Seeking a friend for the end of the world.

Hace poco me topé con una película que lleva el nombre que robé como título de esta entrada: “Buscando un amigo para el fin del mundo”. La pregunta que genera, independientemente de la calidad del guión o de la historia en sí, me pareció digna de consideración: ¿Qué harías si sabes que el mundo se va a acabar pronto?

No es fácil asumir este tipo de escenarios apocalípticos, estos finales tan definitivos. Si bien una de las cosas que nos hace humanos, al menos a mi parecer, es poder contemplar nuestra mortalidad, es saber que algún día vamos a dejar de respirar. Pero, partir de que todo lo que nos rodea va a dejar de existir al mismo instante de nuestro último suspiro, es suficiente para provocar una migraña incluso al más sangre fría de nosotros.

La preocupación por dejar un legado es la primera que sale por la ventana. Dicen que los muertos vivirán mientras queden vivos para recordarlos, pero en el vacío simplemente nos desvaneceremos. Y visto así todo parece terriblemente desesperanzador, convirtiendo nuestro últimos días en la tierra en el perfecto caso de estudio para filósofos existencialistas como Kierkegaard, Nietzsche o Sartre.

Pero dejemos de lado la lucidez de esos pocos. ¿Qué  hacemos nosotros? Los condenados a un trabajo de oficina, a una hipoteca, al desamor, a la expectativa de un concierto o un viaje. ¿Cómo lidiamos con el absurdo de vivir, cuando todos los conceptos que rigen nuestro día a día se vuelven abstractos al tener fecha de caducidad? Más pesimismo para la lista interminable.

Si algo nos mantiene encauzados es saber que el mundo sigue y seguirá sin nosotros, pero en este caso el mundo se va con nosotros. Bienvenido entonces el libertinaje, la desinhibición, la honestidad y el anarquismo. Algunos se refugiarán en la religión que tanto renegaron o profesaron. Otros buscarán regazos conocidos o por descubrir. La mayoría perseguirá sueños diferidos, gestas heroicas o sus instintos animales —si no es que caen en la depresión más aplastante—.

Considerando mi actual posición geográfica, si me agarra un fin del mundo anunciado, tan lejos de mi familia, y con la imposibilidad de reencuentro, no tendría más remedio que refugiarme en el pragmatismo y en mi piso. Porque pretender que alguien quiera morir a mi lado, sin lazos familiares o afectivos que nos unan es egoísta. A mi parecer. Pero si encuentro simetría en la situación de otro, bienvenido será entonces a mi refugio. Aunque creo que por los caminos que me ha llevado pensar en esto, el título de este post debería ser: No friend required for the end of the world.

Después de las despedidas de rigor, mientras sean posibles por teléfono o por internet, escogería los mejores libros de mi modesta biblioteca, para releerlos al ritmo de mi música favorita —mientras haya electricidad, para vivir muchas vidas hasta que todo sea silencio.

Después de todo, esperar por el fin del mundo se asemeja mucho a un domingo en soltería. Y quizás la necesidad de escribir algo versus la futilidad de hacerlo gane la carrera en el último momento, para dejar un testimonio austero para aquellos que queden o los que nazcan de las cenizas.

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