En primera fila para el último día

2013-08-17 12.58.38

Siempre se había preguntado cómo sería el fin del mundo. Cómo dejaría de existir todo aquello que lo rodeaba. ¿Sufriría? ¿Sentiría cómo el planeta se parte en dos, o explota, o arde o se congela repentinamente? Esa era la única cosa que realmente le preocupaba, cómo sentiría su insignificante cuerpo todo el proceso, porque cuando te enfrentas el fin de los tiempos y todo el mundo se va contigo, eso pone las cosas en perspectiva, suaviza el asunto de la extinción. A parte de sufrir —una de sus peores pesadillas era una muerte violenta—, lo que le gustaba del apocalipsis era que no iba a quedar nadie para cuestionar su potencial perdido, o recordar con ternura sus cualidades como ser humano, o recordar con odio sus defectos e inseguridades. Armagedón y tabula rasa para tutiri mundachi. Él prefería un final express, repentino, sin aviso, sin espacio para falsos arrepentimientos y despedidas cursis. Un final inesperado le daba a todo el mundo la mismas reglas del juego, el beneficio de la espontaneidad, el dramatismo de una vela que se apaga con un viento ominoso. No como aquellos finales previstos por escritores, guionistas y bandas de Death Metal donde nos esperan meses, años y siglos de sufrimientos sistemáticos, plagas, demonios, monstruos, la falta de internet, y el temido cambio climático del que tanto habla Al Gore. And justice for all… como decía el título de su disco favorito de Metallica.

Nunca había vivido de cerca la muerte de un ser querido, o incluso de conocidos, pero sabía por sentido común, por intuición de buen ciudadano y por ser un humano decente, que la estela de dolor que deja una muerte es algo terrible. Él no quiere ser el origen de llantos, de cosas por hacer, de palabras por decir, de proyectos inacabados, de soledades. Entonces, ¿qué había de malo en desear el fin del mundo para cuando él estuviera listo? ¿Por qué no podía entretenerse en diseñar el último capítulo del ensayo de mundo que tenemos? Nadie lo podía evitar, nadie le podía quitar ese privilegio de destructor imaginario de mundos.

Últimamente estaba saliendo con una chica que le hacía olvidar un poco sus ideas apocalípticas. No olvidaba el fin, pero estaba dispuesto a compartirlo con ella. Quizás una explosión solar sería una conclusión poética apropiada. Esperar el big bang de la estrella amarilla desde un muelle donde el mar todavía no se ha enterado del fin inminente. Luego esperar ocho minutos por la inevitable onda expansiva que acompañaría al sol partiéndose en dos —la luz solar tarda ocho minutos en llegar a la tierra. Los ochos minutos más románticos de la historia de la humanidad. Un beso que dura lo que tarde el mundo en desaparecer. El último atardecer y el último beso en primera fila para el último día. Se lo contaría en su próxima cita. Espera que a ella le guste la idea.

El túnel de los sueños olvidados

2013-07-10 14.03.38

Todavía tengo que abrir la ventana para no morir de calor. Al verano se le está olvidando esto de mantener todo demasiado caliente pero el otoño todavía no tiene la confianza para decirle al verano que lo deje trabajar en paz y termine de irse de una vez. Las dimensiones de la ventana y su ubicación dentro de la habitación y el esquema del edificio la convierten en un mero formalismo. Un tributo tímido a las ventanas de verdad, a las que dejan entrar luz de verdad, aire de verdad, vida de verdad. Sin embargo, la pequeña ventana se salva de la mediocridad absoluta porque me regala una ventana al mundo muy peculiar, valga la redundancia y facilismo de los lugares comunes.

A ese mundo he decidido llamarlo el túnel de los sueños olvidados, porque decirle patio de luces es un insulto a los patios y a la luz. Además, lo de túnel de sueños olvidados le confiere un estatus poético, pintoresco, al menos interesante, tolerable. El túnel se alimenta de la poca luz que le regala el día, como un hoyo negro de ladrillo, cemento, moho y manchas de tiempo. Pero en el hoyo negro no habitan los restos de una estrella muerta, sino los pedacitos de vida que se les escapan a los habitantes de este viejo edificio. Y como un buen hoyo negro el tiempo se toma su tiempo cuando pasa por ahí. Todo se hace más lento. Todo se lleva con parsimonia. Los olores. Las voces. El mismo color de luz durante las 12 horas que dura la luz del día —dependiendo de las estaciones—. Al túnel van a parar los sueños de los inquilinos de estos cinco pisos, veintidós apartamentos, más de cuarenta habitaciones.

He oído gritos de niños exigiendo más chocolate y menos comida, conversaciones en inglés durante una fiesta de estudiantes de intercambio, la narración de las hazañas sexuales de un obrero ante sus amigos trabajadores mientras reformaban el piso de arriba, ese mismos obreros que sentían especial predilección por oír música techno muy fuerte, monótona y muy temprano en la mañana. Mi vecina argentina grita “la concha de tu putísima madre” cada vez que algo le sale mal, cuando limpia, cuando cocina, cuando suena su teléfono y ella está al otro lado del piso sentada en un sillón. Es su mantra, su cordón umbilical a la tranquilidad. Seguramente hace yoga. Otros vecinos siguen el cliché de la pareja que se demuestra amor a golpes verbales, el túnel me regala sus conversaciones en sonido Dolby Digital. Él es cubano, ella española, ellos se aman más que a la vida, pero no existe la confianza entre ellos. Un tema recurrente parece ser el móvil de ella: él lo quiere revisar porque no confía en ella, y ella no lo quiere mostrar porque no confía en él. Una historia de amor inmortal. Tengo otros vecinos que han decido entrenar a su hijo para unas futuras olimpíadas, o tienen una jauría de perros mudos que corren constantemente por el piso. Por el túnel puedo oír sus cambios de ritmo, sus tiempos máximo, la solidez de sus pisadas, la velocidad media. Le auguro buenas cosas a ese niño atleta o a esa jauría de perros mudos que tan arduamente entrenan en 60 metros cuadrados. Un caso curioso es el vecino ruso, o admirador obseso —que no deja de ser ruso—, que solamente se dedica a gritarle insultos a su esposa —u objeto de su admiración obsesiva—, desde las áreas comunes del edificio. Recientemente he visto un incremento en los sistemas de seguridad del piso que recibe los insultos, reforzando mi teoría que el gritón eslavo no vive aquí. A veces escucho conversaciones completas entre dos corredores inmobiliarios que se encuentran tres veces a la semana en un piso superior y comparten sus anécdotas sobre sus posibles inquilinos. Uno de ellos reveló que había una especie de secta religiosa interesada por un piso, pero con más habitaciones, y preferiblemente ubicado por aquí, el piso que vieron aquí sería perfecto con dos habitaciones más. Creo que nos salvamos de vecinos en túnicas y ofreciendo sacrificios en ritos paganos.

El túnel sigue regalando historias con la facilidad que se abre un grifo agua. Con esas historias llegan olores de comidas maravillosas, o experimentos culinarios fallidos. También aparece de vez en cuando y de cuando en vez, el sonido tímido de música, de una película, de las noticias, de una vecina amargada que grita porque el ascensor se dañó, otra vez. Y los sueños de los inquilinos vienen al túnel a esconderse de la rutina, de la violencia de los gritos, de los malos olores, de las fiestas, de la risas estridentes.

El túnel todavía es capaz de regalar paz, y en lo profundo de la noche, trato de encontrar un pedacito de cielo nocturno entre los sueños olvidados de mis vecinos y finalmente sólo oigo mi respiración. El túnel se llena con un suspiro que me traiciona y me despido de él hasta mañana. Hasta otras historias y otros sueños.

La invisible brevedad del beso

2013-03-16 05.31.37

La plaza estaba dormida junto con la ciudad que la rodea. Dos latidos acelerados interrumpen el estupor del asfalto desierto. No miran a su alrededor. Son todo desespero, todo manos, todo jadeos. Los latidos se amontonan uno sobre otro, se hacen uno al ritmo del mismo son. No desconfían de lo que los rodea, eso es normal en ellos. Los amantes sufren de esa indolencia de creerse superpoderosos, de creerse por encima del peligro de un beso en medio de la calle, invisibles durante un abrazo en una acera nocturna, impermeables bajo la lluvia, la nieve y el llanto, inmunes a los cambios de temperatura del ambiente, de sus cuerpos y al juicio de espectadores.

El latido único es ahora beso. Los dos cuerpos se funden el uno con el otro, y con la noche, y con la plaza desierta y con los abrigos necesarios para el otoño que muere, y con la luz artificial, y con mi mirada y con las piedras sobre las que descansan sus huellas, que seguramente tienen más historias que América toda. Y siguen invencibles e invisibles mientras beben el uno del otro, indiferentes a todo, indiferentes a mí que me aproximo sin remedio, pero sin ganas de intromisión. Y el beso sigue en construcción, como monumento a una noche pasajera que empezaba sin muchas esperanzas en un bar poco iluminado, o como tributo al haber compartido muchas hojas de calendario y kilómetros de plazas desiertas y transeúntes ofendidos.

Los amantes se dan cuenta de su mortalidad y salen del refugio antibalas de su(s) beso(s). Salen a la superficie a tomar aliento, a recargar energías, a renovar su vigilancia sobre el mundo que los rodea, pero del que no quieren ser parte esta noche sin luna y sin gente. Vuelven con los vivos, más vivos que nunca después de haberse compartido a la intemperie y reparan en mi presencia inminente. Me miran y el tiempo del que huían se detiene. Tratan de conseguir explicación para mi existencia en ese lugar, a esa hora, vestido todo de negro, con paso firme y rápido. Una explicación que los ayude a retomar su invisibilidad, su aura inamovible de seguridad, a esconder el miedo que habían ahogado con su(s) beso(s). Miedo a lo desconocido, miedo al desconocido que soy y que está a punto de pasar junto a ellos. Miedo más a la posibilidad que represento que a mi andar inocente.

Los amantes deshacen su abrazo definitivamente, su monumento temporal a la pasión para prepararse a mi llegada, como los astrónomos que esperan el paso de un cometa desde el lente de un telescopio. Me miran, ya sin miramientos, esperando lo peor, desde el prejuicio, desde el sueño roto del que los saqué con mi caminar trasnochado. Esperando, desconfiados, quizás al hampa común —no tan común por estos lares—, o a un borracho molesto —enfadado, o dispuesto a molestar también—. Pero yo sigo de largo, como era mi intención desde el primer momento, aprovechando el clima del otoño que muere, aprovechando la larga y desolada caminata nocturna a casa, aprovechando besos de extraños para crear historias, aprovechando la poca luz para hacer de posible villano y sacar de su indolencia a los amantes superpoderosos. Y ellos me siguen mirando, sin saber que hacer conmigo y mis pasos, sin saber que hacer con ellos mismos, presas de la incertidumbre, de la súbita realidad de la hora. Y vuelven a construir su monumento de besos para esconderse una vez más de la realidad, de la plaza y la ciudad que duerme a su alrededor, del juicio de espectadores, del peligro de la poca luz, de las posibilidades, razones y consecuencias de ese beso desaforado en medio de la nada. Y yo me pierdo en la esquina que era mi destino y los amantes vuelven a ser invisibles una vez más.

Ensayo sobre las siluetas

2013-04-30 12.02.11

Una silueta que se dibuja a lo lejos es tanto y tan poco a la vez. Es un misterio monocromático y de bordes desdibujados que ocupa todos los espacios y ninguno. Una paradoja, como el gatico de Shrödinger, esperando a decidir qué es para mí, que la veo al final de un pasillo iluminado a contraluz. Hasta su género se esconde con destreza en la incertidumbre de la lejanía y la falta de fotones.

Puede ser un joven leyendo un libro, un señor mayor tratando de descifrar el uso de móvil nuevo, una chica jugando la última tontería de moda en internet, un adolescente esperando una llamada que sabe no va a recibir, una mujer revisando las notas de la clase anterior durante el receso. En esa forma se encierran miles de historias y al acercarme siento que el conocimiento me está robando mundos posibles, finales felices, premios deseados y merecidos, sufrimientos ajenos, risas pasajeras y amores eternos. Me roba los míos y los de ese chico, tal vez señor, quizás mujer, a veces niña.

Me sigo acercando y la silueta empieza a formar parte de este mundo, de este pasillo vacío y muy mal iluminado para las actividades que aquí se llevan a cabo, pero preciosamente dispuesto para una fotografía dramática. Ahora no caben dudas de género, de posición, de distancia. Deja de ser menos posibilidad para ser más “aquí y ahora”, y si no es “ahora” es “dentro unos segundos”. Porque rodeada de luz cualquier historia es hermosa y merece ser contada, así comience con una espera aburrida en algún banco, al final de una pasillo universitario, con la espalda inclinada hacia delante, en posición de salida inminente, de lectura, de reflexión pasajera. Ahora la silueta empieza a contar su propia historia con cada segundo que me acerca a ella. Y hablo de ella cuando quiero decir él, porque la silueta es un él, pero su silueta es ella, siempre será ella. El lenguaje y sus romanticismos.

Paso de largo frente al artista de luz que por estar frente a una ventana me regaló un camino de historias sin saberlo. Él, haciendo algo menos interesante de lo que ella —su silueta— me sugería en la distancia. Yo feliz con lo que logré sacar de este paseo anodino. Ahora veo buen futuro en escarbar historias dentro de la oscuridad con un tímido rayo de luz bien ubicado. Tendré que andar con una linterna de ahora en adelante para no depender del azar para dibujar mis siluetas.