Barcelona Blues

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Los pasos se empiezan a hacer cada vez más pesados mientras avanza por la arena. Le pesan las piernas, los pies luchando con el terreno, los brazos que arrastran la pequeña maleta donde lleva una parte de su vida. Otros días, en otras playas esa resistencia a su caminar no le cansaba, no le preocupaba, no le hacía dudar, como hoy. Piensa que quizás precisamente hoy es la primera vez en mucho tiempo en que siente el blues como hay que sentirlo, con el alma desnuda por el miedo y la incertidumbre, si tan solo pudiera guardar un poco de este sentimiento en una botellita para usar en el futuro. Agradece el sentido común de no traer su guitarra a cuestas en estas condiciones pero al mismo tiempo hubiese pagado millones por la posibilidad de tocar una con esta vista y con esta inpiración. Las ruedas de la maleta están por rendirse, a punto de quejarse en voz alta de que no están hechas para recorridos playeros, pero resisten y él quiere creer que se debe a su fuerza de voluntad. No perdió toda la que le quedaba en el camino desde Manila hasta aquí, pensaba manteniendo la inercia de su caminar.

Ya perdió la cuenta de cuanto tiempo tiene sin dormir, aunque sí está seguro que son más de veinticuatro horas, la última etapa del viaje le preocupaba mucho como para tomárselo con tranquilidad y descansar. La experiencia de familiares y amigos nunca ayudan a crearse expectativas reales, pero su éxodo se había convertido en el tema preferido de sus allegados durante su último mes en casa. Llegaba a Barcelona con una lista de contactos de primos lejanos, primos cercanos, amigos perdidos, ex novias, tíos, posibles socios, conocidos de la familia extendida y hasta un pequeño censo de indeseables y malas hierbas. No podía negar que tener al menos a quien llamar en caso de emergencia le brindaba una pizca de paz.

Debía parar un momento, ya lo había logrado, ya estaba caminando por una playa de Barcelona como se lo había prometido hace unos años, ya podía permitirse un breve respiro. En silencio observa cómo el primer sol de su nueva ciudad empieza a hacer su ascensión, cómo el primer día de su nueva vida va despertando desde el Mediterráneo. Se percata del persistente rumor del romper de las olas y su vaivén rítmico, constante, perpetuo. Nunca había oído al mar de esa manera, nunca había apreciado su silencio tan ensordecedor, la música de su espuma y su gaviotas. De donde venía el tiempo era un lujo, el silencio una leyenda y el espacio un mito. De donde venía no era lugar para vivir amaneceres solitarios a la orilla del mar. Aquí podía llenar ese silencio y esa soledad con su música, con sus melodías y con las de tantos que vinieron antes de él. Una vez más se arrepintió de no llevar su vieja guitarra, pero el blues sí estaba con él y en esta ciudad y eso era lo importante.

Llegó a estas orillas con prospectos de trabajo decente y bien remunerado, con planes de ver mundo y aires nuevos, con ganas de crecimiento personal y un oficio digno y para toda la vida, y siempre encontraba los lugares comunes que su familia quería oír para hablar de su partida. No mentía, pero él prefería ser selectivo con la verdad para evitar conversaciones redundantes y oídos sordos. Lo que realmente quería era cantar blues, tocar una guitarra eléctrica como Stevie Ray Vaughn, Eric Clapton o Jimi Hendrix, hablar con dolor y voz profunda de amores que nunca tuvo, de trabajos que nunca hizo y de lugares que no ha conocido todavía y quizás no llegue a conocer. En un mundo perfecto él estuviese haciendo este paseo mañanero a orillas del Mississippi, respirando el olor dulce del agua y añorando la sabiduría negra de la voces del auténtico blues. En ese mismo mundo perfecto la diáspora filipina de sus familiares y amigos hubiese escogido Estados Unidos en búsqueda del sueño americano. En el mundo real su lista de contactos había escogido Barcelona como el terreno para echar raíces. Era él quien llegaba tarde a la única fiesta para la que tenía invitación. Esa inevitabilidad de la vida de presentarte opciones que no son precisamente las que queremos ni las que necesitamos sino las que quedan, sí es que somos lo suficientemente afortunados de tener opciones.

Fuese un mundo perfecto o no, él estaba en paz. Feliz era una palabra muy compleja para este momento en su nueva vida, con muchas variables. Hasta ahora su vida era arrastrar una maleta por la arena, ver al sol empezar su jornada laboral y pensar en la guitarra que no traía consigo. Un día a la vez, iba a empezar a repetirse como mantra. La guitarra vendrá, prestada, comprada, de segunda mano, rescatada. Trabajo conseguirá, gracias a los contactos, a la suerte, a su currículo, a sus ganas, quién sabe. El sol saldrá de nuevo mañana y las olas seguirán yendo a dormir a las arenas de la Barceloneta así no haya un emigrante recién bajado del avión para asegurarse de ello. La voz y el blues ya los tiene, esos sí se vinieron en el equipaje.

El rito

El rito

Ver a la gente pasar era nuestro rito familiar y viajero. Papá decía que se imaginaba a la familia como un equipo de exploradores estudiando con paciencia una especie desconocida de animal, presenciando una planta florecer y morir instantáneamente, viendo una lluvia de estrellas desaparecer con la primera luz del día. Éramos cuatro viajeros que le tomaban el pulso a ciudades nuevas a pie de calle, viendo a sus habitantes hacer vida, viendo a otros turistas luchar contra mapas enormes y traductores inexpertos. Aventuras que tenían lugar en el breve espacio entre comidas y atracciones turísticas ineludibles.

Papá había comenzado la tradición cuando mi hermana y yo todavía éramos pequeñas, durante nuestro primer viaje, cuando fuimos capaces de dominar nuestra impaciencia y la hiperactividad producida por el azúcar y las vacaciones. Nos sentamos en un banco, en alguna pequeña plaza dormida de una ciudad también pequeña y dormida, y Papá nos enseñó a ver la gente pasar. Había una técnica detrás, una filosofía de observación para evitar caer en el estereotipo de los turistas aburridos, cansados y perdidos. Había que observar con atención pero sin intensidad, con disimulo mas no desinterés, había que tejer historias con los hilos de la vida de los otros que veíamos pasar. Él comenzaba para motivarnos, siempre con historias felices e imposibles sobre los transeúntes que desfilaban para nosotros. No había rostros tristes o cansados para él, sólo quizás la melancolía de un mal día o tiempos olvidados. Luego Mamá se unía a la ficción con historias más cotidianas, sobre largos caminos a casa, sobre familias reencontradas. Mi hermana y yo generalmente hacíamos alarde de la imaginación sin límites de nuestra inocencia, incluyendo en nuestras historias a seres de otras galaxias o la búsqueda de un poderoso artefacto perdido desde tiempo inmemorial. Con el paso de los años y los viajes nuestras contribuciones a la ficción empezaron a reflejar nuevas preocupaciones, las culturas y geografías visitadas, la rebeldía de la adolescencia y la ansiedad de la adultez que se avecinaba. Pero Papá nunca dejó que la realidad afectara su capacidad de ver a la gente pasar y crear historias. Nunca dejó pasar una oportunidad de crear memorias nuevas para nuestro interminable álbum viajero. Ni siquiera al final.

La enfermedad de Papá llegó con la mala educación de aparecer sin avisar. En nuestro último viaje el rito de sentarnos a ver la gente pasar era más necesidad que distracción. Papá necesitaba descansar. Todavía podía caminar solo, pero su cuerpo ya mostraba signos de rendición, los que escondía con un gran calcetín negro, sus zapatos más cómodos y su mirada concentrada en todas las historias que nos rodeaban.

El rito sigue vivo y rozagante, en la ficción de los transeúntes, en los bancos que nos sirvieron de islas, en las plazas y calles que fueron páginas blancas, en las fotos que hoy son mapas de tesoros. El rito sigue vivo aunque hoy seamos tres viajeras sin guía y con todo el universo por delante.

La pose

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La pose que tanto había practicado le daba aires de reportero gráfico. Aunque la cámara pequeña y automática lo delataba con cualquiera que supiera de fotografía, tuviera la misma cámara o fuese, de hecho, reportero gráfico. La pose le regalaba una dosis de seguridad y la pizca justa de desfachatez para no sentir que hacía el ridículo al buscar la imagen más complicada, la imagen escondida, la historia menos directa que daba simplemente mirar hacia delante. La pose era un baile consigo mismo, era el ángulo obtuso o agudo que buscaba con su espalda mientras sus brazos compensaban, recalculaban, diseñaban, buscaban el encuadre perfecto. La pose era prescindir del trípode en pro de la inmediatez. La pose era parte de un estado mental, un comportamiento adquirido para pasar desapercibido, no desde la mediocridad, sino precisamente del otro lado: desde la mediana y justa capacidad de los competentes.

Tenía buen ojo, eso era casi todo. Sabía donde apuntar el lente —lo que ciertamente ayudaba—, sabía tener paciencia —que nunca era malo—, sabía apretar el botón con mucha rapidez para asegurar al menos una buena instantánea dentro de cada diez —lo que tampoco perjudicaba—. La pequeña cámara automática podría ser un sacrilegio para los entendidos —quizás, nunca había preguntado— pero a él le daba resultados. Cuando en la tranquilidad de su casa observaba una fotografía tomada por él, después de escogerla y retocarla imperceptiblemente se sentía pleno y eso era lo único que le importaba.

Estaba construyendo un archivo de memorias para alguien que no conocía todavía. Un banco de imágenes curadas por su espontaneidad de fotógrafo amateur y las limitaciones de alcance, foco y nitidez de su pequeña cámara automática. Una biblioteca de recuerdos que algún día compartiría con alguien, para cuidar y alimentar con más recuerdos y fotos convertidas en bits y bytes dentro de computadoras, DVD’s, pendrives, móviles, tablets o cualquier artilugio que exista en el futuro para hacer tangible lo inmaterial de un recuerdo digital. Años de viajes, de conciertos, de eventos familiares, de trabajos emocionantes, de trabajos aburridos, de personas importantes, de familiares, de amigos muertos, de desconocidos, de amores pasajeros, de amores largos y tormentosos. Todas memorias capturadas con su pequeña cámara automática, o con las variaciones —más o menos iguales— que la precedieron y los nuevos modelos —también más o menos iguales, seguramente— que le seguirán.

Volvía él a su pose, volvía a analizar su encuadre, la incidencia del sol y su luz abrasadora, miraba su objetivo todavía inescrutable tras el lente de la cámara, saltando mentalmente entre la realidad de la experiencia y la de la memoria que construía con su fotografía. Volvía a su pose y pensaba en la historia que contaría sobre el edificio que estaba retratando. Pensaba en ese receptor de sus memorias fotográficas y lo incluía en su búsqueda del ángulo perfecto, en su experiencia de retratista del recuerdo y mientras presionaba el botón imaginaba a un futuro hijo fascinado con el edificio en cuestión, a una futura hija preguntando sobre la ciudad donde fue tomada la foto, a una futura esposa oyendo feliz la historia que sabía de memoria, a un sobrino aburrido que por fin encontraba alegría al visitar a su tío, a una prima deprimida y agradecida de atención. Volvía a su pose y con la última ráfaga de fotos del día se preguntaba si ese receptor de sus recuerdos, ese heredero de su memoria estaría escondido en una fotografía ya tomada o en una por venir. Quedaban todavía muchos recuerdos por retratar en esta ciudad, muchas almas también en búsqueda, mucho tiempo para construir. Mientras tanto él seguirá practicando su pose de reportero gráfico con su pequeña cámara automática.

El Gabo sí tiene quien le escriba.

La primera vez que oí sobre García Márquez fue durante una de mis cacerías semanales de libros en la biblioteca de mi casa. Creo que fue mi madre la encargada de iluminarme en ese momento, si mal no recuerdo. Tendría doce o trece años, quizás. Ahora que intento ponerlo en papel —o en pantalla, mejor dicho—, veo que este recuento está plagado de dudas, pero hay muy pocas certezas en esta vida, y de la única que no podemos escapar es la que se llevó al Gabo el pasado 17 de abril. Saberlo vivo, aunque ausente de las letras, era razón suficiente para sentir tranquilidad, alivio de que ese dicho: Only the good die young, es una mentira que nos inventamos para justificar los caprichos de la muerte.
Quisiera poder decir con absoluta seguridad que descubrí sus palabras por intervención divina, o que en un momento de lucidez literaria escogí uno de sus tantos libros sin pedir permiso, sin preguntar a nadie, y al leerlo mi vida cambió, pero no fue así. Allí la realidad fue terriblemente aburrida y predecible. El nombre lo había oído infinidad de veces, en conversaciones de adultos en las que tanto insistía participar, en los lomos de sus libros repartidos en nuestra biblioteca, en periódicos y noticieros, pero yo todavía era preso de las aventuras de Verne, Stevenson, Dumas, Salgari, de Tío Tigre y Tío Conejo, de las leyendas pemón, de Asterix y Obelix. Fue entonces, volviendo a esos doce o trece años, que mi madre me habló de Doce cuentos peregrinos y del realismo mágico. Imagino, hoy en día y con treinta años a cuestas, que su explicación sobre el realismo mágico debió haber sido muy adulta, muy literaria, pero muy abstracta para un niño cuya experiencia literaria se limitaba a las novelas de aventuras de siglos pasados. Pero sí recuerdo exactamente cuando comprendí ese concepto tan latinoamericano, tan del Gabo, del mundo mágico que nos rodea: fue con el cuento “La luz es como el agua”, donde dos inocentes hermanos aprovechan los miércoles de cine de sus padres, para navegar en la luz que se derramaba de una lámpara. Mi vida estaba rodeada de fantasía, todavía jugaba feliz por horas con mis juguetes, a los que inventaba historias complicadísimas y —por supuesto— alucinantes, veía comiquitas sin cesar, soñaba despierto cada vez que tenía la oportunidad, había leído ya sobre mundos imposibles y lejanos, pero nunca había pensado en las posibilidades mágicas de la luz y los objetos comunes. Nunca había considerado en que podía haber rostros en la madera de las puertas de mi armario, que eventualmente me podían crecer alas si resultaba ser pariente de algún ángel, o que la noche caía porque el encargado de iluminar el mundo se cansaba y necesitaba dormir como todos nosotros, y no todas eran ideas del Gabo, pero sus letras despertaron en mi otra dimensión de la realidad de la que me alimento constantemente. Incluso hoy todavía paso mi días pensando en constelaciones de estrellas vivas en la espalda de una mujer amada, que es posible hacer un estudio cartográfico profundo de mis sueños, que hay planetas en mis tazas de café, que un paseo por la tarde es lo que hace girar al mundo.
Poco a poco fui metiéndome en ese mundo que sólo podía venir de García Márquez, con los Buendía en Macondo, con el pelo inmortal de Sierva María de Todos los Ángeles, con los ahogados más hermosos del mundo, con vendedores de milagros, con abuelas desalmadas. Visitaba y visito las letras del Gabo cada cierto tiempo, como volviendo a un álbum de fotos que se niega a dejar reemplazar por copias digitales, en donde está tu infancia inmortalizada, la historia de unos días donde éramos todos sonrisas, todos posibilidad. El álbum de fotos donde una vez hicimos un depósito de esperanza a plazo fijo, en donde guardamos un pedacito de nuestros sueños, para reencontrarlos más adelante en el camino, y poder mirar atrás con nostalgia pero sin tristeza.
Con sus palabras logré entender un poco más esa locura indomable que nos plaga a los latinoamericanos, pero que nos hace tan diversos y felices, que ver el mundo con ojos llenos de magia es el mejor remedio contra el tedio de la realidad, que una pequeña piedra gris puede ser lo más interesante del mundo si la vez con detenimiento, que la muerte puede ser burlada y la tragedia no es destino. Las palabras del Gabo era y serán evangelio de muchos, consuelo de unos y vida de otros. Para mí son refugio, mapa y barco de viaje. Son un faro que siempre me llama a casa. Y seguiré diciéndole Gabo, como si lo hubiese conocido, como si me hubiese tomado un café con él, como si me hubiese dado consejos para escribir, porque Gabriel García Márquez era mi amigo, aunque él no lo supiera.

Desde la otra orilla

¿Te acuerdas de hace seis años cuando nos despedimos? Segunda vez en mi vida que pisaba Maiquetía para abordar un avión sin compañía, pero primera vez que te dejaba tanto tiempo. Duré semanas pensando esa despedida: diseñándola, como el arquitecto recién graduado que era; imaginándola, como el come libros que sigo siendo. De mi familia ya tenía despidiéndome años, ya había dejado el nido hacía tiempo, y ese dolor como bien sabes es un tatuaje invisible que llevo en el pecho, indeleble, para toda la vida. De ese dolor no voy a hablarte. Ese dolor se merece otra carta; muchas cartas.

Sabía que después de los abrazos y besos a mis padres y hermano, después de cruzar el control de inmigración, después de ubicar mi puerta de embarque, íbamos a tener tiempo a solas. Allí te iba a jurar el regreso, te iba a pedir que me esperaras, que no cambiaras tan rápidamente como todos los que me rodeaban me advertían una y otra vez. Se burlaban de mi esperanza bobalicona de que el tiempo no cambia nuestra naturaleza sino que la fortalece. No quería tu fidelidad, no podía ser tan iluso, me conformaba con tu lealtad. Pero tu adiós fue duro y monocromático como un muro de piedra, tu adiós estaba vestido de verde en el pasillo de abordaje al avión y me recordó con su interrogatorio militar las razones por las que necesitaba descansar de ti. No dormí en el vuelo a esa tierra desconocida que me esperaba, todavía pensando en ti, memorizando todas las cosas que me habías regalado, enumerando aquellas que esperaba de ti a mi regreso, prometiendo mis aportes para verte bella y altiva otra vez, como te conocí y recuerdo, para verte mía de nuevo y para siempre, si me lo permitías, buscando en las nubes sobre el atlántico el consuelo por haberte renunciado por un tiempo, el consuelo de la despedida que me negaste, el consuelo estúpido y egoísta de pretender verte pronto y que me recibieras dos años después con los brazos abiertos, mientras me decías levemente y al oído lo mucho que me amabas.

Lo primero que extrañé de ti fue tu calidez. Yo que me jactaba de mi alta tolerancia al frío, me vi bregando por calor en brazos desconocidos, bajo sábanas y cobijas prestadas, con capas y capas de ropa que nunca me dejaste usar. Después añoré tu sonrisa, tu amabilidad, tu dulce tono de voz. En esta tierra nueva me sentía regañado por mis preguntas, por mis gustos, por las formas nuevas de hacer las cosas, por una idiosincrasia que conocía en el papel pero que mostró su rostro real en muy poco tiempo. Pero me acostumbré, como me malacostumbraste a acostumbrarme. Me habitué para sobrevivir, pero sin sacrificar mi espíritu, mis esperanzas. No era la supervivencia del más fuerte, como empezaste a pregonar años antes de mi partida, era y es la coexistencia, la tolerancia, el entendimiento. Tú me conocías más que nadie, y sabías que yo no nací para pisotear a nadie, que la imposición no trae nada bueno, y criticabas mi pasividad confundiéndola con cobardía. Quizás esa fue otra de las razones para nuestro alejamiento, quizás fue uno de los clavos que usaste para empezar a construir la barricada que hoy quieres que nos separe.

Sin embargo volví momentáneamente a tus brazos más temprano que tarde. Menos de un año había pasado desde mi despedida y tu indiferencia. Decidí no abrir heridas viejas y verte sin expectativas, sin añoranzas. Y volví a disfrutar de tu calor, pero con menos calidez; de tu sonrisa, ahora un poco cansada; de tu amabilidad quizás forzada. Me mostraste el mismo rostro, pero levemente envejecido, resignado a la realidad que poco a poco se iba apoderando de ti en mi ausencia. Me acerqué a ti con cautela, temiendo el dolor de la nueva despedida que se avecinaba, pidiendo poco de ti y mucho de mi para no mostrarme ingrato e insatisfecho, comprendiendo tus razones, respetando tu espacio, tus ideas, reconociéndome un nuevo extraño en una tierra nueva. Aceptando que haberte dejado no me daba mucha moral para pretender que todo siguiera igual, pero nunca perdiendo la esperanza. Eso es lo último que se pierde, y ella se vino de polizonte conmigo en el vuelo de regreso a mi nueva ciudad.

Te he visitado al menos una vez al año desde que nos despedimos aquella vez. Y cada vez eres menos tú. Quizás yo tampoco soy exactamente el mismo de hace seis años, pero tú sabes que sigo siendo yo. Todavía llevo con orgullo aquellas cosas que aprendí a tu lado, viviendo de ti y por ti. Todavía tengo las mismas mañas, todavía sigo trabajando mejor bajo una presión inhumana, todavía sigo trasnochándome sin necesidad, todavía muevo montañas por alguna responsabilidad, todavía le dedico mi vida a mis amigos, incluso a los que trataste con odio y saña y terminaron apartándote de sus vidas. Todavía hablo más de lo que debería, todavía soy adicto al café, todavía digo públicamente que prefiero el frío al calor cuando realmente necesito tu calidez hoy más que nunca. Y sé que tú eres menos tú porque te encargas de hacérmelo notar cada vez que sellan mi pasaporte en la entrada de Maiquetía. Cada vez me recibes con más indiferencia, y no terminas de ignorarme del todo porque en el fondo sabes que me necesitas, o al menos que me extrañas un poco. Cada vez sonríes menos y tu temperamento sufre el delirio constante de bailar en una cuerda floja. Cada vez te veo más arrogante pero menos orgullosa. Cada vez hablas más fuerte diciendo menos. Cada vez tenemos menos cosas en común gracias a ideales prestados y fuera de contexto. Ahora nuestras conversaciones se limitan al mínimo de educación que se espera de un viejo conocido, y probablemente sea yo el artífice de ese poco espacio de dialogo que aún queda entre nosotros.

La última vez que te vi todavía me despedí con esperanzas. Como te dije esa nunca la he perdido. Donde esté siempre busco la musicalidad y cadencia de tu acento. Nunca he podido pasar más de una semana sin añorar los sabores que me enseñaste a apreciar. Recreo tu calor con lo que tenga a la mano, y entro a un lugar y saludo sonriente como te vi hacer siempre. Hablo de ti constantemente, sin rencor, con añoranza de todo lo bella que eras, eres y seguirás siendo en el fondo. Todos mis planes y cambios de dirección postal siempre te tienen presente, nunca olvidan el norte que siempre has sido. ¿Viste que no he perdido la esperanza?

Hoy te escribo desde más de 5.000 kms de distancia. Hoy me llega el eco de un dolor que tiene un mes en llamas, pero que estoy viendo desde que te dejé hace seis años, cada vez más fuerte, cada vez más presente. Hoy por primera vez en mi vida siento que no te conozco, o que no te entiendo como creía. Hoy no sé si mi esperanza aparentemente inagotable de no perderte me ciega para entender tu cambio, tu nueva forma de ser. La separación no me ayuda definitivamente. Estar en la otra orilla lo amplifica todo, lo esconde todo. Lo que sé de ti se lo debo a voces de conocidos y desconocidos que se han dado a la tarea de hablar de ti sin descanso. Porque al igual que yo, ellos también te aman y extrañan. Siempre he sabido que te iba a tener que compartir con millones de almas, todas y cada una con sus formas particulares de amor y devoción, todas con sus razones y ganas. Unas allí, contigo. Otras, como yo, esparcidas por el mundo, hablando de ti y como tú, a cualquiera dispuesto a escuchar, y que aunque una vez decidieron dejarte también te quieren volver a ver sonriente, radiante y plena.

Hoy te veo herida, intolerante, peligrosa y sucia. Y a pesar de todo todavía logra asomarse el rostro que nunca olvidaré, entre el desastre y el griterío. Hoy se cumple un mes de luchas, de llantos, de muertes, de nuevas voces, de desacato, de despertares, pero también un mes de la misma historia de siempre, de círculos viciosos, de demagogia, de dimes y diretes. Hoy se cumple un mes que logró condensar en sólo treinta días los quince años de esa transformación que te he visto sufrir, desde adentro y ahora desde afuera. Hoy te escribo sin poder darte una receta mágica para que vuelvas a ser la de antes, o al menos que no sigas en ese camino que nos aliena a tantos. Hoy te escribo porque no quiero seguir diciendo “al menos” como acabo de decir, o como termino haciendo cada vez que recibo noticas de algo reprochable desde tu orilla. Hoy te escribo porque me dueles más que nunca, pero mi vida me ha llevado por otros lares siempre buscando la forma de regresar a ti por la puerta grande, para cumplir las promesas sordas que te hice hace 6 años al despedirme sin despedida. Hoy te escribo porque tengo un mes pensando en qué decirte y finalmente logré hilar unas oraciones coherentes. Hoy te escribo porque quiero decirte que todavía no pierdo la esperanza, ni en ti ni en las millones de almas con las que te comparto, de que volverás a ser feliz, bella y altiva. Hoy te escribo porque no me queda más remedio que propagar el eco que recibo, y porque quizás con estas palabras otro despierte. Hoy te escribo porque aunque no es fácil tratar de oírte desde la otra orilla, no quiere decir que voy a dejar de intentarlo, ni hoy, ni nunca. Hoy te escribo, Venezuela, y mañana también, y el día después de ese, hasta que no haya más despedidas, hasta que escuches los gritos, hasta que finalmente me digas: Bienvenido.

The Terminal

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Los aeropuertos tienen la mala costumbre de tener amaneceres o atardeceres ominosos, piensa Ramiro, perdido en la concentración que requiere descifrar las actividades que hombres y mujeres —casi hormigas— llevan a cabo afanosamente en la pista de aterrizaje frente a él. Cualquier ser humano en su sano juicio quiere ser recibido en un aeropuerto con cielos imposiblemente azules y despejados, dignos de una película de Disney. Como si la luz del Sol alejara todos los males, los vientos traicioneros y ayudara con toda su buena intención a mantener flotando en el aire al leviatán metálico que estás a punto de abordar para llegar a tu destino. Un consuelo de tontos, pensaba Ramiro, pero por algo los tontos son más felices, tienen menos cosas de que preocuparse.
Hace años, cuando todavía viajaba con sus padres, tomar un avión le causaba un pánico indescriptible. Bueno, sí era descriptible: le sudaban las palmas de las manos, su estomago experimentaba un vacío constante, un puercoespín se alojaba en su cabeza durante el tiempo de vuelo, cerraba los ojos y no paraba de ver escenas del avión en cuestión partiéndose en dos sobre el océano Atlántico y los otros pasajeros saliendo disparados como hojas secas en una ventisca de otoño. También rezaba mucho, todas las oraciones que se sabía eran repetidas como un mantra cada vez que el avión hacía un movimiento medianamente brusco. Hacía promesas vacías que no cumpliría una vez aterrizara y no paraba de ver el recorrido por la ventana, como asegurándose constantemente de que el avión iba por el camino correcto. De pronto un día, en su primer vuelo sin su familia, se dio cuenta que todo ese miedo que sentía en su infancia había desaparecido casi por completo. Todavía sentía respeto por esas máquinas fabulosas cuyo trabajo diario es desafiar a la ley de la gravedad, pero ya no había pánico, no había malestar estomacal, no había visiones horribles de explosiones y caídas libres. Ahora le preocupaba más algún oficial de inmigración con mal humor, no cargar el pasaporte, que su maleta se extraviara en el camino, que algún loco extremista escogiera ese día para demostrar lo mucho que amaba u odiaba algo en nombre de alguien o algo, un cambio imprevisto en el itinerario de vuelo, un retraso, un adelanto, en fin, manifestaciones eminentemente humano-burocráticas del arte de viajar. El miedo, para Ramiro, era como la energía, no se crea ni se destruye, sino que se transforma.
Tenía dos teorías para esa nueva actitud: había madurado repentinamente y aprendido a confiar en la ciencia de la aerodinámica y la aeropropulsión, o —y esta era la más probable—, al viajar solo no empatizaba con el pánico de su madre, que todavía se paralizaba al cruzar el umbral de una aeronave. Para ella la teletransportación es uno de esos avances tecnológicos que está tardando mucho en llegar, así se evitaba las inevitables cuarenta y ocho horas de miedo que venían con cada viaje. Ramiro sabía que ese miedo a volar volvería con la paternidad o la vejez, la que llegase primero, aunque no perdía las esperanzas de que el futuro trajese la teletransportación que su madre tanto añoraba.
Para Ramiro la espera era la parte difícil de viajar. La paciencia no era de sus virtudes, y estaba convencido de que sería un terrible monje tibetano, un mal fotógrafo de aves, un peor profesor de preescolar o cualquier otra carrera que exigiera paciencia en cantidad. Él esperaba y veía a otros seres humanos esperar con él, e imaginaba un caudal inagotable de razones para esas esperas, para esos vuelos por despegar. Una muerte repentina en la familia, las vacaciones para las que ahorraron diez años, las vacaciones que repiten todos los años, el viaje mensual de negocios, el exiliado político, el prófugo de la justicia, los estudios de postgrado, el examen médico a manos de un mejor especialista, la lista de viajes antes de morir, la luna de miel, la escapada romántica con el/la amante, la conexión maldita de catorce horas, la conexión fugaz de treinta minutos, la búsqueda de asilo, el tráfico de drogas, el coleccionista de nacionalidades, el policía encubierto, todos esperan por igual, cada uno absorto en el pasar de su propio tiempo, cada uno con sus razones y Ramiro todavía se aburre. Se aburre porque ya terminó su libro de cabecera, porque tiene poca batería en el móvil y debe guardarlo para una emergencia, porque comprar una revista le parece botar el dinero en esta época de pixeles y señales inalámbricas, porque sabe que las películas del avión ya las vio en el viaje de ida, porque hay un niño que no para de llorar y Ramiro oye ese llanto premonitorio y se lamenta por los infantes viajeros que seguramente plagaran el avión transatlántico.
Sin embargo, en su larga espera, Ramiro presenciaba el paso de otro tiempo, de otra dimensión social, de una mitología que sólo existía dentro de un aeropuerto. Dentro de estos recintos monumentales la persona que espera deja de ser un ciudadano para convertirse en un arquetipo de un personaje de novela. El viajero deja de lado su humanidad para convertirse en las razones de su viaje. Diariamente hay miles de vidas destruidas, salvadas, arregladas, agredidas, exaltadas por un aeropuerto. Aquí no hay indiferencias, no hay control absoluto, el viajero entra a una zona donde el azar aparentemente es rey y eso se ha convertido en parte de nuestro andar como sociedad.
Leyó alguna vez —o quizás oyó decir— que los aeropuertos eran considerados “no-lugares” en ciertos círculos intelectuales. Este nombre le parecía mucho más ominoso que las nubes plomizas que veía desde la ventana donde se entretenía mientras todavía esperaba. Ese prefijo “NO” siempre tan negativo, siempre tan castrante. Ya los aeropuertos tenían suficiente con esa naturaleza tan impredecible, tan volátil (sin querer hacer un chiste de mal gusto), tan compleja, terrible y maravillosa que estaba viendo aparecer ante sus ojos que esperan todavía frente a un ventanal que muestra pero no deja tocar. Ramiro pensaba que quizás era hora de reivindicar a los aeropuertos en su vocación de templos de paso del nuevo mundo, para luchar contra esa mala fama de monstruos del capitalismo y la tecnocracia. Él sabía que no tenía el poder ni los recursos para comenzar dicha campaña, pero al menos podía convencer a un par de amigos que inexplicablemente todavía preferían a los trenes para sus traslados de larga distancia. Ramiro estaba sinceramente impresionado con todas las ideas que esta espera aeroportuaria le estaba regalando. Quizás se podía acostumbrar a no ahogar sus pensamientos con música y literatura, era refrescante eso de pensar por sí mismo de vez en cuando. Y apenas habían pasado quince minutos. Las nubes ominosas permanecían impasibles, este atardecer será largo y profundo, y todavía faltan más de cinco horas para el vuelo a casa.

Message in a bottle

2013-06-09 15.15.55

Las nubes se desangran con violencia y a lo lejos, heridas por el viento y las aves. El cielo tiene ganas de ser mar, de nadar entre matices de azul para escapar del gris que lo empieza a envolver con rapidez. Una fuerza cósmica lo quiere unir todo en una sola franja, para hacer junto al mar y la tierra una bandera triste, que llora y se mece incesante.

El agua invita con su calma, a pesar de que la primavera se disfrazó de invierno. La pareja se descalza para probar las olas, para hundir los pies con cuidado en la arena húmeda, para vivir la soledad absoluta que los rodea. Para tocar el mar por primera vez.

Los dos siguen en silencio, anclados en la arena cada uno a su manera, absortos ambos en el azul profundo que tienen en frente. Comparando la realidad con todas las veces que vieron al océano detrás de una pantalla de televisión. Descifrando el ritmo de las olas, hipnotizados con la espuma espontánea y efervescente. Y no lo saben pero ambos buscan lo mismo con la mirada. Ambos quieren encontrar un mensaje en una botella.

Ella desde pequeña sentía una predilección extraña por historias de piratas y hombres de agua. Soñaba despierta con olas y espuma de mar, islas y buques, palmeras, espadas y arcabuces. Con familias de hombres y mujeres de todos los rincones del planeta, que defendían a sus barcos de madera con más fervor que a su patria. Soñaba con tiempos donde el naufragio era una forma común y digna de morir y un mensaje en una botella era un llamado a la venganza por la muerte que se avecinaba, una confesión de último momento sobre un botín real, un mapa del tesoro y una invitación a la aventura. Ella quería un mensaje en una botella para dejarlo todo y salir huyendo de allí, para tener una razón para no mirar atrás, para justificar sus sueños con un pergamino de varios siglos de antigüedad y vivir lo que quería y no lo que tenía.

Él siempre ha sufrido de aridez a la hora de soñar. Quizás haya sido culpa de crecer en un país sin mar, o que desde pequeño siempre se ha sentido mejor en compañía de números y personas silenciosas. Los lagos de una que otra vacación juvenil no fueron suficientes para despertar su curiosidad por el agua. Para él aprender a nadar era un requisito de la pubertad, un paso más en la lista de cosas que se esperaban de él. Por eso los números y el silencio, porque los números no mienten y el silencio no distrae, los números y el silencio no hacen daño, los números y el silencio ponen la comida en la mesa y te dan tiempo para disfrutarla y hacer la digestión.

Para él un mensaje en una botella era un ejercicio de audacia mental. Era la única solución que él encontraba a no poder imaginarse una estrella de mar, un cangrejo o una fiesta de conchas, corales y fósiles. Le daba curiosidad comprobar que una botella naufraga pudiese aguantar el paso del tiempo y la inclemencia de los elementos.

Habían escogido esa ciudad para su luna de miel dejándose llevar por el romanticismo de vivir muchas primeras veces juntos. La primera salida del país, la primera vez en un avión, la primera vacación matrimonial, la primera vez que veían el mar. Un mar de verdad, no de esos que son lagos grandes que mantienen el nombre de mar por una tradición equivocada. Este mar no tenía límites visibles desde aquella orilla que disfrutaban en silencio, este mar era una máquina del tiempo que les robó la habilidad de hablar y los transportó a una época más simple donde el océano era una curiosidad geográfica de otras latitudes.

Quizás por el miedo de enfrentar finalmente al azul inconmensurable ella y él cambiaron para siempre. Quizás habían adelantado demasiado la boda y unos meses más de convivencia no hubiesen caído mal para fortalecer los lazos, la dependencia, la pasión en la cama y fuera de ella. Quizás ella se dio cuenta en ese momento que un mensaje en una botella podría cambiar el hecho de que mañana iba a tomar el primer barco que saliera del puerto para entregarse definitivamente al mar, para hacer su vida pasada naufragar en el azul que la rodearía y renacer de nuevo del salitre y la espuma. Quizás él se dio cuenta también que ese mensaje cautivo del vidrio y el agua era una llamada, una alarma para despertar del estupor de los números y el silencio, una ratificación de que soñar no es tiempo perdido y que la aritmética no lo resuelve todo.

La pareja se da la vuelta para dejar la bahía. El frío de la lluvia que avanza hacia ellos ya se empieza a sentir en ráfagas húmedas que los obligan a dejar la arena, a terminar con su primera vez frente al mar. El camino al hotel no es largo y están cerca del refugio contra el temporal que se avecina. Siguen en silencio mientras caminan y cada uno le atribuye el mutismo de su contraparte a la impresión de esta primera vez. Ambos se dejan llevar de la mano al hotel por el aroma del salitre y el viento marino. Esa noche no harán el amor y la lluvia que ahora comienza dejará al descubierto una botella verdosa y áspera con un contenido indescifrable. El agua sigue removiendo arena mientras se oye a lo lejos el tilín tilín de la lluvia chocando contra el vidrio viejo. Cae la noche y el mar seguirá allí, siendo mar e historia.