El descubrimiento

2013-04-04 16.57.43

Concentras la mirada en el pequeño espejo que nació en medio de la calle. La lluvia que te obligó a buscar resguardo bajo esta cornisa está a punto de pasar, dejando su huella y tú acabas de encender un cigarrillo. Tienes al menos diez minutos más de paz hasta que la calle explote con vida y normalidad. El pequeño espejo vibra con las gotas de lluvia todavía rezagadas. Con cada golpe el reflejo se deshace en círculos concéntricos hasta recuperar la quietud, pocos segundos después. Como si varios dedos divinos desdibujaran el mundo tras esa tela de agua, sólo para dibujarlo de nuevo, arrepentidos de su impaciencia.

Allí, del otro lado, el cielo es un canal de agua gris que se pierde en el horizonte, los edificios islas de acantilados contundentes, las aves peces alados, los cables de electricidad las cuerdas que mantienen esas islas agrupadas. Y tú sigues observando a través del humo de tu cigarrillo. Te sigues observando en el espejo, caminando de cabeza en aquel cielo, tratando de ver a este lado, como buscando una puerta, una abertura o respuesta al por qué ese mundo tras el espejo es hoy especial, diferente. Quizás sólo con prestarle atención cobra vida y estará allí reclamando tiempo en otras aceras, en un vaso de agua, en un lago dormido, en el iris de un ojo a punto de llorar. Quizás tú y lo que te rodea sea el reflejo del mundo real y hoy acabas de hacer el descubrimiento más importante de todos los tiempos. Pero no es así. Hoy tu descubrimiento es que te encanta la ciudad después de la lluvia, requisito casi indispensable para ver de nuevo ese mundo tras los espejos de agua.

La lluvia se rinde finalmente y el reflejo que secuestró toda tu atención es todo quietud. Lanzas tu cigarrillo como un meteorito que se extingue al tocar aquel mundo reflejado, creando otro caos pasajero y en círculos concéntricos. Con la calma del espejo te das cuenta que tu cigarro cometa sólo existe de este lado y que quizás el reflejo si es diferente, especial, después de todo, y que la puerta, abertura o respuesta todavía espera por tu descubrimiento. El descubrimiento más importante de todos los tiempos. Al menos de este lado del espejo.

Cadáver Exquisito I

Todavía puedo ver sus rostros lamentándose desde aquí, a pesar de la oscuridad. A veces llego a oír el murmullo ahogado de sus gargantas gastadas, arrepentidas por haber ensuciado el cielo. No recuerdo cómo ni porque, el cuándo también se escapó hace mucho, pero un día —o una noche, tal vez— las llanuras azules que cubrían nuestras cabezas eran ahora negras como el hollín. Decidí entonces, quizás por vocación de artista frustrado o por nostalgia empedernida, devolverle el color a los cielos a pinceladas.

Mi andamiaje de pintor es una cárcel corcel con vida propia, fuerte e incansable, decorada con el azul que no quiero olvidar y que con paciencia trato de revivir. Hasta me procuré una gran tela para no caer en la negligencia de ensuciar el suelo con mi trabajo, es suficiente tener que preocuparme con la bóveda celeste para no condenar a otra alma a hacerle el mismo servicio a la tierra.

Y aunque inevitablemente solitario en la faena no estoy solo en mis días, siempre me acompaña un caracol ardiente que ancla mi cordura con historias de ciudades vivientes y éxodos de fuego. Sin embargo reconozco que mi oficio ha hecho estragos en mi sanidad, a pesar de la compañía, a pesar del empeño de mi pincel. Confieso ver a veces, entre el negro imperante, a una figura infantil que siento mía. Mía quizás por ser fruto de mi vientre o mía por ser el recuerdo de días iluminados. Pero buscando a ese niño furtivo empiezo a ver algo del color que tanta falta me hacía, y sé que aún queda mucho trabajo por hacer. El cielo necesita otra mano de pintura.

Bestiario de Barcelona I

Jardín del Antiguo Hospital de la Santa Creu.

Se llama Josep, Pau o Joan, y me paseo por nombres catalanes porque el señor tiene uno de esos rostros que sólo existen aquí, de sardana y de mar. Lo veo a través del cristal de una ventana, uno más de los transeúntes que se pasean en ese patio fresco, y me siento como el espectador expectante de un zoológico, mientras veo a Josep, Pau o Joan buscar un puesto para disfrutar de la sombra, como un león después de almorzar. De perfil su cuerpo parece una “S”, de vientre amplio y redondo y una joroba con décadas de verse los pasos. Llegó sin camisa, y lo imagino diciendo con voz queda al quitársela: Hace calor con dos cojones. Ahora la lleva en la mano, para no olvidarla, seguramente desconfiando de su memoria que —si no me equivoco— tiene la buena parte de unos setenta años funcionando. Los pantalones, por otro lado, los lleva con tranquilidad, quince centímetros por encima del ombligo, prácticamente sujetados por los latidos de su corazón, postura que asumo fue producto de la pérdida paulatina de su cintura y porque quizás a esas alturas de la vida un cinturón o la vanidad son sólo detalles.

Sentado ya, con todo el peso de su alma bien distribuido en un banco, y con una expresión de evidente alivio por el descanso que va a disfrutar, se dedica a observar a la gente pasar, y yo a observarlo a él a través del cristal de esta ventana. Poco a poco, la frescura que tan pacientemente buscó, se va acumulando en sus párpados, ganándole terreno a la conciencia. Su boca, que también parece estar más allá que de acá, va modulando palabras mudas, entablando una conversación con una paloma peatonal que le mira desde el suelo, genuinamente interesada por lo que Josep, Pau o Joan no dice. Sigo observando, tratando de adivinar sus sueños, su estirpe, su dirección, pero un rayo de sol entrometido decide colonizar la orografía de su rostro, cual niño que decide incendiar hormigas con una lupa y mucho tiempo libre, expropiando a don Josep, Pau o Joan de su siesta y obligándole a seguir su camino, si es que tiene uno, camisa en mano, porque sigue haciendo un calor con dos cojones, mientras yo lo veo alejarse a través del cristal de esta ventana.

La espera.

Frente a mi casa un hombre espera. Espera y ha esperado no sé cuanto tiempo, no sé qué, a quién. Lo veo cuando mis días deciden pasearse frente a su espera, y siempre está allí, sentado en un banquillo de lona y tubos, vestido a medio camino entre otoño e invierno, con un fiel perro fiel —dos veces fiel porque el can espera con su amo y por su amo—. No tiene cartel que anuncie una tragedia familiar, una enfermedad incurable, o la pérdida de su pasaporte y su dinero a manos del hampa común, tampoco adorna su campamento de un metro cuadrado con un recipiente para monedas, ni la funda de un instrumento desvencijado o la suciedad que acompaña el final de una comida. No me mira cuando cruzo su siempre fija línea de visión, no mira a nadie, permanece inamovible y mudo, como si concederle atención a nuestra presencia fuese a manifestar inevitablemente su miseria, o ponerle fin a su misteriosa e imperiosa espera. Un Buda mudo y caucásico, y me aventuro a decir que de carne y hueso porque lo he visto pestañear de vez en cuando. Me intriga su espera, su resoluta decisión de permanecer sentado en el banquillo, como un acusado que se sabe culpable de un juicio invisible. Me intriga que decida concentrar toda su atención en el supermercado de enfrente y no en la calle que niega de espaldas, y a veces pienso que es un sociólogo frustrado que dedica sus horas a estudiar los hábitos de consumo de los vecinos de la cuadra y del transeúnte casual, que es un cliente quisquilloso que necesita corroborar la frescura de los alimentos que pretende comprar al estar presente a la llegada de los mismos, que está haciendo tiempo cómodamente mientras su mujer completa su jornada laboral, que espera por alguien que entró a ese supermercado infinito y parece no salir nunca. Y hoy lo observo esperar en un día caluroso de junio y él sigue con su vestimenta de treinta de noviembre, tal vez esperando por el nuevo otoño, tal vez que en su espera marmórea se hace inmune a los desaires y caprichos del clima, tal vez no es de carne y hueso sino de bronce como las efigies del Buda al que tanto se parece, tal vez se enamoró del concubinato entre las sombras de los árboles y los edificios que sumergen mi calle en una frescura perenne. Y me invento todas sus razones para creer que esperar no es de locos, que la vigilia y la calma no es una batalla perdida, que la mudez premeditada es más estridente que las palabras vacías. Y también invento mis razones por que yo ya le cogí el gustito a la espera.

Astromono

El gran simio ya no encuentra gracia en las luces siderales que ayer encendió. Las estrellas perdieron su encanto casi tan rápido como tardaron en nacer. Su aburrimiento entre tanto vacío se está haciendo intolerable, y eso es decir mucho para un ser eterno e infinito.

Decide entonces construir unas canicas cósmicas para distraerse. Diez esferas de distintos tamaños y colores se amontonan en sus manos negras. La primera, la más grande, empieza a arder con vehemencia; resultó inexplicablemente caliente. Busca un claro entre luceros y la coloca, ahora amarilla, mientras piensa qué hacer con las demás.

Toma las restantes y sin paciencia orquesta movimientos elípticos alrededor de la primera bola incandescente. Observa complacido como sus juguetes nuevos, poco a poco, empiezan a bailar a ritmos de canciones distintas. Cada uno en su carril. Cada uno a su tiempo.

Pero bañado en el gozo del divertimento el primate estelar advierte algo. Una elusiva y pequeñísima canica permanece todavía en sus manos. La arroja con desgano al final de su sistema y ésta decide tomar un carril excéntrico, más por raro que por fuera del centro.

El mono galáctico reconoce que el juego no se ve tan elegante como antes de la última adición, pero la canica rezagada hace las cosas más interesantes. Poco sabía el mico creador que unas personitas que aparecieron, por generación espontánea, en la tercera esfera iban a pasar su corta existencia tratando de sacarla del juego de canicas. Le llamaban Plutón.


Monocromatemático.

El encierro se ha vuelto rutina. Los delirios de grandeza y las preocupaciones triviales no son más que sueños tibios que se aferran a la almohada incluso después de despertar. Mi habitación se hunde en el estupor del desuso y ahora veo todo más claro, incluso a falta de luz; como un animal que en la penumbra distingue los matices más caprichosos de su entorno, aún gris. Las manchas del parqué forman una constelación de polvo y escoria que cambia con el ánimo del aire de invierno, de un aire que ayer me hubiese postrado a la maternidad de una cama, pero que hoy, a pesar de estar cubierto hasta la frente, deja ver todavía el hálito de la costumbre.

Oigo pasos, voces, risas que no quiero enfrentar. Espero al silencio para salir de la guarida y ocuparme del estiramiento de mi alma que ya no encuentra maneras de reclamar atención por mi indolencia; por mi ausencia. El piso se me antoja grande, ya no estorban mis fotografías a los tres portarretratos de los que me apropié al llegar aquí, la mesa que armé con tanta diligencia ocupa otro lugar menos apropiado, mis escombros culinarios ya no contaminan la cocina. Atrevida es la ignorancia de mi paseo por esta casa sin gente, pero me protege la noche tantas veces cómplice, y hoy es la misma de siempre, el que cambió fui yo.

Vuelvo a la habitación, a los libros que siguen enfilados en la repisa, a la guitarra que puedo ver y no tocar, y trato de recordar esas palabras que hice mías a lo largo de noches en vela, y esas notas de las que fui amante otras más, mientras sigo esperando esa luz de la que tanto oí hablar cuando compartía mi oxígeno con otros, pero que todavía hoy me tiene olvidado.

La vida comienza de nuevo a mi alrededor, la vida de otros que me condena a mi espacio monocromático, a la ilusión de dormir, que es la única facultad que pareciera todavía conservo.

Esto de estar muerto y temerle a los vivos me incapacita hasta las lágrimas, de poder producirlas. Espero que no necesiten alquilar la habitación pronto, ahí si sabría que significa ser un alma en pena.

Yo, El Otro

Estaba por llegar a mi casa y a escasos metros de la puerta principal me vi salir. Confundido decidí seguirme. Aparentemente estaba apurado, ¿qué o quién me espera? Es tarde ya, soy nuevo en la ciudad, las cuatro personas que conozco están de vacaciones; las opciones son limitadas. Llevo un paso decidido, no sabía que caminara así, sin mover los brazos, adormilados. Es como verse grabado en video, pero mucho más desconcertante, estoy allí, aquí, ¿estoy?
Paso frente al único sitio que vende comida a esta hora, sin dudar sigo de largo, no fue hambre lo que me sacó de mi casa. Llevo audífonos por lo que sé me espera una larga caminata, gesticulo en silencio y muevo la cabeza casi imperceptiblemente al ritmo de la música que oigo; que debo estar oyendo.

Sigo, seguimos caminando, llevo un buen rato en esto, mal momento para no llevar reloj, el tiempo se me escapa con las razones de mi viaje, ¿tan poco me conozco? Al menos esta locura de seguirme ha servido para conocer mis hábitos peatonales, camino sin ver a los lados –lo que me ha mantenido a salvo de verme, si es posible¬– cruzo calles sin cuidado, paso siempre constante, cabeza gacha; ando sin rumbo. El descuidado trayecto me delata, voy al centro, la ciudad es pequeña, se acaba pronto, no hay muchos lugares que queden por transitar. Sigo siguiéndome sigiloso, animal al acecho. Dudo de la realidad de la situación, de mi y de mi, del otro, de nosotros. Esto no es un sueño, surrealista si, pero no producto de mi inconciencia, debo meter el dedo en la llaga, incrédulo. Son las 12:15 AM, me responde una chica al pasar a mi lado, más adelante yo, el otro, tropieza a un señor en su descuido, soy, somos de carne y hueso, más carne que huesos.

Baja la velocidad, me imito, no quiero quedar en evidencia al alcanzarme. El apuro era momentáneo, una excusa para caminar lejos. Llegamos al río, él se desvía distraído siguiendo el cauce de la herida sangrante que parte a la ciudad en dos, yo me sigo, concentrado, pero ni él ni yo escapamos al trance inducido por la luces ondulantes reflejadas en el agua inquieta. Busca algo, intrigado sigo detrás de una sombra, me agito buscando en los adoquines, en las piedras dormidas de la calzada, los intersticios, ofuscado se quita los audífonos, la música no me deja pensar. Decido alejarme, podría verme, ya no estoy protegido por la sordera voluntaria. Sigo sin saber qué busco, él sin encontrarlo, nos detenemos a mitad del puente, mi lugar favorito de esta nueva vieja ciudad, he pasado aquí horas de muchos días observando a turistas y nativos, tratando de reconocer un rostro para repartir mi soledad. Quizás busco escapar de las cuatro paredes de mi casa, perdido en el humo del cigarro que compartimos sin vernos, pero mi atención, su atención, sigue en los morteros del puente, en las hojas tímidas que nacen entre el asfalto.

Perdí algo minúsculo, algo invisible, no sé que es, sólo él sabe, pero no aguanto más, mi vida podría depender de ello, estoy harto de este juego existencialista del gato y el ratón, tengo que intervenir por mi bien y el suyo, nuestro bien.

Me poso ante mí en silencio; causo y afecto, subo la mirada y yo, el otro, digo: “Te encontré…”

No me ha dejado…


La ciudad se veía tan pequeña desde ahí, la gente hacía bullir la calzada con sus gritos y menesteres. Hormigas ciegas alrededor de un terrón de azúcar invisible, moviéndose, incansables, laboriosas, humanas.

El sol parecía estar tan cerca, podía tocarlo, abrazador y rey; realmente estaba en el punto más alto de la ciudad. Veinticinco campanas habitan la torre, y le acompañan, inmóviles por el momento, testigos silentes, de siglos, de hombres, de líneas de horizonte inmutables, de calles estrechas, de tejados rojizos.

¿Cómo abrazaría la noche a estas mohosas piedras? ¿A las veinticinco campanas vetustas? ¿A las interminables rampas que poco a poco le separaron del suelo al que ansía volver? Nunca lo sabrá.

Un poco de vértigo y el miedo terrible a lo eventualmente inevitable le sorprenden al asomar su cabeza al vacío. La fascinación por experimentar la caída lo embarga, calmando con inquieta paz sus pensamientos. Un suave rocío de nervios viste sus manos; las piernas, poco a poco, flaquean menos al acercase al borde. Sólo un instante más; todo acabará más temprano que tarde, eso sí lo sabía.

Un grito desganado, femenino y joven le sacó de su embelesamiento; el vapuleo frenético de un pañuelo amarillo termina de secuestrar su atención.

Quedaba sólo un segundo para inmortalizar la vista que tanto le había costado conseguir, con su vieja cámara de préstamo, película blanco y negro, y la luz inclemente andaluza; mientras, anunciaban el fin de la visita, el paseo terminó, tocaba volver al autobús y seguir conociendo la ciudad.