La cacería

La cacería

Hay una hora del día que nos desnuda; que nos revela. Donde la luz de la tarde va perdiendo vida para mostrarnos ante los otros como pinceladas, más idea que sujeto. A esa hora desparecen nuestras pecas, las canas, la miopía, el sudor, la ropa fuera de temporada, el bronceado y el tiempo del reloj. El relevo de luz nos convierte en sombras, en movimientos, en sonidos, en ganas. Ganas que sacaron a los primeros hombres de la cavernas y lo hicieron contemplar los cielos. Ganas que nos armaron con palos y piedras y nos enseñaron a buscar en vez de toparnos con lo que nos corresponde.

Esa hora fugitiva de las agendas, los horarios y los compromisos nos regala libertad a cambio de honestidad, a cambio de la valentía de entregarnos a las ganas. Para entrar a la noche por la puerta grande, por una puerta que todo lo acepta, que todo lo ve. Sientes como los últimos rayos de sol empiezan a secuestrar tus dudas, tus inseguridades, tu realidad. El tiempo se escurre con parsimonia en el reloj que ya no puedes ver porque también es prófugo de esta hora contundente. El tiempo huye de ti. Tú huyes del tiempo. La luz se va con tu tiempo y eres todo ganas; todo idea. Atrás queda el trabajo que odias, la soledad de tus cuatro paredes, las llamadas perdidas, las conversaciones inútiles, el silencio de las esperas, el calor del verano, el transporte público y los pasaportes, la vida detrás de un pixel y una conexión inalámbrica. Te adentras en la ausencia de luz y entiendes tu naturaleza primitiva, entiendes la necesidad de los superhéroes, entiendes la furia del primer hombre, su miedo, sus ganas. Entiendes que esta hora de realismo mágico te puso en primera fila para que conocieras el mundo, tu mundo. Aunque se te olvide mañana, aunque al escribirlo pierda el sentido y se convierta en una anécdota vacía. Entiendes que el punto sea quizás no entender nada y simplemente dejarte tragar por la oscuridad del día que muere y la noche que da a luz sin luz. Entiendes que tú también debes armarte de palos y piedras para derrotar a la fiera que intenta dominarte. Porque tú eres hombre y el hombre domina a las bestias. Y en una hora igual a esta, cuando el tiempo era aún joven, un hombre entendió, y erguido en un corcel defendió a la primera idea, su primera idea, de la ignorancia de una bestia salvaje. Y con la muerte de la luz, nació su lucidez.

La orquesta portátil

2013-03-07 03.17.18

Wolfgang Amadeus Moncada había tenido una vida un poco silenciosa hasta el día que decidió construirse una orquesta portátil. No estaba en contra de la tecnología que permitía el disfrute de grabaciones de música, pero su recién adquirido y muy específico gusto musical le exigía sonido vivo; en vivo. Era la manera más sencilla —para él, indudablemente— que se le ocurría para hacerle justicia a la música de su tocayo, único compositor al que estaba dispuesto a oír. Al menos por los momentos.

Su nombre siempre fue suficiente para iniciar conversaciones y risas nerviosas, pero al revelar que no sabía absolutamente nada de música el interés fácilmente conseguido se esfumaba sin remedio. Sus interlocutores no podían conciliar la idea de que alguien con el nombre de Mozart nunca hubiese oído a Mozart. Es que hasta el menos enterado había oído a Mozart. Era como si alguien se llamara Amado Salvador y tuviese problemas de autoestima.

Las motivaciones de su nombramiento quedaron para siempre en el misterio con la inesperada muerte de sus padres. No dejaron instrucciones o explicaciones sobre el nombre del recién nacido y los guardianes legales de Wolfgang Amadeus, al no saber si su bautizo fue homenaje o burla al genio austríaco, decidieron criar al niño en la esterilidad musical más hermética. Así iba a ser más fácil honrar a sus padres en el más allá, en el más acá, o en el vacío de la no-existencia —tampoco dejaron por escrito sus opiniones religiosas—.

La orquesta estaba formada por dos violines, dos violas y un cello. En realidad era un quinteto de cuerdas, pero a un hombre que hasta hace poco había experimentado la música como un ruido de fondo se le perdona que use el término equivocado. Necesitaba una obra de su tocayo para iniciar el plan piloto de su mini orquesta y las primeras partituras que se le atravesaron en su búsqueda fueron las del Quinteto de cuerdas No. 1 en Si Mayor, K. 174: I. Allegro Moderato. Su formación como ingeniero agradeció la especificidad del sistema de nombramiento de música clásica, y el inmaculado orden de la partitura. Nunca le había prestado atención a una, pero le recordaban a la tarjeta madre de una computadora, a la rigidez informática de los unos y ceros del código binario, y considerando que un colectivo de inteligencias artificiales iba a ejecutar los pequeños instrumentos de su orquesta portátil, dio inicio a su proyecto con una sensación que no había tenido en mucho tiempo: emoción.

Una vida relativamente normal, aunque totalmente alejada de la espontaneidad y pasión musical, llevó a Wolfgang Amadeus a una prolífica carrera ingenieril. Robótica, computación, mecánica, física, hipótesis cuantificables y matemáticas eran su lenguaje, su pasión y razón de ser. Pero el tiempo y el hastío de la costumbre acaban hasta con grandes amores, y el amor de Wolfgang Amadeus por la ciencia necesitaba mucho más que agua. Necesitaba luz y tierra nueva, fertilizantes y un ejército de insectos para polinizar, limpiar y mantener. Se dio cuenta que el silencio lo ensordecía, que si tanta gente disfrutaba el oír un determinado orden de sonidos entonces no debía ser tan malo el asunto. Y ya que su nombre lo llevaba siempre a la música, aunque nunca se haya atrevido a cruzar la línea del desinterés, decidió que quizás empezar por éste no era terrible. Algo si sabía con certeza después de haberlo oído hasta el cansancio: Mozart fue un genio. ¿Qué mejor manera de recuperar su frescura científica que a través de la obra de un genio?

En poco tiempo se dio cuenta que para él leer una partitura era más complejo que aprender una lengua muerta, tocar un instrumento requería al menos de cuatro extremidades y dos cerebros funcionales, y disfrutar de una melodía implicaba una programación emocional y sentimental sin la que había nacido, sin duda. Por problemas como estos el hombre había conquistado las limitaciones de su cuerpo con máquinas y microchips. Él no se iba a quedar atrás.

Su pequeña orquesta iba musicalizar su vida. Todos sus aspectos, sus escenarios, sus conquistas, los atascos del tráfico, la ropa que no le combinaba, sus experimentos en la cocina. Su orquesta portátil sería su nuevo leitmotiv. ¿Quién quiere ir a conciertos que a la larga empobrecen económicamente, cuando tu propia orquesta —o quinteto de cuerdas, por los momentos— toca constantemente en tu sala? ¿Quién quiere una grabación que es producto de la interpretación de otra persona, las ganas y conocimientos de un equipo técnico subpagado, derechos de autor y caprichos del marketing? Al fin iba a poder saber exactamente la profundidad de los conocimientos adquiridos en robótica, resistencia de nuevos materiales, manejo de señales y nuevas energías. Wolfgang Amadeus sabía que su proyecto tendría la limitaciones inherentes al tamaño de los ejecutantes, la dificultad de la música escogida, el comportamiento de los instrumentos a tan pequeña escala, el libre albedrío que poco a poco irían desarrollando sus músicos artificiales, los caprichos del clima y la rotación de la tierra. Pero la incertidumbre era embriagadora, y no había nada más puramente científico que la incertidumbre para el tocayo de Mozart.

Los ensayos en su sala había sido un éxito rotundo. Quizás así se debía sentir la adrenalina de un concierto en vivo en alguna sala con acústica perfecta. Allí entendió la necesidad del aplauso, de la celebración al genio de otros, aunque en este caso se celebraba a él mismo por su creación; sus músicos no había desarrollado sus personalidades todavía. Pronto debían venir las pruebas en sitios un poco más impredecibles. Ya quería ver las reacciones de la gente en algún centro comercial, en el tráfico del mediodía, o durante una cena en sus restaurante favorito y con alguna chica hermosa. Había que estimar que tan portátil era su orquesta portátil.

La orquesta por ser pequeña no debía ser mediocre. Era necesario pensar en ampliar el repertorio lo más pronto posible. Según lo que ha leído debería probar con la música de un tal Johann Sebastian y Ludwig Van. Seguramente encontraría las partituras en el mismo lugar que las anteriores. Y aprovechando un poco de esta curiosidad renovada por su homónimo y su entorno musical clásico, se enteró que Mozart no se llamaba en realidad Wolfgang Amadeus, sino Juan Crisóstomo Wolfgang Teófilo Mozart. Menos mal que sus padres no hicieron bien su investigación.

“Hoy no te voy a prestar atención”

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Lo tomó por sorpresa pero creía estar seguro, esa era la especie que tanto había buscado en sus viajes, y ahora estaba aparentemente frente a él. Tenía que acercarse, tenía que verla con calma, tenía que tomar fotos y notas, tenía que comprobarlo. Lentamente, para no asustarla, muy lentamente.

Siempre le fascinaron las aves y todo lo relacionado con volar. Se divertía como pocos sentado tranquilamente en alguna plaza mientras fotografiaba gaviotas pasajeras, calculaba las velocidades de aproximación de palomas o analizaba las técnicas de aterrizaje acuático de patos y cisnes. Todo había empezado cuando de niño comenzó a soñar con caídas libres y súper poderes que le permitían volar. Como todos los niños que encuentran en el subconsciente a un aliado leal, aunque impredecible, para la imaginación. Esos sueños despertaron en Piotr (se pronuncia Pió-Tor, siempre aclaraba Piotr) una curiosidad científica muy profunda, pero limitada a las aves (en un principio incluía a todos los seres vivos con la capacidad de volar, pero decidió eliminar a los insectos por su falta de gracia y el asco que le producían). Los aviones, por otro lado, junto con cualquier máquina o aparato volador tampoco interesaban a Piotr en lo más mínimo. Ni hablar de los súper poderes, que estaban a salvo en su imaginación y en la comiquitas. La magia de volar radicaba para él en la casi negación voluntaria de la gravedad, en cómo las aves parecieran decirle a las leyes de la física: “Hoy no te voy a prestar atención”. El volar era un mecanismo de defensa, de transporte, un ritual para ellas y una razón de libertad, de admiración, de paz para él. Si tan solo pudiera negar voluntariamente a la gravedad, se decía a sí mismo a veces en medio de sus observaciones.

Ahora sí podía afirmarlo, aquella paloma era efectivamente miembro de una especie muy rara que no debía encontrarse en la ciudad, con aquel clima y mucho menos entre torres de concreto. Pero ahora debía seguirla hasta la azotea de un edificio, sólo para asegurarse de no perder la oportunidad de registrar aquel inusual encuentro. Mucha buena suerte había sido encontrarla para dejarla escapar sin luchar un poco.

Piotr tenía apenas 21 años y ya podía decir que era Ornitólogo. Fue la manera más razonable que encontró de unir el futuro que se esperaba de él —ser un miembro productivo de la sociedad— con su fascinación por las aves —o la obsesión rara que tenía con los pájaros, como decía su padre—. Sus tardes de parques y plazas —mientras no estuviera en algún trabajo de campo—, armado con cámara y cuadernos de notas eran plenamente justificados y normales. Así se ganaba la vida y complacía a su familia y amigos. Él era feliz con sus aves y sus sueños de volar con ellas, porque los sueños seguían presentes, cada vez más vívidos, cada vez más vividos. En ellos ya podía volar a placer. En ellos sus caídas libres no terminaban en un sobresalto al aferrarse a la sábana y recobrar la conciencia. En ellos Piotr era un guía de aves migratorias, un instructor de vuelo para aves de rapiña, un ganador de competencias con halcones peregrinos y gorriones, un pescador con pelícanos y gaviotas, un cazador nocturno con búhos y lechuzas. En sus sueños se hacía oídos sordos a la gravedad.

Después de haber subido los seis pisos a toda velocidad, y utilizar sus credenciales como profesional de la ornitología para convencer al portero de dejarlo pasar y subir, Piotr abre la puerta de la azotea creyendo que no iba a conseguir al ave furtiva. Pero allí estaba, aparentemente muy a gusto en la tranquilidad de saber que tenía el cielo abierto sólo para ella y que no debía cuidar su comida de otras aves citadinas y de mala educación.

El joven observador se arma de su cámara y sus pasos más sigilosos para documentar el encuentro. Con cada disparo del obturador piensa que sería mejor atrapar a la susodicha para un estudio más detallado, ciertamente su investigación se verá beneficiada por eso, y paso a paso se acerca al espécimen. Ella, indudablemente ya en estado de alerta por la presencia del humano poco agraciado que camina sin ver, escondido tras un cámara, comienza a buscar su ruta de salida, acomodándose para el despegue. Él, embelesado por la oportunidad de documentar a esta especie legendaria —al menos en su círculo de colegas—, sigue caminando sin ver para atrapar al ave usando una distracción, como tantas veces lo había hecho en plazas, playas y bosques. Lentamente, para no asustarla, muy lentamente. De pronto lo acobija una ingravidez que nunca había sentido en su vida, la paloma empieza a hacerse muy pequeña a través del lente de su cámara, una brisa fría le roza la cara. Piotr comprendió entonces que sólo tenía muy poco tiempo para cumplir su sueño más preciado, su más esperado milagro, y cerrando los ojos, con el desafío de un gladiador, le dijo en voz alta a la ley de gravedad: “Hoy no te voy a prestar atención”.

El descubrimiento

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Concentras la mirada en el pequeño espejo que nació en medio de la calle. La lluvia que te obligó a buscar resguardo bajo esta cornisa está a punto de pasar, dejando su huella y tú acabas de encender un cigarrillo. Tienes al menos diez minutos más de paz hasta que la calle explote con vida y normalidad. El pequeño espejo vibra con las gotas de lluvia todavía rezagadas. Con cada golpe el reflejo se deshace en círculos concéntricos hasta recuperar la quietud, pocos segundos después. Como si varios dedos divinos desdibujaran el mundo tras esa tela de agua, sólo para dibujarlo de nuevo, arrepentidos de su impaciencia.

Allí, del otro lado, el cielo es un canal de agua gris que se pierde en el horizonte, los edificios islas de acantilados contundentes, las aves peces alados, los cables de electricidad las cuerdas que mantienen esas islas agrupadas. Y tú sigues observando a través del humo de tu cigarrillo. Te sigues observando en el espejo, caminando de cabeza en aquel cielo, tratando de ver a este lado, como buscando una puerta, una abertura o respuesta al por qué ese mundo tras el espejo es hoy especial, diferente. Quizás sólo con prestarle atención cobra vida y estará allí reclamando tiempo en otras aceras, en un vaso de agua, en un lago dormido, en el iris de un ojo a punto de llorar. Quizás tú y lo que te rodea sea el reflejo del mundo real y hoy acabas de hacer el descubrimiento más importante de todos los tiempos. Pero no es así. Hoy tu descubrimiento es que te encanta la ciudad después de la lluvia, requisito casi indispensable para ver de nuevo ese mundo tras los espejos de agua.

La lluvia se rinde finalmente y el reflejo que secuestró toda tu atención es todo quietud. Lanzas tu cigarrillo como un meteorito que se extingue al tocar aquel mundo reflejado, creando otro caos pasajero y en círculos concéntricos. Con la calma del espejo te das cuenta que tu cigarro cometa sólo existe de este lado y que quizás el reflejo si es diferente, especial, después de todo, y que la puerta, abertura o respuesta todavía espera por tu descubrimiento. El descubrimiento más importante de todos los tiempos. Al menos de este lado del espejo.

Pequeña serenata nocturna

No recordaba el contrapunteo nocturno de las ranas en el patio de la casa. La conversación incesante que mantienen estos vecinos anfibios mientras el sol descansa. Saberlas allí, escondidas entre verde y flores, invisibles y cantarinas. Exponiendo quizás sus quejas por el calor de la tarde, reclamando lluvia para mañana o regodeándose de la cacería del día ante su comunidad. Y pienso que quizás eso es lo único que no cambia al volver: los cantos de las ranas de mi casa. Plantas nuevas cubren las paredes del patio, los habitantes de la casa tenemos más hojas de calendario bajo el brazo. Kilos de más, kilos menos, familias nuevas, amigos menos, libros leídos y libros por leer. Pero las ranas de mi casa siempre cantan la misma canción.

No hay onomatopeya que le haga justicia a este sonido. Tampoco sé las notas que entonan. No me preocupa saber qué especie concreta tiene ínfulas  de coro de iglesia. No construyo una melodía con el ruidito constante, siempre constante. Pero hoy este sonido se me antoja triste. Hoy las ranas tienen guayabo de volver; por volver. y aunque sé que le cantan a la luna, aunque sé que no me cantan a mí, hoy esta pequeña serenata es mía.

“Vuelvo cada vez menos”, dice un verso de mi madre, que hoy es mío. Vuelvo cada vez menos joven, menos “yo” el que era y menos “yo” el que seré. Menos rico y con recuerdos que me pesan en el rostro. Menos inocente, menos tolerante. Vuelvo cada vez menos y entre cada volver se dilata más el tiempo, pero las ranas de mi casa siguen entonando su canción. Ellas me dicen que todo va a estar bien, que todo va a cambiar aunque ellas sigan enfrascadas en su canto monocromático, hilvanando el tiempo con un croar preciso y precioso. Aunque le sigan cantando a la luna y yo vuelva cada vez menos, todas mis noches en el trópico soy dueño de una pequeña serenata nocturna.

Seeking a friend for the end of the world.

Hace poco me topé con una película que lleva el nombre que robé como título de esta entrada: “Buscando un amigo para el fin del mundo”. La pregunta que genera, independientemente de la calidad del guión o de la historia en sí, me pareció digna de consideración: ¿Qué harías si sabes que el mundo se va a acabar pronto?

No es fácil asumir este tipo de escenarios apocalípticos, estos finales tan definitivos. Si bien una de las cosas que nos hace humanos, al menos a mi parecer, es poder contemplar nuestra mortalidad, es saber que algún día vamos a dejar de respirar. Pero, partir de que todo lo que nos rodea va a dejar de existir al mismo instante de nuestro último suspiro, es suficiente para provocar una migraña incluso al más sangre fría de nosotros.

La preocupación por dejar un legado es la primera que sale por la ventana. Dicen que los muertos vivirán mientras queden vivos para recordarlos, pero en el vacío simplemente nos desvaneceremos. Y visto así todo parece terriblemente desesperanzador, convirtiendo nuestro últimos días en la tierra en el perfecto caso de estudio para filósofos existencialistas como Kierkegaard, Nietzsche o Sartre.

Pero dejemos de lado la lucidez de esos pocos. ¿Qué  hacemos nosotros? Los condenados a un trabajo de oficina, a una hipoteca, al desamor, a la expectativa de un concierto o un viaje. ¿Cómo lidiamos con el absurdo de vivir, cuando todos los conceptos que rigen nuestro día a día se vuelven abstractos al tener fecha de caducidad? Más pesimismo para la lista interminable.

Si algo nos mantiene encauzados es saber que el mundo sigue y seguirá sin nosotros, pero en este caso el mundo se va con nosotros. Bienvenido entonces el libertinaje, la desinhibición, la honestidad y el anarquismo. Algunos se refugiarán en la religión que tanto renegaron o profesaron. Otros buscarán regazos conocidos o por descubrir. La mayoría perseguirá sueños diferidos, gestas heroicas o sus instintos animales —si no es que caen en la depresión más aplastante—.

Considerando mi actual posición geográfica, si me agarra un fin del mundo anunciado, tan lejos de mi familia, y con la imposibilidad de reencuentro, no tendría más remedio que refugiarme en el pragmatismo y en mi piso. Porque pretender que alguien quiera morir a mi lado, sin lazos familiares o afectivos que nos unan es egoísta. A mi parecer. Pero si encuentro simetría en la situación de otro, bienvenido será entonces a mi refugio. Aunque creo que por los caminos que me ha llevado pensar en esto, el título de este post debería ser: No friend required for the end of the world.

Después de las despedidas de rigor, mientras sean posibles por teléfono o por internet, escogería los mejores libros de mi modesta biblioteca, para releerlos al ritmo de mi música favorita —mientras haya electricidad, para vivir muchas vidas hasta que todo sea silencio.

Después de todo, esperar por el fin del mundo se asemeja mucho a un domingo en soltería. Y quizás la necesidad de escribir algo versus la futilidad de hacerlo gane la carrera en el último momento, para dejar un testimonio austero para aquellos que queden o los que nazcan de las cenizas.

Piérdete

Decidiste caminar porque —vamos a estar claros— lo necesitas. Más de lo que estés dispuesto a admitir. Te conoces la dirección general de las calles, esa nunca la olvidas. Los nombres, eso es otro asunto. Los nombres quedan de la repetición, de haber labrado el mismo recorrido una y otra, y otra vez más. Porque siempre cruzas en la misma esquina, de la misma acera a la otra. ¿Por qué siempre cruzas en la misma esquina, de la misma acera a la otra? En fin, no respondas. Concéntrate, que te pueden atropellar. Ya sé que te llena de tranquilidad creerte, aunque sólo sea por un momento, en pleno control de tus acciones y recorridos. Especialmente en días como hoy, en los que enfrentarse a una burocracia adormilada parece el argumento perfecto para un relato de terror.

¿Pero qué pasa si te pierdes? ¿Qué pasa si te convences de que se mapa virtual en el que confías más que en tu sentido común tiene un virus irreparable? Piérdete. Da trece pasos en vez de tres, cruza a mitad de calle y con luz roja, gira a la izquierda aunque a la derecha esté tu café preferido. Piérdete sin conocimiento de causa. Piérdete por el placer de la incertidumbre. No huyas del Sol, ni de la avalancha de gente que se avecina, entra al parque que tienes viendo cinco años y que no tiene ningún propósito urbanístico según tu opinión. Piérdete, y quizás esta ciudad que tanto te aburre te sorprenda todavía.

No me vengas con esa de que “somos animales de costumbres”. No uses los lugares comunes del lenguaje, habita los lugares comunes de la realidad que te rodea. Conviértete en cartógrafo por una tarde, descubre de noche el norte gracias a una estrella. Piérdete de una vez por todas, porque en tus pasos repetidos todavía no has encontrado el rumbo que buscas con tu brújula imantada. Piérdete, y quizás logres conseguirte y sorprenderte todavía.

De subidas y bajadas a 1mt por segundo

Siempre he pensado que los ascensores son un microcosmos perfecto de nuestra sociedad. Tan fascinado estoy por estas cajas metálicas, cuya única función aparente es el transporte de cuerpos y objetos de un punto a otro, que escribí un relato que toma lugar en uno. Un poco artificioso como punto de partida, pero así es la licencia literaria.

Los ascensores sacan a relucir nuestra verdadera naturaleza como animales sociales. Si estamos solos, generalmente sucumbimos al ego haciendo cosas que normalmente no haríamos acompañados, como admirar nuestro atuendo en el espejo, o por qué no, nuestro cuerpo y rostro, practicando expresiones,  reacciones y nuevas tallas de cintura, y sobretodo si salimos de casa para encontrarnos con alguien que nos despierta algún interés. En un ascensor estamos protegidos de extraños, del juicio ajeno, del esfuerzo de subir unas escaleras que probablemente deberían ser ilegales —a menos que sufras de una claustrofobia aguda, pero eso es otro asunto—.

Si el viaje es compartido, entonces entra en la ecuación nuestro comportamiento social. Un vecino desconocido lleva al saludo y a la interacción mínima requerida por la diplomacia. Un vecino conocido lleva a la conversación sobre el clima, sobre el inquilino del 5-B que es un salvaje y deberían desalojar. Un miembro atractivo del sexo opuesto despierta dotes de casanova o de florero con flores marchitas. Un anciano, a la lástima, al ofrecimiento de ayuda con la bolsa de la compra y al miedo latente de que se muera súbitamente. Estamos los que guardamos silencio sepulcral, mientras buscamos donde concentrar la mirada al mismo tiempo que resguardamos nuestro espacio personal. Están los que actúan como si estuvieran en la sala de su casa, manteniendo la conversación del móvil y hablando de movimientos bursátiles, escarbando sus poros y fosas nasales con ayuda del espejo y excusándose con las dimensiones del ascensor para abrazarnos con su aliento mañanero. Los hay como diferencias hay en el mundo, y la única forma de evitarlos es la vivienda unifamiliar o la tortura del ejercicio aeróbico de los escalones.

Pero el aspecto que más curiosidad me da del comportamiento en tránsito de los ascensores es cuando esta caja metálica de dimensiones y velocidades variables se convierte en un tablón de anuncios comunitario. Basta que aparezca una hoja de papel pegada en el espejo, anunciando un corte de servicios, una reunión de condominio o una mudanza, para sacar a relucir lo más hondos deseos de artistas del grafiti que indudablemente tienen todos los habitantes del edificio. Se pueden ver quejas pasivo-agresivas sobre ese corte de servicios, exigencias de dimisión de la junta de condominio actual, insultos por el desastre inminente que producirá la mudanza anunciada, declaraciones de amor y humor, bocetos infantiles, estudios de anatomía genital y declaraciones de principios revolucionarios. Poco a poco la hoja va perdiendo superficie por los garabatos, por las palabras tachadas, porque alguien al parecer necesitaba un pedazo de papel blanco para botar un chicle, o a veces ese chicle destinado a la basura ahora decora la hoja con el orgullo del anonimato. Ese papel representa una celebración democrática, un triunfo de la libertad de expresión, un manifiesto del deseo del arte.

Siempre pensé que este era un fenómeno venezolano, el lado de la viveza y humor criollo que es paradoja de estigma y orgullo, pero después de vivir tanto tiempo en tierras catalanas, me doy cuenta de que si no es una expresión mundial, al menos la compartimos con nuestros colonizadores. Recientemente en mi edificio amaneció con el ascensor vestido y forrado de cartón, un vecino está de reformas y la ropa nueva del elevador claramente está dispuesta para proteger a la única pieza del edificio que no data de 1920. Pero este lienzo marrón fue una tentación demasiado grande para la expresión de la comunidad, que poco a poco empezó a colonizar espacios con quejas sobre Rajoy, con gritos de Visca Catalunya, con una llamada de atención a la vecina del 3-1 por sus perros, con prácticas de caligrafía. Yo dibujé un pentagrama invertido para plantear un dialogo teológico y por joder, no tardó en aparecer una cruz, una estrella de David y una esvástica Nazi, típicos todos del Street art amateur. También empezó el canibalismo con el forro de cartón, a la semana de aparente tranquilidad empezaron a aparecer surcos hechos con llaves, tramas geométricas de perforaciones, una partida de Tic Tac Toe en bajo relieve, en fin, toda una serie de manifestaciones que no documenté por falta de visión a futuro.

Ya hoy el deseo de vernos en el espejo pudo más que las ganas de cuidar al ascensor, que cada día está más visible tras lo jirones de un material inanimado que no tiene la culpa, ni la fuerza de contener la expresión de una comunidad, que aparentemente usa la libertad absoluta que nos regala el ascensor fuera de nuestra casa para gritarle al mundo lo que piensa, o lo que no piensa. Quizás haya malgastado líneas y el tiempo de algunos al hablar de este tema tan llano, pero el que nunca haya profanado una hoja de papel pegada en su ascensor, que lance la primera piedra.

Para los curiosos que quieran leer el relato que mencioné al inicio lo pueden encontrar aquí. 
El ascensor en toda su gloria democrática.
 

Days of Future Past

Mi móvil se ha convertido en una máquina del tiempo. Específicamente la bandeja de entrada de Hotmail. Bastó una actualización del sistema operativo para que el aparato empezara a mostrar dotes de clarividencia retrógrada. Me están llegando hoy emails que leí hace tres años, emails de personas muy específicas, emails que me hablan de la incertidumbre que vivía en esas fechas. Esta combinación de ceros, unos y bytes de información es lo más cerca que he estado de sentirme un personaje de Kafka, leyendo su correspondencia acumulada, en el diván mal iluminado de una habitación de alquiler. Para revivir epistolarmente un fracaso sentimental, un plan de viaje que poco a poco se fue quedando en el papel —o en la pantalla, mejor dicho—, o el miedo latente de una posible mudanza a una ciudad nueva.

Parece obra de una simetría cósmica que mi móvil me muestre palabras de tiempos de encrucijadas precisamente cuando mi camino empieza a dividirse como un fractal. Como si estos emails fuesen parábolas de mi propia cosecha, o la cápsula del tiempo que hubiese querido enterrar de niño para luego recuperar de adulto y poder ejercer mi derecho a la nostalgia con algún juguete querido o un dibujo inocente.

La excusa está servida en bandeja de plata para acercarme a los nombres que han ido apareciendo en mi inbox rebelde al tiempo, para pensar en aquellos en los que la separación fue definitiva, para perderme en el saludo cariñoso de un fallecido, para cuestionarme decisiones cuyas consecuencias todavía vivo y veo como cada una de esas líneas era la crónica de una muerte anunciada. Y estos tres años se me antojan más años luz que terrestres, porque he cambiado hasta mi corte de pelo, y viniendo de alguien cuyas decisiones capilares son tan conservadoras es decir mucho.

De lo único que no me cabe duda, y que gracias a esta anomalía temporal informática simplemente es más evidente, es que tengo asuntos pendientes, tareas inconclusas, promesas rotas, sueños diferidos y miedos en espera, y que todos mis arrepentimientos tienen nombre de mujer.

Una canción de esos días que mi Hotmail insiste tanto en recordarme:

De las despedidas y el cambio de estación

Quizás me esté aprovechando de la polémica —ya para estos días calmada—, pero hoy me monto sin vergüenza en el último vagón de la debacle generada por el video “Caracas: Ciudad de Despedidas”. Antes de que se le olvide a todo el mundo que el video existe, como ocurre con todo lo que aparentemente indigna a la población venezolana en los últimos años. Tenemos memoria selectiva, corta y monotemática.

Éste último vagón es más de fondo que de forma. No voy a hablar del video, ni de sus historias y personajes. No voy a caer en la seductora trampa de descalificar a otros protegido por la impersonalidad —pero nunca anonimato— del internet. Voy a hablar de irse, porque me fui, me despedí, me despido todos los años, y todavía me estoy despidiendo.

Una serie de eventos afortunados e impredecibles me llevaron al exilio voluntario. Digo exilio con toda la connotación heroica que requiere, con todo el peso histórico que llevaron los exilios de nuestros próceres y políticos de antaño. Porque dejar la tierra que te vio nacer es un acto de valentía, pasajera o permanente, pero valentía al fin. Porque separarte de todo lo que te ha hecho lo que eres debería requerir un postgrado en sí mismo. Porque aparte de luchar contra una nueva cultura, principalmente estarás luchando contigo mismo. Parece mentira que llegas a conocer mejor tu sombra cuando son otras luces las que la dibujan.

Irse es asistir a velorios a través de una llamada telefónica, es replantear la topografía de tus sentimientos para acomodar noticias muy buenas y muy malas a horas indecentes, es descubrir que tus pantorrillas no están sólo diseñadas para un freno, un acelerador o el suelo de un autobús. Irse es encontrar consuelo al oír el acento de otro venezolano en la calle, para abordarlo o hacerte el pendejo según tu naturaleza social. Irse es venderles Venezuela a tus amigos nativos como si fuera lo mejor y lo peor del mundo, al mismo tiempo, y viceversa. Porque nunca nos cansamos de hablar de donde venimos. Hasta el más apático tiene que hablar de la apatía que le produce Venezuela. Pero no deja de hablar de ella.

Irse es someter tu paladar a una evolución acelerada para detectar en la oferta local aquellos sabores irreemplazables de tu dieta pre-exilio, también es educarlo en gustos nuevos raros, imprácticos, caros, ahorrativos. Irse es aprender a cazar sofás en función de su ubicación geográfica y tu relación con sus dueños, es perder el pudor a la hora de cobrar lo que le corresponde a los demás en la cuenta grupal. Irse es encontrarte con la existencia de un idioma que no sabías que existía, es descubrir que te gusta el jazz porque al fin saliste de tu zona de confort musical, es hacerte infinitamente atractivo a cualquier contacto casual por vivir en alguna ciudad con buena reputación.

Irse es ser el primero o el último en felicitar a tu amigo por su cumpleaños porque la diferencia horaria no tiene consideración con tu vida social en Venezuela, de la que formas parte activamente a través de redes sociales y aparatos telefónicos. Irse es esperar menos de la gente y esperar más de ti, es conocer realmente quiénes realmente te conocen, es llamar a tu mamá desde el otro lado del planeta para que te explique otra vez como se empanizan las milanesas y cómo hacer para escoger un buen plátano maduro. Irse es entender en carne propia que en el resto del planeta hay estaciones que afectan tu comportamiento, tu vestimenta y tus elecciones alimenticias, es enamorarse de la nieve, es subestimar a la primavera, es burlarse de los veranos, es indiferencia al otoño.

Irse es complicado, es mucho más complicado que tomar un avión y aterrizar donde rija otra constitución diferente. Tan complicado es que mis circunstancias no son siquiera parecidas a las de mi hermano, con el que comparto exilio, y eso que nos separan apenas unos metros. Y hoy no toco este tema para dejar un manual de instrucciones, si no la impresiones que me causan el hablar de irse, sobretodo cuando estoy pensando en volver. De la parte bonita y aleccionadora de ser un emigrante ya hablé hace un tiempo, es tarea para los curiosos oinsomnes.