El Gabo sí tiene quien le escriba.

La primera vez que oí sobre García Márquez fue durante una de mis cacerías semanales de libros en la biblioteca de mi casa. Creo que fue mi madre la encargada de iluminarme en ese momento, si mal no recuerdo. Tendría doce o trece años, quizás. Ahora que intento ponerlo en papel —o en pantalla, mejor dicho—, veo que este recuento está plagado de dudas, pero hay muy pocas certezas en esta vida, y de la única que no podemos escapar es la que se llevó al Gabo el pasado 17 de abril. Saberlo vivo, aunque ausente de las letras, era razón suficiente para sentir tranquilidad, alivio de que ese dicho: Only the good die young, es una mentira que nos inventamos para justificar los caprichos de la muerte.
Quisiera poder decir con absoluta seguridad que descubrí sus palabras por intervención divina, o que en un momento de lucidez literaria escogí uno de sus tantos libros sin pedir permiso, sin preguntar a nadie, y al leerlo mi vida cambió, pero no fue así. Allí la realidad fue terriblemente aburrida y predecible. El nombre lo había oído infinidad de veces, en conversaciones de adultos en las que tanto insistía participar, en los lomos de sus libros repartidos en nuestra biblioteca, en periódicos y noticieros, pero yo todavía era preso de las aventuras de Verne, Stevenson, Dumas, Salgari, de Tío Tigre y Tío Conejo, de las leyendas pemón, de Asterix y Obelix. Fue entonces, volviendo a esos doce o trece años, que mi madre me habló de Doce cuentos peregrinos y del realismo mágico. Imagino, hoy en día y con treinta años a cuestas, que su explicación sobre el realismo mágico debió haber sido muy adulta, muy literaria, pero muy abstracta para un niño cuya experiencia literaria se limitaba a las novelas de aventuras de siglos pasados. Pero sí recuerdo exactamente cuando comprendí ese concepto tan latinoamericano, tan del Gabo, del mundo mágico que nos rodea: fue con el cuento “La luz es como el agua”, donde dos inocentes hermanos aprovechan los miércoles de cine de sus padres, para navegar en la luz que se derramaba de una lámpara. Mi vida estaba rodeada de fantasía, todavía jugaba feliz por horas con mis juguetes, a los que inventaba historias complicadísimas y —por supuesto— alucinantes, veía comiquitas sin cesar, soñaba despierto cada vez que tenía la oportunidad, había leído ya sobre mundos imposibles y lejanos, pero nunca había pensado en las posibilidades mágicas de la luz y los objetos comunes. Nunca había considerado en que podía haber rostros en la madera de las puertas de mi armario, que eventualmente me podían crecer alas si resultaba ser pariente de algún ángel, o que la noche caía porque el encargado de iluminar el mundo se cansaba y necesitaba dormir como todos nosotros, y no todas eran ideas del Gabo, pero sus letras despertaron en mi otra dimensión de la realidad de la que me alimento constantemente. Incluso hoy todavía paso mi días pensando en constelaciones de estrellas vivas en la espalda de una mujer amada, que es posible hacer un estudio cartográfico profundo de mis sueños, que hay planetas en mis tazas de café, que un paseo por la tarde es lo que hace girar al mundo.
Poco a poco fui metiéndome en ese mundo que sólo podía venir de García Márquez, con los Buendía en Macondo, con el pelo inmortal de Sierva María de Todos los Ángeles, con los ahogados más hermosos del mundo, con vendedores de milagros, con abuelas desalmadas. Visitaba y visito las letras del Gabo cada cierto tiempo, como volviendo a un álbum de fotos que se niega a dejar reemplazar por copias digitales, en donde está tu infancia inmortalizada, la historia de unos días donde éramos todos sonrisas, todos posibilidad. El álbum de fotos donde una vez hicimos un depósito de esperanza a plazo fijo, en donde guardamos un pedacito de nuestros sueños, para reencontrarlos más adelante en el camino, y poder mirar atrás con nostalgia pero sin tristeza.
Con sus palabras logré entender un poco más esa locura indomable que nos plaga a los latinoamericanos, pero que nos hace tan diversos y felices, que ver el mundo con ojos llenos de magia es el mejor remedio contra el tedio de la realidad, que una pequeña piedra gris puede ser lo más interesante del mundo si la vez con detenimiento, que la muerte puede ser burlada y la tragedia no es destino. Las palabras del Gabo era y serán evangelio de muchos, consuelo de unos y vida de otros. Para mí son refugio, mapa y barco de viaje. Son un faro que siempre me llama a casa. Y seguiré diciéndole Gabo, como si lo hubiese conocido, como si me hubiese tomado un café con él, como si me hubiese dado consejos para escribir, porque Gabriel García Márquez era mi amigo, aunque él no lo supiera.

Oswaldo con «W»

2013-06-02 19.11.09-1 2

Revisando las fotos que he recopilado para el blog me topé con una imagen que, quizás por su aura vieja y triste, me recuerda a mi abuelo. Mi abuelo que murió hace menos de una semana y por el cual mi segundo nombre es Oswaldo. Oswaldo con “W”.

No puedo decir que tuve esa relación mágica con mi abuelo que tantos amigos se han jactado de tener alguna vez. Aquél abuelo superhéroe, leyenda en vida por hazañas laborales, sociales, militares o políticas. El abuelo alma de la fiesta, que es invitado a cualquier excusa de reunión porque es imprescindible para pasarla bien. O el abuelo temible, que llegaba repartiendo leyes y disciplina con voz profunda y mirada dura. Mi abuelo era más bien un tipo normal. Un tipo de a pie, reservado, sencillo y un poco, sólo un poco, excéntrico. Pero esa excentricidad le daba un toque de misticismo, indudablemente.

Nunca sabré con certeza por qué fue un hombre de pocas palabras. En sus últimos años indudablemente esto era producto de la edad y la disminución de las facultades, pero por qué antes hablaba poco nunca lo entenderé. Las razones seguramente podrían ser utilizadas para hacer un estudio de personaje para una obra de Chéjov o de Kafka. Siempre he imaginado a mi abuelo como el perfecto protagonista de una historia de uno de esos escritores, con sus rasgos europeos, su altura, su tez blanca y colorada por el sol inclemente de Barinas y su vestimenta siempre igual: una guayabera de color claro, pantalón gris, zapatos de cuero oscuro. Su mirada era inescrutable, y podía ahogarse en la melancolía como podía escudarse en la resignación del silencio sin dar muchas pistas de su estado de ánimo, al menos para mis ojos, que lo vieron alguna vez como un gigante y la última vez como una frágil personita, más pasado que presente. Siempre tuvo esa cualidad pintoresca de los personajes eslavos, e imaginarlo caminando por una calle de San Petersburgo o Praga no era muy difícil. Y como le encantaba eso: caminar. Caminar todos los días como buscando un propósito, como buscando una excusa para no ser un personaje de Chéjov o Kafka y volver a su despacho, lleno de tantas historias diferentes, como queriendo esconder la suya. Todo bajo la mirada de su santísima trinidad atea: Bolívar —el que nos sacó de la barbarie—, Pérez Jiménez —el único presidente que ha servido en este país— y Beethoven —el mejor compositor que existió—.

Ese despacho mereció un estudio forense en su momento de mayor esplendor. La capacidad de mi abuelo de convertir cualquier cosa en un objeto de colección hacía de su despacho un selva de intereses eclécticos y aparentemente disparejos. Radio afición, historia de la Segunda Guerra Mundial, estadística deportiva, propaganda política de la última dictadura, vinilos de música clásica, correspondencia pública y privada de varios miembros de la familia, documentos de estudio de la genealogía del apellido Blonval, fotos con anécdotas de Barinas, periódicos de fechas que él estimaba importantes, y otra infinidad innombrable de cachivaches inclasificables. Hoy sólo queda el espacio vacío de aquella colección de ideas y medios caminos. El tiempo le quitó las ganas de luchar contra su hijo menor y sus ganas de limpiar la casa de cosas “inútiles”. Es ahí que veo a mi abuelo más creación de Kafka y Chéjov que nunca. Luchando contra un tiempo que se le quedó grande o corto, nunca lo sabré. Viendo a través de unas gafas muy grandes, no muy diferentes a las que llevo actualmente, hacia un horizonte que sólo él sabía ubicar con brújulas de historias incompletas.

Tantas cosas he incorporado a mi vida donde hay una huella suya que va a ser difícil que lo olvide nunca. Mi letra molde al escribir, mi predilección por Herbert von Karajan y la filarmónica de Berlín para oír las obras de Beethoven, mi pasión por lo histórico, mis ganas de coleccionarlo y catalogarlo todo, mis gafas grandes y cuadradas que vinieron a ser un homenaje inconsciente a las que siempre usó él. Tantas cosas que se imprimieron en mi alma, en mi identidad, tanta responsabilidad que tuvo al ser mi único abuelo, el otro —el paternal—, se beneficia de la nostalgia y la memoria selectiva de los que partieron trágicamente y antes de tiempo. Oswaldo dejó esta tierra con su historia continuada en muchas personas que llevan su sangre y sus ganas en las venas. Además, su nombre forma parte del mío hasta el día que termine mi historia en esta tierra, eso es difícil de olvidar. Oswaldo con “W”.