanencia y escritura, si el local de turno no sirve alcohol cambio la birra por otro café, sin embargo el tiempo efectivo se verá disminuido considerablemente. El rito me obliga a sentarme, pensar y soltar la mano, no me da ideas, esas las busco caminando en la calle, además es de fácil adaptación a cualquier espacio físico, salvo mi casa, allí sólo puedo transcribir, revisar, arreglar y completar, casi nunca empezar desde cero.

Todos los grandes tenían y tienen sus métodos y mañas, yo me inventé las mías, será un cliché después de todo, pero algo es cliché porque funciona.

Sólo me queda aprovechar éstas cuatro paredes por el mes escaso que me espera antes del éxodo definitivo a nuevas tierras. Me acabo de terminar la tercera y última birra literaria de hoy.

Salud…

Me gustas en invierno.

Me gustas en invierno porque te escondes del mundo bajo telas prestadas; mientras más ropa nos separa más quiero sentir tu piel, estremecida, entre mis dedos.

Me gustas de invierno porque estás a mi lado bebiendo de mi calor; me invento mil excusas para rodearte en la hoguera de mis brazos.

Me gustas en invierno para embriagarnos de azúcares amparados por la luces incandescentes de una plaza desierta.

Me gustas en invierno porque las noches reinan largas sobre días breves; nos espera un altar de algodón y plumas, expectantes de comunión.

Me gustas invernal, infernal, animal.

Me gustas en invierno para ser transeúnte egoísta por calles vacías y beber también de ti, sin permiso, sin espectadores.

Me gustas invernal para deslizarnos sobre el agua dura, al ritmo de un torpe ballet circular, calzados de acero y cuero.

Me gustas en invierno porque hablas buscando encender cirios dormidos con tu voz; estás aquí, conmigo, no como dice el poeta.

Me gustas en invierno para protegerte del viento afilado, buscando nichos de piedra y arcilla escondidos en paredes que antes fueron heroicas.

Me gustas de invierno para ver la nieve sublimar con el roce de nuestras almas, cubriéndonos en un manto de vapor y lágrimas.

Me gustas más en invierno…

Veinte días después.

Estoy en una ciudad que con cada paso te regala muchas historias para contar pero se le olvida darte el tiempo para escribirlas. Hastío por exceso, no por defecto. Abruman los caudales de gente, los menús en cuatro idiomas, las estatuas vivientes, los músicos de calle, los vendedores ambulantes, los tatuajes, los mapas desplegados en las aceras como velas buscando la dirección correcta.

Llevo veinte días donde he tenido que hacer un esfuerzo para no naufragar en el facilismo del “lo dejo para mañana, hoy mejor salgo y vivo”. Me refugio ahora en un local escondido, apropiadamente llamado “La Clandestina”, para huir del ruido y obligarme, con un par de cafés y cigarrillos, a escribir.

He tenido la suerte de haber estado antes en ciudades así, donde pasa todo, todo el tiempo, como Londres, Nueva York, París o Roma; esconderse en ellas me parecía más fácil, perderse del rebaño turístico se lograba con evitar ciertas calles, pero Barcelona te engulle y asimila sin miramientos, sin piedad. Siempre hay algo que hacer, una película por ver, un trago que tomar, comida por probar, un concierto/performance/gig/recital que ver, sin repetir, sin aburrirte del mismo sitio, así caigas eventualmente en la rutina inevitable del vivir, basta con cambiar de calle para tener una ciudad nueva, gente no faltará, el calorcito veraniego propicia su generación espontánea, moscas que pululan sobre una tierra con comida de sobra, y crean a su vez otras moscas, otras moscas, otras moscas.

Tengo amigos y conocidos aquí, pero mi única compañía constante es la música; la que hila mis encuentros, comidas y trámites consulares. Tantas canciones he oído por estos lares; unas marcan el ritmo de slalom que llevo esquivando cuerpos al caminar, otras me cambian la cara con recuerdos y olores, algunas quedan impregnadas con nuevos momentos, para ser recordados en otro tiempo, en otra ciudad.

Hablar de canciones me lleva a mi primer viaje a Barcelona, hace casi dos años. Venía primerizo a dar un paseo de pornografía edilicia (lean bien), aquí casi todos los nombres del Star System arquitectónico pasado y presente han hecho o van a hacer algo. Al llegar a la estación de tren mi Ipod decide aclimatarme musicalmente con Joan Manuel Serrat. Quizás porque mi niñez sigue jugando en tu playa y escondido tras las cañas duerme mi primer amor, llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya, reza la primera estrofa de “Mediterráneo”, no es una estricta exaltación a ésta ciudad, pero al oirla salgo a caminar de la mano de un catalán que me muestra orgulloso con sus notas lo que es vivir a orillas del mar.

Me bauticé con Gaudí en la Sagrada Familia, comulgué como hijo de la modernidad con Mies Van der Rohe en el Pabellón de Barcelona y me confirmé como ciudadano contemporáneo con Miralles y Tagliabue en el Mercat de Santa Caterina. Era y sigue siendo imposible no envolver en un manto litúrgico el vivir y tocar la arquitectura que pasé toda mi carrera estudiando, admirando; a pesar de que mis engranajes ya no se mueven tanto por el afán de crear espacios, más bien por vivirlos, pero es difícil negar el oficio.

Vuelvo a la clandestinidad, donde mato éste writer’s block inducido por exceso de actividad a punta de cafeína y nicotina, mientras espero una llamada que no llega y me debato con el seguir agregando anécdotas a mi vida o retirarme derrotado a la casa donde soy un refugiado político hasta hoy, ya mañana se me acaba la guachafita, ya mañana vuelvo a la ciudad donde me esperan las cuatro cajas que guardan mis pertenencias, y donde sigo de okupa, pero con otro código postal, por los momentos…

Propuesta Indecente

Me desperté tarde, no tanto, pero tarde. Por supuesto los días que no tengo nada que hacer me nace un reloj atómico al que le encanta despertarme temprano y espabilarme sin mucho esfuerzo, basta que necesite ir de diligencias o a clases para convertirme en un zombie y que las sábanas sean telarañas tibias que simplemente no me dejan despertar.

Logro salir despavorido, en ayunas y repasando en mi mente los procedimientos burocráticos pendientes durante el trayecto de ocho estaciones de metro. Me bajo en la parada prevista y naufrago en un mar turista que decidió hacer de Barcelona su lugar de veraneo, compras compulsivas y pigmentación forzada; yo que huyo del sol y el calor, y ésta gente que gasta sus ahorros de un año persiguiéndolo.

Tardo un poco más de media hora buscando el consulado de Venezuela, me lo movieron desde mi ultima visita, no me acordaba. Por fin doy con el edificio escondido, está literalmente camuflado por un retranqueo de fachada que no esperaba, además el acabado de ésta no ayuda a distinguir el numerito que lo identifica, le pasé mil veces al edificio por delante, a la mil y una me di cuenta que era el buscaba.

A todas estas ando sin el Ipod, al salir de casa decidió empezar a agonizar, después de cuatro años de usos y abusos le tocaba pedir pista. Al menos la calle de babel me distrae tratando de descifrar idiomas y nacionalidades. Decido entrar al edificio de una vez por todas y un señor se me acerca rápidamente, susurrando lascivamente en mi oído “cachapitas frescas con queso blanco y Maltín Polar”.

Naguará… –para los que no sean venezolanos, esto significa admiración de algo increíble o cierto, asombro– Fue lo único que me vino a la mente al oír la propuesta indecente, vacilé, después de todo no había desayunado, pero el peso consular era más que el hambre.
Debo recalcar lo que representó esa obscena oración en ese momento. Primero, este señor no tenía manera alguna de saber si yo era venezolano o no, por un momento me sentí especial, imaginando que tenía una especie de aura tricolor que identificaba mi gentilicio, pero de inmediato me di cuenta que era con todos igual, a cualquiera que pasara a menos de dos metros de la entrada del edificio les soltaba su dardo gastronómico. Ya sé que sienten las mujeres en un Bar cuando se dan cuenta que no son las únicas a las que le echan el mismo cuento. Segundo, tengo ya un año sin pisar mi país, y aunque los antojos de comida venezolana se resuelven con mucha facilidad por tierras españolas, es la cachapa y el queso blanco mi santo grial, no hay nada que los imite, no hay manera de traerlo sin que se dañe al poco tiempo, no se consigue. He oído de leyendas en Madrid de alguien que vende queso blanco duro, pero nunca he podido corroborarlo, y cuando este señor me soltó esa perla requerí de toda mi voluntad para hacerme el desentendido y seguir mi camino.

Ya adentro me espera mi diligencia y una fila de dos personas, llegué con tiempo de sobra al fin y al cabo. El merengue ripiado de ambiente musical que embarga la sala de espera está a cargo de los audífonos abusados de un muchacho con pinta de beisbolista, pero más ávido seguidor que practicante del deporte, el llanto de un niño completa el ambiente perfecto de diligencias imposibles en cualquier ministerio público, todo para que me digan muy tranquilamente “no podemos hacer nada por ti”. No puedo decir que no me lo esperaba, mi objetivo era complicado, fuera de la rutina consular, pero preguntar no estaba de más, me tocaba seguir con mi día caluroso en Barcelona, ahora si me podía comer mi cachapa. Salgo del edificio y ni rastro del señor, lo busco cerca, con esperanzas de que simplemente esté ampliando su radio de acción sobre la acera, pero nada, se esfumó, me quedé sin el chivo y sin el mecate.