Buscando hallaca ando yo.

Diciembre está a muy pocos giros del calendario. El último mes del año, y como todos los finales, viene acompañado de exámenes de conciencia, propósitos de enmienda, listas interminables de metas cumplidas, cosas que no hicimos, palabras que no dijimos, lugares que no visitamos. Todos, de alguna manera, adquirimos un complejo de Ave Fénix. Queremos renacer de nuestras propias cenizas el primer día del año y comernos al mundo con la fuerza de los mil soles que poco a poco nos convirtieron en esas cenizas durante el año que pasó.Diciembre también es Navidad, Hannukah, Kwanzaa y sabrá Dios que otras cosas más. Recogimiento espiritual para unos, capitalismo salvaje para otros, y hacer las cosas correctas por las razones equivocadas para los demás. Lo cual es maravilloso, por algo nos llenamos la boca diciendo que somos libres.

Dentro de todos estos diciembres, está el diciembre venezolano. Un mes de aguinaldos y gaitas, comida navideña, regalos y encuentros familiares, que inevitablemente filtrado por la situación política, económica y social del país, decantará en navidades tan diferentes como venezolanos existen. Y aquí entran las navidades de los venezolanos en el exilio (me gusta esta palabra porque me hace sentir como un prócer que espera pacientemente por su regreso triunfal a la patria, aunque no esté en mis planes regresar clandestinamente con un ejército a cuestas). Para los venezolanos repartidos como polen por el mundo, diciembre se resume en: la existencia o no de hallacas. El factor familia queda a juicio del facultativo.

Las hallacas, para los que no comparten mi nacionalidad, son una masa de maíz, rellena con un guiso de carne y otros ingredientes afines, envuelta toda en hojas de plátano, para servir caliente después de hervir por una hora, explicado así no suena muy suculento, pero si nos ponemos a explicar cómo son unos callos a la madrileña nos encontramos con el mismo problema. Por estas latitudes catalanas ya empezaron las conversaciones sobre este plato indispensablemente navideño: quién las sabe hacer, dónde venden los ingredientes, los nombres y direcciones de las pocas tiendas que las hacen, los precios, lo mucho que las aman, lo mucho que las odian.

Mi historia personal con las hallacas comenzó apenas hace un año y aquí en Barcelona, cuando me vi agregado y bienvenido, junto con mi hermano, al clan Bauder, una familia que se merece su propio Blog, serie de libros de aventuras y un reality show; es imposible aburrirse con esta gente. Hasta ese momento odiaba a este plato navideño con gran parte de mi ser, la culpa se la atribuí a mi madre, que me dio a comer una siendo niño, lo que trajo consecuencias desastrosas para mi estómago ese día y un miedo patológico al contenido de esas hojas de plátano que me duró dos décadas y veintitantas cenas navideñas familiares.

Esa primera invitación de las Bauder llegó un día de noviembre que no traía nada interesante, salvo frío. Tenía la promesa de una velada de esas de restaurante de pueblo: ambiente familiar, música en vivo (o un Ipod variadito en su defecto), calidad garantizada y atendido por sus propios dueños. Confieso que me interesaba más compartir con la gente presente que participar en la producción del plato navideño (mi hermano si es capaz de asesinar por una hallaca), pero una vez en la cocina de la casa, y entre risas y bebidas, fue imposible no querer meter las manos en la masa. Por haber participado en el proceso, que duró la buena parte de unas 5 horas, tuve el privilegio de armar unas hallacas custom made, desprovistas de los ingredientes que me convierten en un monje en ayuno frente a una hallaca normal: pasas, aceitunas y alcaparras. Mi responsabilidad en la cadena de producción era precisamente la de agregar los ingredientes adicionales al guiso, por lo que poder confeccionar mi propio modelo fue un doble triunfo.

Increíblemente ya pasó un año desde ese día (y pensar que le quedan 30 días al 2011 sinceramente me tiene al borde de un ataque de nervios) y me encontré de nuevo con el clan Bauder, y con mi hermano, para hacer las hallacas de este diciembre en el exilio. La cadena de producción estuvo a toda máquina para la manufactura de 100 unidades. Por supuesto me abastecí con mis propios modelos, y debo admitir que comerse una hallaca de almuerzo en un frío día de noviembre le alegra el día a cualquiera. Lo curioso es que estando en Venezuela no he comido la comida más venezolana que hay, porque hasta las arepas las compartimos con otra gente. Ya quedará de parte del tiempo buscarme la solución para una futura navidad sin las Bauder cerca, o me arriesgo con hallacas anónimas, o secuestro la línea de producción en casa de algún familiar, o me declaro en celibato hallaquístico (y me perdonan el neologismo). Les mantendré informados.

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4 comentarios en “Buscando hallaca ando yo.

  1. Me has emocionado hasta a mí, que no puedo imaginar que es eso de pasar las navidades fuera de mi patria y sin mi familia.De momento y por adelantado te deseo una muy muy buena navidad y entrada de año.Si te pasas por Valencia, a ver si nos tomamos un cafetito en el Biblio de Jose Luis.Un abrazo.

  2. Que orgullo y honor tener un equipo de produccion de hallacas, hechas realmente con productos de alla y de aca, formado por el clan Bauder donde se incluyen todos aquellos que se sientan parte de él!Asi que, además de bienvenidos, no sería lo mismo hacer hallacas sin el calibrador de produccion (el enano), el decorador de felicidad (sí, me pillé las caritas felices que hacías con las pasitas, las almendras, las aceitunas y el pollo), el dj y barman (papá Bauder), la directora de orquesta (mamá Bauder o chick norris), y todos aquellos que pasaron, probaron, acompañaron y ayudaron que el momento fuera tan especial como tenía que ser.Una vez mas y siempre, serán bienvenidos a producir las hallacas mas añoradas y confeccionadas a medida!

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