Lentamente, empiezas sin mi; lentamente, te despides de las telas que cubren tu espalda; lentamente; tan lento que se te olvida respirar. Te reincorporas acariciando la duda de mi presencia; tus ojos bailan por la habitación oscura, buscándome, buscándote. Sabes que estoy cerca, mi aroma, dulce, permanece, de anoche, de siempre; lo sientes, se ve que lo sientes. Te veo sucumbir a la sonrisa cómplice que te viste después de nuestros encuentros; queda tatuada en tu rostro satisfecho, lo anuncia tu corazón desbocado y lo gritan tus manos expectantes, que todavía me buscan, lentamente, me buscan.
Autor: Saul Rojas Blonval
Celebración.
La resolana me quema los ojos; el sol brilla, inclemente, radiante, no hay sitio que me resguarde lo suficiente. Hoy de todos los días; hoy lo que necesito es lluvia, para ahogar el dolor, para lavar lágrimas. Este lugar se niega, la música festiva se niega, las decoraciones estridentes, el olor de dulces recién hechos y flores nuevas me gritan que no. No hay espacio para mi pena; no hoy, no cuando los vestidos de la gente anuncian la fiesta, no cuando al parecer soy el único que no tiene nada que celebrar.
No me ha dejado…

La ciudad se veía tan pequeña desde ahí, la gente hacía bullir la calzada con sus gritos y menesteres. Hormigas ciegas alrededor de un terrón de azúcar invisible, moviéndose, incansables, laboriosas, humanas.
El sol parecía estar tan cerca, podía tocarlo, abrazador y rey; realmente estaba en el punto más alto de la ciudad. Veinticinco campanas habitan la torre, y le acompañan, inmóviles por el momento, testigos silentes, de siglos, de hombres, de líneas de horizonte inmutables, de calles estrechas, de tejados rojizos.
¿Cómo abrazaría la noche a estas mohosas piedras? ¿A las veinticinco campanas vetustas? ¿A las interminables rampas que poco a poco le separaron del suelo al que ansía volver? Nunca lo sabrá.
Un poco de vértigo y el miedo terrible a lo eventualmente inevitable le sorprenden al asomar su cabeza al vacío. La fascinación por experimentar la caída lo embarga, calmando con inquieta paz sus pensamientos. Un suave rocío de nervios viste sus manos; las piernas, poco a poco, flaquean menos al acercase al borde. Sólo un instante más; todo acabará más temprano que tarde, eso sí lo sabía.
Un grito desganado, femenino y joven le sacó de su embelesamiento; el vapuleo frenético de un pañuelo amarillo termina de secuestrar su atención.
Quedaba sólo un segundo para inmortalizar la vista que tanto le había costado conseguir, con su vieja cámara de préstamo, película blanco y negro, y la luz inclemente andaluza; mientras, anunciaban el fin de la visita, el paseo terminó, tocaba volver al autobús y seguir conociendo la ciudad.
Cautivas
Tengo las ideas atrapadas, no quieren salir. He inventado mil historias con la escasa docena que me queda, para moverlas, para sacarlas. No me creen.
Ésas pocas también me han dicho que duerma de cabeza, para ver si alguna incauta se escapa por mi oído. Lo único que logró salir fue la sensatez de dejar de hacer lo que estaba haciendo.
He untado mis lápices con mantequilla, a ver si un trazo veloz me regala alguna idea descuidada, que resbale por mi mano, y se estrelle, irreductible, en el papel. No he conseguido todavía tinta que escriba en esas condiciones.
Trato de no pestañear, para ver si alguna idea ofuscada por el exceso de información se aventura a humedecer mis ojos. Ahora dependo de lágrimas artificiales.
Conseguí pelearme con un extraño, buscando sangrar por la nariz una idea después de una lluvia de golpes. Fue copiosa la sangre, varios los golpes y ni una sola idea.
Probé clases de mandarín, esperanto y finlandés en caso que mis ideas estuvieran cautivas en otros idiomas. Pero si es así serán de otra nacionalidad, al menos he conseguido trabajo de interprete.
He vuelto a mi colección de juguetes recordando el día en que guardé mis últimas ideas infantiles, para que con su bullicio y correteo despierten a las adultas; y a las que pretenden serlo. Pero no estaban dormidas; no había nadie a quién despertar.
Fui a que me leyeran la mano, el tabaco, las cartas, la cédula. Todas coinciden en que encontraré el amor tarde y viviré una vida larga, pero ni una palabra sobre ideas u objetos perdidos.
¿Será entonces que no están encarceladas? ¿Prisión, pozo seco o laberinto?
Agotadas en décadas de conversaciones triviales, sueños extendidos, excusas telefónicas, listas de cosas por hacer, páginas de Internet, en algún cigarro mal encendido.
Perdidas como llaves en el fondo de un bolso, el bolígrafo que siempre estuvo en tu oreja, la moneda que tienes pero no consigues a la hora de pagar, el calcetín huérfano en el cesto de ropa sucia.
Justo el día que no tienes tiempo para buscar.
¿Por dónde empezar?
Carta ficticia de Cortázar a García Márquez…
Querido Gabriel:
He recibido con júbilo una de tus tantas cartas y redacto ahora, un poco tarde, una de mis tantas respuestas. Tú me conoces, a veces mi voluntaria reclusión y desdén a las muchedumbres afecta grandemente la eventualidad en mis días, y una vida aburrida requiere pocas palabras, sobre todo aquí y hoy.
Esta ciudad se muestra nueva con cada paso, con cada suspiro, con la inevitable soledad del caminante; pero en mis paseos sin rumbo he encontrado -¡alegría! – a un grupo de locos, que como yo, pasan sus tardes escribiendo y hablando de escribir.
7 cronopios, 7 almas que forman un diverso muestrario demográfico con 250 años de experiencias, sentadas desordenadamente en una habitación de 16 metros cuadrados, experiencias que han enriquecido mi vida, o la falta de ella, en esta ciudad extraña que me hace extrañarlos, a ti y a los muchachos, en donde quiera que esté y estén.
Dos tardes a la semana ocupan mi tiempo de discusión e intercambio literario con el grupo; las cinco tardes que sobran se convierten en excusas y tópicos de conversación para la siguiente semana. Que dicha es ser juzgado por el uso de una coma, por algún argentinismo críptico, por la excesiva adjetivación, y no por lo que quiero decir y digo, o no digo, no por lo que hace fulano en el tercer párrafo del cuento tal, no por mis erres arrastradas, como tú tan apropiadamente señalas, en fin, sólo gente de letras hablando de letras.
Lo que, definitivamente, sí le falta a esos días es un poco de jazz; iré acompañado la próxima vez de Charlie Parker y algo de Monk, quizás, como abre bocas.
Estaré aquí un tiempo indefinidamente corto, probablemente mi próxima carta tenga sello postal francés; vine buscando el sol mediterráneo y me iré con las lluvias de otoño, que por lo visto han llegado un mes antes.
Un abrazo pibe…
Atando Cabos
Nadie sabía que sentía, que pensaba, no importaba tampoco, no venía al caso. Bastó verla una sola vez para saber; era ella todo lo que necesitaba.
Era él de nave ancha, casco profundo y mástil de hierro; de ojos tristes y herrumbrosos, ella, de sonrisa radiante y eterna. Un motor ruso y una tripulación de 6 manejaba sus poleas, sus redes, sus cabos. Décadas de salado mar le dieron voz a su madera, y gritando en silencio, buscaba la silueta de la joven por las orillas, con su navegar lento y vaivén constante, siempre constante.
Fue hace una semana ya, el cansancio de la faena y el descuido de la rutina le hicieron olvidar el lugar; pero no a ella, nunca a ella. Maldito el sol entrometido que con sus rayos la esconde, maldito el mar inquieto que borra sus pasos.
Si tan solo pudiera encontrar su casa, su playa, una huella, al menos; cualquier indicio de tránsito bastaba para él anclarse, orgulloso, con marea alta o baja, y velar sus sueños y amaneceres. Cualquier cosa por ella, cualquier cosa.
Curriculum Vitae
Se conducir más de lo que sé manejar, he escrito 8 canciones, 2 cuentos e innumerables comienzos. No he llorado por una muerte, he llorado por los que quedan vivos. He mentido más de lo necesario y hecho las cosas correctas por las razones equivocadas.
Fumo, bebo y bailo pegado, observo más de lo que hablo, pero por hablar de mas he perdido mucho. Todas las semanas comienzo una dieta para evitar una posible pre-hipertensión arterial y mis resoluciones de año nuevo duran 24 horas. Me preocupo por los demás más de lo que debería, he golpeado a otros y he recibido golpes y he caminado enfermo por 4 cuadras por una barra de chocolate.
Soy conciente, diligente e impertinente. Me muevo por la música, por un aroma femenino (mientras mi limitada capacidad nasal me lo permita), por unas líneas sabiamente escritas y por fotogramas dispuestos a 24 cuadros por segundo.
Soy leal con mis amigos, cínico por la noche y sueño despierto durante el día. Nunca he ido a una obra de teatro, me da pena cantar en público y me quiero hacer un tatuaje del ancho de mi espalda.
Soy católico, no tan apostólico y mucho menos romano. Soy inagotable fuente de sabiduría para unos, un buen consejo para otros y la indecisión constante para mi mismo. Prefiero una coca-cola a una cerveza, un whisky a un ron y la leche preferiblemente con hielo.
Mi despreocupación asombra a mis amigos, irrita a mis padres y produce envidia en mis colegas. Tengo una capacidad sobrehumana para aprenderme cosas triviales como nombres de actores, películas, canciones, nombres de bandas y las biografías completas de personajes de cómics.
No me gusta la inevitable dispersión de un grupo numeroso, no hablo al ver una película y oigo Death Metal Técnico todos los días. He ido a más conciertos solo que acompañado, he visitado más de lo que me han visitado y he sido interrogado por oficiales de policía de Londres por presuntas actividades sospechosas en zonas protegidas.
Me han confundido con un sirio, con un palestino y con un portugués. Puedo dar una exposición a un salón de 30 personas pero no puedo hablarle a una chica en un bar. Prefiero dormir de día que de noche, McDonalds a Burger King y a McCartney sobre Lennon.
Soy barroco antes que romántico, moderno sobre contemporáneo y a decir verdad eso de la pintura no se me da mucho. Me gusta reírme todos los días, me aburro muy fácilmente y el invierno es mi estación favorita.
Prefiero no hacer algo antes que recibir una respuesta negativa, dejo todo siempre para última hora y empecé a leer por intereses mercantilistas. Hago listas, practico declaraciones de amor y canto en la ducha.
Paso más tiempo en frente del ordenador que el recomendado, le tengo miedo a una muerte dolorosa y la única nevera que encuentro impecablemente ordenada y bien presentada es la de mi madre.
Empiezo mas cosas de las que termino…
Hoy salvé una vida.
¿Qué hubiese sido del pequeño sin mi intervención? Probablemente hubiese vivido para contarlo, dicen que los niños son de plástico, pero hasta el plástico se rompe a veces.
Me pregunto ¿A quién le sonrió la Providencia?¿A mí?¿A él?¿A la madre descuidada, quizás niñera? Eso tampoco importa, el niño nunca lo recordará, lo contará como una anécdota cuando crezca, eso si no sigue jugando en los pasos peatonales.
Pensé que sería distinta la sensación, el arrojo heroico, desinteresado, la adrenalina, la decisión de una milésima de segundo, el asfalto húmedo, el sonido estridente de los cauchos tratando de adherirse al pavimento sin conseguirlo, el olor de plástico quemado. Eso fue lo más vívido, el olor.
Salvar una vida huele a freno quemado.
Simplemente seguí con mi camino, me paré y seguí caminando, el niño estaba completo, los gritos, insultos y llantos de las partes afectadas no importaban, no me interesan, no lo hice por un premio, o por el eterno agradecimiento de alguien, creo que realmente no quería manchar mi día con la sangre de un inocente, que amargura, que banal y vacía esta razón, pero es mi razón, el fin justifica los medios y el fin placentero de mi día justificaba este medio heroico.
Tranquilidad, silencio, felicidad, días así ya no se tienen, no como antes, no como en casa, no en esta ciudad abrasiva y egoísta, no como con ustedes. Que fácil era hablar, fumar y beber por horas, entre risas o acaloradas discusiones, sin temor a la resaca, a los deberes del día siguiente, o al cáncer de pulmón, eso le pasa a otra gente. Por lo visto Esteban era de esos otros a los que le pasan las cosas, tan joven, tan lleno de vida, creo que ninguno de nosotros esperaba ese triste desenlace, nadie nunca lo espera, pero el pez muere por la boca, literalmente. Les reitero mi dolor por no haber podido estar con ustedes en ese y otros momentos no tan desoladores, es injustificable, la soledad fue castigo suficiente, y la desolación la viví en carne propia. En cambio ustedes siempre estuvieron ahí para mi, incluso después de mis desaires, mis recaídas, mis reproches, mis desapariciones, incluso después de mi, en pocas palabras.
Sé que fui difícil, sé que soy difícil, hay que quererme más que a un hijo manco. Estoy mordaz, lo sé, es la amargura hablando, por lo visto mi día no se ha visto librado de ella, incluso después de haber salvado una vida, sigue ahí, recordándome con cada paso, con cada exhalación, con cada parpadeo que no se va, la casa está tomada, estoy perdiendo territorio dentro de mi propia alma, por estas alturas quizás ya está expropiada, me dicen que está en boga el término, no me importa realmente, ya no.
Escribo estas líneas desde la mesa de tantas cenas y tertulias, la mesa los extraña, yo no, yo los añoro, extrañarlos sería saberlos inevitablemente lejos, añorarlos es tenerlos aquí conmigo, con amargura, pero aquí. Vivaldi, von Karajan y la Berliner Philharmoniker me hacen compañía. El invierno deja sonar sus notas melancólicas, menores, hermosas, finales. Recuerdo ahora el soneto que acompaña a este movimiento, “Descansar satisfecho al lado del corazón, mientras aquellos que están afuera son empapados por la lluvia que cae”, traduzco de memoria, espero no ofenderlos. Este torpe verso, compuesto quizás por un Vivaldi apurado o un ayudante emocionado, no encierra una particular belleza, pero su imagen es poderosa, y es mi imagen, la hice mía porque con mi descanso los que quedan estarán bajo la lluvia, bajo el invierno inclemente e inevitable del ocaso.
Y en mi ocaso me queda el consuelo egoísta de haber salvado una vida y haber tocado, de buena y mala manera, las de ustedes…
José Antonio…
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Policía de la República
Caso 093287203
Informe de Escena:
Se adjunta la reproducción fiel y mecanografiada de la nota (Evidencia 1.A) encontrada junto al cuerpo del occiso, el sobre (Evidencia 1.B) que contenía la antes mencionada nota no revela manipulación de terceros, los nombres inscritos en el anverso del mismo están siendo chequeados para posterior interrogación (Procedimiento en proceso).
La evidencia circunstancial no señala forcejeo o violencia evidente en el cadáver. Un frasco de barbitúricos (Evidencia 2) abierto y vacío en la mesa de noche de la habitación del occiso señalan muerte por ingestión, esperando los resultados de la autopsia (Procedimiento en proceso).
El estado de descomposición de cuerpo apunta al 31 de octubre del presente año como fecha estimada del deceso, la exactitud de dicha fecha está sujeta a cambios, en espera del informe forense.
Caso abierto y en investigación.
Delegación 000889
Caracas, Venezuela