A friend’s request.

La primera vez que le vi en el patio del colegio juré que era mi amigo Daniel que se había sometido a una cirugía plástica, porque yo a los cinco años asumía que alguien de mi edad podía hartarse de su rostro y cambiarlo a punta de bisturí. Era un niño inocente y con imaginación hiperactiva, no me juzguen.

«¡Daniel! ¿Qué te pasó en la cara?» le dije al niño nuevo que no se molestó en enmendar mi error de llamarlo con otro nombre. «Nada» agrega simplemente el otro. Nuestra joven y amateur capacidad de concentración se encargó de desviarnos del tema enseguida, y yo seguí jugando con el niño que para mí era Daniel, así sin más.

A la salida de ese primer día de clases no me había terminado de montar en el carro cuando ya gritaba: «¡Mamá! ¡Daniel se hizo una cirugía en la cara! La tiene como diferente…» Pues claro que era diferente, era otro ser humano. Mi madre me siguió el juego, como reza el manual de maternidad que nadie escribió pero que todas las mamás saben de memoria. Una semana de juegos de recreo después llegó el verdadero portador del nombre, el de la cara que yo recordaba. Uno al lado del otro me di cuenta que ni se parecían tanto, sólo lo suficiente para generar confusión en mi joven cerebro. El usurpador, que me había seguido la corriente hasta entonces, se presentó al fin como Isaac «pero mi mamá me dice Sami».

Con el tiempo nos hicimos inseparables. Tiempo que fue unos pocos años, pero que en la niñez parece un muy largo día. Ya en otro colegio, ya un poco más grandes. Me quedaba en su casa prácticamente todos los fines de semana ­–quedaba a dos cuadras de la mía–, construyendo castillos con sábanas y cajas que ocupaban toda su habitación, jugando cualquier cosa hasta bien entrada la noche, diciéndole tía a su mamá, comiendo dulces a diestra y siniestra, haciendo guerras de pistolas de agua en la terraza. Las normas de sus padres me parecían una versión light de las de los míos. Yo era el mayor de mi casa, él era el del medio en la suya, con él eran más relajados. Aquí era donde pasaba mis vacaciones.

Nos alcanzó la vida, y nos separó los caminos; por amigos nuevos, por decisiones administrativas del colegio, él tennis, yo fútbol a duras penas, él con un batallón de primos contemporáneos, los míos eran postizos y no tantos. Y la hormonas nos alcanzaron también, empezaron las fiestas a mansalva, el interés por las niñas que hasta no hace mucho eran un estorbo. La casa de Isaac se convirtió en el escenario por excelencia de nuestras fiestas colegiales, del debut en la pista con Proyecto Uno de los cuatro pelagatos que bailábamos a las veinte niñas con las que no hablábamos, de nuestros intentos fallidos de DJ, de mi primera borrachera, de miles de declaraciones de amor en la sombra nocturna de un mango, de mesas rotas y heridas en la frente, de peleas, de listas en la entrada, de primeros besos, de la paciencia infinita de la tía Corina hasta que se fuese el último niño.

Hay tantas historias como para llenar un blog con dedicación exclusiva a esas fiestas, pero ya quedará de parte de su anfitrión contarlas, éstas líneas no pretenden ser más que un regalo de cumpleaños atrasado, una historia que recordé al leer una lista de exigencias por el cuarto de cupón que se avecinaba, un homenaje escrito a la persona que considero mi primer gran amigo.

Un abrazo Salama.

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3 comentarios en “A friend’s request.

  1. no tengo palabras, solo queda decir que yo tenia algo en mente para escribirle tambien pero con tu letra Saul creo que quede ponchada, al menos tengo una idea de esas congas en "keeping up with the salamas" house, y de la lista le hice una invitacion. Muy bonito el relato, lo pude imaginar completico, escribe el libro ya vale!

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