La entrevista

El ruido es ensordecedor, un maldito taladro que atraviesa mi cráneo, desde dentro, me desarma y esparce por la cama. Tiene que ser la vecina; siempre es la vecina. Mi cuerpo desmembrado, sincronizado al ritmo invasor, baila en el colchón, espástico.  

¡pin!

¡pin!

Hay un nuevo intruso; un metrónomo en diminutivo a 4/4 que se escurre mercurial por el suelo, conmigo, por las sábanas, por la cuerda –ahora floja – que teje mi tímpano malogrado. ¡pin! Un sonido estéril y autómata.

Al menos el taladro pionero tiene carácter, textura percusiva, matices destructores. No lo oigo, lo siento…

¡pin!

Gritar, golpear la pared es absurdo, el estruendo podrá siempre más que mis suplicas de paz; inmóvil, y en silencio –en contra de mi voluntad –, soy un cartel deconstructivista ruso que busca con la mirada a su garganta perdida, entre las piezas danzantes; mis piezas danzantes.

Ahora el aparente taladro es funk puro y duro, ahora es Kool and The Gang, es James Brown y sus gritos ininteligibles, es play that funky music white boy. Por lo menos no son las habituales telenovelas mexicanas y las súbitas declaraciones de amor, odio y consanguinidad: “Soy tu hermano… Pero…¡Te amo!”. ¡pin!

¡Calor! Calor de padre y señor nuestro. Estamos en marzo, es imposible, el pronóstico hablaba de 15 grados, 17 a lo sumo. ¿Calor febril quizás? Eso explicaría el delirio de verme descuartizado, y bailando. ¡pin! Busco el mueble de noche, quiero un pañuelo para consolar mi cara bañada en sudor de verano invernal; la oscuridad engulle la habitación, no recuerdo haber bajado las persianas anoche.

Logro moverme; al fin. La mesita no está, o la cama creció exponencialmente. La música insiste y persiste, el calor también, por supuesto. Los hermanos Gibb son mis nuevos torturadores, Stayin’ alive, stayin’ alive, ha, ha, ha, ha, stayin’ alive. Irónico, mantenerme vivo es lo que pretendo. –pin usurpador…– Cerrar la ventana es mala idea, considerando que la encuentre en esta boca de lobo, o que me pueda parar. A pesar del volumen criminal de la vecina, no quiero morir como un pollo a la brasa.

¡Eso es! La vieja vecina se murió. Se le atascó un bocado de pan en la garganta, mientras desayunaba viendo sus telenovelas y sus gritos de ayuda tomaron el cariz de diálogos insulsos y declaraciones de amor a todo volumen, a falta de voz para proferirlos ella misma. ¡pin! Desesperada, intenta llamar la atención con la TV y le tocó VH1, en medio de un Top 20 dedicado a los años setenta. Cualquiera creería que la señora está nostálgica, recordando años mejores; no suplicando auxilio.

Hoy de todos los días, precisamente hoy…

O se resbaló con sus sábanas de seda cuando encendía su TV portátil y ahora yace sin vida, rota, en el suelo de su habitación, a diferencia del maligno aparato, que encendido quedó, vociferando. Espero que su presencia fantasmal no permanezca, haciendo mis noches imposibles, por no hacer nada, por ser el vecino negligente que no se preocupó por saber lo que pasaba al lado.

–Señores, se nos va. ¡Apáguenme la música! ¡Necesito gasa, succión y un par de manos extras para controlar la hemorragia!

– Doctor, presión en 90/60 y cayendo…80/40… no dura más de un minuto…

– Preparen el desfibrilador…

piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiin moribundo…

Silencio.

Eterno y oscuro silencio.

La paz es un cliché sobrevaluado y sólo se me ocurren estas palabras para describirla…

Al final la vecina cambió de canal y de ruidito, no estaba muerta, sólo profunda e irremediablemente –al parecer – sorda. Mi rutina diaria me ha hecho indiferente a sus hábitos televisivos, y por ser el único ser vivo con el que comparte estas paredes de juguete se ha mantenido impune a sus crímenes de convivencia ciudadana. Lo último que oí parecía Grey’s Anatomy, ER o Chicago Hope, masacrado en español, o la versión sindicalizada, hispanizada, Hospital General, mucho peor, pero más probable en estas latitudes.

Mi cama logarítmica es un mar tranquilo, floto conciente en mi inconciencia. Como cuando niño después de pasar el día en la playa le confesaba a mi madre, atemorizado, que sentía a mi colchón como un pedacito de océano que no me dejaba dormir. Y si lo estoy –dormido – francamente es el estado alfa más inquietante del que nunca he tenido recuerdos.

Se fue el calor, el sonido, el agua también; se fue todo. Me estoy yendo…

¡PUM!

¡PUM, pin, PUM, pin!

¡PUM, pin, PUM, pin!

 

– Pulso normal Doctor, estable…

– Doctor Rodríguez termine la sutura y llévenlo a observación…

Volvió el mar, el calor ahora frío, los pines y diretes, la TV con sus diálogos médicos. Definitivamente no es Grey’s Anatomy, no hay doctores Rodríguez en las series médicas norteamericanas.

Tengo que escribir esto cuando despierte. Dormido, despierto, no estoy seguro todavía. Este sueño, alucinación o epifanía bizarra debe ser producto de un pánico subconsciente, de un miedo arquetípico al escrutinio, a que me juzguen por unas ojeras tatuadas, por una mala afeitada, por estar despeinado, por llegar tarde. ¡pin! Hoy que debía aparecer temprano, rutilante y fresco en la entrevista para el nuevo trabajo, me voy a despertar contrariado –si lo logro – y con muchas horas menos de las muchas que tenía programadas para una completa recarga de baterías y aparecer como un robot nuevo ante mis posibles empleadores.

– Señor Álvarez, por fin despierta. Hubo algunas complicaciones en su cirugía, pero logramos subsanar el problema. Cuando esté más compuesto le haré un recuento detallado y el diagnóstico final. Por los momentos siga descansando.

¡pin!

– Cualquier cosa que necesite para su comodidad pídaselo a Marta por aquí.

–¿Me dieron el trabajo?

¿pin?

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3 comentarios en “La entrevista

  1. He tenido que releerlo varias veces el relato, Saul, para acabar de entenderlo. ¡Cuántos temas tocas en tan poquito espacio! ¿Quién sabe que se desliza en la mente en esos momentos en que la muerte amenaza y no se reconoce? Muy limpio de adjetivos. Interesante.May

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