Diciembre en un viaje.

Llegó y se fue Diciembre. Ya inauguramos un nuevo año con propósitos que nos hacemos con cada renovación de calendario. Algunos las cumplirán, a otros –como a mí– se les olvidarán en el primer mes, algunos lucharán a capa y espada para no sucumbir a la esterilidad de la rutina y poder decir dentro de 365 días que este fue el mejor año de sus vidas. Pero invariablemente, a pesar de las creencias religiosas, de los ideales políticos y de las resoluciones de año nuevo el mes ya difunto se define por la presencia familiar, la falta de ella, la comida, la fiesta, el exceso. En mi caso de exilio voluntario me tocó la visita familiar, un mes para escapar del día a día y disfrutar del tiempo que la distancia nos roba.

Mis padres tenían planeado un periplo europeo ambicioso, para aprovechar al máximo la inversión que implica saltar el charco con una economía plagada por la crisis. Eventualmente los planes pasaron por la criba presupuestaria, meteorológica y de realidad, para convertirse en un modesto viaje por algunas ciudades españolas. Esto pretende ser el recuento de las dos fechas que definen la celebración navideña: 24 y 31 de diciembre.

Un poco de contexto primero. Todas las navidades que he vivido, desde que tengo uso de razón, han transcurrido en el mismo lugar, en Barinas, junto con mi familia paternal. De igual manera, la otra cara de la moneda fiestera –el fin de año–, la recibo con mi familia maternal. Ambas fechas con diferentes grados de convocatoria y ánimo a lo largo de los años, pero substancialmente iguales a lo largo de toda mi vida. Absolutamente iguales.

24 de diciembre: decidimos quedarnos en Barcelona. Una de las ciudades más cosmopolitas de este país seguramente tendría una amplia oferta de cosas para hacer en Noche Buena. Hasta habíamos convencido a mi padre de adaptarnos a las costumbres locales y almorzar el 25 en algún restaurante bueno, en vez de tratar de suplantar las comilonas nocturnas de pernil, hallacas y ensalada de gallina que tenían lugar todos los 24 de diciembre en la ya mencionada Barinas. “Podíamos cenar cualquier cosa y celebrar el nacimiento de Cristo en un bar de tapas exclusivo hasta que nos venza el cansancio” nos dijimos todos, afianzando la idea de que las cosas iban a ser diferentes, pero no malas. Que equivocados estábamos.

La caminata diurna por la ciudad prometía ríos de gente y fiesta, después de todo no éramos los únicos trasplantados por estas calles, oferta turística tenía que haber. Volvimos a patear asfalto entrada la noche para encontrar el escenario de nuestra íntima celebración. Ni un alma en la calle. Ni una. Puta. Alma.

Empezamos a entrar en pánico de pensar que tendríamos que volver a la casa a comer pasta o sándwiches. El mal humor se dejaba ya colar al vernos eximidos de comida y caminando por lugares desiertos; la fiesta era lo que menos importaba. Traté de salvar la noche llevando al clan a una zona de la ciudad que me aseguraba al menos un bar abierto, pero la desolación estaba distribuída tan bien como mantequilla en una tostada. Ahora éramos cuatro sombras caminando, mal encaradas y discutiendo, convencidos ya de la inocencia de expectativas que teníamos para con el estado de la ciudad en la víspera de Navidad. Eso es culpa de las películas, creer que todas las ciudades que no son las nuestras son como Nueva York durante una noche, blancas, movidas, con ejércitos de villancicos y sonrisas amables.

La soledad era el factor más deprimente en esta situación, hasta el metro iba huérfano y eran apenas las 9:00 PM. Decidieron los otros ¾ de la familia ir hacia la Rambla, paraje amado por los turistas y odiado por mí, para ver si se salvaba la noche en algún sitio. Aquí opté por usar el silencio para expresar mi desacuerdo con la moción, tal como un niñito malcriado que acaba de recibir un juguete que no quería.

La búsqueda llegó a su fin cuando entramos a un restaurante que aparentemente albergaba a todas las desprevenidas almas en pena que no tenían planes. Y más irónica no me podía parecer la situación. El restaurante era una franquicia española, especializada en gastronomía italiana. Como todo no podía seguir empeorando la ley de Murphy se hizo la vista gorda, premiándonos con una buena comida. Al cabo de un rato ya no nos quedó más remedio que reírnos de lo accidentado de la noche y agradecer que al menos pasamos el mal trago juntos, que es lo que realmente importa.

31 de diciembre: llegamos a San Sebastián el 29. Esta ciudad es famosa por su gastronomía y la densidad de bares para su pequeño tamaño, aquí no nos podía agarrar el toro por los cachos, no se podía repetir lo del 24. Pasaron los días y durante el obligado paseo turístico íbamos averiguando el destino de nuestra celebración. Nada de nada, cada restaurante al que entrábamos se anunciaba cerrado para la Noche Vieja. Decidimos tomar parte más activa en la búsqueda llamando a todos los números de una guía nocturna de la ciudad, con esperanzas de conseguir algo. Una mitad de las respuestas fueron negativas, la otra mitad anunciaba precios exorbitantes, programas de fiesta electrónica hardcore y locaciones extra-urbanas. Mis padres se rehusaban a la derrota y acudieron al hotel para que ayudase en la misión. Yo me había rendido sin pena ni gloria rápidamente, la celebración de la llegada del año nuevo siempre me ha tenido sin cuidado, le emoción de lanzar petardos e incendiar efigies representativas del año que moría me duró diez años, la expectativa del borrón y cuenta nueva de un nuevo calendario duró, quizás, cinco años más, en fin, ya tengo bastante tiempo donde lo único importante de ese día era estar con mis seres queridos, y eso ya estaba cubierto.

La participación del hotel no sirvió de nada, no consiguieron opciones ni ofrecían ese servicio, así que ya nos habíamos resignado a comer temprano en cualquier lugar y después patear calle para tomarnos algo. Pero seguían llegando las malas noticias, un amable señor nos dijo que ni nos molestásemos en salir a cenar sin reservación el 31, la ciudad muere a las 7:00 PM y despierta de nuevo, a medias, después de la 1:00 AM, los únicos locales abiertos serían los que ofrecen el programa que ya habíamos rechazado, aparentemente nuestra idea de celebración ya estaba muerta antes de nacer. Sin embargo, la llegada del último día del año nos premió con una epifanía de lucidez colectivo-familiar. Saliendo del hotel en busca de camino al centro de la ciudad vimos a lo lejos un supermercado. “Quién quita que ahí consigamos algo que comprar para la noche y después salimos” parecía ser el consenso tácito de nuestras caras.

Y entramos, y compramos, y planeamos e inventamos, y nos reímos de que nuestra fiesta cupiese en un carrito de compras, con los ingredientes para una recepción tipo coctel para cuatro personas, traje informal, barra libre pero limitada y destinada a la habitación de hotel de mis padres, porque era la que tenía terraza. Pasamos el resto del día según lo planeado y al caer la noche nos congregamos en el lugar previsto, orgullosos de nuestra improvisación, brindando por estar juntos y recordando las incidencias de años anteriores, sin preocuparnos por la vestimenta, anonadados por la quietud de la ciudad y viendo el especial de las campanadas de Noche Vieja en TVE, como una familia más de este país. Tan a gusto estábamos que prescindimos de la salida posterior al “feliz año”. No se podía negar que definitivamente este año había una celebración muy diferente, y no por eso menos buena.

Para terminar, que he hablado más que un político en plena campaña, dejo aquí una canción, que, por tonta que suene, resume lo que esa serie de eventos desafortunados me enseñó.

Medidas desesperadas.

Querido Niño Jesús, San Nicolás, Melchor, Gaspar, Baltazar o cualquiera que se encargue de estos asuntos:

Te escribo como último recurso desde mi desesperación. Perdona por la negligencia para con tu labor durante lo últimas 16 navidades, pero desde que me enteré que los regalos que me esperaban en las mañanas del 25 de diciembre eran obra de mis padres me parece una pérdida de tiempo recurrir a ésta pantomima epistolar, cuando sólo tenía que anunciar a viva voz lo que quería, con suficiente antelación y sentido común. Pero esta situación requiere soluciones divinas e inmediatas.

Mi nombre es Juan Ernesto y por razones ajenas a mi voluntad he estado compartiendo habitación con mi hermano mayor Saul durante un viaje navideño, que hace apenas 4 días empezó y ya se perfila eterno. Tengo al menos 8 años que no comparto residencia con él, salvo la ocasional visita o periplo familiar, y realmente no había estado conciente de la condición que le aflige, o al menos no me había sentido directamente afectado. Hasta ahora.

Mi hermano ronca al dormir. Y no es un simple ronquido tímido, de esos que nos invaden a las personas normales cuando dormimos muy profundamente y perdemos el control motriz de la mandíbula. NO. Ojala fuese un sonido esporádico, producto del cansancio del día o de alguna cerveza de más. Pero una vez más, NO. Sus ronquidos son su inevitable respuesta corporal a la pregunta del dormir, aparecen apenas pierde la conciencia –que es alarmantemente rápido– y cesan sólo al recuperarla. No hay posición que valga para él, ni artificios que existan para mí que eliminen el incesante martilleo de su garganta de mis noches sufridas y por sufrir en este viaje.

Sé que me precede una reputación de exagerar las cosas que me disgustan, sobre todo cuando se trata de mi hermano, pero no lo hago de mala fe, lo hago por su bien. Pero esto no es exageración bajo ningún concepto, esto es digno de estudios científicos y de la posible intervención de un exorcista, hay que descartar todas las posibilidades. He intentado poner en palabras una descripción del sonido que sale de su garganta poseída y la analogía más certera que se me ocurre es: un tren de vapor con ruedas dentadas y desbocado sobre unos rieles explosivos mientras es pilotado por un grupo de osos hambrientos en persecución de una manada de gallinas que cantan a capella y desafinadas alguna ópera de Wagner. Sonido infernal por decir menos, preferiría oír obligado cualquiera de los discos de esa música de locos que tanto le gustan a mi hermano con tal de no tener que dormir cerca de él.

Yo sé que por estas fechas tendría que preocuparme por los más necesitados, pedirte –o pedirles, porque todavía no sé a quién me dirijo– los típicos deseos de una Miss Venezuela: paz mundial, comida y salud para todos los seres humanos y mucho pero mucho amor, pero hoy me declaro absolutamente egoísta, necesito dormir bien, al menos 6 horas seguidas, no pido mucho la verdad, sólo que alguien me devuelva el descanso que la garganta de mi hermano me está robando a mano armada desde hace 4 días.

Si puedes poner manos a la obra con esto lo más pronto posible te lo agradeceré infinitamente pagándote una promesa, puedo hacer lo que sea en tu nombre, desde mandarte a hacer misas, hacer el camino de Santiago de rodillas, correr un maratón vestido con una túnica morada y una corona de espinas, o montar un comedor solidario para gente pobre, lo que tú quieras, sólo asegúrate de manifestarte de alguna manera para saber quién será el beneficiario de mi agradecimiento. Por lo pronto trataré de no asesinar a mi hermano mientras duerme para solucionar esto rápidamente. Se me están acabando las ideas.

Atentamente y de antemano agradecido por tu pronta intervención.

Juan Ernesto

Atracción fatal y solidaria.

Y allí estaba ella. Nos separaban al menos 10 metros y podía ver sus ojos, como dos peceras de agua tropical, buscando entre la gente. Yo seguía caminando inadvertidamente hacia su cuerpo y noté ahora un aro que abrazaba la ventana derecha de su nariz y un rayo del color de su mirada colonizando su cabellera. Mientras aprendía ese rostro olvidé el agobio que siempre me asalta al bajarme de un tren, revisar la cartera, el móvil en su lugar, acomodar la maleta para la caminata que seguía y ubicarme en el metro; mis mandamientos de viaje. Era una tarde fría en Madrid, la estación Puerta de Atocha pululante de gente, yo un poco idiotizado después de roncar por tres horas en el tren y caminando sin querer queriendo hacia esa chica que aparentemente esperaba a alguien. Resulta que ese alguien era yo.

Me mira y se sonríe, no pude evitar devolverle el gesto al no sentirme aludido, pero era conmigo el asunto, incluso volteé buscando a otro posible receptor, pero nada, todo el mundo seguía con sus vidas, sus trabajos y sus prisas. Me sigue mirando como buscando indicios de que realmente le prestaba atención y comienza a acercarse. Tan perdido en su rostro estaba que no me dí cuenta del infame chaleco verde con letras blancas que llevaba orgullosa, ya era demasiado tarde, ya la tenía frente a mí, con la cabecita de lado, viéndome con las canicas azules que tenía por ojos y soltando un excesivamente efusivo: “¡Hola! ¿Cómo estás?, ¿Tienes cinco minutos para hablarte de Intermón Oxfam?”.

No me considero una persona amargada o nube negra, si me tengo que definir en pocas palabras usaría adjetivos como cínico, pragmático y realista, pero estoy seguro que hay gente por ahí que piensa que mi falta de efusividad y positivismo raya en el Asperger’s. En fin, dada mi condición proclive a la practicidad emocional la gente excesivamente feliz y efusiva me desconcierta, especialmente si es un desconocido en la calle y más aún si forma parte del grupo de solidarios de alguna ONG. Estos solidarios –como se hacen llamar– hacen voluntariado para Médicos sin Fronteras, Unicef, La Cruz Roja e Intermón Oxfam, entre otras, y se dedican a recorrer las calles más transitadas de ciudades europeas buscando colaboraciones para sus respectivas causas. Me parece muy loable su labor, no quiero poner en duda eso, pero sus técnicas de abordaje y persuasión me incomodan un poco. Te agarran desprevenido e inevitablemente apelan a hacerte sentir culpable por todo lo bien que tienes la vida para convencerte a colaborar monetariamente, al menos es así como me siento yo, razón por la cual recurro a esconderme tras mis gafas de sol, el Ipod y ocasionalmente alguna conversación fantasma por el móvil. Siempre será más fácil para mí evitar el acercamiento que decir que no.

Entonces imagínense la trifecta que me abordaba, una perfecta desconocida, mostrando su dentadura toda con una sonrisa y perteneciente a una de las antes mencionadas organizaciones. Fue mi culpa, dejé a un lado el protocolo que normalmente sigo, la modorra del viaje y la belleza de la cazadora no ayudaron para nada. Nervioso respondí que sí, tenía tiempo para que me contara sobre Intermón, y sin dilación comenzó la metralleta de estadísticas, de comparaciones entre lo mal que se vive en Chad, Tanzania y Mozambique y lo bien que se vive en Madrid, de todo lo que puede ayudar una colaboración mía para que Augusta en Burkina Faso no tenga que caminar 20 kilómetros por agua, que 12 euros al mes no son nada para mí, que eso es apenas seis cervezas en algún bar, pero para ellos es agua potable para 6 meses, ¡imagínate!. Todo esto sin esconder su espectacular sonrisa, sin dejar de atravesarme con sus ojos, jugando con su cabellera corta mientras movía su cabeza como un péndulo, hipnotizándome.

El sentimiento de culpa ya me empezaba a carcomer las entrañas, pensé en amigos que han dejado la comodidad de sus casas para ir a ayudar a niños en Haití o a trabajar en proyectos de superación femenina en Camboya, pensé en sus caras de desaprobación si no ayudaba, y aunque sé que precisamente ellos son los que menos me juzgarían por algo así igual los vi, al lado de esta chica que ahora ponía la cara del “gato con botas” de Shrek. Al mismo tiempo pensé en sacarle a la situación otro tipo de ganancia, como el número telefónico de esos ojos azules, quizás para convencerme de que el acercamiento no había sido sólo motivado por interés monetario, pero no pude, salí de la fábrica sin ese chip de malicia y picardía tropical. Sin darme cuenta ya estaba recitando mi número de cuenta bancaria, mi dirección, grupo sanguíneo, coeficiente intelectual y los poemas que me enseñaron en primaria. Estaba bajo el control absoluto y contundente de una mujer que al ver su faena exitosa me agradeció y salió de la plaza con mi rabo y dos orejas cortadas para su vanagloria ante colegas y amigos. Yo hasta el sol de hoy sigo pagando mensualmente 12 euros para que Augusta en Burkina Faso tenga agua potable. Todavía espero ver esos ojos en alguna calle de Madrid, con una historia como ésta seguramente me gano su número de teléfono sin mucho esfuerzo.

Paternidad Planificada.

La semana pasada fui padre por primera vez. La criatura pesó dos páginas y media, con interlineado 1,5 y letra Times New Roman. Además vino al mundo acompañada de 70 hermanos de otros padres y madres pero compartiendo el mismo vientre, la antología de relatos “Leyendo entre líneas” del Aula de Escritores de Barcelona. No soy fanático de la autopromoción, y los que me conocen saben que a veces me cuesta horrores venderme bien, pero ahora entiendo que ver mi nombre impreso en un libro de verdad representa una validación tremenda del viaje literario que emprendí hace casi tres años desde el exilio, y es razón más que suficiente para gritarlo a los cuatro vientos.

Una experiencia que me ha acercado un poco más a aquellos amigos que inundan su Facebook con millares de fotos de sus hijos –de carne y hueso–, documentando cada mueca, cada nuevo paso, cada vestimenta. Y como aquellos ya no tan nuevos padres hoy quisiera inmortalizar cada expresión, cada paso, si un libro pudiese gesticular o caminar. Lo bueno es que este niño nació hablando, no con voz propia, sino con la de cada nuevo lector que decida adornar su biblioteca con mi hijo y sus 70 hermanos.

Esto de la paternidad literaria me ha gustado tanto que ya ando en búsqueda del hijo nuevo, “para completar la primera parejita”, como le encanta decir a las tías y abuelas de nuevos padres, y llenar la casa con lo que espero sea una interminable camada de palabras mías.

Aquí está una fotografía del crío, con la única mueca que sabrá hacer por el resto de su existencia. Poco expresivo como el padre, pero no menos amado.

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Por lo pronto me dedicaré a arrullar al primogénito con “Father and Son” de Cat Stevens, canción obligatoria para cualquier debutante o veterano en materia paternal.

En busca de los pasos perdidos.

Vuelvo un poco tarde a esta quincalla de palabras y pasos perdidos. Los meses de negligencia para con este lugar se han traducido en tiempo dedicado a otros menesteres que pronto, espero, rindan sus frutos. Me puedo excusar con la frase preferida de nuestra generación: “no he tenido tiempo”, pero eventualmente este pez moriría por la boca. Tiempo he tenido, de sobra. Si de algo puedo culpar al señor Chronos es de regalarme demasiadas historias que todavía no sé traducir a este formato.

Entre las muchas historias que pasaron por mí, la que hoy decide salir es mi reencuentro con el génesis de casi todas las que he vivido, la biblioteca de mi casa.

Podrán decir que es un poco romántico querer hablar de una construcción de madera donde descansan centenares de volúmenes inconexos en diferentes estados de cuidado, como si ese humilde espacio fuese una analogía en cuerpo presente a la vasta y eterna Biblioteca de Babel de Borges, pero la idea no es analizar el contenido de dicho objeto, sino el concepto de lo que ese lugar representó y representa para mí. Eso si es, debo admitir, un poco romántico.

Empecé a leer por intereses mercantilistas, como mencioné alguna vez en este blog. De niño era un coleccionista patológico de cosas inútiles, y por supuesto todo hobby de coleccionar viene acompañado de una fascinación un poco malsana por el dinero –necesario para alimentar la enfermedad– que a mi tierna edad mi papá encontraba un poco preocupante. En ese momento mi madre se convierte en mi primera alcahueta intelectual, se le ocurre la brillante idea de ofrecerme una módica suma de dinero por cada novela que lea, idea por demás genial al ocuparse de las necesidades banales y culturales de su hijo con una sencilla transacción. La única condición era hacer un relato pormenorizado de lo leído. Hasta el momento mi contacto con los libros había sido esporádico y principalmente a través de su voz cuando leía para ponernos a dormir, cosa que siempre lograba con mi hermano, pero nunca conmigo.

Tenía entonces 10 años cuando recibí mi primera mesada literaria. Ella había escogido una novela de Julio Verne para mantener mi atención a prueba, y al cabo de una semana yo recogía los frutos de mi trabajo al recitar toda la historia leída al son de la preparación de un almuerzo, un día cualquiera. El botín no tardó en convertirse en un paquete de cromos de béisbol, y al ver que podía prescindir de las artimañas capitalistas que regularmente llevaba a cabo en el patio de recreos del colegio (vendía canicas, juguetes pasados de moda, hasta dibujos para colorear) decidí enfocar mis esfuerzos a convertirme en un mercenario de las letras, oficio no menos honesto que el de buhonero infantil, pero infinitamente mejor para la actividad neuronal.

Ya tenía el motivo para leer, sólo faltaba el qué leer. Mi madre mantuvo su intervencionismo temático recomendándome más novelas de Verne y comprando otros clásicos en la misma vena aventurera, libros entretenidos, con ilustraciones esporádicas, las necesarias para no agobiarme con el laberinto de letras al que todos los niños temen. Luego quedó de mi parte aumentar el catálogo de lectura, y el mejor lugar que conocía era la biblioteca de mi casa. Allí empezó el romance. Había encontrado mi santuario, al fin, siempre estuvo en mis narices, aquella pequeña habitación al lado de la cocina donde no había juguetes, donde más de una vez pagué la sentencia de un castigo, aislando del Nintendo y los G.I. Joes. Ahora esa habitación se había convertido en el lugar más interesante de mi casa. Pasaba horas revisando los libros, ordenaba la numeración de las colecciones –esas que se compraban a precio de gallina flaca con el periódico de los domingos–, investigaba los nombres de los autores en la enciclopedia y si la información todavía era muy críptica recurría entonces a la sabiduría de mis padres. Estaba en la cacería de títulos interesantes, de historias que siempre había oído pero que no conocía de verdad, buscaba libros que me hablasen de mundos y épocas nuevas, quería sentir que ese tiempo que invertía en palabras, además de convertirse en dinero fácil, fuese tiempo invertido en vidas, hazañas, aventuras y experiencias suficientes para mil existencias. Eso sí, nunca sacrifiqué mis juguetes y video juegos, eso también me regalaba el escape que necesitaba para mantener la cordura.

Como buen mercenario siempre negociaba los honorarios con mi madre antes de enfrentarme a cualquier libro, la tasa estaba definida por la cantidad de páginas, el tamaño de la letra y el coste del hobby de turno, esto último cambiaba con la facilidad de un cambio de calcetines. La lectura debía ser siempre en los límites de lo razonable y sin interferir con mi desempeño académico, no era una opción llegar a casa diciendo que había raspado un examen por haberme perdido en la prosa de R.L. Stevenson o de Rudyard Kipling, eso sencillamente no podía pasar, por más bonito que sonara.

El negocio iba mejor que nunca, cinco años recibiendo un sueldo constante –con los debidos ajustes inflacionarios– haciendo algo que literalmente me quitaba el sueño de felicidad. Era el trabajo deseado por cualquiera. Incluso había conseguido un hobby estable en coleccionar cómics, que mantengo hasta el sol de hoy. Pero un día decidí que cobrarle a mi madre, aunque en realidad hayan sido sumas de dinero irrisorias, por algo que me apasionaba era moralmente reprochable. «Mamá, no me pagues más. No te quiero arruinar porque nunca voy a dejar de leer» le dije una tarde cualquiera y hoy recuerdo esa escena con la solemnidad de la coronación de algún monarca europeo.

Volví a vivir todos esos libros hace unos meses de visita en casa, cuando una noche insomne me llevó a perderme de nuevo en la biblioteca, ahora nueva, ahora más abultada y sabia, en otra casa, pero siempre mi santuario, siempre el lugar donde encuentro vida nueva en cada libro viejo y cada libro recién comprado. Ahora los bibliotecarios somos cuatro, cuando antes eran dos, mi hermano tardó un poco en sucumbir a la lectura, pero eventualmente lo hizo cuando descubrió su propia voz, sus propias razones. Y hoy, en otra noche insomne me encuentro ante mi embrión de biblioteca, la mía, la que me ha permitido el nomadismo de los últimos tres años, la que poco a poco va engordando con volúmenes inconexos, con ediciones de bolsillo, con libros de segunda mano, la que comparte su humilde espacio con las cómics que he ido acumulando por estos lares, la que viajará conmigo a mi próximo destino, la que será el mapa de mis pasos perdidos cuando dentro de diez años esté en mi santuario y recuerde porqué empecé a leer.

Eso si es romántico, sin duda.

El arte del rechazo.

A nadie le gusta que le digan NO, así de simple. Nadie anda por la vida coleccionando negativas por placer o por deporte. Este monosílabo quizás sea el culpable de todos los males del hombre si nos queremos poner filosóficos al respecto, pero no es la idea.

La idea es mundana, desempleada. La idea es que estoy sin trabajo y por primera vez en mi existencia me estoy enfrentando al mítico Can Cerbero de la búsqueda laboral y sus ladridos negativos. Es una de esas cosas con las cuales todos los mortales tenemos que ver, a menos que tengas uno de esos apellidos que vienen forrados de billetes.

Buscar trabajo es un trabajo en sí mismo. Es buscar las ofertas de los puestos que realmente quieres para terminar conformándote por lo que hay, es hacer un curriculum digno de alabanza y darte cuenta luego de que en verdad no has hecho nada en la vida, es chequear tu guardarropa y prepararlo para el día decisivo de una entrevista que si llega igualmente no estarás vestido según las expectativas, es pasar meses esquivando la responsabilidad de un portafolio –esto es con los arquitectos/diseñadores/artistas– porque nunca estarás realmente seguro qué mostrar si tienes de sobra o qué inventar para llenarlo si tienes de menos. Es esto y más, cada oficio con una lista interminable de requisitos y expectativas, pero la idea tampoco es hablar de eso.

La idea es sobre el fatídico email del NO, no hay trabajo para ti, el email del “no te pongas medias que la foto es tipo carnet” como dice tan coloridamente un amigo en el título de su blog, es sobre esas líneas con las que te dicen tranquilamente que gracias por el esfuerzo pero no es suficiente. Y toda esta retahíla de ideas trasnochadas simplemente existe para darle paso a ese email, el email que realmente te quieren mandar y no pueden, por decencia, el email que con palabras políticamente correctas y de copy/paste dice –al menos para los arquitectos/diseñadores/artistas– exactamente lo siguiente.

Desempleado número tres mil:

Primero que nada felicitaciones por haber pasado tres horas de tu vida googleando empresas de diseño en esta ciudad. Sabemos que no tenemos buen posicionamiento web y que estamos, más o menos, en la treintava “O” de Google. Pero no importa, aunque nos llamamos “estudio” somos en realidad dos tíos y hemos hecho pocos trabajos, pero al menos cobramos a fin de mes, a diferencia de ti.

Hemos estudiado tu curriculum, después de bajarlo con serias reservas por temor a que sea un virus indetectable, y hemos llegado a la conclusión de que estás gravemente descalificado/sobrecalificado para trabajar con nosotros. Sin embargo hemos hurgado tu portafolio por simple curiosidad y aceptamos que tienes un par de cosas buenas, pero lo nuestro mola más.

Actualmente la situación está tan jodida que si difícilmente tenemos trabajo para nosotros mucho menos tenemos para subcontratarlo a freelancers, si al menos tenías esa esperanza. Hay un batallón de amigos diseñadores igualmente desesperados y desempleados que tú, que nos hacen la vida imposible constantemente al recordarnos de su miseria. Honestamente no queremos perder a los colegas de cañas y fiestas de finde, y además tener que pagarte a ti más de lo que podríamos a otro.

Todavía no estamos seguros si archivaremos tus datos para el futuro como te prometimos y a los 2999 desempleados antes que tú. No nos juzgues. Si guardásemos todo lo que nos llega nuestros discos duros serían sólo portafolios anónimos y cero trabajo.

Te deseamos suerte en tu búsqueda, realmente la vas a necesitar. Como pintan las cosas dentro de seis meses estaremos en el mismo plan que tú. Empieza a comprar la lotería de la Once, nosotros lo venimos haciendo desde enero.

Saludos.

P.D. No nos llames, nosotros tampoco te llamaremos.

Del azar y otros demonios.

Siempre me he negado rotundamente a empezar un escrito con la frase “La vida está llena de…”, pero a veces no queda otra opción que asumir el cliché y decirlo a viva voz. El cliché es cliché porque funciona, porque todos lo entendemos. Diciendo esto al menos gano cinco líneas y no comienzo del todo con la muy esquivada oración.

La vida esta llena de carros, cosas y casas, de todo y nada, de gente penitente y renuente, de momentos obesos y adversos, y unas más que otras, de azar. No pretendo explayarme con un tratado sobre las coincidencias y como sus hilos de titiritero nos dibujan la existencia sin pedirnos permiso, pero si de cómo éste duendecillo cínico me hizo un visita que me volteó el cerebro.

Con noches insomnes como las mías se ha convertido en un arte buscar algo que hacer para huir de la rutina del trabajo, aunque sea por un momento, sólo el tiempo suficiente para olvidarlo todo y no llegar a odiar con toda mi alma lo que estoy haciendo. Unos lo llaman procrastinar (Del lat. Procrastinare: 1. Tr. Diferir, aplazar.) yo simplemente asumo el barranco de que tengo la capacidad de concentración de un niño en una tienda de juguetes en navidad y si no paro la obligación de cuando en vez no hay cafeína, nicotina o cualquier ina que valga para hacerme terminar lo pautado. Mal o bien siempre lo logro, a costa de la correcta sinapsis de mis neuronas y el horario del día siguiente, pero lo logro.

Si no me da por lavar platos a las tres de la mañana, reconectar con viejos amigos por facebook, tratar de componer una canción o ver una de las veinte series que veo semanalmente entonces recurro al azar, mejor dicho, a un botón en mi navegador de Internet que es el azar en pasta. Con sólo pulsarlo caigo en una página aleatoria, determinada por una serie de temas previamente escogidos, en mi caso son: diseño, literatura, cómics, arquitectura y humor.

Stumbleupon se llama el pequeño demonio y lo pulsé con temor a que me embarcara en un viaje de tres horas de risas fáciles y artículos blandos sobre edificios amistosos con el medio ambiente. Pero no, gracias a Al Gore que no. El escape que me tenía previsto fue un video de los tiempos de María Castaña con una entrevista a Julio Cortázar en la Televisión Española.

Sin dudar paré todo lo que hacía, cerré ventanas, programas, canciones y me instalé a oír –por primera vez en mi vida– a este señor cuyas palabras han moldeado mis sueños desde los doce.

Está sentado frente a mí, balanceando su peso en el reposabrazos izquierdo de la silla, con un traje de tweed marrón y un cuello tortuga crema –si la traducción cromática del blanco y negro no me engaña–, con la barba y bigote que conozco de tantas portadas. Su altura no pasa desapercibida y el tono de voz va de la mano con sus proporciones de titán. En la mesa que nos acompaña descansa su trago de whisky anónimo con poco hielo, yo con Red Label a falta de algo mejor. Ambos con cigarros en la mano izquierda, la derecha la usamos para gesticular y sostenernos la cabeza; sin darme cuenta ya estaba imitando su postura de entrevistado, treinta y cinco años después y en tiempo real.

Su discurso es calmado, constante, sin arabescos, como su prosa, con un acento que quiere decir argentino, pero que el exilio voluntario curtió de latinoamericano. García Márquez ha hablado de las erres arrastradas de Cortázar, las cuales asumí eran producto de su residencia eterna en París, pero me equivocaba, era como esos niñitos de los que nos burlamos en el patio del colegio retándolos a decir “erre con erre cigarro, erre con erre ferrocarril” sin trastabillarse. Sin duda su condición le ayudaba a pronunciar el francés perfectamente; conozco a más de uno que mataría por ello.

Política, estilo, rayuelas, jazz e historias eran el color de sus palabras, palabras que, confesó, escribe sin disciplina alguna, en eso nos parecemos últimamente, lo que no me enorgullece. Por dos horas me habló, dos horas que me dejaron mucho y se fueron muy rápido, dos horas que valen más que mil cursos y charlas sobre su obra, dos horas que hubiese perdido con algún video estúpido pero que por obra del azar hicieron que conociera a Cortázar.

De los otros demonios hablaré otro día…

En el metro.

Ella pasa sus mañanas cantando en el metro. La he visto arrastrando su carreta con un pequeño amplificador, micrófono y un vasito para guardar la voluntad de extraños generosos o con sentimientos de culpa fácilmente impresionables. No tiene más de veinticinco años y probablemente se llame Samira, no puede negar la sangre árabe de sus venas, su cabellera se confunde con el negro de los túneles que transitamos, la nariz orgullosa protege sus ojos almendrados y la iluminación clínica del vagón no le hace justicia a su tez morena.

Canta una canción que no conozco pero que he oído mil veces, una balada suave y predecible de amor y dolor, acompañada de una orquesta de teclado y en bucle continuo, como el trayecto de metro que abordó seguramente horas antes y dejará horas después. Su sonrisa es ensayada, sus ademanes y cerrar de ojos refuerzan la búsqueda de notas difíciles en el theremin invisible de su voz. El tímido espectáculo atrae las miradas y prejuicios de los que ven su lectura de Paulo Coelho o Marcel Proust interrumpida por una voz inesperada, del grupo de patineteros imberbes que se burla a mansalva de sus gestos, de la abuelita que no se termina de acostumbrar a éste tipo de eventos en el transporte público, de mí que hasta el momento no tenía nada sobre que escribir.

Quizás escogió para la faena la línea roja por ser la que más estaciones tiene, además atraviesa la ciudad de punta a punta, luego abordará el tren en sentido contrario en la última estación y volverá a donde comenzó. Mañana probará con la línea amarilla, la azul o la verde, donde el número de turistas incautos aumenta considerablemente, puede que busque suerte en algún pasillo de transbordo si tiene el permiso y las agallas de competir con los cuartetos de cuerdas, los cantautores, los combos de música latina o el guitarrista de flamenco que además vende su propio disco.

Una voz en catalán anuncia la siguiente estación y marca el final de su show, tiene un minuto para hacer su colecta y cambiar de vagón, su sonrisa sigue ensayada, pero ésta dice: “muchas gracias, que Dios –o Alá­– te bendiga y llene tus días de fortuna para que no tengas que estar como yo cantando en el metro para ganarte un duro”. Tal vez Samira sólo quiera entrenarse para un reality show de talento, para su propio número de variedades en un club nocturno o algún campeonato local de karaoke. Son muchas las preguntas que aparecen flotando en el vagón en los seis minutos que compartimos de viaje; ya habrá tiempo de responderlas, apenas la estoy conociendo.

From Lebanon with love.

Era una caja color marrón papel craft, cuidadosamente embalada con plástico transparente por manos que sabían de sobra la importancia de su contenido. Letras rojizas en alfabeto occidental adornaban el centro de la tapa, el resto eran árabes e ininteligibles para mi. Creo que la memoria no me falla, pero he idealizado tanto lo que había allí que el empaque pasó inevitablemente a un segundo plano.

«Me iba a quedar callada sobre los dulcitos pero has hablado tanto del tema que te voy a dar uno para que veas lo que es bueno. Mi abuela me los mandó del Libano». Treinta o más cilindros de pasta filo rellenos de nueces trituradas y almíbar, o en menos palabras baklava; todos ordenados, juntos pero no revueltos, pequeños, esperando una mano digna para cumplir su misión de brindar placer al paladar. «Agarra un… do… está bien, dos… me caíste bien… puedes agarrar dos. ¡Pero no más! Me tienen que durar bastante». Ni corto ni perezoso me apoderé del par de dulces, los engullí sin parsimonia, no creo en eso de comer lento para disfrutar el sabor, el sabor se disfruta comiendo, no esperando con angustia y perpetuando cada bocado para estirar la experiencia. Yo pensaba que había comido buenos dulces árabes, pero éstos dos me arruinaron la existencia…

Eran pequeñas granadas fragmentarias, cada mordisco liberaba miles de partículas dulces que se repartían triunfales por mi boca. Vi a Dios bañado en almíbar y vestido de una túnica crujiente. No exagero. Mi fascinación por el dulce es pecaminosa, y en ese momento me merecía los siete círculos del infierno por querer salir corriendo con la caja que ella guardaba tan celosamente.

Recordé los domingos familiares, la política cuasi religiosa de comer afuera y viviendo en una ciudad con serias limitaciones gastronómicas la comida árabe era siempre una buena opción. De pequeño la comida me daba igual, era y sigo siendo un maniático con ciertas cosas, pero un día, por recomendación de los dueños de la taguarita que frecuentábamos ­–realmente el aspecto del restaurante no era lo mejor­– pedimos un surtido de dulces. Por supuesto me encantaron, por supuesto quise más, por supuesto mi padre me dijo ya comiste suficiente, por supuesto me comí el de mi hermano que no es fanático del dulce, por supuesto compartí el botín con mi madre que siempre ha sido mi cómplice en asuntos del azúcar. En mis tiernos años de simpleza emocional mi experiencia de comer árabe se limitaba a la expectación del postre. Cambiamos de restaurante varias veces, unos cerraron, otros desmejoraban su servicio, pero lo mío era catar los dulces, y mientras más dulces fuesen mejor.­

«Saul, hoy no pude dejarte cena. Aquí tienes 10£ para que compres comida en Green Valley, 37 Upper Berkeley St, justo detrás de la casa». Fue una nota, traducida aquí, que dejaba mi anfitriona y casera durante mis meses en Londres. Una señora trinitaria, alegre y conversadora que me mimó desde el primer día con buena comida, y cuando no podía cocinar usaba éste método para no dejarme morir. Siempre pensaba en las malas experiencias culinarias de mi hermano con su casera inglesa en Bournemouth cuando meses antes hizo lo mismo que yo, y agradecí que la mía tuviese sabor tropical en la sangre y en la cocina. Volviendo al tema en cuestión salí corriendo al mercado señalado en la nota, y descubrí un mostrador inmenso con montañas del dulce que tenía años sin disfrutar. Me gasté la mitad del dinero en ellos, con distintas formas y tamaños, con mas o menos pistachos, con mas o menos almíbar, pero todos con más sabor que cualquiera que hubieses probado antes. No tardé en hacer esa visita costumbre, después de todo pasaba todos los santos días por ahí.

Ahora que pienso en la caja de dulces me la imagino de caoba curada, tersa, amplia y dadivosa, con bajo relieves y arabescos dorados, su contenido descansando en una eterna cama de sedas blancas, separados cada uno con joyas que palidecen ante el fulgor dulce, protegida con una llave que sólo yo tengo.

Sé que pronto la veré de nuevo, prometí clases de guitarra y Autocad a cambio de otra oportunidad con ella.

Hoy…

Escribo severamente trasnochado, más de lo normal, ya lo de “es tarde” no aplica, ahora “es temprano”. Escribo sin tema, sin meta, escribo porque una gripe galopante alteró mis horarios, porque el trabajo acumulado no me deja pensar en historias, porque una semana bajo tutela literaria me hizo recapacitar la manera en que enfrento una hoja en blanco, real o virtual, porque no puedo posar mi cabeza sobre la almohada sin decir algo.

El shuffle del Itunes me sorprende con una ecléctica selección de temas que me jalan en diferentes direcciones, canciones grises, negras, azules y rosas; cada una con su historia, cada una con sus razones para ocupar un espacio en el disco duro de mi ordenador, cada una ligada estrechamente a algo que viví, o viviré; con nombres y apellidos, en noches de copas y carne trémula, sólo en algún parque.

Hoy tengo que decir que no tengo nada que decir, me encuentro en estasis, caigo en cuenta que pasa el tiempo por los numeritos del calendario, no por moverme yo en éstos días. La vida de otros continúa, hoy más que nunca para muchos, vivo a través de ellos y sé lo que me estoy perdiendo. Amigos que hoy saben que deben comprar ropita rosada para la niña que esperan, amigos que hoy están en la zozobra de no saber si habrá un niño dentro de nueve meses, amigos de amigos que dejan de existir por el capricho sanguinario de un delincuente, amigos que cuentan sus experiencias de sábado pre-apocalíptico, de resaca dominguera y de lunes aburrido, amigos que se confiesan parte de un hexágono amoroso cuyo vértices no coinciden en el mismo punto, amigos que leen éstas líneas y nunca me dirán nada, amigos que tienen la necesidad imperativa de decir todo lo que hacen, en todo momento, con pensamientos prestados y declaraciones amorosas a vox populi y ad nauseam, en Facebook.

La ciudad sigue viviendo, despierta teñida de gris, con vientos de lluvia mediterránea, las gentes poco a poco tomando la calle, unos abrigados con ropas pre-otoñales, otros todavía negándose al frío inesperado con pantalones cortos y sandalias. Mis anfitriones de vivienda temporal por reubicación también comienzan su día, con pasos torpes en busca de café para terminar de abrir los ojos y disolver la telarañas que los inmovilizaron por ocho horas. Ellos comenzarán su rutina, yo terminaré la mía.

Hoy no hay prosa poética, imágenes poderosas, desenlaces inesperados, o decretos mediocres sobre ritos y costumbres, hoy sólo ejerzo mi derecho de decir lo que me da la gana, y existir escribiendo, hasta mañana por lo menos.