Directed by Alan Smithee

Basta que haya una bebida alcohólica de por medio (o cualquier otro brebaje carbonatado o dulce) para que dos amigos decidan “filosofar” sobre la vida. Hay una necesidad imperiosa de analizar andanzas y decisiones, deconstruir eventos y replantear escenarios sólo porque el breve espacio entre un sorbo de líquido o una calada de cigarrillo nos regala una lucidez que aparentemente decide hacerse la pendeja durante el transcurso de nuestros días. Siempre encontramos la frase que se quedó dormida, el beso que nos callamos, la confrontación no construida, el tiempo que se fue de viaje, detrás de una conversación con un amigo. Pero los ejemplos se acaban, las historias se repiten, las metáforas dejan atrás las formas inspiradas cuando dos personas que tienen casi un cuarto de siglo conociéndose empiezan a hablar del amor (o su ausencia para efectos de este ensayo), sólo cambian los nombres (a veces), las fechas (irremediables) y los lugares (depende de los casos).

Mi amigo es el ser humano más cursi, enamoradizo y empalagoso a vox populi que tengo el placer de conocer (aunque a veces temo hablar con él al pensar que una manada de hormigas asesinas aparecerá de la nada dispuestas a comernos vivos producto de las cantidades industriales de azúcar que generan sus descripciones sentimentales) y yo no puedo ser más diferente, por supuesto dentro de los límites de lo razonable. Sin embargo, creo es esa la razón por la que equilibramos nuestros puntos de vista y siempre, irremediablemente, siempre terminamos hablando del corazón. Y fue en mi afán de ilustrar para mi interlocutor la actualidad de mi accidentada vida sentimental que la musa inconstante de la lucidez decidió hacer acto de presencia.

—Tú y yo no somos tan diferentes —empecé por decir, adquiriendo postura de entrevistado en un sillón de la terraza de mi casa—. El asunto es que tú… Sí. Tú. Y no me jodas que ahora me toca hablar a mí —logré atajar sus argumentos defensivos a tiempo—. Tú eres como el anuncio de neón de un motel —y pausé dramáticamente para inundar mis pulmones de humo—. Andas brillando día, noche y sin remordimientos, anunciándole al mundo tus intenciones y ofertas. En cambio yo soy un tipo discreto, y no me vengas con el: “tú no eres discreto, tú lo que eres es lento”; déjame terminar. Yo también me invento la película. Yo me escribo un guión digno de chick flick, me busco a la actriz perfecta que protagonizará a mi lado la película, la dirijo en mi mente, ruedo en locaciones de ensueño, edito con paciencia situaciones y mis palabras por el bien del guión (que por supuesto es magistral), hasta musicalizo concienzudamente cada escena para no perder nunca la atmósfera y estreno el largometraje, con bombos y platillos, dejándola en cartelera por varios meses, con su campaña publicitaria incluida, para mantener la esperanza de que la protagonista del momento vea el potencial de Oscar que yo le veo a mi ópera siempre prima y sucumba a mis brazos, como en mi guión —aquí la cara de mi amigo era de: “este pana está loco o borracho”, pero seguí con mi monólogo—. El problema es que la peliculita es un fracaso rotundo y estrepitoso, siempre, y siempre por culpa mía. Y yo por supuesto nunca reconozco mi culpa en el asunto —y adquiero pose y tono pedagógico—. ¿Sabes quien es el director Alan Smithee? Bueno, ese señor que no existe era un seudónimo que usaba el Directors Guild of America para las películas de las que reniegan sus creadores, porque TODAS las películas debían tener un director, así fuese de mentira, por malas que fuesen. Y tú dirás a qué viene todas estas estupideces que estoy diciendo. Es que todas mis películas amorosas fueron dirigidas por Alan Smithee.

Después de esa conversación y la epifanía subsiguiente, decidí que de ahora en adelante y para mantener mi integridad creativa sólo me voy a inventar el trailer de la película, para asegurar una buena financiación y realmente hacer el largometraje que quiero hacer, y poder decir Directed by Saul Rojas Blonval. Así sea sólo en mi mente.

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