De subidas y bajadas a 1mt por segundo

Siempre he pensado que los ascensores son un microcosmos perfecto de nuestra sociedad. Tan fascinado estoy por estas cajas metálicas, cuya única función aparente es el transporte de cuerpos y objetos de un punto a otro, que escribí un relato que toma lugar en uno. Un poco artificioso como punto de partida, pero así es la licencia literaria.

Los ascensores sacan a relucir nuestra verdadera naturaleza como animales sociales. Si estamos solos, generalmente sucumbimos al ego haciendo cosas que normalmente no haríamos acompañados, como admirar nuestro atuendo en el espejo, o por qué no, nuestro cuerpo y rostro, practicando expresiones,  reacciones y nuevas tallas de cintura, y sobretodo si salimos de casa para encontrarnos con alguien que nos despierta algún interés. En un ascensor estamos protegidos de extraños, del juicio ajeno, del esfuerzo de subir unas escaleras que probablemente deberían ser ilegales —a menos que sufras de una claustrofobia aguda, pero eso es otro asunto—.

Si el viaje es compartido, entonces entra en la ecuación nuestro comportamiento social. Un vecino desconocido lleva al saludo y a la interacción mínima requerida por la diplomacia. Un vecino conocido lleva a la conversación sobre el clima, sobre el inquilino del 5-B que es un salvaje y deberían desalojar. Un miembro atractivo del sexo opuesto despierta dotes de casanova o de florero con flores marchitas. Un anciano, a la lástima, al ofrecimiento de ayuda con la bolsa de la compra y al miedo latente de que se muera súbitamente. Estamos los que guardamos silencio sepulcral, mientras buscamos donde concentrar la mirada al mismo tiempo que resguardamos nuestro espacio personal. Están los que actúan como si estuvieran en la sala de su casa, manteniendo la conversación del móvil y hablando de movimientos bursátiles, escarbando sus poros y fosas nasales con ayuda del espejo y excusándose con las dimensiones del ascensor para abrazarnos con su aliento mañanero. Los hay como diferencias hay en el mundo, y la única forma de evitarlos es la vivienda unifamiliar o la tortura del ejercicio aeróbico de los escalones.

Pero el aspecto que más curiosidad me da del comportamiento en tránsito de los ascensores es cuando esta caja metálica de dimensiones y velocidades variables se convierte en un tablón de anuncios comunitario. Basta que aparezca una hoja de papel pegada en el espejo, anunciando un corte de servicios, una reunión de condominio o una mudanza, para sacar a relucir lo más hondos deseos de artistas del grafiti que indudablemente tienen todos los habitantes del edificio. Se pueden ver quejas pasivo-agresivas sobre ese corte de servicios, exigencias de dimisión de la junta de condominio actual, insultos por el desastre inminente que producirá la mudanza anunciada, declaraciones de amor y humor, bocetos infantiles, estudios de anatomía genital y declaraciones de principios revolucionarios. Poco a poco la hoja va perdiendo superficie por los garabatos, por las palabras tachadas, porque alguien al parecer necesitaba un pedazo de papel blanco para botar un chicle, o a veces ese chicle destinado a la basura ahora decora la hoja con el orgullo del anonimato. Ese papel representa una celebración democrática, un triunfo de la libertad de expresión, un manifiesto del deseo del arte.

Siempre pensé que este era un fenómeno venezolano, el lado de la viveza y humor criollo que es paradoja de estigma y orgullo, pero después de vivir tanto tiempo en tierras catalanas, me doy cuenta de que si no es una expresión mundial, al menos la compartimos con nuestros colonizadores. Recientemente en mi edificio amaneció con el ascensor vestido y forrado de cartón, un vecino está de reformas y la ropa nueva del elevador claramente está dispuesta para proteger a la única pieza del edificio que no data de 1920. Pero este lienzo marrón fue una tentación demasiado grande para la expresión de la comunidad, que poco a poco empezó a colonizar espacios con quejas sobre Rajoy, con gritos de Visca Catalunya, con una llamada de atención a la vecina del 3-1 por sus perros, con prácticas de caligrafía. Yo dibujé un pentagrama invertido para plantear un dialogo teológico y por joder, no tardó en aparecer una cruz, una estrella de David y una esvástica Nazi, típicos todos del Street art amateur. También empezó el canibalismo con el forro de cartón, a la semana de aparente tranquilidad empezaron a aparecer surcos hechos con llaves, tramas geométricas de perforaciones, una partida de Tic Tac Toe en bajo relieve, en fin, toda una serie de manifestaciones que no documenté por falta de visión a futuro.

Ya hoy el deseo de vernos en el espejo pudo más que las ganas de cuidar al ascensor, que cada día está más visible tras lo jirones de un material inanimado que no tiene la culpa, ni la fuerza de contener la expresión de una comunidad, que aparentemente usa la libertad absoluta que nos regala el ascensor fuera de nuestra casa para gritarle al mundo lo que piensa, o lo que no piensa. Quizás haya malgastado líneas y el tiempo de algunos al hablar de este tema tan llano, pero el que nunca haya profanado una hoja de papel pegada en su ascensor, que lance la primera piedra.

Para los curiosos que quieran leer el relato que mencioné al inicio lo pueden encontrar aquí. 
El ascensor en toda su gloria democrática.
 
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4 comentarios en “De subidas y bajadas a 1mt por segundo

  1. Me encanta leerte. Tan fresco y divertido. No hay tema pequeño. Ya ves, de un ascensor has hecho un estudio del ser humano y una comparativa entre culturas. Cuando somos capaces de escuchar, de verdad, al otro (a mí generalmente me pasa cuando leo a otro) te das cuenta de que no somos en absoluto diferentes, o en todo caso más en la forma que en el fondo.Deseo que te vaya muy bien por allá.Un beso

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