Yo, El Otro

Estaba por llegar a mi casa y a escasos metros de la puerta principal me vi salir. Confundido decidí seguirme. Aparentemente estaba apurado, ¿qué o quién me espera? Es tarde ya, soy nuevo en la ciudad, las cuatro personas que conozco están de vacaciones; las opciones son limitadas. Llevo un paso decidido, no sabía que caminara así, sin mover los brazos, adormilados. Es como verse grabado en video, pero mucho más desconcertante, estoy allí, aquí, ¿estoy?
Paso frente al único sitio que vende comida a esta hora, sin dudar sigo de largo, no fue hambre lo que me sacó de mi casa. Llevo audífonos por lo que sé me espera una larga caminata, gesticulo en silencio y muevo la cabeza casi imperceptiblemente al ritmo de la música que oigo; que debo estar oyendo.

Sigo, seguimos caminando, llevo un buen rato en esto, mal momento para no llevar reloj, el tiempo se me escapa con las razones de mi viaje, ¿tan poco me conozco? Al menos esta locura de seguirme ha servido para conocer mis hábitos peatonales, camino sin ver a los lados –lo que me ha mantenido a salvo de verme, si es posible¬– cruzo calles sin cuidado, paso siempre constante, cabeza gacha; ando sin rumbo. El descuidado trayecto me delata, voy al centro, la ciudad es pequeña, se acaba pronto, no hay muchos lugares que queden por transitar. Sigo siguiéndome sigiloso, animal al acecho. Dudo de la realidad de la situación, de mi y de mi, del otro, de nosotros. Esto no es un sueño, surrealista si, pero no producto de mi inconciencia, debo meter el dedo en la llaga, incrédulo. Son las 12:15 AM, me responde una chica al pasar a mi lado, más adelante yo, el otro, tropieza a un señor en su descuido, soy, somos de carne y hueso, más carne que huesos.

Baja la velocidad, me imito, no quiero quedar en evidencia al alcanzarme. El apuro era momentáneo, una excusa para caminar lejos. Llegamos al río, él se desvía distraído siguiendo el cauce de la herida sangrante que parte a la ciudad en dos, yo me sigo, concentrado, pero ni él ni yo escapamos al trance inducido por la luces ondulantes reflejadas en el agua inquieta. Busca algo, intrigado sigo detrás de una sombra, me agito buscando en los adoquines, en las piedras dormidas de la calzada, los intersticios, ofuscado se quita los audífonos, la música no me deja pensar. Decido alejarme, podría verme, ya no estoy protegido por la sordera voluntaria. Sigo sin saber qué busco, él sin encontrarlo, nos detenemos a mitad del puente, mi lugar favorito de esta nueva vieja ciudad, he pasado aquí horas de muchos días observando a turistas y nativos, tratando de reconocer un rostro para repartir mi soledad. Quizás busco escapar de las cuatro paredes de mi casa, perdido en el humo del cigarro que compartimos sin vernos, pero mi atención, su atención, sigue en los morteros del puente, en las hojas tímidas que nacen entre el asfalto.

Perdí algo minúsculo, algo invisible, no sé que es, sólo él sabe, pero no aguanto más, mi vida podría depender de ello, estoy harto de este juego existencialista del gato y el ratón, tengo que intervenir por mi bien y el suyo, nuestro bien.

Me poso ante mí en silencio; causo y afecto, subo la mirada y yo, el otro, digo: “Te encontré…”

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