Yo, El Otro

Estaba por llegar a mi casa y a escasos metros de la puerta principal me vi salir. Confundido decidí seguirme. Aparentemente estaba apurado, ¿qué o quién me espera? Es tarde ya, soy nuevo en la ciudad, las cuatro personas que conozco están de vacaciones; las opciones son limitadas. Llevo un paso decidido, no sabía que caminara así, sin mover los brazos, adormilados. Es como verse grabado en video, pero mucho más desconcertante, estoy allí, aquí, ¿estoy?
Paso frente al único sitio que vende comida a esta hora, sin dudar sigo de largo, no fue hambre lo que me sacó de mi casa. Llevo audífonos por lo que sé me espera una larga caminata, gesticulo en silencio y muevo la cabeza casi imperceptiblemente al ritmo de la música que oigo; que debo estar oyendo.

Sigo, seguimos caminando, llevo un buen rato en esto, mal momento para no llevar reloj, el tiempo se me escapa con las razones de mi viaje, ¿tan poco me conozco? Al menos esta locura de seguirme ha servido para conocer mis hábitos peatonales, camino sin ver a los lados –lo que me ha mantenido a salvo de verme, si es posible¬– cruzo calles sin cuidado, paso siempre constante, cabeza gacha; ando sin rumbo. El descuidado trayecto me delata, voy al centro, la ciudad es pequeña, se acaba pronto, no hay muchos lugares que queden por transitar. Sigo siguiéndome sigiloso, animal al acecho. Dudo de la realidad de la situación, de mi y de mi, del otro, de nosotros. Esto no es un sueño, surrealista si, pero no producto de mi inconciencia, debo meter el dedo en la llaga, incrédulo. Son las 12:15 AM, me responde una chica al pasar a mi lado, más adelante yo, el otro, tropieza a un señor en su descuido, soy, somos de carne y hueso, más carne que huesos.

Baja la velocidad, me imito, no quiero quedar en evidencia al alcanzarme. El apuro era momentáneo, una excusa para caminar lejos. Llegamos al río, él se desvía distraído siguiendo el cauce de la herida sangrante que parte a la ciudad en dos, yo me sigo, concentrado, pero ni él ni yo escapamos al trance inducido por la luces ondulantes reflejadas en el agua inquieta. Busca algo, intrigado sigo detrás de una sombra, me agito buscando en los adoquines, en las piedras dormidas de la calzada, los intersticios, ofuscado se quita los audífonos, la música no me deja pensar. Decido alejarme, podría verme, ya no estoy protegido por la sordera voluntaria. Sigo sin saber qué busco, él sin encontrarlo, nos detenemos a mitad del puente, mi lugar favorito de esta nueva vieja ciudad, he pasado aquí horas de muchos días observando a turistas y nativos, tratando de reconocer un rostro para repartir mi soledad. Quizás busco escapar de las cuatro paredes de mi casa, perdido en el humo del cigarro que compartimos sin vernos, pero mi atención, su atención, sigue en los morteros del puente, en las hojas tímidas que nacen entre el asfalto.

Perdí algo minúsculo, algo invisible, no sé que es, sólo él sabe, pero no aguanto más, mi vida podría depender de ello, estoy harto de este juego existencialista del gato y el ratón, tengo que intervenir por mi bien y el suyo, nuestro bien.

Me poso ante mí en silencio; causo y afecto, subo la mirada y yo, el otro, digo: “Te encontré…”

Pasando Factura

Todos los días salgo con mi Ipod, una libreta Moleskine y un bolígrafo de tinta china negra, siempre dispuestos a recibir mis palabras, donde quiera que decidan aparecer. Hoy salí de casa con un itinerario específico y con compañía, por lo que prescindí de los antes mencionados objetos; mi acompañante desertó, le espera una tarde de maletas por su regreso a la patria, mi misión también cambió, no contaba con los nuevos horarios de verano de la tiendas –¿quién quiere trabajar con este calor infernal?– por lo que me encuentro en un café, solo, con tiempo por matar y sin nada para hacerlo.

Pido un cortado –marrón fuerte para los venezolanos– , en silencio mi cabeza se pasea por las miles de cosas que tengo pendientes, tan sólo necesito una hora para que abran la tienda, pero sesenta minutos de silencio es mucho para mí. Se acerca el camarero y apenado por la extraña petición que voy a hacer digo: “¿No tendrás un boli y un papel en blanco que me regales?” Vuelve con una factura sin usar de 5 x 8 cms, al ver mi cara de decepción por la escasez de espacio decide traerme una de 5 x 30 cms, por supuesto asumió que necesitaba anotar algo, no que pretendía escribir una novela.

El café es ahora una cerveza fría, la factura se llena poco a poco de palabras, un niño aprende a usar un trompo mientras recibe de su padre consejos y técnicas desde un banco, unos turistas ingleses hablan de sus viajes anuales a Valencia y sus playas, agradeciendo el sol tan ausente en sus vidas, dos viejecitos se quejan de nuevos dolores, de las ingratitudes de la edad, del calor –como todos nosotros–, un graffiti adorna una iglesia advirtiendo sobre los peligros del amor, los perros se pasean con sus dueños protegidos por los árboles que cubren la acera.

Ha pasado media hora, puedo seguir hablando de la gente que pasa, de sus vestimentas, de sus conversaciones; puedo inventar historias de sus días y motivos, calistenia literaria, puedo fumarme el tiempo poco a poco, calada a calada, pero quiero escribir, de lo que sea. Me he dado cuenta, en el poco tiempo de hacer “esto de escribir” que no importa lo que cuentes, sino como lo cuentas; las mejores historias que han pasado por mí han sido sobre objetos inanimados, aparentemente aburridos y anónimos, “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj” de Cortázar y “La silla” de Saramago, y sin embargo transmiten incluso más fuerza y sentimiento que personajes tan complejos e irremediablemente humanos como Raskolnikov o Dorian Grey. No estoy menospreciando la maestría que se requiere para hilar y escribir una buena novela, ni el sentimiento que me produce leerlas, al contrario, las necesito, me producen adoración, quiero escribir una antes de llegar a los 30, no puedo conciliar el sueño sin perderme en una antes de apagar la luz, sólo quiero decirle a las 8 personas que leen mis esporádicos posts que cada día que pasa me doy más cuenta que quiero escribir, sobre servilletas, sobre la tragedia de vivir, sobre los lentes de un amigo, sobre el amor de un barco ruso por una mujer, sobre la nube que pasa y parece un anciano, escribir sobre escribir sobre escribir.

Ya me toca callarme, literalmente se me acabó el papel; no quiero pedir otra factura.

Atrapado…

Estoy atrapado en Alexanderplatz, salgo de la oscura estación de metro dispuesto a patear calle y unas necias gotas de agua me cierran el paso, el pronóstico del tiempo me vendió gato por liebre, ni los zapatos que cargo son apropiados para la gracia de caminar bajo la lluvia. Derrotado, con hambre trasnochada; decido huir por la derecha y buscar comida. Los nombres de siempre inundan los pasillos, una mescolanza de olores me asalta mientras decido qué comer, reconozco palabras sumergidas en un idioma del que no entiendo un carajo, y mi arsenal idiomático, más bien pobre, me desarma ante el cajero de turno. “Ein döner kebab, bitte” digo entre dientes señalando una foto del menú, rezándole a cualquiera que sea el santo patrón de los viajeros –porque hay santos para todo– que me ayude en ésta. “Danke”, me dieron comida pero no lo que yo creí pedir, al parecer tenía que especificar el tipo de pan, pero no me quejo, no lo hago en mi lengua materna, mucho menos en una que no hablo.

Comiendo parado me divierto de lo lindo protegiendo un camastrón de cámara prestada, el bolso con mi existencia documental y monetaria, el kebab que se desarma en mis manos. Deja de llover, por el momento, me toca retomar lo que en principio había salido a hacer; caminar, caminar y si quedaba tiempo caminar un poco más, acompañado por las 3.562 canciones del Ipod y el shuffle con personalidad que me sorprende con sus ocurrencias en cada canción que decide escoger durante nuestros viajes; pero eso es materia de un próximo post.

El descanso del cielo llorón no dura mucho, me obliga a buscar otro refugio ahora que estoy fuera de la estación. La nueva espera se presenta larga, decido fumarme el tiempo viendo al aguacero de cerca, somos al menos seis personas en las mismas, unos entre libros, otros con algún café frío o una Bratwurst del tamaño de un brazo de niño. Uno de ellos decide acercarse a mi, activando inmediatamente mi alarma de desconfianza criolla, maldita sea, no me acostumbro a que de este lado del charco es muy improbable un asalto a mano armada, pero no confío igual, muchas malas experiencias, definitivamente hay algo en mi cara que le inspira confianza a los desconocidos para acercarse a pedirme cigarros, direcciones, dinero y hasta recomendaciones sobre los lugares de moda, siempre en otro idioma, e invariablemente siempre recibo esa invasión con aprensión, pero respondo de todas maneras.

Es un señor, cincuentón largo, vestido de negro y boina, con cejas sospechosamente delineadas y muñecas quebradas. Entabla una conversación unidireccional en alemán, al ver mi cara de «no te entiendo nada» pregunta, “sprechen ze Deutsche?”, “nein”, “do you speak english?”, “a little bit” digo con el acento más sudaca que puedo, no propicié el intercambio de palabras, mucho menos voy a alentarlo. Me pide si puedo ayudarlo a usar una cámara que le prestaron para su viaje; de inmediato pienso ¿por qué diablos este señor cree que tengo cualidades de soporte técnico fotográfico? Por supuesto, la súper cámara prestada alrededor de mi cuello que le grita a todo Berlín que soy un fotógrafo profesional o al menos tengo los conocimientos suficientes para manejar una. Le explico con paciencia y salivita al señor como prenderla, tomar las fotos, verlas y borrar las no deseadas. Su manera de hablar confirma mis sospechas sobre el porqué de sus cejas, no hay problema alguno, con tal que no se antoje de mi. Ya termina la clase y el señor no se para del puesto en que se instaló a mi lado, ahora empieza a interrogarme sobre mi nacionalidad y naturaleza de mi estadía en la ciudad, le respondo con diplomacia y mentiras, como ya dije, no quiero alentar la conversación a más de lo estrictamente necesario. El señor ya satisfecho y ansioso por usar su cámara, también prestada, se despide con un “goodbye my friend, thank you for your assistance”, “you are güelcom” debía mantener la consistencia de mi actuación hasta el final.

El agua se detiene de nuevo, por enésima vez en lo que va de día, ya liberado de mis labores pedagógicas retomo mi camino, la lista de edificios por ver y fotografiar es larga, ésta vez le pido a San Isidro Labrador que siga en lo suyo, de ése si me sé el nombre al menos. Enfilo hacia la puerta de Brandeburgo para empezar de una vez por todas cuando una señora con cara de estar más perdida que el hijo de Lindbergh me detiene con una sonrisa tímida y dice “excuse-moi, Parlez-vous français?” , miro al cielo pensando “Joder, you gotta to be kidding me” mientras una gotas de agua nueva deciden adornarme la cara por tercera vez en el día.

Musical Voyage part I

He decidido cambiar de formato esta vez, sigue la misma voz, quizás menos dramática, pero la misma voz. No he dejado de lado lo que he venido haciendo, ni lo voy a hacer; sólo quiero darle oportunidad a alguna de mis neuronas que tiene algo que decir, una que no se preocupa tanto por el ritmo de las palabras y comas, el desenlace de eventos y escoger el adjetivo perfecto.Comienzo por lo que mejor conozco, por lo que más respeto, de lo que más hablo, la música; con miras a que aquellos que lean esto y me conozcan entiendan porque oigo lo que oigo, y los que no que al menos se entretengan conociendo la travesía musical de una persona que necesita contársela al mundo.

Desde que tengo uso de razón ha sido la música lo más importante en mi vida, y aquí mas de uno dirá: “¿y dónde queda Dios, la familia, el amor, tu carrera, –inserte la convención social de su preferencia aquí–, etc?” Vale, es verdad, son muy importantes, definitivamente más que la música, aunque para efectos de esto que hoy escribo digamos que mi universo gira entorno a la música y todas esas cosas importantes que pueden mencionar las defino y entiendo por, para y a través de la misma, y si leen toda la retahíla de ideas que vienen a continuación entenderán, o mejor dicho me entenderán quizás un poco más.

De niño mis muslos y balones de fútbol fueron mis primeros tambores, mis dedos y lápices mis primeras baquetas, mi voz una flauta improvisada mientras mis manos se entrenaban en el proverbial arte del air guitar. Mis tardes de ocio las ocupaba explorando la biblioteca musical de mi padre, revisando cada vinilo, cada cassette. Ya tenía años escuchando en contra de mi voluntad, en los viajes largos en carro o los domingos por la mañana, la trova de Silvio y Pablo, los boleros de Manzanero, la Bossa Nova de Jobím y Gilberto, las interpretaciones del folklore venezolano de El Cuarteto, y el Jazz de Ella Fitzgerald, con el tiempo los llegué a apreciar y amar como artistas y a sus respectivos géneros en igual medida que todo lo que oigo, pero a los ocho años de vida hice mi misión, entre G.I. Joes y Legos, encontrar mi música, el soundtrack de mi vida.

Simon and Garfunkel, ABBA, lo mejor de Motown con el Soul y R&B de Aretha Franklin, Diana Ross, Michael Jackson, Stevie Wonder y Marvin Gaye entre otros, Tracy Chapman, REO Speedwagon y una recopilación de Rock and Roll de los años 50, con Fats Domino, Little Richard, Chuck Berry, Bo Didley, etc, fueron los primeros discos que oía una y otra vez, una mescolanza de géneros y épocas unidas sólo por compartir el espacio del cajón de 30 x 40 x 60 cms bajo el tocadiscos de la casa; me los aprendí hasta con sus saltos de aguja ¬–algunos tenían rayones, producto inevitable de mudanzas y mi negligencia infantil–¬, los grababa en cassette para no tener que oír la radio en el carro, las tarareaba cuando no las oía, montaba conciertos en la sala, mis compañeros de clases se burlaban de mi y me bautizaron como anciano por mi particularmente excéntrico gusto musical.

Luego vino el CD y con él las Remasterizaciones –cosa que no entendí hasta años después–, los artistas nuevos y la avidez de mi padre por modernizar y actualizar su colección, aunque más de una vez sucumbió a la ganga de vinilos en remate. Al cabo de dos años había incorporado a mi repertorio a Rubén Blades con “Caminando”, “Mi Tierra” de Gloria Estefan, Chopin y Vivaldi, Santana con su “Live at South America”, “Dangerous” de Michael Jackson y algunos otros que ya no me quitan el sueño. Ya empezaba MTV a hacer estragos en mi cerebro con un bombardeo constante de música –cuando le hacia honor a su nombre– y no me escapé del Grunge, el Rock Alternativo, las Boy Bands y los miles de One Hit Wonders de los años 90, cualquier melodía o hook que me gustara se tatuaba en mi cerebro, fuese el género que fuese. Nunca compre discos, mejor dicho, mi padre no estaba muy de acuerdo en comprarle discos a un niño que cambiaba de parecer con la facilidad con que alguien se cambia las medias, “eso te va a dejar de gustar en menos de un mes y vas a olvidarte de la vaina, no gastes plata en cosas que no valen la pena” me dijo una vez en Archivo Musical, una tienda con un catálogo espectacular de música en el Boulevard de Sabana Grande, cuando me antojé del CD “Now 1”, un recopilatorio oportunista con los éxitos anglosajones del momento. “Llévate éste mejor” dijo mientras me entregaba los “Greatest Hits I” de Queen, mucha mejor opción, esa elección espontánea determinó en gran parte el camino que tomé al escoger mi música.

Llegó un día en quinto grado de primaria cuando me había convencido que necesitaba el disco “Dookie” de Green Day para ser feliz, el video de la canción “Basket Case”, con sus colores sobresaturados y los movimientos espásticos de Billie Joe mientras cantaba unas letras que no entendía y no me interesaba entender, fue una granada subliminal, quería el disco, no me importaba cómo, pero lo quería, necesitaba el poder de oírlo a voluntad y no depender de los caprichos de MTV. Creo que hablaba tanto del asunto que mi mamá me sorprendió un día al llegar a casa con la versión pirata del susodicho disco en cassette, se había tomado la molestia de pedírselo a un chico que se ganaba un dinero fácil vendiéndolos cerca de mi casa. Por supuesto pataleé porque no era original, pero no importaba, era parte de la pantomima de ser niño, tenía que protestar, igualito salí corriendo a ponerlo a todo volumen en la sala, tenía 11 años, ya era feliz.

Lo interesante del cassette, además de las canciones de Green Day que enseguida amé, fue una de las canciones extras de las cuatro que Toto –el dueño de Toto Music y autor de la obra pirata, los valencianos saben de quién hablo¬– agregó para completar los sesenta minutos de música, una versión en vivo de la canción “Delivering The Goods” de Judas Priest, tocada por Skid Row con la participación de Rob Halford. Por las llagas de Cristo que me tomó 14 años conocer la versión exacta que había oído ese día, gracias a la magia del Internet y a la paciencia de un investigador en búsqueda de nuevas especies animales en los lugares de siempre. La razón por la que esa persona escogió esa canción para completar un cassette para un niño me elude completamente, pero por lo más sagrado que fue la mejor.

Mi primera reacción al oír la canción fue: ¡Whoa! ¿Qué es esto? Guitarras über distorsionadas con sus respectivos solos vertiginosos, tiempos rápidos, voces poderosas, una batería tocada por un pulpo, todo lo que oía era nuevo, diferente y dramáticamente más interesante que los cuatro acordes de Green Day para mi mente fácilmente impresionable. Pero pasaría más de un año hasta que oyera música parecida, sin el regalo divino que es Internet, atado a los caprichos poperos de MTV y las tres emisoras decentes de Valencia; debía esperar.

Sexto grado, 12 años, 1996. Mi mejor amigo de turno llegaba de su viaje anual a USA con un disco que me volteó el mundo, “Youthanasia” de Megadeth. Esto era una versión en esteroides de aquella sorpresa de un año atrás; todo era masivo, las guitarras, los ritmos, las letras, hasta las gráficas, todo el disco tenía una atmósfera obscura que por una extraña razón me impresionó, no sé si fue la edad y tenía la idea latente, pre-adolecente, de sacarle la piedra a mis padres oyendo algo que sabía no les iba a gustar, o me hacía sentir una especie de superioridad sobre mis compañeros que todavía flipaban con cualquier hit radial, que debo admitir seguía oyendo y disfrutando como cualquiera. La canción detonante fue “The Killing Road”, una de esas rolas, como dicen los mexicanos, que te gusta instantáneamente, sin miramientos, sin dudas, la que me hizo querer tocar guitarra, la que me hizo imaginarme ante 10.000 personas en el estadio de Wembley todos los días al llegar del colegio durante el mes que mi amigo me prestó el CD, la canción que literalmente me cambió la vida.

Corto aquí para no hacer eterno el asunto, continuaré esta historia otro día, aunque todos los días sume nueva música a mi vida…

Desde mi ventana.

Pájaros indecisos buscando la mejor rama, luces hirvientes, encendidas desde anoche, la luna rezagada y a mitad de camino entre las sábanas azules del cielo.

El guardarropa entero de un joven, colgado y luchando por su vida sobre el vacío; la primera sombra proyectada, la luz roja del buenos días, la pareja de ancianos que desayuna rodeada de flores.

El tranvía puntual que todavía advierte a transeúntes adormilados, el toldo desgarrado que suplica enmienda, la bombona de butano todavía huérfana.

El borracho que se le olvida que ya es de día y discute con el asfalto intransigente, el coche silencioso, el coche ruidoso, el coche averiado.

Los bancos vacíos que extrañan las conversaciones de fútbol, antenas de TV que bailan al ritmo que impone la brisa, la botella a medio beber olvidada por Sofía antes de ir a la fiesta.

Persianas que suben, persianas que bajan, persianas que se quedan persianas. El viaje que empieza o termina mientras escribo esto, la naranja que cae ya madura.

La vecina que me mira intrigada, una familia de gatos en un techo inclinado, el buzón de correos que nunca había visto.

La primera parada del bus, la primera pasajera del bus; contenedores de basura sin basura, el conductor que amparado por la hora se traga la flecha.

Semáforos coordinados y la luna todavía ahí, negada a dormir, como yo, que mi día termina cuando el de los otros comienza. Veo vidas, veo mundos, desde mi ventana.

El cartero no necesariamente llama dos veces.

Que raro… Podría Jurar que el musiú éste me espera en la ventana todos los días. Tiene como cuatro días que no aparece. No me deja ni llegar a la puerta cuando ya está ahí, en bata y pantuflas, con cara de míreme y no me toque, la mano así, extendía. ¡Que me parta un rayo si el viejo loco ése ha murmurado manquesea las gracias en los cinco años que tengo trayéndole el correo! Habráse visto…Mi madre, Dios la tenga en la gloria, me enseñó desde carricito los buenos modales con el bendito manual de Carreño. Por lo visto el franchute pendenciero ni siquiera sabe que existen las buenas maneras, mucho menos un libro que las tiene escritas.

Lo peor del asunto es que siempre le llegan vainas inútiles, y hoy que le traigo una carta manuscrita, bonitica por cierto, el gran carajo no está. De repente se hartó de este desastre de país y cruzó el charco. ¡Pues que se joda! Suerte consiguiéndola en la basura que ya debe tener amontoná detrás de la puerta.

A ver, a ver, ¿quién me toca ahora? Álvarez, casa 36. ¿No vivían los Rodríguez ahí? Uhm… Éste es nuevo entonces, un carajito seguro, revistas ‘e carros, motos y dibujitos, si, chamo definitivamente. Recibos y cuentas, nadien se salva de esa. ¿Pa’ donde se habrán ido los Rodríguez? Se fueron y se llevaron hasta el buzón.

–¿Sí?
–¡Cartero!
–Buenos días, ¿cómo me le va?
–Buenas, buenas. Aquí, en la lucha por la locha, ahora que existe otra vez.
–Vamos a ver cuanto dura eso. Muchas gracias señor…
–Plinio Cáceres para servirle, con mucho gusto.
–Mucho gusto señor Cáceres, gracias de nuevo.
–De nada, de nada, bienvenido a la urbanización. Ta lueguito.
–Hasta luego…

Me salió simpático el muchacho. No tiene cara de por aquí, vamos a ver cuanto le dura la felicidad.

Casa 39, el rocolero Perdomo. Una cuadra llanera y ya se escucha el escándalo. ¿Éste poco ‘e vecinos sifrinos no se quejan? Si yo muero primero es tu promesa, sobre mi cadáver dejar caer, todo el llanto que brota de tu tristeza, y que todos se enteren, fui tu querer. Vergación, Julio Jaramillo. Debe andar despechao o engatusando a una mujer, no está fácil oír esto con éste volumen a las 11 de la mañana. Un bolerito nunca cae mal, pero no de esos…

–¡¿Quién?!
–¡Cartero!
–¡Plinio, hermanazo!, ¡méteme las cosas debajo la puerta porfa!, ¡ando full ocupado!
–OK, ¡no grite Perdomo! Y pilas con las mujeres, que son un mal necesario; aunque mal paguen…
–¡Ta bien Plinio!, ¡cuídese!
–Ta luego.

¿Ocupado? Yo te aviso chirulí, acompañado será, yo sabía. Siempre con un cuento chino. A ésa casa lo que le falta es el letrerito rojo. He visto cada vaina entrar y salir de aquí que pa’ que te explico.

–Buenos días doña Margarita.
–Buenas tardes señor Perdomo.
–Pues sí, casi, casi. Aquí le traigo lo de siempre.
–¡Cristo bendito, puras facturas! En mi época me llegaban postales de Europa, cartas de amor, invitaciones a galas. Ahora sólo se acuerdan de mi los bancos…
–Así es la vida ‘ña Margarita…
–Es así, por lo menos las cuentas no las pago yo.
–Pa’ eso trabajó bastante criando muchachos, pa’ que le devuelvan el favor.
–Gracias a Dios, no me quejo… ¿Se enteró lo de los Rodríguez?
–Nada que ver, el oficio no se presta mucho pa’ eso. Me entero que alguien se va cuando me aparece un nombre distinto en el sobre.
–Bueno, resulta que salieron huyendo la semana pasada. Ni se despidieron.
–¡No me diga!
–Si le digo, debían hasta el modo de caminar. Se fueron de noche y todo. La deshonestidad se paga cara, hay que ver…
–En verdad que sí ‘ña Margara. La dejo que el deber llama.
–Dios me lo lleve con bien Plinio.
–Amén, amén.

Pobre señora, ¡y hablachenta! Si me descuido me chismea la vida de to’ el vecindario. Tanto tiempo libre debe ser desesperante. Menos mal que trabajo desde los catorce años, y me quedan unos buenos diez años útiles todavía. Si no se les antoja jubilarme antes de tiempo.

Pepa de sol, carajo. Yo con esta gorra negra y este bolso pesao. Tres casas más y mato la culebra por la cabeza. Sosa, Pérez, Medina, Sosa, Sosa, Pérez. Éstas más la que ya tengo ordenaditas completan la urbanización.

El Perdomo me dejó picao chico, no fuera dejao el radio en la casa. Provoca oír un bolerazo, pero no de esos balurdos, algo con clase, un bolero Montecristo, con distancia y categoría. Mujer divina, como fascinas y me dominas el corazón. Y es por eso que yo soy feliz, porque ahora yo te tengo a ti…¡Uf! Falta la polarcita vestida de novia, más na’.

–¿Diga?
–Plinio, el cartero.
–Tiempo sin verlo Plinio.
–Tiempo sin verla yo a usté Trina.
–Usté y sus cosas Plinio. Andaba visitando a la familia en Guanare.
–Que bonito, no sabía que era llanerita la muchacha.
–¡Déjese de eso Plinio! No soy muchacha desde hace mucho.
–Trina, a mi edad ya todas son muchachas. A menos que sea doña Margara…
–No sea maluco.
–Maluco no, ¡realista! ¿Cómo me la tratan los sifrinos éstos?
–Como siempre, de maravilla. Tengo casi diez años con ellos.
–Usted ha sido una de las pocas caras comunes en los años que tengo viniendo por aquí. Y bella como siempre.
–Ay Dios, que vagabundería la de usté Plinio.
–Vagabundo no…
–¡Realista! Sí, sí, ya lo sé, y vagabundo igualito. Lo dejo que tengo que cuidar el arroz.
–Ta luego pues Trina, cuídese y nos vemos la semana que viene.

La puerta se cerró detrás de ti, y así detrás de ti se fue mi amor, creyendo que podría convencer a tu alma de mi padecer. Mi mujer me pilla calentándole la oreja a Trina y me capa. Piropear no ha matado a nadien que yo sepa, pero debe haber más de uno con su hombría disminuida por hacerlo.

¡IU, IU, IU, IU, IU, IU, IU, IU!

–¡Fíjate por donde andas, hay niños en la calle! Ño…

Por un pelo y me atropella la ambulancia el carrizo. Entran buscando a alguien con un yeyo y se llevan otro de ñapa, un dos por uno. Me tengo que quitar esa mala maña de mentar la madre primero y preguntar después, un día me van a dar un trancazo por alzao y no va a haber canas o arrugas que los paren. Si me comprendieras, si me conocieras, que feliz sería. Si me comprendieras, si me conocieras, jamás llorarías.

–Buenas, buenas don Esteban.
–Buenas tardes señor Cáceres.
–¿Refrescando a las maticas?
–Y aprovechando para refrescarme yo también antes del almuerzo.
–Con este solazo no es pa’ menos.
–¿Cómo lo trata el Instituto Postal Telegráfico de Venezuela?
–¿El qué?
–El IPOSTEL.
–Ah coye, se me olvida a veces que este nombre significa algo. Pues quince y último me tratan como un hijo pródigo de cumpleaños, el resto de los días como a un hijo bastardo.
–Así es el gobierno señor Cáceres.
–No me dé cuerda con el gobierno que me salen raíces aquí mismito y me va a tener que echá agüita a mi también.
–Pues no le doy cuerda, ya Patricia me va a llamar a comer.
–Aquí tiene sus regalitos de la semana, que tenga buen provecho. Saludos a la señora de la casa.
–Con gusto señor Cáceres, hasta luego.

Listo el pollo, espero que no me hayan robado el triciclo en la puerta de la urbanización. ¿A ver si tengo todo ordenado pal turno de la tarde? Co… se me pasó una pal musiú, menos mal que está cerca de la entrada. Mañana muy temprano platicarás conmigo, y si estás decidida a abandonar el nido, entonces será en vano tratar de detenerte. Regálame ésta noche, retrásame la muerte.

–Disculpe señor oficial.
–Dígame señor. Y no soy policía, soy paramédico.
–Bueno, eso… El que está en la bolsa negra es… ¿Es el dueño de la casa?
–Si.
–¡Ave María purísima! ¿Qué..qué pasó?, ¿cómo?, ¿quién lo encontró?
–Se murió, como todo el mundo. Lo demás no es problema suyo.
–Discúlpeme, no es por metío, pero conocía al señor.
–Sigue sin ser su problema, el asunto está en averiguaciones.
–Tenía un paquete pa él. ¿Qué hago con esto?
–Eso no es problema mío… A moverse gente que no me calo este olorcito.

Dios dice que la gloria está en el cielo, que es de los mortales el consuelo al morir. Desmiento a Dios porque al tenerte yo en vida no necesito ir al cielo tisú, si alma mía la gloria eres tú.

En Blanco.

Te despiertas con un primerizo rayo de luz. Muda, ciega, buscas tu libro blanco. Nada se debe escapar; nada. El bolígrafo está donde siempre lo dejo, desenfundado, ligeramente ladeado, listo, para ti, para que nada se pierda en el camino, de tus sueños al papel. Maldices al ave egoísta que decide saludar el alba rompiendo tu trance. No lloras frustrada como antes, resoplas, me decapitas con la mirada, y tomo el libro blanco, en blanco, como siempre; lo coloco a tu alcance, para mañana. Más tarde insistiré en que uses tapones en los oídos para mejorar el aislamiento. Luego me dirás que no entiendo, que me burlo de ti, que no sé por lo que pasas. Nunca te diré que tengo ocho años haciendo todo más fácil; para ti, para tu libro liso. No duermo contigo ya, velo tus noches inquietas. Tu libro sigue vacío y tú sin estar aquí.

La entrevista

El ruido es ensordecedor, un maldito taladro que atraviesa mi cráneo, desde dentro, me desarma y esparce por la cama. Tiene que ser la vecina; siempre es la vecina. Mi cuerpo desmembrado, sincronizado al ritmo invasor, baila en el colchón, espástico.  

¡pin!

¡pin!

Hay un nuevo intruso; un metrónomo en diminutivo a 4/4 que se escurre mercurial por el suelo, conmigo, por las sábanas, por la cuerda –ahora floja – que teje mi tímpano malogrado. ¡pin! Un sonido estéril y autómata.

Al menos el taladro pionero tiene carácter, textura percusiva, matices destructores. No lo oigo, lo siento…

¡pin!

Gritar, golpear la pared es absurdo, el estruendo podrá siempre más que mis suplicas de paz; inmóvil, y en silencio –en contra de mi voluntad –, soy un cartel deconstructivista ruso que busca con la mirada a su garganta perdida, entre las piezas danzantes; mis piezas danzantes.

Ahora el aparente taladro es funk puro y duro, ahora es Kool and The Gang, es James Brown y sus gritos ininteligibles, es play that funky music white boy. Por lo menos no son las habituales telenovelas mexicanas y las súbitas declaraciones de amor, odio y consanguinidad: “Soy tu hermano… Pero…¡Te amo!”. ¡pin!

¡Calor! Calor de padre y señor nuestro. Estamos en marzo, es imposible, el pronóstico hablaba de 15 grados, 17 a lo sumo. ¿Calor febril quizás? Eso explicaría el delirio de verme descuartizado, y bailando. ¡pin! Busco el mueble de noche, quiero un pañuelo para consolar mi cara bañada en sudor de verano invernal; la oscuridad engulle la habitación, no recuerdo haber bajado las persianas anoche.

Logro moverme; al fin. La mesita no está, o la cama creció exponencialmente. La música insiste y persiste, el calor también, por supuesto. Los hermanos Gibb son mis nuevos torturadores, Stayin’ alive, stayin’ alive, ha, ha, ha, ha, stayin’ alive. Irónico, mantenerme vivo es lo que pretendo. –pin usurpador…– Cerrar la ventana es mala idea, considerando que la encuentre en esta boca de lobo, o que me pueda parar. A pesar del volumen criminal de la vecina, no quiero morir como un pollo a la brasa.

¡Eso es! La vieja vecina se murió. Se le atascó un bocado de pan en la garganta, mientras desayunaba viendo sus telenovelas y sus gritos de ayuda tomaron el cariz de diálogos insulsos y declaraciones de amor a todo volumen, a falta de voz para proferirlos ella misma. ¡pin! Desesperada, intenta llamar la atención con la TV y le tocó VH1, en medio de un Top 20 dedicado a los años setenta. Cualquiera creería que la señora está nostálgica, recordando años mejores; no suplicando auxilio.

Hoy de todos los días, precisamente hoy…

O se resbaló con sus sábanas de seda cuando encendía su TV portátil y ahora yace sin vida, rota, en el suelo de su habitación, a diferencia del maligno aparato, que encendido quedó, vociferando. Espero que su presencia fantasmal no permanezca, haciendo mis noches imposibles, por no hacer nada, por ser el vecino negligente que no se preocupó por saber lo que pasaba al lado.

–Señores, se nos va. ¡Apáguenme la música! ¡Necesito gasa, succión y un par de manos extras para controlar la hemorragia!

– Doctor, presión en 90/60 y cayendo…80/40… no dura más de un minuto…

– Preparen el desfibrilador…

piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiin moribundo…

Silencio.

Eterno y oscuro silencio.

La paz es un cliché sobrevaluado y sólo se me ocurren estas palabras para describirla…

Al final la vecina cambió de canal y de ruidito, no estaba muerta, sólo profunda e irremediablemente –al parecer – sorda. Mi rutina diaria me ha hecho indiferente a sus hábitos televisivos, y por ser el único ser vivo con el que comparte estas paredes de juguete se ha mantenido impune a sus crímenes de convivencia ciudadana. Lo último que oí parecía Grey’s Anatomy, ER o Chicago Hope, masacrado en español, o la versión sindicalizada, hispanizada, Hospital General, mucho peor, pero más probable en estas latitudes.

Mi cama logarítmica es un mar tranquilo, floto conciente en mi inconciencia. Como cuando niño después de pasar el día en la playa le confesaba a mi madre, atemorizado, que sentía a mi colchón como un pedacito de océano que no me dejaba dormir. Y si lo estoy –dormido – francamente es el estado alfa más inquietante del que nunca he tenido recuerdos.

Se fue el calor, el sonido, el agua también; se fue todo. Me estoy yendo…

¡PUM!

¡PUM, pin, PUM, pin!

¡PUM, pin, PUM, pin!

 

– Pulso normal Doctor, estable…

– Doctor Rodríguez termine la sutura y llévenlo a observación…

Volvió el mar, el calor ahora frío, los pines y diretes, la TV con sus diálogos médicos. Definitivamente no es Grey’s Anatomy, no hay doctores Rodríguez en las series médicas norteamericanas.

Tengo que escribir esto cuando despierte. Dormido, despierto, no estoy seguro todavía. Este sueño, alucinación o epifanía bizarra debe ser producto de un pánico subconsciente, de un miedo arquetípico al escrutinio, a que me juzguen por unas ojeras tatuadas, por una mala afeitada, por estar despeinado, por llegar tarde. ¡pin! Hoy que debía aparecer temprano, rutilante y fresco en la entrevista para el nuevo trabajo, me voy a despertar contrariado –si lo logro – y con muchas horas menos de las muchas que tenía programadas para una completa recarga de baterías y aparecer como un robot nuevo ante mis posibles empleadores.

– Señor Álvarez, por fin despierta. Hubo algunas complicaciones en su cirugía, pero logramos subsanar el problema. Cuando esté más compuesto le haré un recuento detallado y el diagnóstico final. Por los momentos siga descansando.

¡pin!

– Cualquier cosa que necesite para su comodidad pídaselo a Marta por aquí.

–¿Me dieron el trabajo?

¿pin?

Soy un Mito.

Inspirado en la obra gráfica: … bajo mi blanca ropa, venid conmigo, so insensibles ratas mitradas… Max Ernst.

He visto odio atravesar almas en un campo de guerra, desnudas. He visto a tiranos llorar como niños al probar el acero de una espada. He visto ciudades de oro sucumbir a sacerdotes abyectos. He visto noches con soles oscuros navegar por el Estigio. Soy mito de hombres, ríos de ratas y perros hermafroditas. Soy diosa de hordas celosas y artistas muertos, de arcilla quemada. Y me dices que miento; que miento constantemente, que ves en mis ojos muerte y agua, polillas y madera vieja, velamen de naufragio. Que son vacías las imágenes que no entiendes; plebeyo republicano, esclavo del dogma. Miente el mito que es todo y nada, el que niegas y eres. Porque tu, no eres nadie.

Abuela

Recuerdo verla ordenando los trastos de la cocina desde muy temprano en la mañana. Platos, tazas y cubiertos, de todos los tamaños y colores, en montañitas, ordenados sobre el mesón, esperando las manos de la abuela y sus milagros cotidianos.

Recuerdo comidas de dos y mil ingredientes, uno y doce comensales, a cualquier hora del día; celebrando una llegada, una partida o la liturgia diaria del sustento. Pero sólo una cuchara de madera…

Recuerdo días de ver a ese utensilio revolver diligente caldos, guisos, arroces, guiado por la sabiduría de la abuela. Vuelta, vuelta, retirar, probar, un poquito más de sal, eso, vuelta, vuelta, probar, en su punto, dejar reposar.

Recuerdo, y hoy mi cocina me presta una olla para una comida sencilla, hoy mi cocina alquilada tiene una historia que no es mía, mi cuchara de madera es prestada, limpia, comprada en la tienda del barrio; la de mi abuela tiene nombres, funerales, aniversarios y alegría. Su color es tierra con olor a banquetes austeros, sus bordes chamuscados tienen la firma de aprendices y descuidos, su mango reconoce los surcos y almohadillas de sus manos.

Hoy mi cocina me pide amor de madre, sazón vieja y madera curtida; pide a la abuela y su instrumento, pide guáramo, juicio y fundamento. Yo le ofrezco sólo el bautizo de madera nueva, la celebración del rito diario, la educación de las vetas de mi utensilio; el tiempo hará el resto.