Propuesta Indecente

Me desperté tarde, no tanto, pero tarde. Por supuesto los días que no tengo nada que hacer me nace un reloj atómico al que le encanta despertarme temprano y espabilarme sin mucho esfuerzo, basta que necesite ir de diligencias o a clases para convertirme en un zombie y que las sábanas sean telarañas tibias que simplemente no me dejan despertar.

Logro salir despavorido, en ayunas y repasando en mi mente los procedimientos burocráticos pendientes durante el trayecto de ocho estaciones de metro. Me bajo en la parada prevista y naufrago en un mar turista que decidió hacer de Barcelona su lugar de veraneo, compras compulsivas y pigmentación forzada; yo que huyo del sol y el calor, y ésta gente que gasta sus ahorros de un año persiguiéndolo.

Tardo un poco más de media hora buscando el consulado de Venezuela, me lo movieron desde mi ultima visita, no me acordaba. Por fin doy con el edificio escondido, está literalmente camuflado por un retranqueo de fachada que no esperaba, además el acabado de ésta no ayuda a distinguir el numerito que lo identifica, le pasé mil veces al edificio por delante, a la mil y una me di cuenta que era el buscaba.

A todas estas ando sin el Ipod, al salir de casa decidió empezar a agonizar, después de cuatro años de usos y abusos le tocaba pedir pista. Al menos la calle de babel me distrae tratando de descifrar idiomas y nacionalidades. Decido entrar al edificio de una vez por todas y un señor se me acerca rápidamente, susurrando lascivamente en mi oído “cachapitas frescas con queso blanco y Maltín Polar”.

Naguará… –para los que no sean venezolanos, esto significa admiración de algo increíble o cierto, asombro– Fue lo único que me vino a la mente al oír la propuesta indecente, vacilé, después de todo no había desayunado, pero el peso consular era más que el hambre.
Debo recalcar lo que representó esa obscena oración en ese momento. Primero, este señor no tenía manera alguna de saber si yo era venezolano o no, por un momento me sentí especial, imaginando que tenía una especie de aura tricolor que identificaba mi gentilicio, pero de inmediato me di cuenta que era con todos igual, a cualquiera que pasara a menos de dos metros de la entrada del edificio les soltaba su dardo gastronómico. Ya sé que sienten las mujeres en un Bar cuando se dan cuenta que no son las únicas a las que le echan el mismo cuento. Segundo, tengo ya un año sin pisar mi país, y aunque los antojos de comida venezolana se resuelven con mucha facilidad por tierras españolas, es la cachapa y el queso blanco mi santo grial, no hay nada que los imite, no hay manera de traerlo sin que se dañe al poco tiempo, no se consigue. He oído de leyendas en Madrid de alguien que vende queso blanco duro, pero nunca he podido corroborarlo, y cuando este señor me soltó esa perla requerí de toda mi voluntad para hacerme el desentendido y seguir mi camino.

Ya adentro me espera mi diligencia y una fila de dos personas, llegué con tiempo de sobra al fin y al cabo. El merengue ripiado de ambiente musical que embarga la sala de espera está a cargo de los audífonos abusados de un muchacho con pinta de beisbolista, pero más ávido seguidor que practicante del deporte, el llanto de un niño completa el ambiente perfecto de diligencias imposibles en cualquier ministerio público, todo para que me digan muy tranquilamente “no podemos hacer nada por ti”. No puedo decir que no me lo esperaba, mi objetivo era complicado, fuera de la rutina consular, pero preguntar no estaba de más, me tocaba seguir con mi día caluroso en Barcelona, ahora si me podía comer mi cachapa. Salgo del edificio y ni rastro del señor, lo busco cerca, con esperanzas de que simplemente esté ampliando su radio de acción sobre la acera, pero nada, se esfumó, me quedé sin el chivo y sin el mecate.
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