En el metro.

Ella pasa sus mañanas cantando en el metro. La he visto arrastrando su carreta con un pequeño amplificador, micrófono y un vasito para guardar la voluntad de extraños generosos o con sentimientos de culpa fácilmente impresionables. No tiene más de veinticinco años y probablemente se llame Samira, no puede negar la sangre árabe de sus venas, su cabellera se confunde con el negro de los túneles que transitamos, la nariz orgullosa protege sus ojos almendrados y la iluminación clínica del vagón no le hace justicia a su tez morena.

Canta una canción que no conozco pero que he oído mil veces, una balada suave y predecible de amor y dolor, acompañada de una orquesta de teclado y en bucle continuo, como el trayecto de metro que abordó seguramente horas antes y dejará horas después. Su sonrisa es ensayada, sus ademanes y cerrar de ojos refuerzan la búsqueda de notas difíciles en el theremin invisible de su voz. El tímido espectáculo atrae las miradas y prejuicios de los que ven su lectura de Paulo Coelho o Marcel Proust interrumpida por una voz inesperada, del grupo de patineteros imberbes que se burla a mansalva de sus gestos, de la abuelita que no se termina de acostumbrar a éste tipo de eventos en el transporte público, de mí que hasta el momento no tenía nada sobre que escribir.

Quizás escogió para la faena la línea roja por ser la que más estaciones tiene, además atraviesa la ciudad de punta a punta, luego abordará el tren en sentido contrario en la última estación y volverá a donde comenzó. Mañana probará con la línea amarilla, la azul o la verde, donde el número de turistas incautos aumenta considerablemente, puede que busque suerte en algún pasillo de transbordo si tiene el permiso y las agallas de competir con los cuartetos de cuerdas, los cantautores, los combos de música latina o el guitarrista de flamenco que además vende su propio disco.

Una voz en catalán anuncia la siguiente estación y marca el final de su show, tiene un minuto para hacer su colecta y cambiar de vagón, su sonrisa sigue ensayada, pero ésta dice: “muchas gracias, que Dios –o Alá­– te bendiga y llene tus días de fortuna para que no tengas que estar como yo cantando en el metro para ganarte un duro”. Tal vez Samira sólo quiera entrenarse para un reality show de talento, para su propio número de variedades en un club nocturno o algún campeonato local de karaoke. Son muchas las preguntas que aparecen flotando en el vagón en los seis minutos que compartimos de viaje; ya habrá tiempo de responderlas, apenas la estoy conociendo.

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