HIde and Seek

Estoy cansado de ser el escaparate de tus inseguridades, la llamada para tu dosis semanal de autoestima, ese cuartico a control remoto donde te refugias a esperar que pasen las tormentas. Y me escondo, me escondo de ti, de todo lo que una vez dijiste. Me escondo con toda la valentía que requiere ser un cobarde en tu presencia.

Siempre has estado corriendo, huyendo a paso firme; de todo, de todos, de ti. De mí especialmente. Me había aferrado por años a esa carrera de resistencia que le tienes a la paciencia de la gente, a esa prueba constante de fidelidad y atención, pensando en que iba a tener más aguante que tú. Que, como un buen fondista, me mantendría a flote entre los demás, sólo para dar la última carrera y finalmente alcanzarte, a pesar de que mi condición física y adicción a la nicotina son contraproducentes para el ejercicio. Cada zancada, cada vista en tu retrovisor, te acercaba a otros, pero yo era el murmullo constante detrás de tus pasos. Y cada metro ganado por mí encerraba un premio, un respiro nuevo para pulmones maltrechos y brisas que aligeraban la carga de mi peso, de mis años de maratonista ciego y enajenado.

Mis labores no se limitaban a delirios persecutorios. También me entrené en el arte de convertir tus miradas pixeladas en manifiestos de intenciones y promesas, en construir castillos con las migajas de tu atención, en inventar la alquimia necesaria para tratar de convertir tus palabras de plomo en granitos de oro.

Pero tú no me pediste nada de esto. Nunca me exigiste devoción. Esa me la inventé yo solito, aferrado a todas las palabras que precisamente no decías. No pude haber escogido una mejor palabra. La devoción inspira fanatismo unidireccional e inmisericorde. Tu falta de culpa al principio no pudo haber quedado más clara cuando decidieron en tu nombre el interponer un mar entre nuestros códigos postales. Pero a mí no me importó. Lo más triste del asunto, o lo imposiblemente cursi del asunto, fue que decidí hacerle oídos sordos a la distancia, a la realidad de que aunque nunca me pediste nada, mi propósito era convertirme en el faro que eventualmente iba alumbrar los pasos de tu regreso.

Sin descanso fui, hasta no hace mucho, un faro insomne y vigilante. Así hubiese barcas nuevas en mi costa, así mi puerto gozara de atenciones diligentes, mi lumbre existía únicamente para un navío fantasma del que sólo quedan historias y leyendas. Hasta que un día, finalmente, decidiste anclarte en mis brazos, fondear brevemente mis labios, dejar tu bandera en el puerto que tanto te había esperado. Pero fui sólo un lugar de paso, una marca más en tu búsqueda de antípodas, la pequeña isla que te ofrecía sustento inacabable para tu carrera eterna y terminaste viendo en tu espejo retrovisor sin pena, sin gloria, sin remordimientos.

Me preguntas qué hiciste. Me pides disculpas vacías como si la única víctima de tu paso intempestivo por mi isla fuese un lámpara o un plato viejo. Te declaras incompetente en conocer la razón de mi evasión, de mi escondite labrado con miedo y rabia. Y ese es precisamente el problema. Ese es el gran elefante rosado en la esquina de la habitación. La verdad ineludible de que todo siempre fue producto de mi imaginación hiperactiva, alimentada por tus medias tintas y tus palabras ambivalentes.

El problema es que tú tenías que saber que premiar mi resistencia con unos besos tímidos no iba a ser tomado como un acto deportivo, como un capricho de vacaciones. Era una promesa, una razón de fiesta, la prueba final de que esperar no es de locos, del que persevera alcanza y todas las estupideces dignas de citas en un libro de autoayuda.

Tiempo después me tocó el papel de hacer de barco y buscar tu faro. Fui recibido con silencios, con un “aquí no ha pasado nada” tatuado en tu frente, e inmediatamente traté de labrar el aire de tu vacío con respuestas, con explicaciones, con motivos secretos. Pero solo me topé con la pared insonora de un cambio de tema, con las excusas absurdas de un “ya hablaremos”, y aunque estaba caminando maniatado a mi propia ejecución tenía que verte a los ojos y darte la última oportunidad de redención, la última oportunidad de una conversación adulta. Pero el silencio pudo más que tú.

Ahora quiero música para crear y destruir mundos, ruidos disonantes que reten mi sanidad mental, melodías azucaradas y notas estridentes.

Tu silencio era promesa y yo me cansé del silencio.

Despropósitos de Año Nuevo.

Otro año más para adornar calendarios y correspondencia no enviada. Otro año que se vuelve historia al sonido de doce campanadas, o disparos, o con la cuenta regresiva de una pantalla incandescente que grita en un idioma que no es el tuyo. Otro año que nace de las cenizas de unos 365 días cuyo único propósito aparente fue ser la antesala a todo lo bueno que este año nos espera, porque sí, porque me lo merezco, porque me da la gana, porque trabajaré por ello, porque según los Mayas es el fin del mundo, porque me toca, porque no tengo nada mejor que hacer. Aunque esté hablando de esto un mes tarde.

Quizás esa devoción que nos devora por hacernos promesas a nosotros mismos sea la chispa necesaria para despertar del estupor del tiempo perdido, quizás sea el fatalismo de la supervivencia, quizás es que queremos decorar nuestra vida con falsa introspección. Y nos devanamos los sesos en juicios y prejuicios, en la criba de cosas que se esperan de nosotros y las que esperamos nosotros de nosotros mismos y los demás, en insistir en encender sentimientos bonitos en la persona que te usa por divertimento, en cumplir metas imposibles con la determinación de querer volar sin alas. Probablemente sea que nuestra mente tiene ínfulas maquiavélicas que florecen en los días de diciembre y poco a poco se ahogan con los vientos de enero. Lo cierto es que este escrito es un despropósito en sí mismo porque quería aparecer con el despertar del año nuevo, pero se quedó sin fuerzas y sin ganas, sólo para ver la luz tarde. Un mes más tarde.

¿O es el despropósito lo que precisamente nos mueve? ¿El empujón necesario para abordar la incertidumbre con el pecho hinchado y a prueba de balas? La retórica sigue siendo la única constante de esas doce campanadas, hoy treinta días lejanas. Un eco que reverbera en el baile de las agujas del reloj, en los pasos que nos mueven del reposo a la acción, en el latido de un corazón que busca un hogar ajeno para descansar. Hoy que se duda hasta de la infalibilidad de la leyes de la física, hoy que le gritamos a los cuatro vientos cualquier nimiedad, hoy que no sabemos nada pero conocemos todo. Hoy, aunque sea un mes tarde.

Buscando hallaca ando yo.

Diciembre está a muy pocos giros del calendario. El último mes del año, y como todos los finales, viene acompañado de exámenes de conciencia, propósitos de enmienda, listas interminables de metas cumplidas, cosas que no hicimos, palabras que no dijimos, lugares que no visitamos. Todos, de alguna manera, adquirimos un complejo de Ave Fénix. Queremos renacer de nuestras propias cenizas el primer día del año y comernos al mundo con la fuerza de los mil soles que poco a poco nos convirtieron en esas cenizas durante el año que pasó.Diciembre también es Navidad, Hannukah, Kwanzaa y sabrá Dios que otras cosas más. Recogimiento espiritual para unos, capitalismo salvaje para otros, y hacer las cosas correctas por las razones equivocadas para los demás. Lo cual es maravilloso, por algo nos llenamos la boca diciendo que somos libres.

Dentro de todos estos diciembres, está el diciembre venezolano. Un mes de aguinaldos y gaitas, comida navideña, regalos y encuentros familiares, que inevitablemente filtrado por la situación política, económica y social del país, decantará en navidades tan diferentes como venezolanos existen. Y aquí entran las navidades de los venezolanos en el exilio (me gusta esta palabra porque me hace sentir como un prócer que espera pacientemente por su regreso triunfal a la patria, aunque no esté en mis planes regresar clandestinamente con un ejército a cuestas). Para los venezolanos repartidos como polen por el mundo, diciembre se resume en: la existencia o no de hallacas. El factor familia queda a juicio del facultativo.

Las hallacas, para los que no comparten mi nacionalidad, son una masa de maíz, rellena con un guiso de carne y otros ingredientes afines, envuelta toda en hojas de plátano, para servir caliente después de hervir por una hora, explicado así no suena muy suculento, pero si nos ponemos a explicar cómo son unos callos a la madrileña nos encontramos con el mismo problema. Por estas latitudes catalanas ya empezaron las conversaciones sobre este plato indispensablemente navideño: quién las sabe hacer, dónde venden los ingredientes, los nombres y direcciones de las pocas tiendas que las hacen, los precios, lo mucho que las aman, lo mucho que las odian.

Mi historia personal con las hallacas comenzó apenas hace un año y aquí en Barcelona, cuando me vi agregado y bienvenido, junto con mi hermano, al clan Bauder, una familia que se merece su propio Blog, serie de libros de aventuras y un reality show; es imposible aburrirse con esta gente. Hasta ese momento odiaba a este plato navideño con gran parte de mi ser, la culpa se la atribuí a mi madre, que me dio a comer una siendo niño, lo que trajo consecuencias desastrosas para mi estómago ese día y un miedo patológico al contenido de esas hojas de plátano que me duró dos décadas y veintitantas cenas navideñas familiares.

Esa primera invitación de las Bauder llegó un día de noviembre que no traía nada interesante, salvo frío. Tenía la promesa de una velada de esas de restaurante de pueblo: ambiente familiar, música en vivo (o un Ipod variadito en su defecto), calidad garantizada y atendido por sus propios dueños. Confieso que me interesaba más compartir con la gente presente que participar en la producción del plato navideño (mi hermano si es capaz de asesinar por una hallaca), pero una vez en la cocina de la casa, y entre risas y bebidas, fue imposible no querer meter las manos en la masa. Por haber participado en el proceso, que duró la buena parte de unas 5 horas, tuve el privilegio de armar unas hallacas custom made, desprovistas de los ingredientes que me convierten en un monje en ayuno frente a una hallaca normal: pasas, aceitunas y alcaparras. Mi responsabilidad en la cadena de producción era precisamente la de agregar los ingredientes adicionales al guiso, por lo que poder confeccionar mi propio modelo fue un doble triunfo.

Increíblemente ya pasó un año desde ese día (y pensar que le quedan 30 días al 2011 sinceramente me tiene al borde de un ataque de nervios) y me encontré de nuevo con el clan Bauder, y con mi hermano, para hacer las hallacas de este diciembre en el exilio. La cadena de producción estuvo a toda máquina para la manufactura de 100 unidades. Por supuesto me abastecí con mis propios modelos, y debo admitir que comerse una hallaca de almuerzo en un frío día de noviembre le alegra el día a cualquiera. Lo curioso es que estando en Venezuela no he comido la comida más venezolana que hay, porque hasta las arepas las compartimos con otra gente. Ya quedará de parte del tiempo buscarme la solución para una futura navidad sin las Bauder cerca, o me arriesgo con hallacas anónimas, o secuestro la línea de producción en casa de algún familiar, o me declaro en celibato hallaquístico (y me perdonan el neologismo). Les mantendré informados.

Welcome

Bienvenido al momento en que finalmente te arriesgaste por algo, después de esperar más tiempo del razonable, sólo para quedarte atascado en un limbo espectacularmente árido. Bienvenido al lugar donde la razón se acuesta a dormir sin avisar, entregándole el control de tus impulsos a un músculo en el que no confías mucho. Bienvenido al viaje para el que tienes más equipaje del permitido y ni la más mínima idea del destino, o medio de transporte. Bienvenida la sensación de unas lágrimas que se hacen inquilinas del breve espacio entre la nariz y los ojos, sólo para no salir y acampar allí indefinidamente.

Bienvenidas las respuestas merecidas, y no las buscadas incansablemente en cada cambio de expresión, en el imposible latido de una mirada, en el descubrimiento de una manera de caminar, en las palabras que no saboreamos. Bienvenida la espontaneidad recientemente descubierta, a costa del sacrificio de mantener la compostura y buenas costumbres. Bienvenido a los días en que el frío detrás de la ventana te cuestiona constantemente sobre las razones de tus movimientos y la escogencia de guardarropa. Bienvenidas las listas interminables de cosas por hacer, las conversaciones con objetos y personas inanimadas, las responsabilidades relegadas por la incompetencia de otros.

Bienvenidos sean los verdugos del tiempo libre, los capellanes de la conciencia, las azafatas del mal humor, los vigilantes de aquél lugar del mapa que no conocías todavía. Bienvenida sea la tentación de desaparecer detrás de unas gafas oscuras y caminar invisible por un océano de rostros blandos. Bienvenida la tersa bocanada blanca que me abraza el pecho, suplantando con calor la huella de manos frías. Bienvenida la estela de notas largas que se pierden en la noche sin otros cómplices que mis oídos.

Bienvenido el juicio y decreto de guerra a muerte de una página en blanco, a falta de la fuerza para gritar palabras al viento y esperar el veredicto de una transgresión que sólo sé yo que cometí. Bienvenida la incertidumbre.

Sean todos bienvenidos.

Cadáver Exquisito I

Todavía puedo ver sus rostros lamentándose desde aquí, a pesar de la oscuridad. A veces llego a oír el murmullo ahogado de sus gargantas gastadas, arrepentidas por haber ensuciado el cielo. No recuerdo cómo ni porque, el cuándo también se escapó hace mucho, pero un día —o una noche, tal vez— las llanuras azules que cubrían nuestras cabezas eran ahora negras como el hollín. Decidí entonces, quizás por vocación de artista frustrado o por nostalgia empedernida, devolverle el color a los cielos a pinceladas.

Mi andamiaje de pintor es una cárcel corcel con vida propia, fuerte e incansable, decorada con el azul que no quiero olvidar y que con paciencia trato de revivir. Hasta me procuré una gran tela para no caer en la negligencia de ensuciar el suelo con mi trabajo, es suficiente tener que preocuparme con la bóveda celeste para no condenar a otra alma a hacerle el mismo servicio a la tierra.

Y aunque inevitablemente solitario en la faena no estoy solo en mis días, siempre me acompaña un caracol ardiente que ancla mi cordura con historias de ciudades vivientes y éxodos de fuego. Sin embargo reconozco que mi oficio ha hecho estragos en mi sanidad, a pesar de la compañía, a pesar del empeño de mi pincel. Confieso ver a veces, entre el negro imperante, a una figura infantil que siento mía. Mía quizás por ser fruto de mi vientre o mía por ser el recuerdo de días iluminados. Pero buscando a ese niño furtivo empiezo a ver algo del color que tanta falta me hacía, y sé que aún queda mucho trabajo por hacer. El cielo necesita otra mano de pintura.

Casino Royale

La invitación llegó clandestina y de boca en boca, como para todas las reuniones secretas y exclusivas. Fulano montó un casino en su casa, llégate allá esta noche a tal hora y no pierdas la compostura, fue todo lo que me dijeron, aparte del obligatorio no se lo digas a nadie, ni se te ocurra decirle a nadie. La escena que se armó inmediatamente en mi sobre estimulado cerebro parecía salida de viaje en el tiempo a Montecarlo en 1960. Le pregunté al encargado de convidarme sobre el código de vestimenta, ya que mis expectativas eran bastante románticas, por decir menos, pero si de algo estaba seguro era que no iba a necesitar un traje de etiqueta, había que preguntar igual. La respuesta fue tan llana como la invitación, no seas pendejo, vístete normal. Fair enough, hoy no haré mi debut de smoking, pero al menos una camisita me pongo, me dije, primero muerto que sencillo.

Después de ver innumerables películas de James Bond asocio la palabra casino a hombros femeninos casualmente cubiertos por pieles de animales en peligro de extinción, a una fila eterna de Ferraris, Masserattis y Aston Martins, a hombres que si bien no tienen una apariencia amenazadora seguramente tienen un rayo láser gigante en alguna isla tropical, a realeza venida a menos que apuesta sus títulos nobiliarios porque el dinero se esfumó en un juego de ruleta, a relojes que cuentan cartas, lanzan dardos tranquilizadores o tienen kilómetros de cuerda para escalar, a pedir tragos agitados pero no mezclados, a mujeres que en vez de repartir fichas deberían tener templos en su honor en las costas griegas. En fin, soy un hijo de la ficción y la fantasía, qué les puedo decir.

Llegué a la locación establecida. Recordé antes el resto de las instrucciones, no comas nada que va a haber comida y bebida, me dijeron, hasta cigarros habrá, y por supuesto que respeté las normas. Toqué la puerta con un dejo de miedo, esperando quizás en la entrada a un par de gorilas vestidos de negro, que me cachearan buscando armas o un mazo de cartas de truco, pero ni un alma en la puerta. Bueno, para no levantar sospechas, hay vecinos después de todo, pensé, y mis expectativas seguían un poco cinematográficas, conocía la casa perfectamente, había estado allí varias veces, pero a cada vuelta de pasillo esperaba que una rubia despampanante me recibiera, con 500$ en fichas de cortesía y un whisky de 18 años, soda y vaso largo, como a mi me gustan.

Sin embargo, me encontré con esto:

Pero a pesar de lo maravillosamente apropiado que hubiese sido ver a unos perros jugando al póker —al menos el factor fantasía se hubiese dado por satisfecho—, los jugadores eran once gordos sudados, con gorras, anillos y cadenas de oro que luchaban por escaparse de sus abultados cuellos y sus chemises Abercrombie, gritándose bajo una luz estéril: ¡Coje mardito! ¡Pá que seas serio! Y cosas por el estilo que no voy a transcribir aquí.

Decir que me decepcioné es quedarme corto. La mujer bella si estaba por esos pasillos después de todo, luchando contra los ánimos caldeados de los apostadores, llevando cuentas y repartiendo fichas, pero esa es otra historia. Después de durar unos minutos viendo la mecánica de un juego que francamente no entiendo —ni me importa entender—, y después de marearme hasta las nauseas con las anécdotas y alardes millonarios de los jugadores decidí retirarme a la zona de servicio de este casino improvisado y clandestino. Lo de la comida, bebida y cigarrillos era verdad, y por supuesto aproveché para cenar, beber y fumar abundantemente, no estaba en mis planes poner ni un solo céntimo a la merced del azar. Los dos amigos que encontré dentro de este muy real palacio de juego, aunque con menos expectativas que yo y en el mismo rol de espectadores, también compartían mi opinión respecto a los jugadores, y la mujer bella que merodeaba por allí. Al menos no estaba solo en mis ideas.

Lo último que le dije al huésped antes de partir fue pedirle permiso para recrear los hechos en papel. A lo que respondió con las carcajadas que le conozco de toda la vida, si eres idiota de verdad, esa estupidez de escribir te va a volver loco, escribe lo que te dé la gana, pero no le digas a nadie, ni se te ocurra decirle a nadie.

30 libros en 30 días. Día 5, Uno de viajes.

5.  Uno de viajes.

“La vuelta al mundo en ochenta días” de Julio Verne.

No puedo pensar en un libro de este tipo sin pensar en “La vuelta al mundo en ochenta días”. Es la novela de viajes por excelencia, producto de una época en que el planeta estaba en los rieles de la revolución industrial y la grandeza del hombre era producto de las ideas y el avance científico, un segundo renacimiento de la razón.

Fue uno de los primeros libros que leí en mi vida, producto de mi recién adquirido mercantilismo literario y por iniciativa de mi madre. Con unos 10 o 12 años era fácilmente impresionable, y leer sobre un hombre que apostó que podía recorrer el planeta en menos de tres meses sólo para demostrar que tenía la razón me volteó el cerebro. Recuerdo las descripciones de las distintas etapas del viaje, de los medios de transporte, el humor con que Verne presenta situaciones donde si algo podía salir mal iba a salir mal. No me chocaba el mundo anticuado que me presentaba, después de todo el mundo literario que empecé a vivir a esa edad se perfilaba Inglés y Victoriano casi en su totalidad, por el tema de las novelas o por ser escritas en esa época. Quizás las novelas de Verne han sufrido al ser encasilladas como literatura para jóvenes, donde se concentra la narrativa en la descripción de situaciones asombrosas y aventuras exuberantes, pero prácticamente le debe a este señor mi amor por mundos imposibles, por desafiar la lógica de la razón a pesar de ensalzarla como nuestro valor más preciado, de ver a la ciencia como aliada y compañera en la búsqueda de respuestas y soluciones.

Tiempo después me volví a encontrar con este libro en casa de una de mis abuelas. Era una adaptación en forma de novela gráfica de la película de 1953 basada en el libro (una adaptación de una adaptación de una adaptación), y donde Cantinflas hacía del personaje de Passepartout, el mayordomo de Philleas Fogg. Inmediatamente se convirtió en mi preferido, y lo releía todos los veranos y todos los diciembres, por varios años, hasta que decidí pedirlo formalmente para que formase parte de mi biblioteca personal —era eso o robármelo—. Entonces esta historia me influenció doblemente, ya que a través de ella descubrí el cómic, pasión que llevo hasta hoy. Por cierto, esta adaptación tiene unas ilustraciones hermosísimas, indudablemente influenciadas por la película que espero conseguir pronto gracias a Internet.

Una novela de un maestro de la ciencia ficción que no tiene ni una pizca de ficción. Para leer una tarde lluviosa y con un billete de avión a la mano.

30 libros en 30 días. Día 4, Uno que le gusta a todos menos a usted.

4.  Uno que le gusta a todos menos a usted.

“La divina comedia” de Dante Alighieri.

Empezar diciendo que un libro le gusta a todos me parece un poco difícil. Si “todos” son los miembros de un grupo de lectura o unos amigos que comparten gustos literarios, entonces llegar a un consenso es más factible, pero si algo es particular del mundo de las letras es que hay para todos los gustos. Pude haberme ido por opciones más fáciles, como “Twilight” o “Millenium”, que por su estatus de best sellers pueden ubicarse en esos que les gustan a “todos”, pero no los he leído, ni los leeré y no voy a juzgar a unos libros por su cubierta, ni por sus lectores.

Decidí quedarme con los clásicos, con esos libros que tienes que leer para educar tu criterio literario. Y de esos “intocables” —o de los que he leído de esos, al menos— escogí como víctima a “La divina comedia”.

Siempre he sentido una fascinación controlada por el ocultismo, por el misticismo de raíces judeo-cristianas, por historias de la Edad Media. Cuando tenía 19 años ya tenía algún tiempo oyendo Metal, y esta música, dentro de su gran cantidad de características, usa esas imágenes de ocultismo y terror literario que me gustaban —gustan— tanto. Y aunque sabía que “La divina comedia” era en esencia una historia de amor, me llamaba mucho la atención leer una descripción del infierno tan famosa y referenciada como la de Dante, así tuviera que soportar la cursilería inevitable de la historia principal, recuerden, era un imberbe.

El libro no me gustó, como ya anunció el título de esta entrada. Pasé la mayoría del tiempo embelezado en las notas de pie de página que explicaban la infinidad de personajes históricos que aparecían en cada párrafo de la historia. Además su estructura en verso me desconcertaba, no soy fanático de la poesía y mi predisposición anti-rimas —salvo en canciones— no ayudaba mucho. Si bien las imágenes que encontré en el libro me parecen dignas de disección y estudio, y la travesía de un hombre que cruzó infierno, purgatorio y paraíso por amor, me pareció loable y hermosa, no encontré en esas páginas un mundo al que me pudiese relacionar como lector. Dante no pudo tirar anclas en mi cerebro, quizás por mi edad, quizás mi interés no estaba enraizado en las razones correctas, el punto es que al leer la última palabra del libro no sentí lo que tantos libros que vendrán en esta lista me regalaron y me regalan constantemente.

Para leer con mucha paciencia, preferiblemente ilustrado y sin prejuicios sobre el verso o lo anticuado. Y si les gusta, no piensen menos de mí, tenía 19 años.

Directed by Alan Smithee

Basta que haya una bebida alcohólica de por medio (o cualquier otro brebaje carbonatado o dulce) para que dos amigos decidan “filosofar” sobre la vida. Hay una necesidad imperiosa de analizar andanzas y decisiones, deconstruir eventos y replantear escenarios sólo porque el breve espacio entre un sorbo de líquido o una calada de cigarrillo nos regala una lucidez que aparentemente decide hacerse la pendeja durante el transcurso de nuestros días. Siempre encontramos la frase que se quedó dormida, el beso que nos callamos, la confrontación no construida, el tiempo que se fue de viaje, detrás de una conversación con un amigo. Pero los ejemplos se acaban, las historias se repiten, las metáforas dejan atrás las formas inspiradas cuando dos personas que tienen casi un cuarto de siglo conociéndose empiezan a hablar del amor (o su ausencia para efectos de este ensayo), sólo cambian los nombres (a veces), las fechas (irremediables) y los lugares (depende de los casos).

Mi amigo es el ser humano más cursi, enamoradizo y empalagoso a vox populi que tengo el placer de conocer (aunque a veces temo hablar con él al pensar que una manada de hormigas asesinas aparecerá de la nada dispuestas a comernos vivos producto de las cantidades industriales de azúcar que generan sus descripciones sentimentales) y yo no puedo ser más diferente, por supuesto dentro de los límites de lo razonable. Sin embargo, creo es esa la razón por la que equilibramos nuestros puntos de vista y siempre, irremediablemente, siempre terminamos hablando del corazón. Y fue en mi afán de ilustrar para mi interlocutor la actualidad de mi accidentada vida sentimental que la musa inconstante de la lucidez decidió hacer acto de presencia.

—Tú y yo no somos tan diferentes —empecé por decir, adquiriendo postura de entrevistado en un sillón de la terraza de mi casa—. El asunto es que tú… Sí. Tú. Y no me jodas que ahora me toca hablar a mí —logré atajar sus argumentos defensivos a tiempo—. Tú eres como el anuncio de neón de un motel —y pausé dramáticamente para inundar mis pulmones de humo—. Andas brillando día, noche y sin remordimientos, anunciándole al mundo tus intenciones y ofertas. En cambio yo soy un tipo discreto, y no me vengas con el: “tú no eres discreto, tú lo que eres es lento”; déjame terminar. Yo también me invento la película. Yo me escribo un guión digno de chick flick, me busco a la actriz perfecta que protagonizará a mi lado la película, la dirijo en mi mente, ruedo en locaciones de ensueño, edito con paciencia situaciones y mis palabras por el bien del guión (que por supuesto es magistral), hasta musicalizo concienzudamente cada escena para no perder nunca la atmósfera y estreno el largometraje, con bombos y platillos, dejándola en cartelera por varios meses, con su campaña publicitaria incluida, para mantener la esperanza de que la protagonista del momento vea el potencial de Oscar que yo le veo a mi ópera siempre prima y sucumba a mis brazos, como en mi guión —aquí la cara de mi amigo era de: “este pana está loco o borracho”, pero seguí con mi monólogo—. El problema es que la peliculita es un fracaso rotundo y estrepitoso, siempre, y siempre por culpa mía. Y yo por supuesto nunca reconozco mi culpa en el asunto —y adquiero pose y tono pedagógico—. ¿Sabes quien es el director Alan Smithee? Bueno, ese señor que no existe era un seudónimo que usaba el Directors Guild of America para las películas de las que reniegan sus creadores, porque TODAS las películas debían tener un director, así fuese de mentira, por malas que fuesen. Y tú dirás a qué viene todas estas estupideces que estoy diciendo. Es que todas mis películas amorosas fueron dirigidas por Alan Smithee.

Después de esa conversación y la epifanía subsiguiente, decidí que de ahora en adelante y para mantener mi integridad creativa sólo me voy a inventar el trailer de la película, para asegurar una buena financiación y realmente hacer el largometraje que quiero hacer, y poder decir Directed by Saul Rojas Blonval. Así sea sólo en mi mente.

30 libros en 30 días. Día 3, Uno que sea un placer culposo.

3. Uno que sea un placer culposo.

“Ángeles y demonios” de Dan Brown

El criterio que uso para acercarme a ciertos libros muchas veces es cinematográfico. Hay libros que distraen y entretienen, otros que hacen reír, algunos para reflexionar, muchos que leemos porque tenemos que leerlos, en fin, un poco como las películas. Un domingo a las 5:00 PM con una resaca de un par de cojones no quieres ver una película de Lars Von Trier, quieres ver una con Jim Carrey o la última de Michael Bay, quieres guardar el cerebro en una cajita por un par de horas y simplemente existir, comer cotufas y tomar cocacola. Y a veces se necesitan libros para anestesiar el cerebro, y dejarse llevar por páginas que pareciera tuviesen pega en las esquinas y no puedes soltar.

“Ángeles y demonios” fue uno de esos libros. La parte de placer culposo viene cuando disfrutas mucho un libro que va en contra de tus ideales literarios. Cuando el éxito de la historia importa mucho más que las palabras usadas para contarla, cuando crearte adicción por el siguiente capitulo es la única razón de ser del capítulo que ya te leíste, cuando le practicas eutanasia a tu imaginación porque el autor te lo pide desde la primera línea al darte todo masticado, un bolo alimenticio de intrigas y lugares comunes. Pero todo esto no es malo, al menos no es una crítica desde mi punto de vista, a veces eso es justo lo que necesitamos, abstraernos de la realidad e inventarnos una película. Mi película favorita es “Las Invasiones Bárbaras” pero también he visto “¿Dónde está el policía, parte 33 y ¾” al menos quince veces, sólo que no lo voy a estar publicando por ahí, o sí.

Para leer en fin de semana y con un kilo de cotufas a la mano.