Atracción fatal y solidaria.

Y allí estaba ella. Nos separaban al menos 10 metros y podía ver sus ojos, como dos peceras de agua tropical, buscando entre la gente. Yo seguía caminando inadvertidamente hacia su cuerpo y noté ahora un aro que abrazaba la ventana derecha de su nariz y un rayo del color de su mirada colonizando su cabellera. Mientras aprendía ese rostro olvidé el agobio que siempre me asalta al bajarme de un tren, revisar la cartera, el móvil en su lugar, acomodar la maleta para la caminata que seguía y ubicarme en el metro; mis mandamientos de viaje. Era una tarde fría en Madrid, la estación Puerta de Atocha pululante de gente, yo un poco idiotizado después de roncar por tres horas en el tren y caminando sin querer queriendo hacia esa chica que aparentemente esperaba a alguien. Resulta que ese alguien era yo.

Me mira y se sonríe, no pude evitar devolverle el gesto al no sentirme aludido, pero era conmigo el asunto, incluso volteé buscando a otro posible receptor, pero nada, todo el mundo seguía con sus vidas, sus trabajos y sus prisas. Me sigue mirando como buscando indicios de que realmente le prestaba atención y comienza a acercarse. Tan perdido en su rostro estaba que no me dí cuenta del infame chaleco verde con letras blancas que llevaba orgullosa, ya era demasiado tarde, ya la tenía frente a mí, con la cabecita de lado, viéndome con las canicas azules que tenía por ojos y soltando un excesivamente efusivo: “¡Hola! ¿Cómo estás?, ¿Tienes cinco minutos para hablarte de Intermón Oxfam?”.

No me considero una persona amargada o nube negra, si me tengo que definir en pocas palabras usaría adjetivos como cínico, pragmático y realista, pero estoy seguro que hay gente por ahí que piensa que mi falta de efusividad y positivismo raya en el Asperger’s. En fin, dada mi condición proclive a la practicidad emocional la gente excesivamente feliz y efusiva me desconcierta, especialmente si es un desconocido en la calle y más aún si forma parte del grupo de solidarios de alguna ONG. Estos solidarios –como se hacen llamar– hacen voluntariado para Médicos sin Fronteras, Unicef, La Cruz Roja e Intermón Oxfam, entre otras, y se dedican a recorrer las calles más transitadas de ciudades europeas buscando colaboraciones para sus respectivas causas. Me parece muy loable su labor, no quiero poner en duda eso, pero sus técnicas de abordaje y persuasión me incomodan un poco. Te agarran desprevenido e inevitablemente apelan a hacerte sentir culpable por todo lo bien que tienes la vida para convencerte a colaborar monetariamente, al menos es así como me siento yo, razón por la cual recurro a esconderme tras mis gafas de sol, el Ipod y ocasionalmente alguna conversación fantasma por el móvil. Siempre será más fácil para mí evitar el acercamiento que decir que no.

Entonces imagínense la trifecta que me abordaba, una perfecta desconocida, mostrando su dentadura toda con una sonrisa y perteneciente a una de las antes mencionadas organizaciones. Fue mi culpa, dejé a un lado el protocolo que normalmente sigo, la modorra del viaje y la belleza de la cazadora no ayudaron para nada. Nervioso respondí que sí, tenía tiempo para que me contara sobre Intermón, y sin dilación comenzó la metralleta de estadísticas, de comparaciones entre lo mal que se vive en Chad, Tanzania y Mozambique y lo bien que se vive en Madrid, de todo lo que puede ayudar una colaboración mía para que Augusta en Burkina Faso no tenga que caminar 20 kilómetros por agua, que 12 euros al mes no son nada para mí, que eso es apenas seis cervezas en algún bar, pero para ellos es agua potable para 6 meses, ¡imagínate!. Todo esto sin esconder su espectacular sonrisa, sin dejar de atravesarme con sus ojos, jugando con su cabellera corta mientras movía su cabeza como un péndulo, hipnotizándome.

El sentimiento de culpa ya me empezaba a carcomer las entrañas, pensé en amigos que han dejado la comodidad de sus casas para ir a ayudar a niños en Haití o a trabajar en proyectos de superación femenina en Camboya, pensé en sus caras de desaprobación si no ayudaba, y aunque sé que precisamente ellos son los que menos me juzgarían por algo así igual los vi, al lado de esta chica que ahora ponía la cara del “gato con botas” de Shrek. Al mismo tiempo pensé en sacarle a la situación otro tipo de ganancia, como el número telefónico de esos ojos azules, quizás para convencerme de que el acercamiento no había sido sólo motivado por interés monetario, pero no pude, salí de la fábrica sin ese chip de malicia y picardía tropical. Sin darme cuenta ya estaba recitando mi número de cuenta bancaria, mi dirección, grupo sanguíneo, coeficiente intelectual y los poemas que me enseñaron en primaria. Estaba bajo el control absoluto y contundente de una mujer que al ver su faena exitosa me agradeció y salió de la plaza con mi rabo y dos orejas cortadas para su vanagloria ante colegas y amigos. Yo hasta el sol de hoy sigo pagando mensualmente 12 euros para que Augusta en Burkina Faso tenga agua potable. Todavía espero ver esos ojos en alguna calle de Madrid, con una historia como ésta seguramente me gano su número de teléfono sin mucho esfuerzo.

Paternidad Planificada.

La semana pasada fui padre por primera vez. La criatura pesó dos páginas y media, con interlineado 1,5 y letra Times New Roman. Además vino al mundo acompañada de 70 hermanos de otros padres y madres pero compartiendo el mismo vientre, la antología de relatos “Leyendo entre líneas” del Aula de Escritores de Barcelona. No soy fanático de la autopromoción, y los que me conocen saben que a veces me cuesta horrores venderme bien, pero ahora entiendo que ver mi nombre impreso en un libro de verdad representa una validación tremenda del viaje literario que emprendí hace casi tres años desde el exilio, y es razón más que suficiente para gritarlo a los cuatro vientos.

Una experiencia que me ha acercado un poco más a aquellos amigos que inundan su Facebook con millares de fotos de sus hijos –de carne y hueso–, documentando cada mueca, cada nuevo paso, cada vestimenta. Y como aquellos ya no tan nuevos padres hoy quisiera inmortalizar cada expresión, cada paso, si un libro pudiese gesticular o caminar. Lo bueno es que este niño nació hablando, no con voz propia, sino con la de cada nuevo lector que decida adornar su biblioteca con mi hijo y sus 70 hermanos.

Esto de la paternidad literaria me ha gustado tanto que ya ando en búsqueda del hijo nuevo, “para completar la primera parejita”, como le encanta decir a las tías y abuelas de nuevos padres, y llenar la casa con lo que espero sea una interminable camada de palabras mías.

Aquí está una fotografía del crío, con la única mueca que sabrá hacer por el resto de su existencia. Poco expresivo como el padre, pero no menos amado.

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Por lo pronto me dedicaré a arrullar al primogénito con “Father and Son” de Cat Stevens, canción obligatoria para cualquier debutante o veterano en materia paternal.

El arte del rechazo.

A nadie le gusta que le digan NO, así de simple. Nadie anda por la vida coleccionando negativas por placer o por deporte. Este monosílabo quizás sea el culpable de todos los males del hombre si nos queremos poner filosóficos al respecto, pero no es la idea.

La idea es mundana, desempleada. La idea es que estoy sin trabajo y por primera vez en mi existencia me estoy enfrentando al mítico Can Cerbero de la búsqueda laboral y sus ladridos negativos. Es una de esas cosas con las cuales todos los mortales tenemos que ver, a menos que tengas uno de esos apellidos que vienen forrados de billetes.

Buscar trabajo es un trabajo en sí mismo. Es buscar las ofertas de los puestos que realmente quieres para terminar conformándote por lo que hay, es hacer un curriculum digno de alabanza y darte cuenta luego de que en verdad no has hecho nada en la vida, es chequear tu guardarropa y prepararlo para el día decisivo de una entrevista que si llega igualmente no estarás vestido según las expectativas, es pasar meses esquivando la responsabilidad de un portafolio –esto es con los arquitectos/diseñadores/artistas– porque nunca estarás realmente seguro qué mostrar si tienes de sobra o qué inventar para llenarlo si tienes de menos. Es esto y más, cada oficio con una lista interminable de requisitos y expectativas, pero la idea tampoco es hablar de eso.

La idea es sobre el fatídico email del NO, no hay trabajo para ti, el email del “no te pongas medias que la foto es tipo carnet” como dice tan coloridamente un amigo en el título de su blog, es sobre esas líneas con las que te dicen tranquilamente que gracias por el esfuerzo pero no es suficiente. Y toda esta retahíla de ideas trasnochadas simplemente existe para darle paso a ese email, el email que realmente te quieren mandar y no pueden, por decencia, el email que con palabras políticamente correctas y de copy/paste dice –al menos para los arquitectos/diseñadores/artistas– exactamente lo siguiente.

Desempleado número tres mil:

Primero que nada felicitaciones por haber pasado tres horas de tu vida googleando empresas de diseño en esta ciudad. Sabemos que no tenemos buen posicionamiento web y que estamos, más o menos, en la treintava “O” de Google. Pero no importa, aunque nos llamamos “estudio” somos en realidad dos tíos y hemos hecho pocos trabajos, pero al menos cobramos a fin de mes, a diferencia de ti.

Hemos estudiado tu curriculum, después de bajarlo con serias reservas por temor a que sea un virus indetectable, y hemos llegado a la conclusión de que estás gravemente descalificado/sobrecalificado para trabajar con nosotros. Sin embargo hemos hurgado tu portafolio por simple curiosidad y aceptamos que tienes un par de cosas buenas, pero lo nuestro mola más.

Actualmente la situación está tan jodida que si difícilmente tenemos trabajo para nosotros mucho menos tenemos para subcontratarlo a freelancers, si al menos tenías esa esperanza. Hay un batallón de amigos diseñadores igualmente desesperados y desempleados que tú, que nos hacen la vida imposible constantemente al recordarnos de su miseria. Honestamente no queremos perder a los colegas de cañas y fiestas de finde, y además tener que pagarte a ti más de lo que podríamos a otro.

Todavía no estamos seguros si archivaremos tus datos para el futuro como te prometimos y a los 2999 desempleados antes que tú. No nos juzgues. Si guardásemos todo lo que nos llega nuestros discos duros serían sólo portafolios anónimos y cero trabajo.

Te deseamos suerte en tu búsqueda, realmente la vas a necesitar. Como pintan las cosas dentro de seis meses estaremos en el mismo plan que tú. Empieza a comprar la lotería de la Once, nosotros lo venimos haciendo desde enero.

Saludos.

P.D. No nos llames, nosotros tampoco te llamaremos.

Esto si es una elegía.

Hoy recibí la noticia. Estas cosas tienen la mala maña de llegar tarde cuando estás a un océano de distancia. La espera fue larga, como siempre lo es para aquellos que esperan, pero sé que estuviste rodeado hasta el último momento de voces y manos amadas, regalándote palabras de vida y caricias de esperanza, buscando que un día abrieras los ojos y todo quedase atrás como una anécdota, un mal sueño.

Escribo hoy sin realmente entender el vacío que dejas en tu familia, he visto sus caras en mejores tiempos, las que hoy tienen me las contaron e imagino su dolor, pero lamentablemente no estoy ahí para compartirlo. Estuve a tu lado y al de tus hermanos cuando en la tierra descansó tu padre, pero no estaré al lado de tus hijos cuando hoy te toca descansar a ti.

Esta humilde ofrenda existe pare decirle al que la lea que te recuerdo. Recuerdo tus caminatas calmadas en la plaza del Añil, buscando caras conocidas y conversaciones fáciles, con frente sudorosa y panza orgullosa, para olvidarte un rato del ejercicio obligado. Recuerdo tu sonrisa tatuada en cualquier excusa de reunión familiar, por encima de todo y de todos, siempre alumbrando los temas triviales o difíciles. Recuerdo tus palabras de orgullo por mis logros y los de mi hermano que apenas comenzamos esto de vivir. Recuerdo que no me dejabas darte la mano y de inmediato me abarcabas con tus brazos para estamparme un beso paternal en la mejilla y decir “Dios me lo bendiga no joda”. Recuerdo las palabras de amigos que te admiraban como profesor para yo poder decir con una sonrisa “él es mi primo”. Recuerdo que no nos vimos tanto como se espera de una familia, que por muchos años compartimos el mismo vecindario y nuestros encuentros eran el resultado de una compra apurada de pan o de buscar el periódico el domingo, que al irme a la capital mis días en casa eran cada vez más escasos y las reuniones de primos más aún. Recuerdo tu ejemplo fraternal, el siempre buen consejo, el modelo a seguir para tus hijos.

Ya no te aburro más con palabras que nunca oirás, por estas alturas te debes estar poniendo al día con mi tío Manuel, mi tía Alicia y Elías. Ya tendrás tiempo para los otros que también nos dejaron.

Te recuerdo primo Adolfo, que Dios te tenga en la gloria.

Del azar y otros demonios.

Siempre me he negado rotundamente a empezar un escrito con la frase “La vida está llena de…”, pero a veces no queda otra opción que asumir el cliché y decirlo a viva voz. El cliché es cliché porque funciona, porque todos lo entendemos. Diciendo esto al menos gano cinco líneas y no comienzo del todo con la muy esquivada oración.

La vida esta llena de carros, cosas y casas, de todo y nada, de gente penitente y renuente, de momentos obesos y adversos, y unas más que otras, de azar. No pretendo explayarme con un tratado sobre las coincidencias y como sus hilos de titiritero nos dibujan la existencia sin pedirnos permiso, pero si de cómo éste duendecillo cínico me hizo un visita que me volteó el cerebro.

Con noches insomnes como las mías se ha convertido en un arte buscar algo que hacer para huir de la rutina del trabajo, aunque sea por un momento, sólo el tiempo suficiente para olvidarlo todo y no llegar a odiar con toda mi alma lo que estoy haciendo. Unos lo llaman procrastinar (Del lat. Procrastinare: 1. Tr. Diferir, aplazar.) yo simplemente asumo el barranco de que tengo la capacidad de concentración de un niño en una tienda de juguetes en navidad y si no paro la obligación de cuando en vez no hay cafeína, nicotina o cualquier ina que valga para hacerme terminar lo pautado. Mal o bien siempre lo logro, a costa de la correcta sinapsis de mis neuronas y el horario del día siguiente, pero lo logro.

Si no me da por lavar platos a las tres de la mañana, reconectar con viejos amigos por facebook, tratar de componer una canción o ver una de las veinte series que veo semanalmente entonces recurro al azar, mejor dicho, a un botón en mi navegador de Internet que es el azar en pasta. Con sólo pulsarlo caigo en una página aleatoria, determinada por una serie de temas previamente escogidos, en mi caso son: diseño, literatura, cómics, arquitectura y humor.

Stumbleupon se llama el pequeño demonio y lo pulsé con temor a que me embarcara en un viaje de tres horas de risas fáciles y artículos blandos sobre edificios amistosos con el medio ambiente. Pero no, gracias a Al Gore que no. El escape que me tenía previsto fue un video de los tiempos de María Castaña con una entrevista a Julio Cortázar en la Televisión Española.

Sin dudar paré todo lo que hacía, cerré ventanas, programas, canciones y me instalé a oír –por primera vez en mi vida– a este señor cuyas palabras han moldeado mis sueños desde los doce.

Está sentado frente a mí, balanceando su peso en el reposabrazos izquierdo de la silla, con un traje de tweed marrón y un cuello tortuga crema –si la traducción cromática del blanco y negro no me engaña–, con la barba y bigote que conozco de tantas portadas. Su altura no pasa desapercibida y el tono de voz va de la mano con sus proporciones de titán. En la mesa que nos acompaña descansa su trago de whisky anónimo con poco hielo, yo con Red Label a falta de algo mejor. Ambos con cigarros en la mano izquierda, la derecha la usamos para gesticular y sostenernos la cabeza; sin darme cuenta ya estaba imitando su postura de entrevistado, treinta y cinco años después y en tiempo real.

Su discurso es calmado, constante, sin arabescos, como su prosa, con un acento que quiere decir argentino, pero que el exilio voluntario curtió de latinoamericano. García Márquez ha hablado de las erres arrastradas de Cortázar, las cuales asumí eran producto de su residencia eterna en París, pero me equivocaba, era como esos niñitos de los que nos burlamos en el patio del colegio retándolos a decir “erre con erre cigarro, erre con erre ferrocarril” sin trastabillarse. Sin duda su condición le ayudaba a pronunciar el francés perfectamente; conozco a más de uno que mataría por ello.

Política, estilo, rayuelas, jazz e historias eran el color de sus palabras, palabras que, confesó, escribe sin disciplina alguna, en eso nos parecemos últimamente, lo que no me enorgullece. Por dos horas me habló, dos horas que me dejaron mucho y se fueron muy rápido, dos horas que valen más que mil cursos y charlas sobre su obra, dos horas que hubiese perdido con algún video estúpido pero que por obra del azar hicieron que conociera a Cortázar.

De los otros demonios hablaré otro día…

En el metro.

Ella pasa sus mañanas cantando en el metro. La he visto arrastrando su carreta con un pequeño amplificador, micrófono y un vasito para guardar la voluntad de extraños generosos o con sentimientos de culpa fácilmente impresionables. No tiene más de veinticinco años y probablemente se llame Samira, no puede negar la sangre árabe de sus venas, su cabellera se confunde con el negro de los túneles que transitamos, la nariz orgullosa protege sus ojos almendrados y la iluminación clínica del vagón no le hace justicia a su tez morena.

Canta una canción que no conozco pero que he oído mil veces, una balada suave y predecible de amor y dolor, acompañada de una orquesta de teclado y en bucle continuo, como el trayecto de metro que abordó seguramente horas antes y dejará horas después. Su sonrisa es ensayada, sus ademanes y cerrar de ojos refuerzan la búsqueda de notas difíciles en el theremin invisible de su voz. El tímido espectáculo atrae las miradas y prejuicios de los que ven su lectura de Paulo Coelho o Marcel Proust interrumpida por una voz inesperada, del grupo de patineteros imberbes que se burla a mansalva de sus gestos, de la abuelita que no se termina de acostumbrar a éste tipo de eventos en el transporte público, de mí que hasta el momento no tenía nada sobre que escribir.

Quizás escogió para la faena la línea roja por ser la que más estaciones tiene, además atraviesa la ciudad de punta a punta, luego abordará el tren en sentido contrario en la última estación y volverá a donde comenzó. Mañana probará con la línea amarilla, la azul o la verde, donde el número de turistas incautos aumenta considerablemente, puede que busque suerte en algún pasillo de transbordo si tiene el permiso y las agallas de competir con los cuartetos de cuerdas, los cantautores, los combos de música latina o el guitarrista de flamenco que además vende su propio disco.

Una voz en catalán anuncia la siguiente estación y marca el final de su show, tiene un minuto para hacer su colecta y cambiar de vagón, su sonrisa sigue ensayada, pero ésta dice: “muchas gracias, que Dios –o Alá­– te bendiga y llene tus días de fortuna para que no tengas que estar como yo cantando en el metro para ganarte un duro”. Tal vez Samira sólo quiera entrenarse para un reality show de talento, para su propio número de variedades en un club nocturno o algún campeonato local de karaoke. Son muchas las preguntas que aparecen flotando en el vagón en los seis minutos que compartimos de viaje; ya habrá tiempo de responderlas, apenas la estoy conociendo.

A friend’s request.

La primera vez que le vi en el patio del colegio juré que era mi amigo Daniel que se había sometido a una cirugía plástica, porque yo a los cinco años asumía que alguien de mi edad podía hartarse de su rostro y cambiarlo a punta de bisturí. Era un niño inocente y con imaginación hiperactiva, no me juzguen.

«¡Daniel! ¿Qué te pasó en la cara?» le dije al niño nuevo que no se molestó en enmendar mi error de llamarlo con otro nombre. «Nada» agrega simplemente el otro. Nuestra joven y amateur capacidad de concentración se encargó de desviarnos del tema enseguida, y yo seguí jugando con el niño que para mí era Daniel, así sin más.

A la salida de ese primer día de clases no me había terminado de montar en el carro cuando ya gritaba: «¡Mamá! ¡Daniel se hizo una cirugía en la cara! La tiene como diferente…» Pues claro que era diferente, era otro ser humano. Mi madre me siguió el juego, como reza el manual de maternidad que nadie escribió pero que todas las mamás saben de memoria. Una semana de juegos de recreo después llegó el verdadero portador del nombre, el de la cara que yo recordaba. Uno al lado del otro me di cuenta que ni se parecían tanto, sólo lo suficiente para generar confusión en mi joven cerebro. El usurpador, que me había seguido la corriente hasta entonces, se presentó al fin como Isaac «pero mi mamá me dice Sami».

Con el tiempo nos hicimos inseparables. Tiempo que fue unos pocos años, pero que en la niñez parece un muy largo día. Ya en otro colegio, ya un poco más grandes. Me quedaba en su casa prácticamente todos los fines de semana ­–quedaba a dos cuadras de la mía–, construyendo castillos con sábanas y cajas que ocupaban toda su habitación, jugando cualquier cosa hasta bien entrada la noche, diciéndole tía a su mamá, comiendo dulces a diestra y siniestra, haciendo guerras de pistolas de agua en la terraza. Las normas de sus padres me parecían una versión light de las de los míos. Yo era el mayor de mi casa, él era el del medio en la suya, con él eran más relajados. Aquí era donde pasaba mis vacaciones.

Nos alcanzó la vida, y nos separó los caminos; por amigos nuevos, por decisiones administrativas del colegio, él tennis, yo fútbol a duras penas, él con un batallón de primos contemporáneos, los míos eran postizos y no tantos. Y la hormonas nos alcanzaron también, empezaron las fiestas a mansalva, el interés por las niñas que hasta no hace mucho eran un estorbo. La casa de Isaac se convirtió en el escenario por excelencia de nuestras fiestas colegiales, del debut en la pista con Proyecto Uno de los cuatro pelagatos que bailábamos a las veinte niñas con las que no hablábamos, de nuestros intentos fallidos de DJ, de mi primera borrachera, de miles de declaraciones de amor en la sombra nocturna de un mango, de mesas rotas y heridas en la frente, de peleas, de listas en la entrada, de primeros besos, de la paciencia infinita de la tía Corina hasta que se fuese el último niño.

Hay tantas historias como para llenar un blog con dedicación exclusiva a esas fiestas, pero ya quedará de parte de su anfitrión contarlas, éstas líneas no pretenden ser más que un regalo de cumpleaños atrasado, una historia que recordé al leer una lista de exigencias por el cuarto de cupón que se avecinaba, un homenaje escrito a la persona que considero mi primer gran amigo.

Un abrazo Salama.

From Lebanon with love.

Era una caja color marrón papel craft, cuidadosamente embalada con plástico transparente por manos que sabían de sobra la importancia de su contenido. Letras rojizas en alfabeto occidental adornaban el centro de la tapa, el resto eran árabes e ininteligibles para mi. Creo que la memoria no me falla, pero he idealizado tanto lo que había allí que el empaque pasó inevitablemente a un segundo plano.

«Me iba a quedar callada sobre los dulcitos pero has hablado tanto del tema que te voy a dar uno para que veas lo que es bueno. Mi abuela me los mandó del Libano». Treinta o más cilindros de pasta filo rellenos de nueces trituradas y almíbar, o en menos palabras baklava; todos ordenados, juntos pero no revueltos, pequeños, esperando una mano digna para cumplir su misión de brindar placer al paladar. «Agarra un… do… está bien, dos… me caíste bien… puedes agarrar dos. ¡Pero no más! Me tienen que durar bastante». Ni corto ni perezoso me apoderé del par de dulces, los engullí sin parsimonia, no creo en eso de comer lento para disfrutar el sabor, el sabor se disfruta comiendo, no esperando con angustia y perpetuando cada bocado para estirar la experiencia. Yo pensaba que había comido buenos dulces árabes, pero éstos dos me arruinaron la existencia…

Eran pequeñas granadas fragmentarias, cada mordisco liberaba miles de partículas dulces que se repartían triunfales por mi boca. Vi a Dios bañado en almíbar y vestido de una túnica crujiente. No exagero. Mi fascinación por el dulce es pecaminosa, y en ese momento me merecía los siete círculos del infierno por querer salir corriendo con la caja que ella guardaba tan celosamente.

Recordé los domingos familiares, la política cuasi religiosa de comer afuera y viviendo en una ciudad con serias limitaciones gastronómicas la comida árabe era siempre una buena opción. De pequeño la comida me daba igual, era y sigo siendo un maniático con ciertas cosas, pero un día, por recomendación de los dueños de la taguarita que frecuentábamos ­–realmente el aspecto del restaurante no era lo mejor­– pedimos un surtido de dulces. Por supuesto me encantaron, por supuesto quise más, por supuesto mi padre me dijo ya comiste suficiente, por supuesto me comí el de mi hermano que no es fanático del dulce, por supuesto compartí el botín con mi madre que siempre ha sido mi cómplice en asuntos del azúcar. En mis tiernos años de simpleza emocional mi experiencia de comer árabe se limitaba a la expectación del postre. Cambiamos de restaurante varias veces, unos cerraron, otros desmejoraban su servicio, pero lo mío era catar los dulces, y mientras más dulces fuesen mejor.­

«Saul, hoy no pude dejarte cena. Aquí tienes 10£ para que compres comida en Green Valley, 37 Upper Berkeley St, justo detrás de la casa». Fue una nota, traducida aquí, que dejaba mi anfitriona y casera durante mis meses en Londres. Una señora trinitaria, alegre y conversadora que me mimó desde el primer día con buena comida, y cuando no podía cocinar usaba éste método para no dejarme morir. Siempre pensaba en las malas experiencias culinarias de mi hermano con su casera inglesa en Bournemouth cuando meses antes hizo lo mismo que yo, y agradecí que la mía tuviese sabor tropical en la sangre y en la cocina. Volviendo al tema en cuestión salí corriendo al mercado señalado en la nota, y descubrí un mostrador inmenso con montañas del dulce que tenía años sin disfrutar. Me gasté la mitad del dinero en ellos, con distintas formas y tamaños, con mas o menos pistachos, con mas o menos almíbar, pero todos con más sabor que cualquiera que hubieses probado antes. No tardé en hacer esa visita costumbre, después de todo pasaba todos los santos días por ahí.

Ahora que pienso en la caja de dulces me la imagino de caoba curada, tersa, amplia y dadivosa, con bajo relieves y arabescos dorados, su contenido descansando en una eterna cama de sedas blancas, separados cada uno con joyas que palidecen ante el fulgor dulce, protegida con una llave que sólo yo tengo.

Sé que pronto la veré de nuevo, prometí clases de guitarra y Autocad a cambio de otra oportunidad con ella.

El Rito

He vuelto a mi santuario después de meses de dar tumbos por sofás y colchones prestados como un judío errante. ¡Pero esta oferta viene por tiempo limitado!, ¡si llama ahora se dará cuenta que sigue sin casa, con una tesis apenas empezada –otra vez– y más diligencias pendientes que el cipote!, a pesar de todo esto mi futuro está mejor perfilado, ya puedo señalar en Google Maps la ciudad que me va a dar casa por los próximos meses.

“¡De Valencia pa’ Barcelona! Aunque mal pague…” podría escribir con Griffin blanco en el parabrisas posterior de mi carro, si lo tuviese aquí, y que ya no es mío, lo heredé en vida a mi hermano, aunque tampoco lo pagué yo, pero me estoy desviando mucho del tema que debería presentar aquí, hoy.

Lo de santuario se refería a un pequeño café del que soy asiduo, el UBIK Café. Existe camuflado entre las fachadas residenciales del viejo barrio valenciano de Ruzafa o Russafa –si te sientes old school–, que fue alguna vez un pueblito autónomo que en menos de cincuenta años se vio absorbido y asimilado por una ciudad que aunque con historia desde tiempos de Roma todavía es joven, así tenga su propio circuito de Formula 1.

Su descubrimiento vino por recomendación de un amigo de la zona, cuando la naciente confianza en nuestras conversaciones le informó que me gustaba escribir y que por lo tanto entre libros me la paso de lo lindo. Es un bar/café/librería, de ambiente bohemio y familiar, música en vivo, ocasionalmente, y atendido por sus propios dueños. Aquí pasaba al menos tres tardes a la semana, todas las semanas desde que lo conocí. Digo “pasaba” porque es hoy que vuelvo después de un mes en el que estuvo cerrado por vacaciones, y yo de trotamundos. Digo “aquí” porque estas palabras están siendo escritas en éste lugar, a mano, con un porta minas Paper-Mate 0.7 sobre una libreta Moleskine de formato mediano, cuero negro y liguita, para luego ser transcritas en Word, con tipografía Helvetica número 12, justificada y a doble espacio.

Ya los meseros me conocen, ya no se extrañan por verme solo y escribiendo jorobado sobre el mobiliario ecléctico que equipa al lugar para el intercambio social, ya he probado todas las sillas y mesas. Aquí estoy siempre rodeado de libros; muchos nuevos, muchos viejos, unos con más historia personal que la que cuentan, otros esperando ansiosos hacerse una propia, ordenados por tema, precio y cantidad de manos por las que han pasado. Hoy retomo la costumbre.

Aprendí en un curso de literatura que a veces para escribir hay que crearse, aparte del hábito, un rito. Por ensayo, error y paciencia le fui dando forma al mío; empezó en éste lugar. Quizás por tenerlo cerca de la oficina en la que ocasionalmente trabajaba ad honoren, quizás por salir de trabajar y no querer volver a la casa para caer en la rutina invariable de la entrega o el examen pendiente, definitivamente porque me gustaba el sitio y no me incomodaba estar sólo con una cerveza observando a la gente, o mientras esperaba a algún amigo o amiga con tiempo libre para conversar. Fue cuestión de poco tiempo darme cuenta que aprovechar el tiempo escribiendo no me vendría del todo mal.

El rito consta de una taza de café, preferiblemente un marrón fuerte, cigarros suficientes, con 4 ó 5 basta, el papel y lápiz anteriormente descritos, el Ipod con carga para tres horas continuas como mínimo –ahora que está moribundo me tengo que sentar sobre él para que suenen los dos auriculares, no me pregunten porqué, pero funciona–, un playlist de Death Metal Técnico y/o Progresivo, Deathcore o simplemente Metal Progresivo; necesito música complicada, muy rápida, disonante y agresiva para concentrarme, así logro crear patrones de trabajo mecánico y rítmico, pareciera la descripción de uso de alguna máquina en una línea de producción industrial, pero me ayuda a llegar a mi confort zone. Se preguntarán algunos algo y la respuesta es sí, el último post lo escribí oyendo esa música, y no, no afecta el tema ni el lirismo el hecho de oír gritos guturales y guitarras como metralletas.

La última parte del rito involucra todas las birras que sean necesarias durante el tiempo de permanencia y escritura, si el local de turno no sirve alcohol cambio la birra por otro café, sin embargo el tiempo efectivo se verá disminuido considerablemente. El rito me obliga a sentarme, pensar y soltar la mano, no me da ideas, esas las busco caminando en la calle, además es de fácil adaptación a cualquier espacio físico, salvo mi casa, allí sólo puedo transcribir, revisar, arreglar y completar, casi nunca empezar desde cero.

Todos los grandes tenían y tienen sus métodos y mañas, yo me inventé las mías, será un cliché después de todo, pero algo es cliché porque funciona.

Sólo me queda aprovechar éstas cuatro paredes por el mes escaso que me espera antes del éxodo definitivo a nuevas tierras. Me acabo de terminar la tercera y última birra literaria de hoy.

Salud…

Veinte días después.

Estoy en una ciudad que con cada paso te regala muchas historias para contar pero se le olvida darte el tiempo para escribirlas. Hastío por exceso, no por defecto. Abruman los caudales de gente, los menús en cuatro idiomas, las estatuas vivientes, los músicos de calle, los vendedores ambulantes, los tatuajes, los mapas desplegados en las aceras como velas buscando la dirección correcta.

Llevo veinte días donde he tenido que hacer un esfuerzo para no naufragar en el facilismo del “lo dejo para mañana, hoy mejor salgo y vivo”. Me refugio ahora en un local escondido, apropiadamente llamado “La Clandestina”, para huir del ruido y obligarme, con un par de cafés y cigarrillos, a escribir.

He tenido la suerte de haber estado antes en ciudades así, donde pasa todo, todo el tiempo, como Londres, Nueva York, París o Roma; esconderse en ellas me parecía más fácil, perderse del rebaño turístico se lograba con evitar ciertas calles, pero Barcelona te engulle y asimila sin miramientos, sin piedad. Siempre hay algo que hacer, una película por ver, un trago que tomar, comida por probar, un concierto/performance/gig/recital que ver, sin repetir, sin aburrirte del mismo sitio, así caigas eventualmente en la rutina inevitable del vivir, basta con cambiar de calle para tener una ciudad nueva, gente no faltará, el calorcito veraniego propicia su generación espontánea, moscas que pululan sobre una tierra con comida de sobra, y crean a su vez otras moscas, otras moscas, otras moscas.

Tengo amigos y conocidos aquí, pero mi única compañía constante es la música; la que hila mis encuentros, comidas y trámites consulares. Tantas canciones he oído por estos lares; unas marcan el ritmo de slalom que llevo esquivando cuerpos al caminar, otras me cambian la cara con recuerdos y olores, algunas quedan impregnadas con nuevos momentos, para ser recordados en otro tiempo, en otra ciudad.

Hablar de canciones me lleva a mi primer viaje a Barcelona, hace casi dos años. Venía primerizo a dar un paseo de pornografía edilicia (lean bien), aquí casi todos los nombres del Star System arquitectónico pasado y presente han hecho o van a hacer algo. Al llegar a la estación de tren mi Ipod decide aclimatarme musicalmente con Joan Manuel Serrat. Quizás porque mi niñez sigue jugando en tu playa y escondido tras las cañas duerme mi primer amor, llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya, reza la primera estrofa de “Mediterráneo”, no es una estricta exaltación a ésta ciudad, pero al oirla salgo a caminar de la mano de un catalán que me muestra orgulloso con sus notas lo que es vivir a orillas del mar.

Me bauticé con Gaudí en la Sagrada Familia, comulgué como hijo de la modernidad con Mies Van der Rohe en el Pabellón de Barcelona y me confirmé como ciudadano contemporáneo con Miralles y Tagliabue en el Mercat de Santa Caterina. Era y sigue siendo imposible no envolver en un manto litúrgico el vivir y tocar la arquitectura que pasé toda mi carrera estudiando, admirando; a pesar de que mis engranajes ya no se mueven tanto por el afán de crear espacios, más bien por vivirlos, pero es difícil negar el oficio.

Vuelvo a la clandestinidad, donde mato éste writer’s block inducido por exceso de actividad a punta de cafeína y nicotina, mientras espero una llamada que no llega y me debato con el seguir agregando anécdotas a mi vida o retirarme derrotado a la casa donde soy un refugiado político hasta hoy, ya mañana se me acaba la guachafita, ya mañana vuelvo a la ciudad donde me esperan las cuatro cajas que guardan mis pertenencias, y donde sigo de okupa, pero con otro código postal, por los momentos…