Message in a bottle

2013-06-09 15.15.55

Las nubes se desangran con violencia y a lo lejos, heridas por el viento y las aves. El cielo tiene ganas de ser mar, de nadar entre matices de azul para escapar del gris que lo empieza a envolver con rapidez. Una fuerza cósmica lo quiere unir todo en una sola franja, para hacer junto al mar y la tierra una bandera triste, que llora y se mece incesante.

El agua invita con su calma, a pesar de que la primavera se disfrazó de invierno. La pareja se descalza para probar las olas, para hundir los pies con cuidado en la arena húmeda, para vivir la soledad absoluta que los rodea. Para tocar el mar por primera vez.

Los dos siguen en silencio, anclados en la arena cada uno a su manera, absortos ambos en el azul profundo que tienen en frente. Comparando la realidad con todas las veces que vieron al océano detrás de una pantalla de televisión. Descifrando el ritmo de las olas, hipnotizados con la espuma espontánea y efervescente. Y no lo saben pero ambos buscan lo mismo con la mirada. Ambos quieren encontrar un mensaje en una botella.

Ella desde pequeña sentía una predilección extraña por historias de piratas y hombres de agua. Soñaba despierta con olas y espuma de mar, islas y buques, palmeras, espadas y arcabuces. Con familias de hombres y mujeres de todos los rincones del planeta, que defendían a sus barcos de madera con más fervor que a su patria. Soñaba con tiempos donde el naufragio era una forma común y digna de morir y un mensaje en una botella era un llamado a la venganza por la muerte que se avecinaba, una confesión de último momento sobre un botín real, un mapa del tesoro y una invitación a la aventura. Ella quería un mensaje en una botella para dejarlo todo y salir huyendo de allí, para tener una razón para no mirar atrás, para justificar sus sueños con un pergamino de varios siglos de antigüedad y vivir lo que quería y no lo que tenía.

Él siempre ha sufrido de aridez a la hora de soñar. Quizás haya sido culpa de crecer en un país sin mar, o que desde pequeño siempre se ha sentido mejor en compañía de números y personas silenciosas. Los lagos de una que otra vacación juvenil no fueron suficientes para despertar su curiosidad por el agua. Para él aprender a nadar era un requisito de la pubertad, un paso más en la lista de cosas que se esperaban de él. Por eso los números y el silencio, porque los números no mienten y el silencio no distrae, los números y el silencio no hacen daño, los números y el silencio ponen la comida en la mesa y te dan tiempo para disfrutarla y hacer la digestión.

Para él un mensaje en una botella era un ejercicio de audacia mental. Era la única solución que él encontraba a no poder imaginarse una estrella de mar, un cangrejo o una fiesta de conchas, corales y fósiles. Le daba curiosidad comprobar que una botella naufraga pudiese aguantar el paso del tiempo y la inclemencia de los elementos.

Habían escogido esa ciudad para su luna de miel dejándose llevar por el romanticismo de vivir muchas primeras veces juntos. La primera salida del país, la primera vez en un avión, la primera vacación matrimonial, la primera vez que veían el mar. Un mar de verdad, no de esos que son lagos grandes que mantienen el nombre de mar por una tradición equivocada. Este mar no tenía límites visibles desde aquella orilla que disfrutaban en silencio, este mar era una máquina del tiempo que les robó la habilidad de hablar y los transportó a una época más simple donde el océano era una curiosidad geográfica de otras latitudes.

Quizás por el miedo de enfrentar finalmente al azul inconmensurable ella y él cambiaron para siempre. Quizás habían adelantado demasiado la boda y unos meses más de convivencia no hubiesen caído mal para fortalecer los lazos, la dependencia, la pasión en la cama y fuera de ella. Quizás ella se dio cuenta en ese momento que un mensaje en una botella podría cambiar el hecho de que mañana iba a tomar el primer barco que saliera del puerto para entregarse definitivamente al mar, para hacer su vida pasada naufragar en el azul que la rodearía y renacer de nuevo del salitre y la espuma. Quizás él se dio cuenta también que ese mensaje cautivo del vidrio y el agua era una llamada, una alarma para despertar del estupor de los números y el silencio, una ratificación de que soñar no es tiempo perdido y que la aritmética no lo resuelve todo.

La pareja se da la vuelta para dejar la bahía. El frío de la lluvia que avanza hacia ellos ya se empieza a sentir en ráfagas húmedas que los obligan a dejar la arena, a terminar con su primera vez frente al mar. El camino al hotel no es largo y están cerca del refugio contra el temporal que se avecina. Siguen en silencio mientras caminan y cada uno le atribuye el mutismo de su contraparte a la impresión de esta primera vez. Ambos se dejan llevar de la mano al hotel por el aroma del salitre y el viento marino. Esa noche no harán el amor y la lluvia que ahora comienza dejará al descubierto una botella verdosa y áspera con un contenido indescifrable. El agua sigue removiendo arena mientras se oye a lo lejos el tilín tilín de la lluvia chocando contra el vidrio viejo. Cae la noche y el mar seguirá allí, siendo mar e historia.

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