¿Dónde pusiste el invierno?

Alfonso maldice la plomería averiada de su nariz que gotea impune y busca reconfortarse en una taza de té mientras observa su patio convertirse en una selva ecuatorial. Una tormenta azota el barrio, la calle, la casa, inundando el aire con lágrimas de un ejército infinito después de un día de guerra. Las colchas de invierno no están en la habitación; lleva rato buscando allí, ahora intenta en el armario de la sala. El té está a la temperatura correcta, pero el dulce o amargo se escapa, con la gripe no sabe; sí sabe que a Bea le hubiese quedado perfecto. Siempre le quedaba perfecto.

«A ver si te gustaría a ti, como sea que te llames, morir por la espada en un ruedo de arcilla con mil personas gritando por tus orejas y rabo¬», disparó ella por encima de la demás voces, con una sonrisa mitad “al fin alguien dice algo polémico” mitad “no puedo creer que a este subnormal le guste el toreo”. Una sonrisa que le salvó del aburrimiento de una noche de compromiso social obligado. Una cerveza después ya sabía su nombre completo, dos más y se reía con él, no de él; con otras dos Alfonso se envalentonó y exigió su numero de teléfono.

En la primera cita Beatriz se declaró lectora ocasional y poco comprometida con los clásicos, amante de la neurosis de Woody Allen y activista guerrillera por los derechos animales. Él se despidió ese día, sin saberlo, de la caza de libros raros y el grupo de poesía amateur. De los churrascos argentinos. De su peña taurina. Al menos tenían terreno común en una sala de cine, pensaba al mirar intrigado los restos de pintura roja que portaba orgullosa en los brazos, como medallas de honor ganadas después de una manifestación en la plaza de toros de Las Ventas.

El agua sigue bailando en los cristales de las ventanas y Alfonso construye represas preventivas con el periódico del domingo. La colchas tampoco están en la sala. «Joder. Tienen que estar en la habitación de huéspedes.» No necesitaba un termómetro para saber que debía sumar fiebre a la lista de dolencias que se instalaron en su cama hace una semana y que las infusiones y compresas parecen no amilanar.

Que si “las empresas farmacológicas son unos bestias inescrupulosos”, que si “tenemos que usar menos electricidad que la madre tierra se nos está muriendo Alfonso, y olvídate de la calefacción que a mí me tienes para darte calor en invierno”. Su vida monocromática de funcionario no incomodaba a Bea, su burocracia oficial no oprimía a inmigrantes, a pequeñas industrias, a los matrimonios homosexuales, o al medio ambiente. Él era su pequeño proyecto ambulante de reforma. Pero ella y sus ideales hippie no estaban allí para darle calor o cabrearse por usar medicamentos de producción masiva. Las colchas tampoco.

En dos años, tres meses y catorce días cambió sus costumbres de semi-ermitaño por clases de yoga “que estás muy sedentario y en la cama lo agradeceremos los dos”; por conocerse de memoria el decálogo de propiedades curativas del té chino Xuanchinosequé “que la cafeína te está matando poco a poco cariño y las cafetaleras oprimen a sus trabajadores”; por hablar de sus sentimientos en voz alta y “quien mejor que yo para que me digas todo querido”; por frecuentar los amigos de ella y sus vinos artesanales “porque los tuyos son unos gilipollas Alfonso e irnos de cañas genera muchos contaminantes”; por picnics los domingos en El Retiro “porque hay que agradecer que todavía podemos respirar aire puro en Madrid”; por cambiar su guardarropa de camisas a cuadros color pastel por unas de telas orgánicas, coloridas y hechas con mano de obra pagada equitativamente “que aunque seas archivista amor no te tienes que vestir como uno”. Todo por ella, como en las películas, como en las historias románticas seriadas de Hola y Cosmopolitan. Y sí. Estaba más delgado, respiraba mejor, vestía y se sentía alegre. Pero no era él, era su versión diluida y revisada, de bolsillo. Era él con edulcorante, parece el original, te lo venden más caro, pero nunca sabe igual. Se acostumbró a vivir por decreto. “Sarna con gusto no pica” le oyó decir a un chico del curro una vez. Desde entonces lo repetía continuamente como un mantra. Repetir una mentira un millón de veces hace que te la creas, no que sea verdad.

La labor castoril no sirvió de nada, el agua encontró su paso hasta la sala, marchando en pie de guerra hacia la cocina. Las colchas no podían estar en el trastero, Bea sabía que la humedad las estropearía, se lo había repetido hasta el cansancio. Ella y su afán de esconder el invierno. De guardar cualquier evidencia de meses fríos. De añorar un calor tropical que no conocía. «Joder otra vez. Me cago en las putas colchas. Tendré que arroparme con una jodida alfombra» le dijo Alfonso a la sala.

Hace un mes ya. Bea lo recibió con un monólogo digno de Annie Hall, el maldito cliché del «no eres tú, soy yo». La fórmula del inconforme en los romances de comedia. Improvisó además un «te faltan cojones, no luchas por lo que quieres, yo necesito un hombre, no un crío». ¿Y todo lo que cambié por ti? Perdí los cojones para complacerte, era un crío porque tú querías. Podía refutar todas sus razones con eficiencia administrativa, pero iba a perder el tiempo, ella estaba lista para salir. Sólo tuvo fuerzas para murmurar: «¿Cómo se llama?». «Gorki. Es cubano» dijo ella sin voltearse siquiera, saliendo por la puerta con sus cosas en la maleta que él le había regalado para sus próximas vacaciones en el Caribe. Había planeado un viaje para mostrarle el paraíso tropical que ella tanto anhelaba. Hasta había considerado desertar del curro y plantearle quedarse por allá haciendo cualquier cosa. Pero su paraíso lo encontró en otras manos, unas realmente tropicales, con el calor que tanto quería, unas manos para comer flores, como ella. Unas que no necesitaba reformas, amigos nuevos o camisas más coloridas.

La casa se estremece con un espasmo febril. La casa también extraña el calor de una mujer en tiempos de bajas defensas y bajas temperaturas. El invierno finalmente salió del escondite que Bea se esforzó tanto en procurar y Alfonso sigue sin saber donde están las colchas.

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8 comentarios en “¿Dónde pusiste el invierno?

  1. Saúl, qué buena historia.Repito: QUÉ BUENA HISTORIA.Excelente narrativa, me pareció estar leyendo a un grande…y es que lo estaba haciendo.me gusta este estilo tuyo.Keep it up!

  2. Me ha encantado. Sigo pensando que este estilo más fresco, más engañosamente sencillo te hace justicia y siento como creces. Cierto que al leerte te estaba escuchando de alguna manera. He escuchado el tono suave y pausado y claro, tu acento. Sí noto un lenguaje más neutro ¿Recuerdas las conversaciones con Benavides? No es solo la historia, sino como la cuentas y de verdad que la cuentas bien. Un abrazo.

  3. PERFECTION!!!!Este nuevo estilo déjame decirte que te queda como anillo al dedo. podia seguir leyendo por horas. Que buena historia, mi favorita después de "A Friend's Request"

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